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Leer ¿Desde cuándo mi Desfile Nocturno de los Cien Demonios es tan adorable? (Novela) Capítulo 43 online gratis en español

🏴 Grupo: Kuni✍️ Traducción: Kuni
«¡Bang, bang, bang! ¡Bang, bang, bang…!» Un golpeteo rítmico llegó desde fuera de la ventana. —Cof, cof… ¿Qingmeng, ya llegaste? Cof, cof… —la niña arrastró su cuerpo debilitado hasta la ventana y, como siempre, la abrió. —Eh, ¿cómo te sientes hoy? —el gorrión voló dentro de la habitación, dio un par de vueltas sobre la cabeza de la niña y volvió a posarse en el alféizar. —Cof, cof… mejor que ayer. En el rostro demacrado de la niña apareció una sonrisa. Luego sacó una nuez del bolsillo de su bata de hospital. —Lo siento, Qingmeng… cof, cof. La enfermera no me dejó salir hoy, así que no pude conseguir comida… solo tengo esto. —No pasa nada, no soy quisquilloso. El gorrión saltó sobre la nuez, que era incluso más grande que su cabeza, y comenzó a picotearla con insistencia. —¿Hay historia hoy? —preguntó la niña tras toser un par de veces. —Claro que sí, historias hay muchas… por ejemplo, hoy en el parque de la ciudad… Como de costumbre, el gorrión comía frutos secos mientras relataba lo que había visto y oído. Sin embargo, tras un rato sin recibir respuesta de la niña, sintió curiosidad. Alzó la cabeza y descubrió que la niña había caído al suelo, inconsciente, sin que él se diera cuenta. —¡Maldita sea! ¡Ayuda, alguien venga rápido…! —voló en círculos por la habitación, presa del pánico—. Rayos, olvidé que los mortales de este mundo no pueden oírme. Finalmente, salió disparado hacia la estación de enfermeras del hospital y armó un gran alboroto. Asustó tanto a las enfermeras —que creyeron haber topado con un suceso paranormal— que también logró que notaran la anomalía en la habitación de la niña. Cuando la niña recuperó la conciencia, descubrió que yacía en una cama blanca como la nieve, con una máscara de oxígeno sobre el rostro. El médico que registraba datos junto a los aparatos, al verla despertar, primero la regañó duramente por no saber cuidarse: estaba tan débil y aun así había abierto la ventana para que entrara el aire frío, prácticamente buscando la muerte. Luego, al verla cabizbaja y abatida, suavizó el tono y la tranquilizó diciéndole que, por el momento, no corría peligro. Cuando el médico se fue, la niña alzó la vista hacia la ventana. Qingmeng ya no estaba allí; solo quedaba media nuez. Desde entonces, la condición física de la niña empeoró día tras día. Aunque el gorrión seguía volando cada noche hasta su ventana, golpeándola con un «bang, bang, bang», las veces que la niña tenía fuerzas para levantarse y abrirla eran cada vez menos. Aun así, al gorrión no parecía importarle. Siempre, a través del cristal, le contaba los paisajes del exterior. Cuando la niña se disculpaba por no haber conseguido comida, él picoteaba un par de veces la nuez, dándole a entender que no se preocupara. Quién sabe qué método había usado el gorrión, pero aquella media nuez parecía haber echado raíces en el alféizar: ni el viento la movía ni la lluvia la dañaba, y aunque otras aves la vieran, ninguna se atrevía a acercarse a comerla. Por lenta que fuera, la niña comprendió que ese pequeño gorrión ya no era el mismo de hacía medio año, cuando casi murió de hambre. Medio año de volar bajo la lluvia y el viento había fortalecido aquellas alas antes frágiles, y esa capacidad de observarlo todo sin perder detalle sin duda ya le había dado otros medios para alimentarse. Ahora venía allí solo para verla a ella. Eso llenó el corazón de la niña de una calidez reconfortante y le dio el valor necesario para aceptar todo tipo de tratamientos, porque sabía que, junto a la ventana de su habitación, siempre había un gorrión azul esperándola. Unos días después, las enfermeras del hospital empezaron a hablar de que un gran cultivador vendría al lugar. Por curiosidad, la niña preguntó a una enfermera con la que se llevaba bien y descubrió que todo se debía al alboroto que el gorrión había armado días atrás en la estación de enfermeras para pedir ayuda. Los mortales no podían ver a Qingmeng, así que aquel incidente se interpretó como un fenómeno paranormal. Y por la violencia de lo ocurrido, parecía como si un espíritu maligno hubiera estado causando estragos. Aunque no muchos lo creían, la jefa de enfermeras —una de las involucradas— tenía vínculos ancestrales con un daoísta de gran renombre, y logró incluso sacar de su retiro al abad de aquel templo. Al comprender toda la situación, la niña sintió que caía en un abismo helado. Sabía muy bien que, aunque el gorrión probablemente era un demonio de leyenda, también era aquel pequeño ser que, medio año atrás, no tenía dónde comer y que, sin otra opción, había venido a mendigarle alimento a ella, una humana. Si se topaba con ese abad, sin duda sería condenado a muerte. Desde ese día, sin importar cuánto golpeara Qingmeng la ventana o le hablara, la niña se mordía los labios con fuerza y se cubría la cabeza con la manta, ignorándolo deliberadamente, esperando que él se decepcionara y se marchara. No sabía cuánto tiempo había pasado cuando, por fin, la ventana dejó de sonar con aquel «bang, bang, bang». Y aquella media nuez, en algún momento, quedó reducida a simples restos. El primer amigo de la niña en toda su vida desapareció así de su mundo. Aunque ya lo había previsto, en ese momento el dolor la desbordó. Su condición, que había mejorado un poco, empeoró de forma abrupta y, en pocos días, apenas podía aferrarse a la vida en la cama. Era de noche. La niña dormida pareció sentir algo y abrió los ojos. Entonces vio a un gorrión que, en la oscuridad, emitía un tenue resplandor azul verdoso, posado en la cabecera de su cama, mirándola con ojos brillantes. —Qué alivio —rompió Qingmeng el silencio, diciendo con alegría—. Pensé que te había pasado algo; me asusté tanto que casi fui a pedir una medicina de inmortalidad a la Señora Madre. —¿Por qué sigues aquí…? —la niña no sabía si estaba enojada o feliz; solo sentía que las lágrimas no dejaban de caer—. Pronto vendrá un daoísta muy poderoso. ¡Te matará! —¿Así que esa es la razón por la que me ignorabas? —Qingmeng no era tonto; tras pensarlo un poco, comprendió el motivo de su comportamiento extraño. Saltó de un lado a otro en la cabecera como un gorrión cualquiera, aparentando estar muy contento. Pero enseguida, la cola que había levantado cayó. —Tengo que irme. La niña no respondió; solo enterró media cara en la manta. —Mis dos hermanos mayores me encontraron. Debo volver a casa con ellos… —Ah… entonces vete pronto —la niña no sabía si hablaba por despecho u otra cosa. No miró a Qingmeng; solo fijó la vista en el tubo de oxígeno, como si de él fueran a brotar flores. —¿Sabes? En realidad no soy un demonio. Así que, incluso si viene ese daoísta tan poderoso del que hablas, no me hará nada —continuó Qingmeng—. Soy un ave azul, un ave espiritual. La niña entendió que Qingmeng quería que ella le pidiera que se quedara. Si lo hacía, con su carácter, tal vez realmente se quedaría. Pero no quería que Qingmeng corriera ni el más mínimo riesgo por ella. Así, ambos —una humana y un ave— permanecieron en silencio. Tras mucho tiempo, Qingmeng arrancó de repente una pluma de su cola y la colocó sobre el pecho de la niña. —Las aves azules desarrollamos tres plumas caudales en toda nuestra vida. Cada una posee el poder de traer felicidad… Xingyan, deseo que recuperes la salud y que algún día… —la voz de Qingmeng se volvió difusa— algún día podamos reencontrarnos en el Reino Inmortal… Qingmeng se fue. La niña ni siquiera supo cómo desapareció, pero desde entonces, fuera donde fuera, jamás olvidó llevar consigo aquella pluma hermosa, digna de una obra de arte. Y su enfermedad sanó con rapidez, dejando atónitos a todos los médicos, que lo llamaron un milagro. El día que le dieron el alta, un hombre de mediana edad vestido con túnica daoísta pasó frente a su habitación y quedó atraído por el talento de la niña. —Soy Yun Guanyu, abad del Templo del Ciervo Blanco… pequeña, ¿te gustaría convertirte en inmortal? ——Fin del recuerdo—— —Quién diría que pasó tanto tiempo en un abrir y cerrar de ojos… —apoyada contra la pared, Qin Xingyan quedó absorta. Para ser sincera, casi había olvidado el aspecto y la voz de Qingmeng, pero aquella última frase —«ojalá podamos reencontrarnos en el Reino Inmortal»— seguía resonando en sus oídos, convirtiéndose en la mayor motivación de su cultivo. —Ya es hora de seguir circulando la energía… —suspiró Qin Xingyan, recogió sus pensamientos y, con algo de esfuerzo, cruzó las piernas para activar su método mental. Pero justo en ese instante, con un estruendo ensordecedor, la mitad superior de la celda de reclusión —junto con el techo y la puerta— desapareció, dejando solo restos de muros de menos de un metro de altura. Frente a la celda, el propietario, sosteniendo una brizna de hierba cola de perro arrancada de quién sabe dónde, le sonrió. —Eh, vine a recogerte~. —De verdad, mayor… —la joven se quedó atónita un buen rato antes de esbozar una sonrisa amarga—. Solo estaba en retiro. —………………¿Eh?
¿Desde cuándo mi Desfile Nocturno de los Cien Demonios es tan adorable? (Novela)

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¿Desde cuándo mi Desfile Nocturno de los Cien Demonios es tan adorable? (Novela) Capítulo 43

Estás leyendo el capítulo 43 de ¿Desde cuándo mi Desfile Nocturno de los Cien Demonios es tan adorable? (Novela), un novela. Tras derrotar al Rey Demonio y salvar el otro mundo, me uní de inmediato a una guerra interestelar para rescatar a la princesa alienígena... Todo ha terminado, y por fin puedo vivir en paz. Nuestro protagonista regresa… Este capítulo tiene publicado el 23 de febrero de 2026, Traducido por el grupo Kuni. ¿Desde cuándo mi Desfile Nocturno de los Cien Demonios es tan adorable? (Novela) tiene 80 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.