Leer El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela) Capítulo 403 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli, Nishino✍️ Traducción: Crowli, Nishino
El tiempo pasó rápidamente: en un solo día de navegación a toda velocidad, la flota de la Iglesia que transportaba a los pasajeros del Perla Resplandeciente finalmente llegó a tierra y arribó al puerto de Navaha.
Al mediodía, los refugiados en cubierta ya divisaban la ciudad costera en el horizonte. Entre vítores y gritos, la flota se acercó gradualmente al puerto. Las operaciones portuarias habituales ya se habían suspendido para dejar espacio en los muelles para los buques que llegaban.
Navaha era una ciudad costera de tamaño mediano situada en la región sur de Cassatia. Aunque su puerto no era especialmente grande, era suficiente para gestionar el desembarco de la flota de la Iglesia. Bajo una dirección ordenada, los barcos comenzaron a atracar y, una vez aseguradas las rampas de embarque, los pasajeros empezaron a desembarcar.
Tras sobrevivir al aterrador naufragio y pasar un día hacinados en las cubiertas y pasillos de la flota de la Iglesia, los evacuados estaban ansiosos por desembarcar. Al pisar tierra firme, la mayoría mostraba expresiones de alegría y alivio.
Aunque su idílico viaje se había visto truncado por el accidente, muchos se sentían afortunados de haber sobrevivido. Los antiguos pasajeros del Perla Resplandeciente se dispersaron desde el puerto hacia la ciudad. Algunos planeaban reanudar su viaje a Ivengard, otros consideraban regresar a casa, y otros tenían la intención de permanecer en la zona para esperar al equipo de investigación de la naviera y exigir una indemnización.
Cualquiera que fuera su próximo paso, el puerto estaba impregnado de un ambiente festivo tras el desastre. Pero ocultas entre esa atmósfera de alegría se vislumbraban varias miradas sombrías.
En un rincón del puerto, un hombre con abrigo y sombrero oscuros permanecía oculto. Sus ojos, ensombrecidos bajo el ala del sombrero, escrutaban con intensidad a los pasajeros que desembarcaban cerca. No era otro que Massimo, ahora disfrazado.
Oculto entre las sombras, Massimo olfateó sutilmente, filtrando los aromas de la multitud que pasaba.
Abandonó el barco lo antes posible tras atracar y ocupó este puesto para vigilar a todos los que desembarcaban, con la esperanza de utilizar el rastreo olfativo para localizar al Ladrón K oculto entre los pasajeros.
Dado que la flota de la Iglesia constaba de varios barcos, los supervivientes del Perla Resplandeciente se habían distribuido entre ellos, lo que significa que el Ladrón K podría no haber estado en la misma nave que Costa y Massimo. Esto hacía que su Sello de Rastreo de Olores fuera menos efectivo a menos que los pasajeros estuvieran reunidos en un solo lugar, como durante el desembarque.
Massimo se encontraba ahora en un punto clave del muelle, observando a cada pasajero que pasaba, intentando localizar el rastro de aquel botón.
En otro lugar, Costa se encontraba en la entrada del puerto, coordinando con el personal de Church el registro de cada persona que desembarcaba por su número de camarote. Esto formaba parte del procedimiento estándar para garantizar que nadie faltara, y también le daba a Costa la oportunidad de olfatear a cada pasajero de cerca.
Uno visible, otro oculto: juntos rastrearon cada rastro de olor, esperando que reapareciera esa única huella del botón.
“Vamos… aparece ya… el aroma de ese botón…”
Costa murmuró para sí mientras caminaba de un lado a otro entre los puestos de registro, escudriñando cada rostro y cada aroma. Ese botón era la clave para revertir su situación; su única esperanza de recuperar el Corazón Azul Profundo.
Pasaron los minutos. Cada vez más pasajeros abandonaban el puerto. Pero ni Costa ni Massimo habían detectado rastro alguno del aroma. A medida que la multitud se dispersaba, su ansiedad crecía. ¿Por qué no había aparecido aún el ladrón que llevaba el Corazón Azul Profundo?
El registro continuó. La tripulación del Perla Resplandeciente, junto con varios clérigos, procesaba los datos de los pasajeros en mesas improvisadas. Miembros de los Caballeros del Sacramento mantenían el orden mientras las monjas servían té a los trabajadores.
“Gracias por su arduo trabajo; por favor, tome un poco de té.”
“Oh, gracias.”
Una monja sonriente, vestida con una túnica blanca, colocó una taza junto al codo de uno de los registradores. Tras recibir las gracias, se dio la vuelta para marcharse. Al pasar detrás de Costa, un diminuto insecto se deslizó de su manga, inadvertido para todos. El bicho se posó en la ropa de Costa y se metió en su bolsillo. La monja siguió su camino sin detenerse.
Mientras tanto, en otro rincón, un insecto similar voló silenciosamente hacia Massimo y se posó en el ala de su sombrero.
Nadie notó la sutil intrusión. El registro continuó. Finalmente, se confirmó la presencia de todos los pasajeros. Pero incluso después de que la última persona abandonara el muelle, ni Costa ni Massimo encontraron a nadie con el mismo aroma.
Ambos hombres se quedaron paralizados mirando la espalda del último pasajero que partía. Tenían la mirada perdida, pero por dentro, sus pensamientos bullían.
“¿Queda algún pasajero a bordo?”
“No, señor Costa. Gracias por su ayuda hoy. El trabajo está completamente terminado.
El sacerdote que estaba cerca respondió con una sonrisa. Al oír su respuesta, Costa se quedó allí aturdido un rato más. Mientras intentaba calmar la tormenta que lo consumía, sus pupilas comenzaron a temblar levemente.
“Ya no hay pasajeros… pero esa zorra sigue sin aparecer. ¿Habrá presentido algo y urdido algún plan? ¿Seguirá escondida a bordo, esperando a que nos vayamos para actuar? ¿O habrá escapado ya por algún otro medio?”
Los pensamientos se arremolinaban en la mente de Costa. No muy lejos, en las sombras, Massimo también estaba sumido en la conmoción y la confusión.
En ese preciso instante, desde el bolsillo del abrigo de Costa” y desde la copa del sombrero de Massimo” dos diminutos insectos que habían estado al acecho comenzaron a reaccionar. Una oleada de intensa energía recorrió sus cuerpos. Sus abdómenes se abrieron de golpe y una pequeña nube de niebla rojo oscura brotó, dispersándose rápidamente en el aire.
Creadas por el Nido de las Ocho Agujas, estas sustancias contenían tanto la espiritualidad del Cáliz como la de la Sombra. Al mezclarse la niebla con el aire alrededor de Costa y Massimo, liberó un olor tenue pero penetrante. La espiritualidad del Cáliz que emanaba de la niebla fue detectada de inmediato por los Trascendentes cercanos sintonizados con ella.
Al darse cuenta de esto, los ojos de Costa se abrieron desmesuradamente. Su rostro se contorsionó involuntariamente mientras miraba la tenue niebla rojiza que emanaba de su bolsillo; su expresión era tan miserable como si acabara de tragar excremento.
“Eso es… lo mismo que aquella noche…”
Con esfuerzo por recomponerse, Costa finalmente recuperó la calma. Se ajustó la corbata con dedos temblorosos y se volvió hacia el sacerdote que estaba a su lado.
“Ah… puesto que todo está en orden, ahora vuelvo a descansar. Que la gracia de la Santísima Virgen brille sobre todos ustedes.”
Estaba a punto de alejarse cuando una voz familiar resonó a sus espaldas.
“No hace falta que se marche tan pronto, capitán Costa. Después de un día tan largo, ¿no le gustaría quedarse a cenar con nosotros?
Allí, en la cubierta de proa del crucero, se encontraba Jord, el comandante de los Caballeros del Sacramento. Tenía las manos entrelazadas a la espalda mientras miraba fijamente a Costa con expresión solemne. Junto a él había otros tres capitanes uniformados, todos con la misma mirada severa.
En cada uno de sus ojos, un tenue resplandor anaranjado parpadeaba a lo largo de los bordes de sus iris.
“Ah, y tenemos muchos asientos en la mesa. Siéntanse libres de invitar a más amigos, como a ese caballero de allá.”
Mientras hablaba, Jord dirigió la mirada hacia un rincón oscuro del puerto, encontrándose con la de un atónito Massimo. En el instante en que sus ojos se cruzaron, Massimo casi se desmaya del susto.
Ante esto, Costa apretó la mandíbula y los puños con fuerza.
“Ladrón… K…”
Con un gruñido de odio, los poderes místicos de Costa se encendieron. El agua del mar en el muelle comenzó a agitarse de forma antinatural. Los sacerdotes y monjas cercanos retrocedieron alarmados y se alejaron rápidamente. En la cubierta superior, los oficiales caballeros se agitaron con una energía espiritual; dos de ellos desenvainaron sus espadas al mismo tiempo.
Instantes después, el otrora tranquilo y ordenado puerto de Navaha estalló en un estruendo ensordecedor.
…
Por la tarde, afueras de Navaha.
En una costa rocosa, lejos de la ciudad, las olas del Mar de la Conquista rompían sin cesar contra la piedra escarpada. No se veía un alma. Solo los gritos de las aves marinas que sobrevolaban la zona llenaban el cielo.
De repente, una mano emergió de la espuma del mar y se aferró a una de las rocas de la costa. Con un fuerte tirón, un cuerpo fue arrastrado a la orilla: un hombre manco.
No era otro que Massimo.
“¡Uf… uf…!”
Jadeando con dificultad y empapado de pies a cabeza, Massimo se puso en pie tambaleándose sobre las rocas. Su aspecto era deplorable. Su ropa estaba hecha jirones, le faltaba el sombrero y su cuerpo estaba cubierto de heridas visibles. Le faltaba el brazo derecho; donde antes había estado, solo quedaba un muñón carbonizado y ennegrecido.
“¡Maldita sea… cómo… cómo pudo todo salir tan mal…!”
Apretando los dientes, Massimo se aferró a su brazo cercenado y avanzó tambaleándose por el arrecife escarpado. El dolor punzante que emanaba de sus heridas hacía que cada paso fuera inestable; parecía que iba a desplomarse en cualquier momento.
Hace apenas unos instantes, una extraña ráfaga de niebla espiritual surgió a su alrededor, atrayendo la atención del personal de la Iglesia de la Radiación apostado en el puerto. Bajo su formidable detección mística, la frágil barrera de sombras que los ocultaba a él y a Costa se derrumbó rápidamente, exponiéndolos por completo a la vista de la Iglesia.
Sabiendo que habían sido descubiertos, Massimo y Costa ni siquiera consideraron rendirse. En cambio, contraatacaron y huyeron de inmediato. Sin mediar palabra, ambos recurrieron a sus poderes para invocar las aguas del puerto, transformándolas en ráfagas de corriente que azotaron a Jord y los demás, intentando aprovechar la oportunidad para escapar.
Sin embargo, la disparidad de poder era demasiado grande. La Iglesia tenía cuatro Beyonders de rango Ceniza Blanca estacionados en el puerto, junto con un gran número de sacerdotes, monjas y soldados de los Caballeros del Sacramento. Rodeados y asediados por fuerzas tan abrumadoras, escapar ilesos era una quimera.
En la caótica escaramuza que siguió, Massimo logró escapar gracias a su posición: había comenzado más lejos de los muelles y de las fuerzas de la Iglesia. Esto significó que no fue un objetivo inmediato. Tras emplear algunas técnicas de supervivencia, saltó al mar y huyó bajo el agua, escapando de la muerte por un pelo. Pero el precio fue muy alto. Mientras se sumergía, una espada larga en llamas fue arrojada hacia él, cortándole el brazo derecho de un tajo y quemándolo.
Massimo sobrevivió. Costa no tuvo tanta suerte. Había estado demasiado cerca de Jord y los demás. A pesar de luchar con todas sus fuerzas, no pudo romper la red que lo rodeaba.
¿Qué le había pasado a Costa? ¿Lo habían matado allí mismo o lo habían capturado? Massimo no lo sabía. Tras lanzarse al mar, se había concentrado en escapar, aprovechando la corriente para impulsarse rápidamente hacia mar abierto. Después de nadar una larga distancia, cambió de dirección y regresó, llegando finalmente a un tramo de costa desolado, lejos del puerto de Navaha.
Massimo, tambaleándose, llegó a la orilla y avanzó por la playa rocosa. Su corazón era un torbellino de resentimiento y confusión.
No lo entendía: ¿cómo los habían vuelto a ganar? Esa maldita Ladrón K … ¿Cómo era posible que siempre lograra desbaratar sus planes, acorralándolos cada vez más? ¿Por qué estaba tan empeñada en oponerse a ellos?
Aún sumido en estas preguntas, Massimo arrastró su maltrecho cuerpo tierra adentro. Lo que necesitaba ahora era un lugar donde cazar, donde recuperar fuerzas y vitalidad. Necesitaba descansar, reagruparse y planificar su próximo paso.
Pero justo cuando avanzaba penosamente por la costa rocosa, sintió un ligero temblor en la nariz. El símbolo de rastreo en su cuerpo aún no se había desvanecido por completo, y a través de él, captó un rastro familiar.
¡El aroma que desprendía ese botón!
Massimo se quedó paralizado, con los ojos muy abiertos. Se giró bruscamente en dirección al aroma, y allí, de pie en lo alto de la lejana orilla cubierta de piedras, estaba un joven con un impermeable, observándolo con una sonrisa.
“Vaya, vaya… mira quién ha aparecido. ¿No es este el mismísimo coleccionista de joyas del Mar de la Conquista?”
“¿¡Tú eres… el ladrón K?!”

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El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela) Capítulo 403
Estás leyendo el capítulo 403 de El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela), un novela. En medio del vapor de la revolución industrial, los misterios surgen bajo la superficie. Las sectas y las sociedades secretas buscan lo extraordinario en las sombras, mientras que los dioses ocultos contemplan a la… Este capítulo tiene publicado el 17 de enero de 2026, Traducido por el grupo Crowli, Nishino. El Grimorio Prohibido de Dorothy (Novela) tiene 828 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.