Leer El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela) Capítulo 817 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli, Nishino✍️ Traducción: Crowli, Nishino
Reino Interior, Campo de Batalla Divino.
En este espacio destrozado y caótico, el choque de poderes divinos se intensificaba. Tras varios reveses, se rompió un breve estancamiento y la situación comenzó a inclinarse abrumadoramente hacia un lado.
El hierro fundido abrasador se enfrió. El vapor ascendente se condensó en agua. Interminables descargas de artillería fueron devoradas por fauces insaciables. El acero reforzado y el hierro fueron destrozados por colmillos y garras ennegrecidas.
Nutridos por el néctar del Cáliz de Sangre, el Dios Lobo y el Dios Serpiente estallaron con una fuerza sin precedentes. Bajo la furia de las mareas de sangre y los colmillos devoradores, la línea defensiva forjada en acero se derrumbó pieza a pieza. La situación se había vuelto desesperada.
Ante la embestida del Lobo Glotón y la Serpiente Abisal, incluso Beverly, considerada la diosa subordinada más poderosa, luchó por mantenerse firme. Aunque confiaba en su abrumadora capacidad de producción y adaptabilidad, transformando constantemente su cuerpo divino para forjar armas especializadas que contrarrestaran a las deidades de la Placenta, su ritmo de transformación simplemente no podía seguir el ritmo del crecimiento explosivo del Lobo y la Serpiente. A menudo, para cuando se forjaba una nueva arma, el enemigo ya la había superado en su evolución, dejándola obsoleta incluso antes de poder dispararla.
Para detener el ataque, Beverly no tuvo más remedio que adoptar una postura defensiva. Generó una muralla tras otra de fortalezas de acero entre ella y los poderes de los dioses. Aunque el dios de la Piedra poseía defensas casi impenetrables, incluso estas se derrumbaron capa a capa bajo la furiosa embestida. Las fábricas, trabajando a máxima capacidad, no pudieron reconstruirse tan rápido como fueron destruidas.
"Estás acabado, Forge..."
El Dios Lobo se burló.
Con eso, el último muro de acero se hizo añicos. Un número incontable de serpientes de agua sangrienta y lobos de sombra irrumpieron en los cielos metálicos y se lanzaron hacia el cuerpo planetario mecánico de Beverly, cubriendo su superficie con garras y mareas de sangre. Estaban listos para engullirlo por completo, desgarrarlo y devorarlo.
Pero justo entonces ocurrió algo inesperado.
Una luz caleidoscópica de brillo prismático atravesó las capas de la realidad. Brillaba a través del mar carmesí y las sombras fugaces de los lobos, proyectando su resplandor sobre el mundo de hierro. Las serpientes y los lobos, bañados por esta luz deslumbrante, comenzaron a brillar, sus formas teñidas de extraños matices.
Bajo este brillo ilusorio, el campo de batalla, tan terrible y cruel, adquirió de repente una cualidad onírica. Y no era solo metafórico. Los monstruos comenzaron a perder su solidez, volviéndose translúcidos, distorsionados, hasta que tocaron el suelo de hierro y estallaron como burbujas.
“Ilusión… ¿Sueño?”
La Serpiente Abisal, encarnada en un mar de sangre, se detuvo. Volvió la mirada hacia la fuente de la luz arcoíris. El mar de sangre que una vez llenó este espacio en ruinas se estaba convirtiendo en un mar de burbujas que estallaban. De la espuma que se desvanecía, una niebla blanca se extendía hacia afuera, y en las profundidades de esa niebla, la luz multicolor se hizo más brillante.
Dentro de ese resplandor, un par de enormes alas ilusorias se desplegaron lentamente. Innumerables símbolos de diferentes colores y formas fluían por las alas en constante movimiento. Esa luz prismática provenía de allí.
Entre las alas se veía una figura borrosa, una silueta imposible de definir. Tenía estructuras parecidas a antenas, cabello largo y suelto, y una falda que se mecía elegantemente como una cola. ¿Insecto? ¿Humano? Quizás ambos. Quizás ninguno.
"Je... Por fin has llegado."
Al ver el resplandor de siete colores y sentir su naturaleza divina completamente distinta —tan distinta a la de los otros dos dioses malignos, o incluso a la de ella misma—, Beverly exhaló aliviada. Los refuerzos que tanto había esperado por fin habían llegado.
Más allá del acero, la sangre y las bestias, una cuarta fuerza divina había entrado en este reino devastado por la guerra. A diferencia de los dioses materializados anteriormente, esta era completamente diferente.
Obedeciendo la orden del Cielo Nocturno, el recién nacido Dios Mariposa había abandonado el reino de la oscuridad para intervenir en esta guerra que decidiría el destino del mundo.
…
Gracias a la llegada del Dios Mariposa, la marea de la guerra en el reino interior comenzó a cambiar radicalmente. Y aunque el reino material también experimentó una mejora, la situación aún estaba lejos de resolverse. La crisis aún no había terminado.
En las profundidades del espacio, el planeta de carne —retorcido y deformado— seguía creciendo. Ya había crecido del tamaño de un planeta terrestre al de un gigante gaseoso, pero aún no era suficiente. Alimentado por una vitalidad abrumadora, su ritmo de crecimiento no hizo más que acelerarse.
Sobre su superficie, innumerables bocas se abrían y cerraban. Los ojos giraban desesperadamente. Gruesos tentáculos, forrados de colmillos y cordones ensangrentados, crecían de la tierra carmesí, extendiéndose hacia las profundidades del espacio. Junto a ellos, nubes de niebla verde plaga, moldeadas en extrañas formas monstruosas, se cernían sobre el aire, apoyando a los tentáculos en su ataque.
Los tentáculos apuntaban hacia una región del espacio donde rugían truenos.
En la oscuridad del espacio, ante el ataque conjunto de la Madre del Cáliz y el Buitre de la Plaga, Dorothy respondió con calma. Invocó rayos enormes que destrozaron las construcciones nacidas de la plaga y cortaron los zarcillos desenfrenados.
Los tentáculos se agitaron salvajemente, dejando al descubierto fauces abiertas que devoraban el rayo. Los dedos de Dorothy temblaron y desató una red de hilos espirituales, aferrándose a los tentáculos y cerrándoles la boca a la fuerza.
Pero en el momento en que los hilos se conectaron, maldiciones de sangre y patógenos infecciosos se abalanzaron sobre Dorothy a lo largo de las líneas. Sin embargo, a medida que se acercaban, se vieron distorsionados por hilos invisibles del destino. Las posibilidades más improbables se desplegaron: colapso espontáneo, muerte súbita. Las amenazas se desmoronaron antes de que pudieran tocarla.
Alrededor de los zarcillos, serpientes de sangre se arremolinaban rápidamente para perturbar el dominio de Dorothy, pero ella respondió con historias de sequía. Manifestando el miedo a la sequía desde su mundo narrativo, conjuró monstruos demacrados y deformes, cada uno una encarnación física de la sequía. Estas entidades infundieron el poder divino de Dorothy con nuevas formas, secando por completo los torrentes de sangre.
Ahora que había alcanzado el rango Oro, el control y la comprensión de Dorothy sobre su divinidad de Revelación se habían profundizado enormemente. Pudo resistir el ataque de la Madre del Cáliz, pero por muy poco.
Antes de su avance, la aparición de la Madre casi la había derrotado. Ahora podía organizar una defensa, pero no una ofensiva efectiva. Y la mera defensa no podía mantener el equilibrio actual. A medida que el descenso de la Madre al reino material seguía acelerándose, su crecimiento se volvió insostenible. Dorothy no podría contenerla por mucho más tiempo.
De hecho, el estancamiento se rompió rápidamente una vez más. A medida que el poder de la Madre del Cáliz se intensificaba, nuevas fuerzas inundaron el campo de batalla divino. Mutaciones repentinas estallaron en todo el planeta de carne.
Ampollas bulbosas comenzaron a hincharse por toda la superficie del planeta. Al reventar, liberaron extraños monstruos, que maduraron rápidamente y volaron al campo de batalla.
Algunos eran musculosos y estaban cubiertos de crepitantes púas de relámpagos. Otros eran delgados, con docenas de largos brazos que terminaban en finos dedos de los que colgaban hilos rojos fantasmales. Otros, gordos e hinchados, vomitaban sangre y tinta que se transformaba en todo tipo de bestias nuevas y grotescas.
A través del daño de batalla y la devoración, la Madre del Cáliz absorbió fragmentos del poder divino de Dorothy, usándolos como datos semilla para dar origen a un nuevo ejército de descendientes, cada uno equipado con contra-habilidades.
Y con su aparición la situación dio un giro radical.
Los monstruos con púas desviaron los rayos de Dorothy. Las criaturas de múltiples brazos enredaron sus hilos espirituales. Las bestias hinchadas se tragaron sus míticas creaciones.
Esta nueva generación de descendientes objetivo suprimió severamente el poder de Dorothy. Una vez que entraron en acción, la balanza se inclinó rápidamente a favor de la Madre del Cáliz.
“Esto no es bueno…”
Dorothy frunció el ceño con tristeza mientras observaba el campo de batalla en constante cambio. Mientras algunos de sus monstruos de la sequía eran engullidos, enormes serpientes de sangre se abalanzaron sobre ella, con la intención de destrozarla con una fuerza brutal.
Dorothy se preparó para reasignar su poder para montar una defensa de emergencia.
Pero entonces se produjo otro cambio.
Luz.
Un rayo de luz dorada, pura y brillante, atravesó la negrura del espacio. Destelló ante los ojos de Dorothy, y las serpientes de sangre que se acercaban fueron engullidas por completo, desapareciendo sin dejar rastro al desvanecerse la luz.
“¡Has venido!”
El corazón de Dorothy se llenó de alivio.
Ella se giró inmediatamente hacia la fuente del resplandor y, efectivamente, vio lo que había esperado desde el principio.
En el otro extremo de la mirada de Dorothy, en la inmensidad del espacio, un resplandor dorado flotaba y brillaba. Al observar con atención, se distinguía una forma más sólida dentro de ese brillo difuso.
¡Era un barco dorado, un arca majestuosa!
Todo su cuerpo estaba revestido de oro, adornado con incrustaciones de gemas blancas. La nave era increíblemente larga, extendiéndose cientos de kilómetros. Se estrechaba hasta una punta afilada en la parte delantera, se ensanchaba en la sección media y se estrechaba de nuevo en la parte trasera, con la forma de la punta de una lanza dorada, pero de más de cien kilómetros de largo.
Sobre su enorme casco se alzaban innumerables estructuras magníficas: una tras otra, templos, catedrales, estadios y grandes avenidas, más vastas que cualquier ciudad. En su corazón, la arquitectura evocaba el majestuoso estilo del Imperio de la Luz de la Tercera Época. En el centro de esta vasta construcción se alzaba un resplandeciente palacio dorado, y desde su interior, como un mástil, se alzaba una imponente aguja de oro blanco: el puente de mando de la nave.
Innumerables runas ilusorias doradas, en forma de bloque, se apilaban unas sobre otras, formando un enorme anillo rúnico tras otro. Estos anillos rúnicos rodeaban la nave de proa a popa, cada uno con un radio diferente. La proa puntiaguda del arca surcaba el vacío, despertando oleadas de luz estelar que caían en cascada sobre su casco como olas celestiales.
Esta era la Rueda del Sol Ardiente, la Vasija de Acero Santa más poderosa de la Iglesia de la Radiancia, la mayor arma dejada por el majestuoso Imperio de la Luz de la Tercera Época, y el Arca del Apocalipsis que sirvió como corcel del Gran Dios.
Una vez estuvo sellado en el Monte Sagrado, considerado una de las mayores bazas de la Iglesia de la Radiancia. Ahora, había resurgido; o, más precisamente, se había convertido en el mismísimo sol abrasador.
Dentro del puente palaciego del enorme arca, un anciano vestido con humildes ropajes blancos contemplaba la escena caótica y contaminada que se extendía ante él. Su mirada se dirigió al mundo carnal que se extendía abajo: un planeta de sangre y corrupción, mucho más vasto que incluso el arca bajo sus pies.
Con tono cansado, murmuró.
“El frágil equilibrio finalmente se ha inclinado…
La suciedad sedimentada durante mucho tiempo se ha derramado...
El día del juicio final ha llegado…
Que este último resplandor brille a través de mí…
Ya sea que brille sobre un futuro sin esperanza… o sobre un mundo nuevo…
Eso se decidirá ahora”.
Éste era Faetón, el Santo Pontífice de la Iglesia de la Radiancia.
Durante mil años, había sido el carcelero de la desesperación y la corrupción, vigilando el sello desde arriba. Siempre que la corrupción se agitaba, era él quien ascendía para fortalecer la cerradura, acercándose al único poder que ningún mortal estaba destinado a enfrentar.
Aunque carcelero, Faetón siempre supo la verdad: la prisión no duraría para siempre. Un día, tendría que enfrentarse al terrible poder que encerraba. Ese día por fin había llegado. Y así, con serenidad y determinación, tomó sus armas, listo para afrontar ese destino.
¡Faetón! ¡Cómo te atreves a volver! ¡Paga el precio!
Desde el planeta de carne, Unina, ahora fusionada con la tierra-sangre, gritó furiosa. Su rabia le deformó el rostro hasta convertirlo en algo casi monstruoso, y en resonancia con su ira, la encarnación de la Madre del Cáliz comenzó a surgir con violencia.
Uno tras otro, innumerables tentáculos gruesos brotaron de la tierra corrompida. Con cada ruptura de las ampollas hinchadas en el suelo, nacieron más monstruos. La densa niebla de la plaga se concentró rápidamente en esa región.
Los tentáculos se abrieron con hileras de bocas rechinantes, enroscadas con serpientes de sangre, todas abalanzándose hacia el arca que brillaba en los cielos. Junto a ellas venían legiones de manifestaciones de plaga y bestias deformes.
La embestida de la Madre del Cáliz atravesó cielo y tierra. Incluso el arca colosal —de cientos de kilómetros de largo— parecía lastimosa ante semejante tsunami. Era como una canoa solitaria en medio de un tifón, una que podría desvanecerse al instante bajo la marea de sangre y carne.
Sin embargo, ante este asalto abrumador, Faetón mantuvo la compostura.
Con un solo gesto de su mano, el arca dorada comenzó a vibrar. Sobre su enorme superficie, se manifestaron conjuntos de hechizos fantasmales y cañones divinos. Todos apuntaban a la ola de corrupción que se acercaba y disparaban rayos de cegadora luz dorada.
Estos rayos, cada uno lo suficientemente potentes como para cortar continentes y hender planetas, ahora se contaban por cientos. Juntos, tejían una red de destrucción radiante, formando una brillante red de luz que atrapaba y detenía la marea de sangre.
Los tentáculos fueron cortados, la sangre y la plaga se vaporizaron, y monstruos especializados enteros fueron aniquilados en el tejido radiante.
Aunque poderosa, la red de luz tenía un alcance limitado. La marea de inmundicia seguía creciendo, ola tras ola. Más fauces abiertas comenzaron a atravesar los rayos radiantes, y los interminables mares de sangre refractaban y debilitaban la luz. Algunos rayos fueron retorcidos por la magia de la plaga, convirtiéndose en gruesos gusanos de carne amarillos, plagados de plaga.
La luz sola no era suficiente.
Faetón alzó la mano una vez más, infundiendo su poder en el arca. Runas más antiguas y arcanas brillaron en su superficie, y entonces, seis luces radiantes se alzaron de sus flancos.
No eran armas de rayos. Eran entidades: seis seres luminosos que dieron una vuelta alrededor del arca antes de salir disparados hacia la marea que se aproximaba. Mientras volaban, sus formas comenzaron a cambiar.
Uno se convirtió en una llama ardiente, de la cual emergió una figura enorme vestida con una armadura dorada ornamentada, con alas de fuego y un halo de llamas doradas sobre su cabeza.
Otro se transformó en una figura solemne de rostro férreo, sin rasgos visibles bajo una corona enjoyada. Fragmentos de pergaminos componían sus alas, y un halo de mandamientos grabados en piedra flotaba sobre él.
Un tercero desplegó alas blancas, ataviado con túnicas que brillaban con luz sagrada. Su cabello dorado ondeaba alrededor de un rostro borroso, sobre el cual flotaba un halo con forma de uróboros, una serpiente blanca que se mordía la cola.
El cuarto estalló en maquinaria, revelando un ángel mecánico con alas de acero y plumas metálicas. Un halo con forma de engranaje flotaba sobre una cabeza llena de sensores.
La quinta luz se atenuó para revelar una figura esquelética envuelta en lino, con alas secas y espinosas. Un halo de espinas puntiagudas reposaba sobre su capucha en sombras.
El sexto era el más oscuro de todos: un ángel más negro que el cielo nocturno, vestido con una armadura iluminada por estrellas, con alas de sombra y coronado con un halo iluminado por la luna.
Éstos eran los Seis Cardenales de la Iglesia de la Radiancia, ahora transformados en Seis Arcángeles, mucho más poderosos que los ángeles de la guarnición sagrada.
Junto con el arca, se lanzaron a la batalla contra la corrupción sin fin de la Madre del Cáliz.
Espadas llameantes vaporizaron sangre, llamas doradas devoraron serpientes de sangre en el cielo.
Los sellos de los mandamientos atan fauces demoníacas, encadenando bocas cerradas a lo largo de tentáculos gigantes.
La luz sagrada purificó la plaga, volviendo inofensivos a los patógenos letales.
Las leyes y las runas inmovilizaban a los monstruos, congelándolos en el lugar.
Se forjaron y equiparon armas divinas en medio de la batalla y se establecieron dominios rituales a una velocidad vertiginosa.
El ángel de la sombra iluminado por la luna cruzó el campo de batalla, destrozando ejércitos de tentáculos y bestias.
Con los Seis Arcángeles en plena acción y el apoyo del arca desde atrás, la marea de inmundicia finalmente se detuvo. Por un tiempo, incluso hubo un atisbo de cambio.
Pero… la Madre del Cáliz era una Gran Diosa.
El contraataque de los seis arcángeles solo pudo resistir hasta cierto punto. A medida que más poder divino fluía de la Madre, la marea corrupta volvió a surgir.
Peor aún, el poder que los arcángeles vertieron en la Madre fue absorbido y transformado en nuevos monstruos hechos a medida para contrarrestarlos.
Cuando las bestias espinosas hablaron, los mandamientos fueron quebrantados.
Cuando los monstruos con cabeza de serpiente agitaban sus colas, la luz curativa se revertía en corrupción.
Cuando las bestias inscritas con las escrituras emitían juicio, la culpa era devorada y la inocencia proclamada.
Cuando una bestia roja parecida a un dragón se elevó hacia el cielo, devoró la llama eterna.
Abominaciones parecidas a lodo se deslizaron entre las sombras para emboscar al ángel nocturno en su propio elemento.
La ventaja momentánea de los arcángeles se perdió.
A medida que el poder de la Madre del Cáliz aumentaba, la marea de corrupción surgió una vez más, avanzando irreversiblemente hacia el arca, decidida a engullirla y consumirla por completo.
Al observar este sombrío cambio, Faetón frunció el ceño.
Con un suave suspiro, levantó la cabeza y miró hacia las estrellas, hacia otro campo de batalla invadido por la inmundicia.
“Oh, mi noble sangre… préstame tu fuerza… para construir la gloria de la Radiancia…”
No le habló a un mortal, sino al cielo mismo. Su voz resonó por el espacio y a través de los reinos.
Llegó hasta Dorothy, que todavía luchaba contra la corrupción en su frente.
“Construir… la gloria de la Radiancia, ¿verdad?”
Los ojos de Dorothy se entrecerraron con interés. Un momento después, respondió con decisión.
"Como desées."
Ante sus palabras, Dorothy concentró una vasta porción de su poder divino. Luego, canalizando el Trono del Destino, ejerció el poder abrumador de la Revelación para acceder al poder de la Ley.
“Ahora, todos los símbolos de la Radiancia convergen en ti… ¡Sal, primo!”
Con su mando, Dorothy transformó toda la Iglesia de la Radiancia —e incluso todo el marco legal del Imperio de la Tercera Época— en puro poder divino. Lo vertió todo en Faetón, el recipiente perfecto.
Así como una vez había otorgado el poder de la ley al Emperador Dragón de Hielo, ahora, mucho más hábil y con un portador mucho más digno, repitió el proceso.
Con un solo decreto del Soberano del Destino, un inmenso poder proveniente de la historia se apoderó del cuerpo de Faetón. Un suave resplandor lo iluminó, símbolos etéreos comenzaron a aparecer, y sintió que su poder aumentaba rápidamente, pero aún no era suficiente.
Padre… mira este mundo inmundo. Permíteme ser la luz que purgue a los malvados…
Mientras hablaba, el resplandor que rodeaba a Faetón se encendió repentinamente. Lo que había sido un suave resplandor se transformó en un resplandor deslumbrante, inundando toda la colosal arca en un instante. La nave pareció transformarse en un cometa llameante que surcaba el espacio.
Sobre incontables reinos, en el firmamento oscuro, la cruz radiante aún se erguía, envuelta en luz ámbar. Y la figura marchita atada a ella comenzó a brillar tenuemente en resonancia.
Desde el cuerpo de Heros, restos de divinidad fluyeron hacia el reino material y hacia Faetón.
Envuelto en resplandor, la forma de Faetón comenzó a cambiar dramáticamente.
Su cuerpo demacrado se llenó de vitalidad, pasando de demacrado a robusto en un instante. La piel seca se tersó, las arrugas profundas desaparecieron y su postura encorvada se enderezó hasta convertirse en una figura imponente y orgullosa. Su altura superó los dos metros. Su cabello ralo se convirtió en mechones dorados y sueltos. La neblina opaca de sus ojos dio paso a una luz deslumbrante.
En cuestión de instantes, Faetón pasó de ser un anciano frágil a un joven guerrero radiante y poderoso. Las holgadas túnicas que antaño cubrían su figura ahora se tensaban y se rasgaban, revelando músculos enormes y bien definidos, grabados con marcas divinas doradas. Su cabello, que le llegaba hasta los hombros, fluía libremente, sus rasgos cincelados como el mármol, con una mandíbula fuerte y decidida. Ahora tenía un asombroso parecido con Hiperión: al menos un setenta por ciento.
En ese momento, Faetón estaba absorbiendo la titánica divinidad principal del Salvador Radiante.
La divinidad del Salvador se había sacrificado durante mucho tiempo para mantener la prisión que sellaba la corrupción, una prisión manifestada a través de tres aspectos: la Santa Madre, el Santo Hijo y el Santo Padre. Estos tres aspectos reunían la fe mortal para reforzar el sello de la Radiancia.
De estos, el Hijo y el Padre correspondían al Príncipe de Piedra y a la Gran Alma. Aunque ninguno había caído del todo, ambos albergaban riesgos latentes de corrupción. La Gran Alma albergaba una corrupción parasitaria en su interior que podía apoderarse de su cuerpo en cualquier momento. El Príncipe de Piedra, proclamado como inquebrantable y eterno, había resistido al Huevo del Caos durante incontables ciclos sin reencarnar, lo que lo hacía peligrosamente susceptible a la corrupción.
Así, Radiante invirtió poco poder divino en el Hijo y el Padre, sólo el suficiente para estabilizar al Príncipe de Piedra y al Gran Alma.
Pero la Santa Madre llevó todo el peso de sellar a la Madre del Cáliz totalmente corrompida, y así recibió la mayor parte de la inversión divina de Radiante, y la mayor fe.
Ahora, con la prisión de la Santa Madre destrozada, toda esa inmensa divinidad de Resplandor fue liberada.
Faetón absorbía ahora esa divinidad liberada, con la ayuda del inmenso poder de la Ley de la Revelación que Dorothy le había infundido a través del Trono del Destino. En ese momento, Faetón estaba más cerca que nunca de convertirse en el verdadero Gran Dios de la Linterna.
Revelando su verdadera forma, Faetón lanzó una fría mirada al océano de inmundicia que se extendía ante él. Extendió la mano, y un destello radiante se consolidó en un cetro forjado en piedra blanca y oro, resplandeciente y majestuoso.
Este era el Bastón del Decreto Radiante. Aunque originalmente era el instrumento ceremonial del Papa, había pasado por las manos de Kramar, Vania y Dorothy, resolviendo numerosas crisis. Ahora, había regresado a su legítimo dueño.
Tal como había respondido al linaje divino de Dorothy, ahora también el bastón reaccionó a Faetón, reorganizándose en su agarre. Rodeada de un resplandor, la vara se alargó, transformándose en una larga lanza forjada con los mismos materiales divinos.
Simultáneamente, la vestimenta de Faetón se transformó. La sencilla túnica se transformó en una ornamentada armadura imperial.
Su poderoso pecho estaba revestido con una armadura muscular grabada, una falda adornada con gemas le colgaba de la cintura y un pesado casco le cubría el rostro, salvo por los dos ojos radiantes que brillaban bajo la visera. Una vasta capa ondeaba tras él, ondeando suavemente en el vacío del espacio.
Ataviado con un antiguo equipo de batalla imperial, Faetón alzó su lanza sagrada y la apuntó en silencio hacia la creciente oleada de corrupción, donde los seis arcángeles luchaban ahora. La inmundicia casi había alcanzado el arca.
“Rueda Solar… purga lo inmundo.”
Con su susurro, todo el sistema estelar experimentó un cambio repentino.
En el centro del sistema, el enorme Sol destelló con intensa actividad solar. Gigantescas manchas solares emergieron a la superficie, fusionándose en una enorme zona de erupciones hiperactivas.
Entonces, de esa mancha solar brotó un colosal rayo de fuego solar, más ancho que la mayoría de los planetas, incluso que los gigantes gaseosos. Cruzó el espacio en un abrir y cerrar de ojos y descendió sobre el campo de batalla.
Habiendo sido advertidos, los seis arcángeles se retiraron justo a tiempo.
El rayo solar impactó y envolvió instantáneamente la inmundicia que se aproximaba, compuesta de tentáculos, plagas, torrentes de sangre y hordas de monstruos.
Bajo la fuerza purificadora más pura, en la abrasadora llama divina, la marea de inmundicia fue aniquilada.
Torrentes de sangre se vaporizaron. Fauces devoradoras se desintegraron. Maldiciones que corrompían la carne y plagas que infectaban el alma quedaron reducidas a polvo. Incluso los monstruos resistentes al fuego criados por la Madre del Cáliz quedaron completamente destruidos por las temperaturas extremas.
Este poder —la fuerza purificadora de la luz solar divina— era abrumador. Ignoraba toda resistencia, destrozaba las mecánicas y reglas divinas por igual, y purificaba todo a su paso.
Incluso el planeta de carne, ahora más grande que un gigante gaseoso, fue completamente engullido.
Su superficie se vaporizó rápidamente bajo la luz y, desde lo más profundo, un grito de agonía estremecedor resonó por todo el cosmos.
La luz divina del sol estaba purificando la fuente misma de la corrupción.
Y aun así, incluso estando completamente envuelto en el fuego solar, el planeta de carne no pereció.
La sangre y la carne se evaporaron, pero más brotó de su interior para ocupar su lugar. Continuó creciendo bajo la luz del sol, reemplazando cada capa quemada con carne nueva.
Mientras el planeta se evaporaba, comenzó a crecer de nuevo.
Con la entrada de más divinidad de la Madre del Cáliz en el reino, el planeta se negó a morir. Continuó expandiéndose; pronto, podría incluso superar el tamaño del propio rayo solar.
Al ver esto, Faetón detuvo el rayo.
Al disiparse la luz, una enorme esfera carbonizada y completamente negra reapareció en el espacio. Pero incluso esta corteza negra se quebró. De su interior, brotó carne roja, palpitando y gritando mientras se renovaba.
Al ver este grotesco renacimiento, Faetón levantó de nuevo su lanza.
Con un solo movimiento, el propio sol comenzó a transformarse.
Su luz dorada se atenuó a un naranja carmesí. Su volumen se expandió rápidamente.
La estrella, antaño joven y estable, se estaba convirtiendo en una gigante roja: una estrella con un calor aterrador y una masa inestable. Se expandió, engullendo sus planetas más internos y expandiéndose a una velocidad aterradora.
La masa original del Sol ya era un millón de veces mayor que la de un planeta terrestre. Ahora, como gigante roja, su tamaño creció exponencialmente.
Y a medida que se expandía, envolviendo los planetas interiores e invadiendo la órbita donde residía el planeta de carne, se presentó como una entidad demasiado vasta para que el lenguaje la pudiera describir.
Cualquier palabra para describir la «inmensidad» resultaría inadecuada en ese momento. Mirando hacia el interior desde la órbita del planeta de carne y hueso, se vería una inmensa pared carmesí de calor abrasador —una gigante roja— que se extendía desde la cima del universo hasta su fondo, desde el extremo izquierdo hasta el extremo derecho. La ahora furiosa gigante roja ya había ocupado múltiples órbitas internas, y su volumen comenzaba a sobrepasar los límites de una estrella.
Era una sensación indescriptible de presión sofocante. A medida que se acercaba, parecía como si todo fuera a ser tragado. Incluso el enorme planeta de carne y hueso —ya mucho más grande que Júpiter— ahora parecía más pequeño que una mota de polvo en comparación.
Para la actual gigante roja, devorar un cuerpo celeste tan diminuto sería más fácil que aplastar una hormiga. Sin embargo, justo cuando el planeta de carne estaba a punto de ser tragado por completo, ocurrió una anomalía repentina.
Una oleada de ondas carmesí se extendió desde el planeta de carne, no solo a gran velocidad, sino que trascendió el concepto mismo de velocidad. En un instante, cubrió todo el cosmos. Y con eso, el universo entero comenzó a cambiar.
Como un televisor defectuoso, la imagen del gigante rojo devorando el planeta de carne se congeló repentinamente y falló, distorsionándose en estática y tonos extraños. Estos colores caóticos llenaron rápidamente el cosmos, pero entonces, con la misma rapidez, tanto la estática como la corrupción se desvanecieron. La imagen se reanudó con fluidez... pero lo que se mostraba ahora era completamente diferente de lo anterior.
El gigante rojo que una vez se había hinchado para devorarlo todo ahora se encogía rápidamente; su inmenso cuerpo se reducía al tamaño de un típico gigante gaseoso. Su ominoso tono rojo se desvaneció, volviendo a un brillo dorado.
Pero eso no fue todo.
El planeta de carne, antes empequeñecido, se había expandido repentinamente, alcanzando un tamaño explosivo que igualaba la escala que el sol acababa de perder. Ahora se encontraba en el centro del sistema estelar, donde antes estaba el sol.
En esta nueva configuración, el gigantesco planeta de carne ocupaba el centro, mientras que el Sol y la Luna —ahora cada uno tan grande como gigantes gaseosos— orbitaban a su alrededor. La Luna emitía un brillo plateado natural, y numerosos otros cuerpos celestes también comenzaron a orbitar el planeta de carne en diversos patrones.
Sobre la superficie del planeta de carne, aún se podía observar la salida y la puesta del sol, la luna y las estrellas, iluminando la tierra, pero la mecánica cósmica detrás de todo eso se había vuelto completamente diferente.
Al ver esta drástica transformación, Dorothy frunció el ceño profundamente. Poseída por un tremendo poder divino, percibió de inmediato lo que había ocurrido.
“Esto es… el universo mismo ha cambiado… ¡La Madre del Cáliz ha reescrito el modelo cósmico!”
De hecho, lo que presenciaban era el resultado de la reescritura del universo por parte de la Madre del Cáliz. Con más divinidad fluyendo hacia el reino material y el sello ahora roto, ella había adquirido la fuerza para alterar la cosmología misma.
Momentos antes, Ella había revertido el modelo heliocéntrico del cosmos, transformándolo en uno geocéntrico. Su manifestación —la Tierra de Carne— se convirtió en el centro del sistema estelar, incrementando drásticamente su influencia. A su vez, el otrora todopoderoso Sol —que antes era el centro del sistema heliocéntrico— se debilitó y se convirtió en un satélite que giraba alrededor de la Tierra de Carne.
Tal es el poder de la divinidad de un Dios Principal, capaz de reescribir el universo a voluntad. Cualquiera que sea el bando con el poder divino dominante puede moldear el cosmos a su favor. Ahora, con la liberación divina del sello, la Madre del Cáliz había alcanzado ese nivel de influencia.
¡Jajajaja! ¿Lo ves ahora, Faetón? ¡Este es el poder de Madre! ¡Hasta el sol debe someterse!
Desde el interior del planeta de carne, Unina, ahora fusionada con él, rió con furia y arrogancia. Su risa resonó mientras el planeta de carne comenzaba a convulsionar violentamente. Innumerables tentáculos brotaron de nuevo, rebosantes de sangre pestilente y suciedad, lanzándose hacia el cielo en un ataque de escala cósmica.
Debido a la vasta expansión del planeta de carne, la marea de inmundicia alcanzó una magnitud inimaginable. Cuando un solo tentáculo, más grande que un planeta entero, con colmillos y plagado de enfermedades, se abalanzó sobre el arca, esta se sintió tan insignificante como una hormiga, tal como lo había sido el planeta de carne antes del gigante rojo.
“Rueda Solar… ¡escucha mi orden!”
Ante este momento de desesperación, Faetón, a bordo del arca, alzó de nuevo su lanza. Inmediatamente, el sol, ahora orbitando la Tierra de Carne, cambió su trayectoria y se precipitó hacia el arca.
Aunque su tamaño era considerablemente reducido, la Rueda Solar aún irradiaba un poder inmenso. Al acercarse al arca, su abrasador resplandor comenzó a vaporizar y purificar las oleadas de corrupción que se aproximaban.
La inmundicia fue incinerada en masa, pero nuevas olas surgieron de la Tierra Carne, continuando su ataque, amenazando con engullir tanto el arca como la Rueda Solar.
En ese momento, el arca experimentó una transformación repentina. De su casco frontal, salieron varias gruesas cadenas doradas, incrustadas en la Rueda Solar. Una vez tensadas las cadenas, el sol empezó a arrastrar el arca, y esta empezó a expandirse.
En un instante, el arca y el sol se volvieron uno, transformándose en una corriente de luz resplandeciente que atravesó el campo de batalla, evadiendo la marea creciente de corrupción.
El Carro Solar: ésta era la verdadera forma del Arca de la Radiancia. Podía atar el sol y usarlo como un corcel celestial, tirando del carro a través de sistemas estelares para librar guerras divinas.
Éste había sido una vez el carro de Hyperion, quien lo había utilizado en la batalla para aniquilar a innumerables enemigos.
Ahora, Faetón conducía el carro de guerra de su abuelo, guiando a Radiante a la batalla contra el enemigo más formidable al que jamás se habían enfrentado.
Guiando el Carro Solar, Faetón corrió por la superficie de la Tierra de Carne, abrasándola con fuego divino. La tierra se convirtió en cenizas, pero en cuestión de segundos se regeneró por completo. Olas de inmundicia surgieron desde abajo, lanzando ataques implacables contra la luz.
Aunque el Carro Solar superó con creces la marea de inmundicia, la Tierra de Carne en expansión dio origen a aún más tentáculos. Toda la superficie planetaria bullía ahora con ataques, creciendo sin cesar más allá de la escala de una estrella.
El carro continuó purificándose, quemando la inmundicia que encontraba, pero el crecimiento de la corrupción ahora amenazaba con consumir incluso el carro.
Incluso con nuestro poder combinado, no es suficiente para destruir esta cosa... No podemos seguir perdiendo el tiempo en una guerra de desgaste; debemos ir con todo, penetrar profundamente en el núcleo del Cáliz de Sangre y recuperar el último fragmento de mi divinidad. Es la única manera de revertir esta batalla.
Desde su posición en un lugar distante del espacio, Dorothy envió una transmisión seria. Casi toda su fuerza ya estaba agotada potenciando las leyes divinas de Faetón; solo podía confiar en él para recuperar su divinidad de la Madre del Cáliz. Solo entonces podría cambiar la situación.
"Pierce... ¿un dios principal? Haré todo lo posible..."
Al escuchar su voz, Faetón, todavía montado en el resplandor del Carro Solar, susurró en voz baja y concentró toda su voluntad, proyectando su intención a través del cosmos, convocando todo el poder que pudo.
En ese instante, fuera de ese sistema estelar en conflicto, en innumerables otros sistemas estelares geocéntricos, sus propios soles respondieron de repente, temblando y brillando violentamente.
Y entonces, estos innumerables soles en miniatura, también disminuidos por el cambio cosmológico, se liberaron de sus órbitas, transformándose en rayos de luz, cruzando años luz en instantes, convergiendo hacia la Tierra de Carne.
Así, para cumplir con el pedido de Dorothy, Faetón comenzó a recurrir a toda la luz del cosmos del reino material, canalizándola toda en un golpe final y decisivo.
Mientras tanto, en lo profundo del corazón hinchado y grotesco de la Tierra de Carne, también se agitaba un poder inmenso, uno capaz de reescribir una vez más la estructura del universo, tal como lo había hecho momentos antes.

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Estás leyendo el capítulo 817 de El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela), un novela. En medio del vapor de la revolución industrial, los misterios surgen bajo la superficie. Las sectas y las sociedades secretas buscan lo extraordinario en las sombras, mientras que los dioses ocultos contemplan a la… Este capítulo tiene publicado el 16 de marzo de 2026, Traducido por el grupo Crowli, Nishino. El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela) tiene 828 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.