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Leer El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela) Capítulo 818 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli, Nishino✍️ Traducción: Crowli, Nishino
Reino Material, Cosmos. En la oscura extensión del espacio, dentro de una galaxia grotescamente deformada, alterada por el poder divino y drásticamente diferente a la anterior, la guerra de los dioses continuaba, avanzando cada vez más hacia lo desconocido... y hacia escalas aún mayores. Con el incesante flujo de sangre divina inmunda, el poder de la materia carnal siguió creciendo por todo el cosmos. La estructura de cada estrella y cada galaxia había sufrido un cambio catastrófico. Las innumerables estrellas, que una vez constituyeron más del 99% de la masa galáctica, se encogían rápidamente, convirtiéndose en meros satélites de sus antiguos planetas. Cada galaxia giraba ahora alrededor de un cuerpo de materia hinchado como centro, y la luz de las estrellas del cosmos se atenuó, volviendo todo el cielo turbio y opaco. Aun así, la luz de las estrellas no desapareció por completo. Aunque tenue y apenas perceptible contra la negra cortina del espacio, la luz perduró; no se había extinguido. En ese preciso instante, como respondiendo a una llamada silenciosa, aquellas tenues estrellas comenzaron a abandonar sus eternas posiciones en el cielo nocturno. Se convirtieron en estrellas fugaces, trazando tenues líneas sobre el lienzo oscuro. A medida que el tiempo transcurría sutilmente, esas tenues líneas se iluminaban y espesaban. Los veloces meteoros que cubrían el cielo nocturno se transformaron gradualmente en cometas, con sus cabezas luminosas dejando colas radiantes que estallaban en un brillo cada vez más deslumbrante. Las estrellas del espacio volvían a brillar. ¿Pero era porque habían recuperado su resplandor? No, era porque se acercaban. Las innumerables estrellas del cosmos se dirigían hacia un único destino: el origen de esta distorsión galáctica. En respuesta a la invocación del Señor de la Radiancia, las estrellas encogidas de cada galaxia abandonaron sus órbitas, saltando por el espacio hacia ese punto de llamada. Y en el proceso, sus formas experimentaron cambios radicales: de estrellas ardientes tangibles a rayos de pura luz dorada. En el origen de esta distorsión —en el centro del universo material—, una vasta Tierra de Carne, más grande que cualquier sol, flotaba serenamente en el vacío. Estaba en conflicto con su radiante satélite, el sol, y este último se encontraba en clara desventaja. Sangre, niebla de peste, tentáculos, fauces negras: estas mareas de inmundicia, nacidas de la divinidad degenerada, surgían continuamente de la tierra de la carne, ascendiendo para engullir al sol abrasador, buscando arrastrarlo al fango pútrido de la carne y la corrupción. Pero el sol irradiaba a su vez una luz purificadora, evaporando y santificando las mareas de inmundicia que se acercaban, intentando prender fuego a la propia tierra de la carne. Sin embargo, el fuego que encendió fue rápidamente sofocado por la sangre que brotaba. El sol no podía quemar la tierra de carne, y las mareas de corrupción aún no podían absorber por completo al radiante sol. Era un punto muerto, pero uno que no duraría mucho. Porque dentro de la marea sucia, nuevos monstruos habían comenzado a emerger. Eran cristalinos y translúcidos, como enormes globos oculares levitando. Estas criaturas, los Ojos Devoradores de Luz, eran aberraciones divinas nacidas de la luz misma de la Tierra de Carne. Al brillar, absorbían el resplandor divino del sol con una eficacia aterradora. Estos Ojos Devoradores de Luz, multiplicándose rápidamente entre las mareas de inmundicia, debilitaron gravemente el poder purificador del sol, permitiendo que la marea corrupta se acercara cada vez más al sol abrasador. Pronto, parecía, el sol sería completamente absorbido... sofocado... y arrastrado a la tierra de la carne. Justo cuando el sol se estaba apagando bajo la furiosa oleada de corrupción, la luz de las estrellas del más allá finalmente llegó. Desde todas las galaxias, densos rayos de luz saltaron a través del espacio: innumerables estrellas se convirtieron en cometas y se precipitaron hacia el punto de origen de esta anomalía cósmica desde todas las direcciones. Estos rayos estelares se elevaron hacia el sol, hacia el Carro Solar que se elevaba sobre la tierra de carne. Convergieron, uno tras otro, fundiéndose en él. El resplandor se unió al resplandor. La luz se fusionó con la luz. Con cada infusión de luz estelar, el resplandor del Carro Solar se expandía explosivamente. El sol formado por su luz se expandió rápidamente, estallando con un brillo purificador aún más cegador y furioso, barriendo las crecientes mareas de inmundicia. Ni siquiera los Ojos Devoradores de Luz, recién nacidos de la Tierra de Carne, pudieron resistir este resplandor abrumador y quedaron reducidos a cenizas. Absorbiendo la luz de otras estrellas del cosmos, el sol nacido del Carro Solar creció hasta alcanzar el tamaño de la tierra de carne y hueso, recuperando así lo que un verdadero "sol" debería ser. Su luminosidad superó con creces su antigua magnitud, proyectando rayos deslumbrantes no solo sobre la galaxia, sino también sobre los confines del universo. Con el aumento del poder del sol, la Tierra de Carne ya no pudo soportar su llama sagrada. Su superficie estalló en llamas; la sangre hirviente no logró apagar el fuego blanco dorado. Entre las convulsiones de la bola de fuego abrasadora, la Tierra de Carne emitió un grito agonizante y estridente que resonó por el cosmos. Desde la gloriosa rueda solar, sobre el Carro Solar, el Dios de la Linterna Faetón contemplaba solemnemente la inmundicia retorcida y aferraba con fuerza su lanza radiante. En un murmullo bajo, habló. “Solsticio… Cenit…” Con ese cántico, Faetón hizo crujir las riendas. Los resplandecientes corceles solares relincharon y galoparon hacia adelante, con sus cascos pisoteando el espacio, arrastrando al Carro Solar a una carga precipitada. Los corceles solares avanzaron con la lanza de luz apuntando hacia adelante. Faetón condujo su carroza directamente hacia la encarnación de la Madre del Cáliz. Un sol majestuoso y resplandeciente se precipitó directamente hacia la inmensa Tierra de Carne. Y entonces, un fuego abrasador consumió la carne. La rueda solar envolvió la Tierra de Carne y explotó con furia apocalíptica, arrojando un resplandor que desafiaba la descripción en la oscuridad del espacio. Esta luz superó los límites de la velocidad, inundando cada rincón del cosmos en un instante, sumergiéndolo todo en una luz diurna deslumbrante. Fue el cenit de la luz diurna para todo el universo material. Incluso aquellos sistemas estelares distantes que habían perdido sus soles hacía mucho tiempo se iluminaron. Mundos fríos y rocosos se incendiaron con el brillo distante; los planetas se fundieron, transformándose en mundos de lava ardiente y fundida. La gran luz del día duró sólo un momento; luego la luz abrasadora que había llenado todo el espacio se atenuó rápidamente. A medida que el brillo abrumador se desvaneció y la oscuridad regresó al cosmos, el punto de origen de la explosión (esta galaxia anómala) ahora estaba purgado de suciedad. En el vacío, el Carro Solar aún permanecía. Aunque los corceles solares que arrastraba se habían atenuado ligeramente, aún brillaban con glorioso resplandor. La inmensa y corrupta tierra de carne se había desvanecido por completo. Ni niebla de plaga, ni sangre, ni tentáculos ni fauces negras, ni engendros degenerados: nada quedaba. Todo había sido completamente aniquilado por la luz purificadora. “Se ha ido… Todo… ¿Puede realmente limpiarse tan completamente…?” Faetón murmuró con asombro, mirando la escena vacía que tenía ante él. Pero desde lejos, Dorothy gritó con urgencia. ¡No! ¡Esto no ha terminado! Esa cosa... sigue aquí... Su voz era grave. Y con sus palabras, el mundo a su alrededor empezó a cambiar una vez más. Hilos de sangre, uno tras otro, se manifestaron en el vacío negro, extendiéndose rápidamente en todas direcciones. El espacio comenzó a ondularse y a latir, y desde su interior surgieron sonidos rítmicos. Golpe… golpe… golpe… golpe… Ese sonido era un latido. A través del velo cada vez más fino del espacio, el carmesí se filtraba y latía, como si tras los límites se escondieran innumerables corazones, latiendo con fiereza... O quizás... ese era el caso. Los hilos de sangre, que se extendían rápidamente, alcanzaron todos los rincones del universo. Latidos atronadores, más fuertes que cualquier tormenta, resonaron por todo el cosmos. Ojos, narices, bocas, oídos: órganos sensoriales deformados y grotescos comenzaron a crecer y a aparecer, más grandes que planetas, incrustados en el reino material. Observaban, observándolo todo. “¿Esto es… una invasión de más allá de los reinos?” La expresión de Dorothy se ensombreció. Faetón alzó la mirada, observando el cosmos. Sus ojos divinos —los de Linterna— contemplaban tanto el universo como lo que se extendía más allá. Y en ese instante, se quedó paralizado. “El universo… se ha colado en su dominio… Ella lo ha reescrito todo…” Faetón finalmente comprendió: desde algún punto desconocido, el poder fugaz de la Madre del Cáliz no solo había inundado el reino material. Para acelerar su surgimiento, una vez que su poder alcanzó un umbral, comenzó a fluir también hacia otros reinos, infundiéndolos con su esencia. Lo que el ataque anterior de Faetón destruyó fue sólo la parte de Ella que había entrado en este reino. Ahora, en todos los reinos, el poder del Cáliz de Sangre convergía, reuniéndose rápidamente fuera del reino material. La divinidad en expansión de la Diosa Principal le otorgó una inmensa autoridad, permitiéndole alterar una vez más el paradigma cósmico. Faetón miró hacia afuera. Vio que el reino material ya no era infinito. Se había convertido en una esfera cósmica, contenida dentro de un espacio mucho más grande e ilusorio. Bajo esta esfera cósmica se alzaba una imponente montaña, tan alta como una aguja. Todo el reino material descansaba sobre la cima de esta montaña. La montaña, más grande que el universo mismo, se extendía hacia abajo hasta formar una vasta placa. Bajo la placa se alzaban seis elefantes colosales, aún más grandes que la placa, dispuestos en círculo con los lomos pegados, elevando el mundo. Y debajo de esos seis elefantes… había una tortuga gigantesca, más grande que todos ellos, sosteniéndolos sobre su poderoso caparazón… y debajo de la tortuga… se enroscaba una inmensa serpiente. Esta serpiente colosal, aún más grande que la gran tortuga, estaba enroscada en un círculo, y su cuerpo enroscado sostenía a la tortuga y todo lo que la cubría. Su cabeza y cola se extendían hacia arriba desde la espiral formando un arco, hasta la cima de la montaña. Sobre la esfera cósmica, la serpiente se mordía la cola, formando un anillo perfecto. “¿Así que este es… el nuevo cosmos esculpido por el Cáliz de Sangre? ¡Qué concepto tan retro…!” Al contemplar la escena más allá del universo material, Dorothy no pudo evitar murmurar con asombro. La Madre del Cáliz había reconfigurado una vez más la visión cosmológica, esta vez a una escala aún más grandiosa y absurda. Anteriormente, solo había pasado de un modelo heliocéntrico a uno geocéntrico... pero ahora, el concepto se había distanciado por completo de las estrellas o galaxias, un concepto que se alineaba mucho más con su propia naturaleza. En incontables ciclos pasados de reencarnación, la forma del universo varió enormemente según el dios que lo dominaba. Cielos esféricos y tierras planas… Árboles del Mundo… Planos infinitos… Burbujas del mundo… y ahora, esta Torre de la Tortuga y el Elefante. Alguna vez fue la forma cósmica presidida por el dios del Cáliz en un ciclo anterior, y la Madre del Cáliz la había manifestado de nuevo. Actualmente, la Torre Tortuga-Elefante permanecía en su forma normal, pero el poder divino que la creó había desaparecido hacía tiempo. Esa corrupción comenzaba a extenderse rápidamente por toda la estructura. Hilos de sangre siniestros aparecieron, extendiéndose rápidamente por las bestias titánicas que sustentaban el mundo. Como si hubieran sido atacados por una terrible enfermedad, los enormes elefantes, la tortuga y la serpiente se hincharon con venas palpitantes y úlceras purulentas. Entre sus aullidos de agonía, hilos carmesí envolvieron sus cuerpos. Cuando los hilos de sangre se dispersaron, las bestias que una vez sostuvieron el mundo se transformaron por completo. Los seis grandes elefantes se habían encogido y deformado, les habían crecido colmillos afilados y pelaje negro, y se habían transformado en seis enormes lobos huargos de un negro intenso. Bajo las garras de los lobos, el robusto caparazón de la tortuga se ablandó, y sus gruesas placas se transformaron en gusanos regordetes e hinchados. Estos gusanos se agruparon, formando la grotesca figura de una abominación alada. Y bajo los gusanos que se retorcían, la serpiente enroscada estaba ahora empapada en sangre; su tono gris oscuro se tornó carmesí. Sus escamas desaparecieron y su cuerpo se volvió liso, pareciendo ahora un inmenso intestino en lugar de una serpiente. Debajo de la serpiente intestinal, apareció algo más: una criatura. Tenía un cuerpo vagamente parecido al de una mujer humana, rollizo y completamente carmesí, con protuberancias que parecían pechos colgando de toda la parte superior del cuerpo. No tenía pelo ni rasgos, y yacía boca arriba en el vacío. La serpiente intestinal sostenía todo lo que tenía encima, enroscada alrededor del abdomen hinchado del monstruo. Entonces, el vientre del monstruo se transformó en un pantano, dando a luz innumerables tentáculos similares a cordones umbilicales, que se enroscaron hacia arriba para enredar la ahora corrupta Torre Tortuga-Elefante. A medida que el vientre pantanoso se hundía, la Torre de las Bestias derribada era arrastrada hacia el útero del monstruo. Al mismo tiempo, el vacío se iluminó con un número creciente de luces parpadeantes. De su interior surgieron incontables esferas cósmicas, cada una adherida a la montaña y fusionándose con ella. Llegaban más y más. Eran otros reinos, otros reinos interiores. Atraídos por la corrupta Torre Tortuga-Elefante, se transformaban para adaptarse, volando para fusionarse con ella, hasta que se convirtieron en uno y fueron devorados por la Madre del Cáliz. El Cáliz de Sangre anhelaba devolver todo a su seno, protegerlo eternamente. De ser posible… Extendería la mano con suavidad, sin causar daño directo, y atraería todo hacia sí… tal como ahora. “Es el Cáliz de Sangre… la Madre del Cáliz… Ella se manifiesta fuera del reino material, tratando de atraer al mundo entero hacia Su vientre…” “¿Entonces este… este es el verdadero poder de un Dios Principal? Es tan… vasto… tan absolutamente invencible…” Al contemplar a la Madre del Cáliz más allá del cosmos material, Faetón murmuró aturdido. Por primera vez, la desesperación se apoderó de su rostro. Incluso ahora, a pesar de estar a punto de convertirse en un Dios Principal, sentía una impotencia abrumadora ante el poder de un dios verdadero. No es momento de amedrentarse. Si nos dejan arrastrar, se acabó. ¡Tenemos que hacer algo! En el extremo opuesto de la galaxia vacía, el tono de Dorothy era tranquilo pero firme. La situación actual era que la Madre del Cáliz había transformado la Torre Tortuga-Elefante en una forma caída, absorbiendo todos los dominios y reinos internos por igual. Luego, al tragarse la torre, pretendía absorber todos los reinos en su vientre. El reino material no era el único en peligro; escapar a otros reinos no cambiaría nada. No había escapatoria. La única opción era resistir. Acabas de repeler su mayor encarnación en el reino material, pero no encontraste mi fragmento de divinidad. Ella se retiró con él a los reinos del más allá, fusionándose allí con sus otras encarnaciones. Lo que nos atrae ahora... es probablemente la entidad más grande que Ella ha manifestado, la más cercana a su verdadera forma. Mi fragmento de divinidad está dentro... Aún tenemos que recuperarlo... Incluso ante semejantes dificultades, la voz de Dorothy se mantuvo tranquila y serena. Al escucharla, Faetón hizo una pausa y luego respondió con solemnidad. El Cáliz de Sangre ha crecido mucho más allá de lo que puedo esperar purgar. Incluso si lo hacemos todo, dudo que podamos dañar ni una sola extremidad... No necesitamos destruirla, ¡solo necesitamos atravesarla! Por pequeño que sea el agujero, si logramos penetrarla, ¡hay esperanza! La voz de Dorothy se agudizó con determinación. A medida que hablaba, su expresión se tornaba más solemne. Ahora, déjame tomar la iniciativa. Atacaré; apóyame con todo lo que tengas. Habló con seriedad a sus parientes de sangre. Tras una breve pausa, Faetón asintió, aceptando el plan de Dorothy. Con su respuesta, una leve sonrisa se dibujó en la comisura de los labios de Dorothy. “Ella está aquí…” Mientras Dorothy susurraba, el tejido del reino material se onduló. Con una violenta distorsión, un objeto colosal del tamaño de un planeta apareció ante sus ojos. Una superficie de bronce… ríos de metal fundido… montañas de acero… ¡Era una enorme Estrella de Acero: el Señor de la Forja, Núcleo del Orden! —Ah... por fin cambié de ubicación. Espero que ese pequeño aguante... Beverly murmuró mientras contemplaba el tenue cosmos que la rodeaba. No hacía mucho, ella y el recién nacido Dios Mariposa se habían enfrascado en una brutal lucha dentro de sus dominios, luchando contra el Lobo Glotón y la Serpiente Abisal. Durante el enfrentamiento, Beverly cooperó con el joven Dios Mariposa, usando una sutil influencia hipnótica para confundir brevemente a los Dioses Lobo y Serpiente, lo que le permitió escapar del campo de batalla y correr al reino material para esta batalla mucho más crucial. De vuelta en el reino divino del campo de batalla, los Dioses Lobo y Serpiente, presentiendo que algo andaba mal, los perseguían de cerca. La joven Diosa Mariposa hacía todo lo posible por detenerlos, pero no podía resistir mucho. Dorothy y sus aliados debían actuar con rapidez. “Comencemos, señorita vecina”. “Claro que sí. Estoy todo oídos.” Tras intercambiar apenas unas palabras, Beverly entró en acción. La superficie de la enorme estrella de acero comenzó a vibrar con un zumbido mecánico. En medio de una serie de vibraciones rítmicas, el titán metálico inició una transformación completa. A diferencia de antes, cuando se transformó en armas, turbinas y altavoces, esta vez el cuerpo de Beverly se encogía. La gigantesca estrella de acero se comprimía rápidamente, desafiando las leyes físicas, haciéndose cada vez más pequeña. “Esto es todo…” Mientras tanto, al otro lado, Faetón también comenzó a transformarse. Su cuerpo acorazado resplandeció con luz, disolviéndose en una corriente radiante, fundiéndose con el Carro Solar. Los corceles solares unidos al carro también se transformaron en luz pura, fluyendo por sus cadenas para infundir el carro. Bañado por este resplandor cegador, el carro sagrado comenzó a transformarse. Sus mecanismos divinos cambiaron rápidamente, encogiéndose como la estrella mecánica. Por fin, cuando la transformación concluyó... La estrella mecánica, antaño un planeta, se había comprimido hasta convertirse en un pequeño objeto de no más de un metro de longitud. Al observarlo de cerca, se vio que era un rifle de color bronce, adornado con engranajes y adornos, que irradiaba un inconfundible estilo steampunk. ¿Y el Carro Solar? Se había transformado en algo aún más pequeño: una bala. Una bala dorada, con delicados grabados, afilada y afilada, bañada por un suave resplandor. Pistola y bala, ambas terminadas, dispararon hacia el mismo punto. Suspendida en el vacío, Dorothy atrapó el rifle con la mano derecha y la bala con la izquierda. Rápidamente, lo cargó, quitó el cerrojo y metió la bala en la recámara. Sosteniendo el arma forjada por la propia Señor de la Forja, Dorothy apuntó el cañón al vacío oscuro, a nada en particular. Entonces, una luz púrpura llenó sus ojos. Rayos de luz violeta surcaron el rifle de bronce, crepitando y centelleando. Cañón de Riel: esa era la habilidad que Dorothy se disponía a desatar. Un poder que adquirió gracias a su conocimiento de una «Ciudad Academia» en otro mundo. Lo había usado muchas veces en el pasado para derrotar a enemigos poderosos, pero esta vez, para enfrentarse a un enemigo sin precedentes, había llevado la habilidad a un nivel completamente nuevo. Impulsada por su propio Trueno divino de Revelación, lanzado por el cuerpo diseñado por el Señor de la Forja como riel, y disparando una bala hecha de casi la mitad del cuerpo principal de la deidad de la Linterna, tres fuerzas divinas monumentales de tres dominios ahora se habían unido. Todo por un solo disparo. Un golpe singular y trascendental. Un cañón de riel de los dioses. Con el apoyo de los tres poderes divinos, el cañón de riel, originalmente solo una habilidad ofensiva estándar, ahora trascendió por completo su concepto anterior. Después de completar su puntería, Dorothy respiró profundamente, contuvo el aire y apretó el gatillo. En el momento del disparo, no hubo una onda expansiva que sacudiera el mundo. Solo un rayo dorado emergió de la boca del cañón, y en el instante siguiente, ya lo había atravesado todo. Ese rayo, ese fino haz de luz dorada disparado por el rifle de Dorothy, atravesó el espacio y salió del cosmos material. Se deslizó hacia abajo, atravesando por completo la Torre Tortuga-Elefante y golpeó la piedra angular del gran pilar: el monstruo llamado "Madre". En el instante en que ese fino rayo penetró, enormes franjas de carne se desvanecieron. Lo que siguió fue un aullido de agonía... “¡¡¡OOOOOOHHHHHH!!!” Sin trayectoria. Sin camino. Era como si el espacio y la distancia se hubieran ignorado por completo. El rayo dorado alcanzó su objetivo en el mismo instante en que fue disparado. Todo lo demás simplemente se borró. Fue como un velocista que llega a la meta en cuanto da el primer paso, como un muro alto en medio de la pista que se rompe sin resistencia. Solo un principio y un final, sin proceso intermedio. Este era el cañón de riel definitivo, elevado por el poder de tres dioses. Ya no era una mera técnica física: se había sublimado en un concepto, una ley, una autoridad divina. Una autoridad que simbolizaba “Perforación”, “Golpe” y “Llegada”. Un concepto que va mucho más allá de lo que un cañón de riel alguna vez estuvo destinado a ser. Disparar era impactar. Impactar era llegar. Cualquier obstáculo que se interpusiera sería aniquilado al instante. Aunque la Madre del Cáliz lo hubiera presentido y hubiera intentado reforzar sus defensas, no habría tenido la oportunidad. Ese fue el poder del ataque conjunto lanzado por Dorothy y sus compañeros. La bala radiante vaporizó más de la mitad del cuerpo de la Madre del Cáliz. Entre sus interminables gemidos y chillidos, alcanzó su objetivo: flotando en un espacio vacío, había una gema cristalina, con su superficie de un violeta brillante. La infinita carne que una vez la rodeó se había reducido a vapores ascendentes. En ese momento, la bala dorada se disolvió en luz pura, extendiéndose hacia adelante para envolver la gema violeta. Ahora, transformado en la bala, Faetón finalmente había alcanzado la gema divina. Solo faltaba recuperarla. La Madre del Cáliz acababa de sufrir la fuerza de un triple golpe divino: su divinidad colapsaba. Aunque se recuperaba rápidamente, no pudo evitar que Faetón se llevara el cristal. “¡Ni se te ocurra pensar en escapar!” Pero justo entonces, dentro del vacío que rodeaba la gema, una densa niebla verde surgió de repente, convergiendo a una velocidad vertiginosa sobre la luz radiante que rodeaba el cristal y envolviéndolo. Aunque la Madre del Cáliz se recuperaba tras el impacto, su colaborador de toda la vida, el Buitre de Plaga, no se vio afectado directamente por el cañón de riel. Avanzó de inmediato para interferir con la recuperación de Faetón. Si Faetón hubiera estado en plena forma, habría podido controlar fácilmente al Buitre de Plaga, pero ahora era completamente diferente. Convertido en la bala, había agotado casi todo su poder divino y se encontraba en un estado de extrema debilidad. No pudo resistir el ataque del Buitre. Ni Dorothy ni Beverly estaban en mejor forma. Ellas también habían volcado casi toda su fuerza divina en ese único ataque para herir a la Madre del Cáliz. Ahora, ambas estaban debilitadas e incapaces de ayudar a Faetón. A medida que la enfermedad del Buitre de la Plaga se propagaba a la luz, el resplandor de Faetón se atenuó visiblemente. Su ser debilitado no pudo resistir la infección, y su condición empeoró rápidamente bajo el ataque de la enfermedad. Atrapado en el contagio del Buitre de la Plaga, aunque Faetón se había apoderado de la gema divina, no pudo regresar con ella. A este ritmo, una vez que la Madre del Cáliz se recuperara, él y la gema serían devorados, haciendo que todo lo que habían hecho perdiera sentido. “Esto es malo… no va a volver…” Aún en su forma de arma, Beverly murmuró con tristeza. La expresión de Dorothy se tornó seria en respuesta. Justo cuando Dorothy se preparaba para actuar para rescatarlo, ocurrió una anomalía repentina. En el oscuro y vasto cosmos que se extendía ante ella, un rayo de luz dorada cobró vida de repente. Desde su interior, Dorothy sintió una presencia familiar. "…Esto es…" En un silencio atónito, Dorothy observó cómo ese repentino resplandor dorado comenzaba a formarse, transformándose y transformándose en una figura humana. Cuando el resplandor se desvaneció, una figura apareció ante ella. Era un anciano, vestido con una larga túnica blanca bajo una prenda exterior negra. Un turbante negro le cubría la cabeza. Llevaba una larga barba, y su mirada era amable y su expresión serena. Su vestimenta tenía rasgos claros de la vestimenta religiosa moderna del norte de Ufiga, o, más precisamente, las vestimentas del alto clero de la Secta del Adviento del Salvador. Sí, este hombre era miembro de la Secta Adventista del Salvador. Pero lo que realmente sorprendió a Dorothy no fue simplemente que este anciano fuera parte de esa secta herética... —era que su rostro era idéntico al rostro envejecido de Faetón, el Pontífice de la Iglesia de la Radiancia. "Estás…" El rostro de Dorothy se llenó de confusión al mirar al anciano. El hombre se acarició la barba y rió suavemente. Solo un poco de anhelo... y un poco de terquedad. Nunca imaginé que ahora cambiaría algo. Mientras hablaba, se giró hacia la lejanía, mirando a través del velo entre los reinos la luz radiante que aún luchaba contra la plaga. Vamos... es la hora. Honremos nuestro pacto. Volvamos a ser uno, mi otra mitad... “Conmigo como núcleo”. Mientras el anciano hablaba en voz baja, la luz enredada en la niebla de la plaga se atenuó repentinamente y luego se extinguió. Desapareció por completo. Pero lo que es más importante, cuando esa luz desapareció, también desapareció la gema divina violeta que contenía. "¡¿Qué?!" El buitre de la peste quedó atónito. De vuelta en el reino material, el anciano de repente irradió un suave resplandor dorado. Se giró hacia Dorothy, sonriendo amablemente. Luego, lentamente, abrió la mano. Descansando pacíficamente en su palma estaba la gema divina. “Tómalo, joven Árbitro… mi pariente de sangre.” Al oír estas palabras, Dorothy, que había dudado, sonrió comprensivamente. Tomó el cristal y respondió. —Ah… gracias, primo. O debería decir… la Intérprete Radiante de la Iglesia Radiante. Así es, el anciano que estaba frente a ella no era otro que el Intérprete Radiante, el único líder supremo de la Secta Adviento del Salvador en toda la larga historia de Ufiga, considerado como el Gran Hereje. Y al mismo tiempo, también era… Faetón. La misma persona. Eran uno y el mismo: provenientes de un único origen. En la voluntad de Radiancia residen la reverencia y la adoración. Estas emociones pueden fomentar la lealtad... pero, llevadas al extremo, fácilmente generan distorsión, abriendo grietas por las que se infiltra la corrupción. Me di cuenta de esto hace mucho tiempo. Por eso hice este arreglo. Nunca pensé que... sería útil hoy. El anciano —el otro yo de Faetón— suspiró al entregarle la gema a Dorothy. Sus palabras revelaron las causas profundas de los acontecimientos de hoy. Desde el comienzo de la Cuarta Época, la función principal de la Iglesia Radiante había sido servir de carcelera de la corrupción sellada. Para dirigir con mayor eficacia la fe recogida del mundo hacia el sello, el Pontífice Faetón reemplazó la antigua fe del único Salvador con la Doctrina de los Tres Santos, un modelo de creencia más eficiente para fines de sellado. Con el ascenso de los Tres Santos, la fe original del Salvador quedó marginada. Los más afectados fueron los devotos creyentes originales, y otra figura: el propio Faetón. Implementar la doctrina de los Tres Santos no significó que Faetón estuviera de acuerdo con ella. Al contrario, despreció la presentación de poderes destructivos como iconos sagrados para la adoración, mientras que quien verdaderamente se sacrificó, su padre Heros, el Salvador Radiante, fue olvidado. Como hijo de Heros, a Faetón le resultó muy difícil aceptar el declive de la fe en el Salvador. Pero, ante la necesidad, no tuvo más remedio que seguir adelante. Sin embargo, sabía que este conflicto interno, su persistente reverencia por el verdadero Salvador, algún día se convertiría en un riesgo oculto. Para una deidad de la Linterna, cuando la fe se distorsiona, la corrupción encuentra su camino. Faetón tuvo que resolver esta contradicción interna. Su solución… fue la división. Buscó la ayuda de la Luna Espejo y, usando el poder de la Reina del Cielo Nocturno, se reflejó y se dividió. Se arrancó la parte de sí mismo que veneraba a su padre Heros con devoción ilimitada. El cuerpo principal permaneció como el Pontífice, ejerciendo las funciones de carcelero y promoviendo la fe de los Tres Santos. El fragmento cercenado —su mitad devota— se alejó, vagando por el mundo, para nunca más volver a encontrarse. Tras su separación, la mitad devota de Faetón no pudo reprimir su fe en el Salvador. Fundó la Secta Adventista del Salvador, autoproclamándose el Intérprete Radiante, e inició una propagación a pequeña escala del culto al Salvador. Desde el principio, la Iglesia de la Radiancia consideró a la Secta Adventista del Salvador un grupo herético e intentó eliminarla repetidamente. Sin embargo, el Ejército de la Guerra Santa nunca pudo destruir al Intérprete Radiante, ya que, en esencia, era simplemente la otra cara del propio Pontífice. Por lo tanto, la secta nunca fue completamente erradicada durante más de un milenio. Aunque Faetón conocía la verdad, permitió tácitamente que esta situación continuara. Cuando Faetón y la Intérprete Radiante se separaron hace mucho tiempo, ya se habían preparado para una posible reunión. La intervención de la Luna Espejo desde el principio había dejado el proceso reversible a propósito. Cuando ambas partes estuvieran de acuerdo, podrían fusionarse de nuevo, dejando abierta la elección de qué personalidad se convertiría en el núcleo dominante. Hace apenas unos momentos, el Intérprete Radiante y Faetón comenzaron su reintegración, con el Intérprete Radiante como ancla. Todo lo que pertenecía a Faetón se reintegró instantáneamente mediante este antiguo arreglo, incluyendo la gema divina que acababa de recuperar. Cuando Faetón contactó con la gema, utilizó los permisos otorgados por Dorothy, una semidiós del Apocalipsis, para transformar parcialmente la naturaleza de la gema y fusionarla con él, trayéndola así consigo. Ahora, completamente reunidos, Faetón liberó la conversión de la gema divina y se la entregó formalmente a Dorothy. Con eso, Dorothy finalmente reunió todos los elementos necesarios; solo faltaba el último paso. ¡Ven! ¡Ha llegado la hora! Cuando la gema violeta en su mano se desvaneció en un estallido radiante, Dorothy, ahora poseedora de una divinidad absoluta, miró hacia adelante con determinación inquebrantable. Con un solo gesto, innumerables personajes danzaron en el vacío, desencadenando la llegada de un gran espectáculo. En la oscuridad del espacio, aparecieron innumerables hilos radiantes de luz: finas líneas que brillaban suavemente. Estos hilos se expandieron rápidamente, entrelazándose y conectándose, dibujando contornos, formando estructuras, erigiendo monumentos, templos y vastas avenidas. Una ciudad —una ciudad magnífica y grandiosa— fue dibujada por estos hilos de luz. Y en un destello de brillantez, el color llenó las líneas, y la ilusión se hizo realidad. La tierra de la Revelación: Heópolis. La ciudad sagrada, que una vez estuvo sellada en las profundidades de la historia, finalmente había regresado al mundo, al reino material. Separada de cualquier planeta, Heópolis flotaba en el cosmos. La ciudad, largamente preparada, emprendió su misión de inmediato en cuanto emergió al mundo. En la cima de la pirámide más alta, en su centro, comenzaron a brillar runas púrpuras. Estos misteriosos símbolos pronto inundaron toda la pirámide y luego se extendieron como un torrente por las calles de la ciudad, llenándolas de un brillante resplandor violeta. Todas las calles resplandecientes se unieron, formando un gran conjunto ritual de Revelación. Esta matriz, tras establecer su núcleo, continuó expandiéndose, alcanzando el límite de la ciudad y luego atravesándola, extendiéndose rápidamente hacia el vacío cósmico. Una sola galaxia no fue suficiente. Se expandió aún más, como si finalmente abarcara todo el universo. La escalera a la divinidad se desplegaba rápidamente. Al presenciarla, la figura de Dorothy parpadeó, y cuando reapareció, se encontraba en un espacio completamente distinto. El mar de escrituras se agitó, y el antiguo Trono del Destino aún permanecía en pie en medio de las mareas del tiempo, con sus inscripciones en el asiento de la estela tan claras como siempre. Sin decir palabra, Dorothy descendió en silencio ante el pesado y antiguo trono. Se giró, se sentó y cerró los ojos, sintonizándose silenciosamente con algo profundo. En el momento en que Dorothy tomó asiento, de nuevo en el reino material, en lo alto de la gran pirámide central de Heópolis, una mujer se arrodilló e hizo una profunda reverencia. Vestía una opulenta túnica blanca con ribetes dorados. Su piel oscura brillaba bajo la luz cósmica. Se encontraba en el corazón mismo de la formación de hechizos en constante expansión, aferrando con fuerza un bastón dorado, y comenzó a cantar suavemente. “El fin de los tiempos… la atadura del destino… Todas las causas… todos los efectos… todas las cosas… todos los seres… quedan registrados… y serán juzgados…” Con su canto, comenzaron a aparecer figuras fantasmales por toda Heópolis. Adoptaban la forma de gente común de hace miles de años, ataviadas con túnicas cortas que armonizaban con el estilo antiguo de la ciudad. Se arrodillaban con devoción en las calles, entonando su canto con reverencia. Estos eran ecos históricos, reflejos de quienes vivieron en Heópolis, ahora convocados para este ritual sagrado. Pero no estaban solos. Más allá de Heopolis, en la vasta y eterna expansión divina, se manifestaron hilos de luz que se entrelazaban para formar innumerables grandes ciudades, cada una con características únicas y que se extendían sin fin. Un colosal Árbol de la Vida brotó, rodeado de elegantes ciudades élficas que se formaban rápidamente. Imponentes montañas surgieron de la formación, con magníficas puertas en sus laderas, indicios de vastas ciudades subterráneas en su interior. Entre nubes flotantes, pabellones de estilo antiguo flotaban con gracia, donde las grúas se elevaban y los peces koi nadaban. Los rascacielos se alzaban a velocidades inimaginables, formando densas extensiones urbanas que se expandían como un reguero de pólvora. Fortalezas… torres… ciudades… ciudadelas… De la historia de este universo, e incluso de reencarnaciones anteriores, innumerables civilizaciones y lugares emblemáticos resurgieron sobre la formación. Elfos, enanos, humanos, hombres-pez… especies que una vez existieron pero que habían desaparecido hacía tiempo, reaparecieron en sus respectivos dominios, arrodilladas con devoción en el centro del conjunto ritual, ofreciendo alabanzas junto con la suma sacerdotisa por el regreso del Soberano del Destino. “Ah… el Trono del Destino ha estado vacío durante demasiado tiempo… Los caminos de la historia se han extraviado hace mucho tiempo… Invocamos ahora al sabio escriba… el gran árbitro…” El Trono del Destino estaba a punto de recibir a su verdadero amo. Incontables recuerdos de eones y ciclos de reencarnación emergieron, asistiendo y celebrando el nacimiento de un nuevo Árbitro. Por un tiempo, el poder de la Madre del Cáliz en el cosmos se desvaneció. Los enormes y deformados órganos sensoriales comenzaron a desdibujarse. “Por fin… comienza…” En el mundo de la historia, dentro de un desierto árido que reflejaba el norte de Ufiga, Setut se encontraba en lo alto de una duna de arena, contemplando el campo de batalla de otro mundo que se encontraba mucho más allá de su alcance, y murmuró con asombro. “El Soberano del Destino regresará a su trono… Este mundo debe dar la bienvenida una vez más a su verdadero juez.” Mirando en la misma dirección, Shepsuna, junto a Setut, cerró los ojos y comenzó a orar en silencio. “Oh gran Árbitro de la Historia, Que todos los destinos torcidos… vuelvan al orden…” … “¡Esta ya no es tu época, Árbitro!” Más allá del reino material, el Dios de la Plaga, recién liberado de la supresión de Radiante, sintió instantáneamente los cambios que estaban ocurriendo dentro del cosmos. Con un rugido, la turbia niebla de la plaga se reunió una vez más, tomando la forma de un pájaro en descomposición y sumergiéndose en el reino material, apuntando directamente al ritual en curso. Mientras el Buitre de la Plaga se elevaba, el espacio a su alrededor se hizo añicos, y de esas grietas emergieron dos seres igualmente colosales. Un lobo huargo de color negro intenso y una serpiente carmesí. El Dios Mariposa infantil le había dado a Beverly tiempo suficiente para apoyar el reino material, creando una pequeña ventaja al retrasar momentáneamente al Lobo Glotón y a la Serpiente Abisal. Pero el Dios Mariposa pagó caro esta distracción, sufriendo graves heridas, y se vio obligado a retirarse, liberando a los dos dioses de su control. El lobo glotón, la serpiente abisal, el buitre de la peste… En este momento, los Tres Dioses del Culto de la Placenta finalmente se habían reunido para cumplir su propósito. El ritual de apoteosis de Dorothy había comenzado, pero no podía completarse al instante. Si se interrumpía a mitad de camino, las consecuencias serían catastróficas. Si no lograba terminarlo antes de que la Madre del Cáliz recuperara toda su fuerza, la guerra estaría perdida. Aunque la Madre del Cáliz seguía desplomada, sus tres vástagos conservaban todo su poder. Juntos, podrían sabotear fácilmente el ascenso de Dorothy. “Tch… otro desastre que limpiar…” En el reino material, Beverly, aún en su forma armada, murmuró al ver aquello. Para derrotar a la Madre del Cáliz, ella, Faetón y Dorothy habían agotado gran parte de sus fuerzas. Ahora todos estaban debilitados. Dorothy ya había entrado en el ritual y no podía actuar aunque quisiera. Solo Beverly y Faetón seguían en condiciones de luchar. En términos de poder, ahora eran dos dioses subordinados de rango superior extremadamente debilitados. Sus oponentes: tres dioses subordinados de élite completamente intactos. La disparidad… era evidente. Pero no importa lo desesperanzado que pareciera… Esta batalla debe ser peleada. Esta fue la batalla final de esta gran guerra. La que lo decidiría todo.
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El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela) Capítulo 818

Estás leyendo el capítulo 818 de El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela), un novela. En medio del vapor de la revolución industrial, los misterios surgen bajo la superficie. Las sectas y las sociedades secretas buscan lo extraordinario en las sombras, mientras que los dioses ocultos contemplan a la… Este capítulo tiene publicado el 16 de marzo de 2026, Traducido por el grupo Crowli, Nishino. El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela) tiene 828 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.