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Leer El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela) Capítulo 557 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli, Nishino✍️ Traducción: Crowli, Nishino
En un camarote vacío, Dorothy permanecía en silencio escuchando al fantasma del miembro del culto del Cáliz, invocado por Neftis, quien relataba su propósito. A través de su relato, Dorothy conoció la historia completa del horrendo incidente a bordo del barco, un incidente que debería haber permanecido oculto para todos. Moncarlo, por su propia naturaleza, tenía una floreciente industria del entretenimiento. El juego y la prostitución eran legales en diversos grados. Y como dice el refrán: donde hay sexo y juego, también hay drogas. Tanto los lugareños como los viajeros solían consumir elixir, buscando emociones fuertes en distintos entornos. Esto convirtió a Moncarlo en una ciudad con una enorme demanda de esta sustancia. El elixir del cáliz era uno de los productos místicos más accesibles para la gente común. En los barrios rojos y casinos de muchas ciudades importantes, era común encontrar rastros de esta droga adictiva, conocida popularmente como “polvo rosa”. Numerosos cultos del cáliz se dedicaban a la fabricación y venta de este elixir para enriquecerse a costa del público. Naturalmente, debido a sus vínculos con sectas y el daño físico que causaba, el elixir del Cáliz fue prohibido en la mayoría de las naciones. Sin embargo, Moncarlo fue una de las pocas ciudades-estado donde siguió siendo legal. Aun así, los elixires importados estaban sujetos a aranceles exorbitantes. Sabiendo lo ricos que eran los traficantes del Cáliz, las autoridades de Moncarlo los extorsionaban sin piedad, amasando una fortuna con este negocio cada año. Los elevados impuestos propiciaron inevitablemente un floreciente negocio de contrabando. Durante mucho tiempo, persistieron los intentos de introducir elixires del Cáliz en Moncarlo. Pero los gobernantes de Moncarlo habían sido piratas, y la ciudad había sido durante mucho tiempo una capital mundial del contrabando. Para ellos, ningún truco era desconocido. Cualquiera que intentara introducir contrabando allí prácticamente se pavoneaba ante los amos. Por ello, introducir elixires del Cáliz en Moncarlo era notoriamente difícil; los métodos convencionales simplemente no funcionaban. Para contrarrestar esto, ciertos cultos del Cáliz comenzaron a desarrollar nuevas técnicas para sortear las férreas barreras de contrabando de Moncarlo; uno de estos métodos consistía en convertir a un ser humano en un recipiente ambulante del elixir del Cáliz. Los dos miembros del culto que Dorothy encontró a bordo del barco transportaban estos “elixires humanos” especialmente modificados, cuya carne y sangre estaban saturadas de sustancias del Cáliz suprimidas. Dado que Moncarlo se abstenía de inspeccionar minuciosamente a los turistas por temor a dañar su imagen, y solo revisaba cuidadosamente la carga, este método había tenido éxito repetidamente. La Sociedad de los Devoradores de Vísceras utilizaba elixires del Cáliz y venenos cognitivos para controlar a la gente común, convirtiéndola en recipientes humanos y trasladándola clandestinamente a Moncarlo. Allí, eran sacrificadas y sus cuerpos disueltos con Sellos Disueltos de Cadáveres para producir sangre saturada con elixir del Cáliz, que luego se diluía y refinaba en dosis utilizables. Un solo bovino de sangre, una vez procesado, podía producir una caja completa de producto comercializable, extremadamente rentable si se vendía íntegramente dentro de Moncarlo. Dado que la sociedad controlaba a estos animales mediante el elixir del Cáliz, debían administrárselo regularmente durante el viaje para mantenerlos dóciles. Durante el crucero, los dos miembros del culto les proporcionaron dosis periódicas. Sin embargo, lo que no esperaban era que, entre la docena de animales bajo su control, uno tuviera un apetito particularmente voraz: ese hombre era Nicado, el difunto ocupante del camarote 417. Nicado era el más adicto de todos, y sufría una grave dependencia neurológica. Exigía más elixir que los demás, hasta el punto de suplicar y finalmente exigir cantidades excesivas. Al principio, los dos miembros de la secta accedieron, ya que habían traído una cantidad considerable. Pero una vez a bordo, la ansiedad de Nicado se intensificó: necesitaba el triple de la cantidad habitual para sentirse satisfecho. Al agotarse las provisiones, los sectarios intentaron razonar con él, prometiéndole acceso ilimitado una vez que llegaran a Moncarlo. Pero Nicado no les hizo caso. Completamente adicto, incluso comenzó a resistirse a las amenazas, llegando incluso a enfrentarlos e intentando arrebatarles el elixir por la fuerza. Incapaz de tolerar tal desafío, el más joven de los dos sectarios finalmente perdió la cabeza y mató a Nicado en la cabaña 417. Para evitar sospechas” que podrían atraer a los guardias de Moncarlo a su llegada” el sectario decidió deshacerse del cuerpo. Dado que la gente transitaba constantemente por la cubierta, arrojar el cuerpo al mar suponía un riesgo de exposición. En lugar de eso, desnudó el cadáver y lo metió en un gran barril que sacó del almacén de limpieza. Utilizando sigilos disolventes de cadáveres, originalmente preparados para el ganado de sangre, disolvió a Nicado en un barril de agua con sangre y lo arrojó por el inodoro. Tras limpiar la escena, metió los huesos entre las pertenencias de Nicado, simulando una desaparición. En realidad, su manipulación había sido meticulosa. Pero lo que nunca previeron fue que los restos disueltos se mezclarían con los desechos del barco, atrayendo así un enjambre de peces. Estos peces, ahora contaminados, fueron capturados por pescadores curiosos y cocinados para los demás pasajeros. Cuando Dorothy los probó, notó la anomalía y, siguiendo el rastro, desentrañó todo el misterio. “El mundo está lleno de sorpresas…” De pie en el camarote, Dorothy suspiró tras escuchar la confesión del fantasma. Por fin, el misterio del incidente del Cáliz del crucero estaba resuelto. Solo había sido un caso de contrabando, y no el sacrificio ritual de todo el barco, como había temido. Aquella comprensión le produjo cierto alivio. “Moncarlo… una ciudad donde el elixir del Cáliz es legal, pero está extorsionado. No es de extrañar. Era una ciudad pirata. Ni siquiera los narcotraficantes se libraban de la extorsión… y eso llevó a la gente a inventar métodos de contrabando tan grotescos…” Así reflexionó Dorothy, pensando en qué hacer a continuación. Los dos miembros de la Sociedad de los Devoradores de Vísceras habían muerto, pero doce naves humanas del Cáliz permanecían a bordo. Eran drogadictos que enloquecerían sin su próxima dosis. Mientras tanto, Moncarlo seguía esperando su cargamento ilícito. Ella tenía que decidir su destino. “Estos adictos, tratados como cerdos, no pueden quedarse así… Necesito encontrar la manera adecuada de lidiar con ellos. Y si lo hago bien… quizá yo también pueda sacar algo de provecho.” Con esa idea en mente, Dorothy pronto ideó una solución sobre cómo deshacerse de los doce cálices humanos. Tras decidirse, asintió en silencio para sí misma. Primero, debía limpiar la escena y recoger el botín. Volviéndose hacia Neftis, que estaba a su lado, dijo: “Eso es todo. Terminemos ahora el ritual, Neftis mayor.” “Vale… hurk…” De pie al borde del círculo de invocación, Neftis respondió con el rostro pálido. A mitad de la frase, se inclinó y comenzó a vomitar, tapándose la boca con un pañuelo. “Ehh… ¿estás bien, Neftis mayor?” preguntó Dorothy, preocupada. “E-estoy bien… Es solo que… después de oír lo que contenían esos peces ayer… me dio un poco de asco… Eso es todo… ¡puaj!” Aún con arcadas, Neftis recordaba vívidamente que la tarde anterior había comido tres platos llenos de aquellos deliciosos pescados. Ahora, sabiendo que estaban hechos con agua contaminada por cadáveres licuados, sentía un nudo en el estómago. “Lo siento, señorita Dorothy… Voy al baño primero. Usted vaya a ordenar… Dicho esto, corrió hacia la puerta, la abrió de golpe y huyó de la cabaña. Al oír sus pasos alejándose, Dorothy no pudo evitar suspirar para sus adentros una vez más. “¡Menos mal que no comí nada…!” … Después, Dorothy recogió los restos del arreglo ritual y comenzó a registrar las pertenencias de los dos miembros de la Sociedad de los Devoradores de Tripas. El botín ascendió a unas 200 libras de Ivengard, varios sigilos místicos y una cantidad considerable de elixir del Cáliz. Entre los sigilos había algunos para disolver cadáveres, varios para respirar bajo el agua y mejorar las capacidades subacuáticas, uno para rastrear olores que aumentaba la sensibilidad olfativa y dos para curar heridas y dolores leves. Aparte de estos, no había ningún sigilo especialmente nuevo o único. Luego, Dorothy reanimó a los dos sectarios como marionetas cadavéricas, los vistió y los equipó con los elixires del Cáliz, asignándoles la tarea de seguir desempeñando sus roles originales y manejar los doce recipientes humanos del Cáliz. Utilizando los cadáveres y el elixir del Cáliz, estabilizó la sangre del ganado. Luego, manipulando la marioneta del cadáver del joven, Dorothy representó una obra de teatro ante la tripulación junto al detective Ed, fingiendo haber resuelto el crimen que ella misma había orquestado. Ante los ojos de muchos miembros de la tripulación, el autor del asesinato de la cabaña 417 fue “capturado”, sumando otra brillante hazaña al currículum del detective Ed. Gracias a su meticulosa narración, incluso el capitán y la tripulación del barco elogiaron la aguda observación y las perspicaces deducciones de la detective. Dorothy urdió una intrincada historia de motivos entrelazados entre el fallecido del camarote 417 y el asesino que había arrestado. La tripulación aceptó la historia y encerró la marioneta del cadáver como si fuera el supuesto criminal, listos para entregarla a las autoridades de Moncarlo al atracar. Dorothy incluso había planeado que el asesino “muriera casualmente” en la prisión de Moncarlo. El crucero permaneció tranquilo a partir de entonces, hasta el mediodía del día siguiente, cuando finalmente llegó a su destino: Moncarlo. En cuanto divisaron tierra al otro lado del mar, los pasajeros supieron que habían entrado en territorio de Moncarlo. Desde su posición privilegiada en la cubierta de proa, Dorothy ya podía ver grupos de islotes y afloramientos rocosos a lo lejos. Sobre estas islas de apenas unos cientos de metros cuadrados se alzaban innumerables construcciones bajas de bambú y madera, y en cada una de ellas había hombres vestidos con uniformes navales similares a los de las principales naciones continentales. Estaban armados y alertas, observando con recelo el crucero que se aproximaba. Moncarlo era un archipiélago de islotes fragmentados en medio del mar. Aparte de su isla principal central, estaba rodeado de numerosas microislas fortificadas y arrecifes. Debido a las complejas condiciones del mar, una pequeña embarcación de escolta zarpó entre las islas para recibir al crucero. Sirvió de guía, conduciéndolo con seguridad a través de la zona. Sin guía, cualquier embarcación que entrara en estas aguas corría el riesgo de encallar en arrecifes ocultos. Mientras el barco avanzaba hacia el centro de la isla, Dorothy admiraba el cambiante paisaje marino. Cuanto más se acercaban, más grandes se veían las islas circundantes. Las destartaladas chozas de bambú desaparecieron, reemplazadas por búnkeres de piedra. Dorothy vio cañones montados sobre esas torres, con sus negras bocas apuntando hacia el mar. “¡Ja… qué defensas costeras tan sólidas! Como cabe esperar de un antiguo bastión pirata.” Con ese pensamiento, Dorothy supo que había llegado el momento del desembarco, y con él, el tiempo para ocuparse de las doce naves humanas del Cáliz. … Mientras tanto, bajo cubierta, en un pasillo del crucero, un hombre de mediana edad con gorra plana y tirantes caminaba a paso ligero con una maleta en la mano. Su nombre era Dioro, uno de los doce recipientes humanos del Cáliz transportados por la Sociedad de los Devoradores de Vísceras. Antes era estibador en Ivengard, pero años de borracheras habían llamado la atención de la Sociedad. Con el tiempo, se había corrompido gradualmente hasta convertirse en un simple animal de carga. Bajo la manipulación de los Devoradores de Vísceras, Dioro había llegado a venerar a una supuesta deidad conocida como la Serpiente de las Vísceras, un título que alude a la Serpiente Abisal. Aprovechando esta peregrinación como pretexto, la Sociedad reunió a Dioro y a los demás para dirigirse a Moncarlo. Durante el trayecto, los organizadores distribuían diariamente a los peregrinos una “medicina sagrada”, una sustancia que les infundía una sensación de elevación divina. En realidad, la medicina sagrada no era más que el elixir del Cáliz. Ahora que su destino sagrado estaba casi a su alcance, los demás “peregrinos” ya se preparaban para desembarcar. Dioro, sin embargo, se apresuraba hacia la cabina de los dos “enviados divinos” en busca de su siguiente dosis. Esa mañana ya había recogido su ración diaria, pero la había perdido por el camino. Su adicción crecía. Inquieto y desesperado, no tuvo más remedio que suplicar a los enviados que le dieran más. Con ansiedad y ansias en el pecho, Dioro llegó al pasillo que daba a su cabaña. Vio que la puerta estaba entreabierta. Se apresuró a avanzar, y justo cuando levantó la mano para llamar, una voz resonó desde el interior. “Ya casi llegamos al destino. ¿Cómo está el ganado de pura sangre?” “Están en excelentes condiciones. Salvo una desafortunada pérdida, el resto están listos para la cosecha.” Al oír esto, Dioro se quedó paralizado. “¿Cosecha…? ¿Qué ganado? Los enviados no trajeron ganado consigo, ¿verdad?” Justo cuando esa pregunta se formó en su mente, la siguiente línea lo respondió todo... y lo destrozó. “Es una lástima que hayamos perdido uno. Aunque solo sean ganado humano, siguen siendo de una calidad superior a la de los cerdos. Cada uno que perdemos reduce nuestras ganancias.” “Sí… al fin y al cabo son personas. Un poco más difíciles de criar que los cerdos…” Las palabras se filtraron por la rendija de la puerta. Y Dioro, que estaba afuera, de repente sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Aunque el sol brillaba con fuerza en lo alto, un frío intenso le caló la espalda mientras el sudor frío comenzaba a gotearle.
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Estás leyendo el capítulo 557 de El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela), un novela. En medio del vapor de la revolución industrial, los misterios surgen bajo la superficie. Las sectas y las sociedades secretas buscan lo extraordinario en las sombras, mientras que los dioses ocultos contemplan a la… Este capítulo tiene publicado el 17 de enero de 2026, Traducido por el grupo Crowli, Nishino. El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela) tiene 828 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.