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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 1 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
En la oscuridad de la noche, había cosas que encendían su luz con cautela. Los callejones de la ciudad que solo podían brillar porque era de noche. Teniendo como frontera la gran avenida que atravesaba la ciudad, un lado se sumía en el sueño mientras el otro levantaba la cabeza en silencio. Dos mundos que albergaban vidas incapaces de mezclarse. Y solo ahora era el momento en que las personas ocultas bajo el deslumbrante resplandor de la ciudad podían revelarse ante sí mismas. Un callejón repleto con los pregones de los mercaderes y los alaridos de los borrachos. Entre aquellas cosas andrajosas que se movían sin descanso, había un muchacho de cabello rubio que permanecía completamente inmóvil. "Qué magnífica". El lugar donde el chico se había detenido era frente a una herrería, y allí colgaba una espada imponente. Una espada que resplandecía exhibiendo su esbelta hoja a la vista de cualquiera. Era la única cosa en aquel mugriento callejón que emitía luz por sí misma. Y la luz originada en esa espada era suficiente para entrar por sus ojos, descender hasta su pecho e iluminar algo en lo más profundo del alma del muchacho. "......". Había permanecido tanto tiempo de pie en el mismo sitio contemplando la espada que sus pies se hundían en el fango del camino, pero al chico no le importaba. "Otra vez, otra vez. Ya estás ido en tus pensamientos". Alguien se acercó al muchacho, que miraba la espada fijamente, inmóvil como una estatua de piedra. "Vlad. ¿Sabes que últimamente andas con la cabeza en las nubes? Ya empiezan a correr rumores por los alrededores sobre ti". A pesar de vestir ropas raídas, la muchacha de abundante cabello rojo era una existencia dotada de un vivo color que desentonaba con aquellos callejones atestados de inmundicia. El chico miró con ojos vacíos a la muchacha que le hablaba. "Qué más da. De todos modos hoy no tengo nada que hacer". "¿Cómo que no tienes nada que hacer? ¿Acaso solo cuenta el trabajo que te mandan Madame y Jorge?". La muchacha pelirroja alzó ambas palmas y las puso justo ante los ojos del chico. "¿Ves esto? De tanto tener las manos metidas en el agua por fregar platos, me están saliendo eccemas. ¿Tiene algún sentido que alguien cuya belleza es su único patrimonio tenga eccemas?". "¿A dónde crees que me estás metiendo eso? Molestas". El chico llamado Vlad frunció el ceño y apartó las palmas extendidas de la chica. "Es uno de los pocos momentos de paz en mi ruidoso día. No me molestes". "Mmm...". Era una respuesta que cualquiera consideraría fría y tajante, pero a la chica pelirroja no le importó. Porque si fuera a herirse con un desaire tan insignificante, jamás habría podido sobrevivir asentada en unos callejones tan crueles. Más bien, la chica examinó el rostro de Vlad y, con un tono lleno de preocupación, se acercó con cautela a su oído y susurró: "...... ¿Y entonces? ¿Aún escuchas esa voz cada vez que agarras algo parecido a un palo?". "......". Al ver su asentimiento silencioso, la chica frunció el entrecejo. "¿Qué clase de pecado habrás cometido en tu vida pasada para que, de entre todas las desgracias, te cayera un rayo en un cielo despejado y terminaras en este estado?". Por muy bulliciosos que fueran siempre los callejones de la ciudad, los rumores que circulaban solían ser parecidos. Y el rumor que se comentaba en estos días por allí era la historia del muchacho rubio que había sido alcanzado por un rayo repentino en un cielo despejado. "Y para colmo, de todos los rayos posibles, ¿por qué demonios tuvo que ser un rayo negro para dejarte así?". "Si solo vas a estorbar, lárgate de una vez". "......". Aunque la decepción ante el cortante rechazo del chico le subió hasta la garganta, la muchacha apretó los labios y no dijo nada. 'Tengo que contenerme'. Porque lo comprendía. Cuanto más duro y áspero era el lugar en el que se vivía, más tiempo se necesitaba para apaciguar el corazón. "Aun así, ¿por qué no volvemos ya?". Sin embargo, este no era un buen momento. "No andes merodeando sin motivo y quédate encerrado y quieto en el negocio por un tiempo. Tú también sabes lo sensible que es el obispo con esas cosas". "¿Con qué cosas?". Viendo que el chico por fin la miraba a ella en lugar de a la espada, la muchacha sonrió abiertamente. "Con los presagios". Acercándose al oído de Vlad como si temiera que alguien pudiera escucharla, la muchacha susurró en voz baja. El aliento de la chica que cosquilleaba en su oreja le producía comezón. "Es alguien ascendido desde la Inquisición, así que ante el menor indicio de un presagio siniestro, de inmediato te quema en la hoguera". "Maldición". Vlad se apresuró a hurgarse la oreja con el dedo y empujó a la muchacha. "¿Me acabas de escupir?". "Increíble. De verdad". Al ver a Vlad apartarla como si sus buenas intenciones fueran algo asqueroso, la muchacha se llevó las manos a la cintura, atónita. "Lo que te digo es que todos andan murmurando a tus espaldas, así que no te quedes aquí parado como un idiota sin alma. Si te marcan y terminas arrastrado a la iglesia, ¿qué vas a hacer?". "......". Vlad no respondió esta vez. Porque no había ni una sola palabra equivocada en lo que la chica decía. Y también porque sabía que lo decía preocupada por él. "Pero déjame mirar solo un poco más...". "¡De verdad que eres desesperante! ¡Cómprala a crédito de una vez! ¡¿Cuánto puede costar eso?!". Al ver a Vlad remolonear sin moverse, la muchacha se irritó. "¡Por muy caro que sea algo vendido en una herrería de mala muerte, ¿qué tan caro puede ser?!". "...... Esa cosa cuesta cinco monedas de oro". "...... Vaya. Mírala un poco más". Al oír la suma que salía de los labios del chico, a la pelirroja se le abrió la boca sin darse cuenta. "...... Con eso, uno podría holgazanear y comer un año entero sin hacer nada". Aunque no poseía el discernimiento necesario para reconocer el auténtico valor de la espada ante sus ojos, al menos comprendía muy bien el peso de cinco monedas de oro. Cinco monedas de oro. No era una cantidad imposible de ganar trabajando toda una vida, pero estos oscuros callejones jamás permitirían a nadie reunir semejante fortuna. Porque incluso si se esforzaran en juntarla, alguien la robaría o se la arrebataría por la fuerza. Porque esa era la ley de los que sobrevivían en este lugar. "Con ese dinero, maldita sea...". En el instante en que el muchacho y la muchacha se encontraban momentáneamente embelesados por la luz que desprendía la espada. "¡¿Qué demonios hacen estos mocosos estorbando frente a la tienda de otro y arruinando el negocio?!". El dueño de la herrería salió de golpe y bramó con voz estridente. "¡Esto no es algo que escorias de los callejones como ustedes puedan codiciar!". El viejo herrero ahuyentaba a los jóvenes mirones con voz áspera y chillona. Quizá por haber contemplado el fuego durante tantos años, sus ojos le escocían incluso cuando permanecía quieto, y siempre mantenía el ceño fruncido. "¿Y qué clase de descaro es tener un negocio en los callejones y negarse a venderles a los de los callejones?". La chica de cabello rojizo y rizado le gritó con voz chillona e insolente, llena de indignación. "¡Incluso juntándonos a los dos, no llevamos aquí más tiempo que usted, viejo decrépito! ¡Llamar 'escorias de los callejones' le queda mucho mejor a usted!". "¡E-Esta... esta pequeña ramera que ni siquiera puede vender su cuerpo todavía, solo tiene pico!". El viejo herrero frunció el ceño, reconoció a la chica que le respondía y escupió un gargajo al suelo. "¡Vuelve a tu negocio y ponte a fregar platos, engendro a medio hacer!". "¿Engendro a medio hacer? ¡¿Cómo que a medio hacer?! ¡A una dama hecha y derecha!". La chica, que tenía un complejo de inferioridad por su baja estatura, aprovechó la oportunidad para descargar sobre el herrero toda la frustración que guardaba del muchacho. "¡Pues que sepa que debutaré el año que viene! ¡En cuanto cobre el precio de mi virginidad, una porquería de espada como esa no valdrá más que un tarro de cerveza!". La muchacha se acarició el cabello rojo, su mayor orgullo, y dirigió hacia el viejo herrero una sonrisa que pretendía ser coqueta. Estaba a leguas de poder seducir a nadie, pero al menos el esfuerzo era encomiable. "¡A ver si la compro entonces y la uso para cortar salchichas!". "E-Esta... ¡esta perra loca!". Al ver que la muchacha pretendía usar la espada que había forjado con tanto esmero solo para rebanar salchichas, el viejo herrero tembló de pura rabia. "¡Esta espada... no se la vendo... a la chusma de los callejones!". "¡La tienes colgada en el callejón donde solo los del callejón pueden verla, ¿y no la vendes?! ¡¿Se te secó el cerebro, viejo senil?!". "Ay, por favor, ¿qué les pasa a los dos?". Al ver que el momento más tranquilo de su día se convertía en un caos, el muchacho torció el gesto. "Vámonos ya, Jemina. Anciano, nos vamos". "¡Llévate a esa cosa a medio hacer y lárguense de una maldita vez de mi tienda!". "¡¿Por qué no te limitas a fabricar lo de siempre en lugar de forjar una espada que solo usan los caballeros y armar este escándalo?! ¡¿Acaso ya te llegó la hora de estirar la pata?!". "¡T-Tú...!". Dándose cuenta de que ninguno de los dos daría su brazo a torcer, Vlad sujetó con premura la nuca de Jemina, que aún echaba chispas, y la arrastró hacia el extremo del callejón. "¡Sí! ¡Se debe a que estoy a punto de morirme, pedazo de perra!". El anciano, temblando por la presión arterial que le subía por las nubes, aún no calmaba su furia incluso después de que la cabellera pelirroja de la muchacha desapareciera, y sus manos seguían temblando. "Maldita perra sarnosa... Será porque de milagro no se murió de hambre, pero no tiene más que veneno encima...". El anciano recordaba. A aquellos niños pequeños que deambulaban en los gélidos días de invierno envueltos en una única manta raída. Esos pequeños mendigos que compartían el calor de tres cuerpos bajo una sola manta habían logrado sobrevivir no gracias a la compasión de nadie, sino devorando el veneno de aquellos inmundos callejones. "Con toda la comida que les di en aquel entonces, maldita desgraciada". Tan pronto como la cabellera roja que lo enfurecía desapareció del callejón, el anciano escupió flema una vez más y sintió que algo atrapaba su mirada. Era algo lastimero. "Mocoso estúpido. Deberías limitarte a pensar en cómo ganarte el pan...". Una solitaria huella profundamente hundida en el sucio lodazal. Aquella huella que revelaba cuánto tiempo había permanecido allí de pie fue suficiente para despertar en el viejo herrero un sentimiento muy distinto a la ira hacia la muchacha. Sacudiendo la cabeza mientras entraba de nuevo en su taller, el herrero dejó escapar un suspiro por alguien. "Maldita sea... Estos mocosos no hacen más que importunar a un viejo". El viejo herrero estiró en alto su mano temblorosa, descolgó la espada que colgaba y untó aceite en un trozo de tela gastada. "...... Chiquillo. Tener sueños en un lugar como este solo te traerá sufrimiento". Aunque sus palabras fueran esas, el viejo herrero comenzó a pulir con esmero la espada que bien podría considerarse su obra final. "Yo lo sé bien". Las arrugas asentadas en las comisuras de los ojos del anciano se crisparon mientras pulía la espada. El joven herrero que alguna vez tuvo un sueño había sido aplastado por la realidad, atrapado por los tobillos en los callejones hasta terminar arraigado allí, viendo cómo su cabello negro se tornaba blanco. Aquellos nacidos en los callejones jamás lograban escapar de este lugar en toda su vida. Así le había ocurrido al viejo herrero, así le ocurriría al muchacho que había estado de pie allí fuera, e incluso a la última obra maestra que él mismo había forjado. Sin embargo, el viejo herrero todavía soñaba. "No puedo dejar que mi última obra se pudra en un sitio como este". De la punta de la espada que el anciano sostenía emanaba un brillo diáfano y resplandeciente. "...... Así que esto solo se lo venderé a alguien capaz de salir de aquí". En aquel oscuro callejón atestado de ponzoña inmunda por todas partes, el viejo herrero volvió a colgar su espada en lo alto una vez más. Tomando el sombrío callejón como cielo nocturno, colgó una estrella resplandeciente. La espada, pulida con los sueños rotos de un anciano, brillaba con pureza luminosa. Por aquel chico cuyos dos pies aún se hundían en el fango, pero cuyos ojos perseguían incansablemente lo que brillaba. Los ojos del muchacho que contemplaba la espada del anciano se asemejaban a una estrella. \----- • Novela: El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas / 별을 품은 소드마스터 • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 1

Estás leyendo el capítulo 1 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.