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Leer Camino del Extra (Novela) Capítulo 377 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
La sala de espera olía ligeramente a café, polvo y aire frío proveniente de un respiradero que zumbaba demasiado fuerte. Las luces fluorescentes lo bañaban todo de un blanco pálido, casi hospitalario. Sillas plegables se alineaban en la pared; niños con camisetas brillantes y zapatillas demasiado limpias se movían nerviosamente en ellas mientras sus madres susurraban recordatorios, les alisaban el pelo y les limpiaban las migajas invisibles de las caras. Leo estaba sentado casi al final de la fila, con los pies casi tocando el suelo. Sus ojos verdes se movían silenciosamente de un rincón a otro de la sala, no con la inquietud de los demás niños, sino con curiosidad. No movía la pierna. No tarareaba. No ensayaba sus líneas en voz baja. Él estaba escuchando. Una chica cerca de la puerta recitaba con voz alta y vacía: «Te odio, no eres mi verdadero padre», sin dirigirse a nadie en particular, mientras su madre asentía con la cabeza como un entrenador. Un chico con una sudadera de superhéroe preguntaba constantemente cuándo terminarían. Detrás de Leo, una mujer se reía demasiado fuerte por algo en su teléfono. —Leo —murmuró Jeanne suavemente, inclinándose más cerca. ¿Recuerdas tu primera línea? No la miró. Su mirada estaba fija en la puerta cerrada al final del pasillo, aquella por la que los niños desaparecieron, uno a uno, y por la que salieron unos minutos después, repentinamente más pequeñas. "Sí", dijo. Jeanne estudió su perfil. No tienes por qué estar nervioso. Comparado con todos aquí, simplemente eres mejor. Ya has participado en varias obras; aunque esta sea más grande y nueva para ti, no me decepcionarás, ¿verdad? Le darás a mamá una actuación increíble, ¿verdad? "Lo haré", respondió. Su pulgar presionaba las páginas grapadas en su regazo, palpando cada pliegue del papel. Había leído la escena doce veces. Trazó el título con un dedo. CASAS DE CRISTAL Escena 5 – "La maleta" La puerta se abrió y la chica que acababa de entrar salió arrastrando los pies, con las mejillas sonrosadas y el rímel ligeramente corrido a pesar de su edad. Su madre se inclinó y le dijo suavemente: «Lo hiciste genial, cariño», que sonó un poco a la defensiva. "¿Leo Karumi?" llamó una voz. Leo levantó la cabeza antes de que Jeanne pudiera siquiera apretarle el hombro. Se levantó, con las páginas cuidadosamente sujetas en la mano, y caminó hacia el asistente de casting que lo había llamado. "Aquí dentro", dijo la mujer, con una sonrisa eficiente, pero no desagradable. Cuando la puerta se cerró detrás de él, el mundo se redujo. La sala de audiciones estaba más fría que el pasillo. La luz fluorescente se sentía más intensa y el aire más seco. Una marca de cinta adhesiva —un trozo estrecho y azul de cinta americana— estaba en el suelo, en el centro de la sala. Detrás de una mesa plegable sencilla estaban sentados cuatro adultos: un hombre de mediana edad, con ojos cansados y una bufanda cara (el director); una mujer con una computadora portátil y gafas en la punta de la nariz (el casting); un hombre más joven con una tablilla y un bolígrafo (el asistente); y una mujer mayor con el pelo gris recogido en un moño (la dramaturga). Leo los observó a todos sin mirarlos fijamente. Se fijó en la botella de agua con la tapa a medio cerrar, el cuaderno repleto de notas adhesivas, las notificaciones de correo electrónico iluminando la pantalla del portátil, que descartó rápidamente. Sus rostros ya tenían esa expresión que los adultos reservan para los niños: pacientes, educadamente escépticos. "Hola, Leo", dijo el director de casting. "¿Cómo estás?" "Estoy bien", respondió. "¿Primera audición?" preguntó el hombre con la bufanda. "Mi primera audición para una obra", dijo Leo. "He hecho algunas funciones escolares". El hombre se rió entre dientes. Muy bien. Cuando estés listo, ponte en la cinta. Leeremos frente a ti. Tómate tu tiempo. Leo pisó la cinta. El suelo se sentía diferente, como si el aire se hubiera vuelto un poco más denso. Podía verlos con claridad, pero no demasiado cerca. Bien. Inhaló una vez, en silencio, sin apenas mover el pecho. El asistente levantó su copia del guión. "Estamos haciendo la escena cinco, 'La maleta'", le recordó el director de casting. "Estarás interpretando a Noé". —Lo sé —dijo Leo, con los ojos fijos en la página que tenía en sus manos. El asistente sonrió levemente ante eso, luego se aclaró la garganta y adoptó la voz de Elise, la madre. Era competente, neutral: el tipo de lectura que no debe interferir. Leo podía sentir que todos ellos esperaban esa primera línea, la primera sílaba que lo clasificaría como "el típico actor infantil" o "quizás valga la pena volver a llamarlo" y nada más. Bajó la mirada, no para esconderse, sino para tranquilizarse. Imaginó la sala de estar que describía la obra: el sofá, la maleta a medio hacer, la puerta abierta que daba al pasillo. Imaginó el sonido de un coche al ralentí afuera, el tictac de un reloj de pared barato, las voces apagadas de los vecinos a través de las delgadas paredes. Imaginó, sin quererlo, su propio recibidor, la maleta de su madre un año después. Se le hizo un nudo en la garganta. Lo permitió. El asistente empezó. ELISE "Noah, ponte los zapatos. Llegaremos tarde." Leo no respondió inmediatamente. Aún no había línea, pero el silencio era suyo y lo aprovechó. Mantenía la vista fija en la página, pero su cuerpo se movió, un movimiento pequeño y desenfocado, como un niño congelado a medio camino entre obedecer y fingir que no oía. El asistente continuó leyendo, ahora "entrando" en la habitación: ELISE —Noé. ¿Me oíste? Tenemos que irnos. Leo levantó la cabeza lentamente, como si viniera de lejos. Cuando por fin habló, su voz era baja pero inusualmente clara; las consonantes eran tan nítidas que casi parecían demasiado adultas, aunque el tono seguía siendo inconfundiblemente siete. NOÉ "¿Dónde?" La palabra salió casi plana, pero no vacía. Se quedó ahí, pesada para ser una sola sílaba, como si él ya supiera la respuesta y quisiera que ella mintiera. La mano del director, a medio camino hacia su botella de agua, se detuvo. El asistente leyó: ELISE "De la abuela. ¿Te acuerdas? Te gusta la casa de la abuela. Tiene un jardín grande y un perro viejo que ronca." Leo se quedó mirando el pecho del asistente, como si de ahí viniera la voz de Elise y no de su rostro. NOÉ "...No es... por eso." Fue la microscópica pausa antes del "por qué", la fracción de segundo de aire tragado que hizo que pareciera menos una réplica y más una acusación que tenía miedo de hacer. Los ojos de la dramaturga se levantaron de su copia. ELISE(suspira) "Noé—" NOÉ(superpuesto) "Doblaste tu vestido azul. El que no te gusta." Esa frase siempre se asentaba de forma extraña en la página. La mayoría de los niños la habían notado durante la espera anterior, se les había ocurrido o la habían dicho con una inteligencia precoz, como un niño inteligente de la tele. Leo lo dijo como si le doliera. Como si la hubiera visto doblar el vestido a cámara lenta y solo hubiera entendido a medias lo que significaba. Parpadeó una vez, largo y lento, y sus pestañas permanecieron húmedas cuando se abrieron de nuevo. El asistente tragó saliva. ELISE "Sólo serán unos días." NOÉ (sacude la cabeza) Dijiste "unos días" cuando la abuela fue al hospital. Ella tampoco regresó. No alzó la voz. No la titubeó teatralmente. El "o" salió más bajo, casi como si se lo tragara, como si le avergonzara incluso al decirlo. La habitación, que ya estaba bastante quieta, se tensó. Los dedos de la directora de casting dejaron de escribir en su computadora portátil. Las pequeñas manos de Leo apretaron las páginas un poco, pero no lo suficiente como para arrugarlas. No pensaba en «actuar», al menos no conscientemente. Pensaba en preguntas que nadie había respondido en el guion, y muchas que nadie había respondido en su propia vida. ¿Por qué empacar ahora? ¿Por qué el vestido? ¿Por qué la maleta junto a la puerta en lugar del armario? ¿Por qué los adultos decían "es solo por un rato" con esa sonrisa estirada y brillante que nunca les llegaba a los ojos? ELISE(suavemente) "Esto es diferente." NOÉ (casi inmediato) "Siempre dices que es diferente." Dejó que las palabras salieran rápidamente y luego dejó de respirar. El dramaturgo se inclinó un centímetro hacia delante. La pluma del director, que había estado garabateando distraídamente alguna línea sin sentido en su bloc, se detuvo. El asistente levantó la vista, pensando que había perdido una señal, pero Leo estaba exactamente donde quería estar. Luego levantó la cabeza. NOÉ (en voz muy baja) "¿Soy yo?" Las palabras apenas se elevaron por encima de un susurro, pero aterrizaron con un peso que hizo que los ojos del dramaturgo brillaran de repente, agudos y húmedos. No había melodrama en su rostro. Solo la terrible sinceridad de un niño, muerto de miedo ante la respuesta y aún preguntando porque no saber podría ser peor. El asistente exhaló audiblemente y luego recordó que debía responder. ELISE —No. No, cariño, claro que no. No eres tú. Son cosas de adultos. Cosas de las que no tienes que preocuparte. La mandíbula de Leo se tensó. NOÉ "Me preocupa de todos modos." Su garganta se movió. Sus ojos brillaron, pero no se desbordaron. Parecían más grandes de lo que eran; el verde resaltaba contra la luz estéril. NOÉ "Te oigo pelear cuando crees que estoy dormido. Dices que no hay suficiente... no hay suficiente tiempo, no hay suficiente dinero, no hay suficiente... que yo sea normal." Esa frase en la página siempre le había parecido un poco obvia. En manos menos hábiles, parecía escrita. Viniendo de Leo, con los hombros encorvados pero intentando mantenerse erguido, parecía una frase que había oído por casualidad, palabra por palabra. La mirada de la directora se posó brevemente en el dramaturgo. No miró atrás. Estaba observando al chico. ELISE "Noé—" NOÉ "Puedo ser menos. Lo prometo." Esta vez lo dijo rápido, las palabras se tropezaban unas con otras como si hubieran esperado demasiado tiempo para salir. NOÉ Puedo hablar menos en la cena. Y hacer menos ruido. Y vomitar menos. Puedo ocupar menos espacio. Puedo... Puedo dejar de hacer preguntas. Puedo ser como... como una mochila. Puedes ponerme donde quieras y no diré nada. Su respiración se entrecortó al pensar en «mochila». Una imagen ridícula, infantil y concreta, pero la desesperación en sus ojos la hacía casi insoportable. Él no lloró. Hizo algo peor: intentó no hacerlo. Su boca tembló una vez, luego se aplanó; la humedad en sus ojos se intensificó, pero permaneció donde estaba, temblando en el borde. De repente la habitación parecía estar sin aire. El asistente, que ya había olvidado su propio trabajo, miró a Leo con algo parecido a una sensación de culpa. Se equivocó al escribir la siguiente línea. ELISE "No eres una mochila." NOÉ "Tú... me estás dejando en casa de la abuela." Dio un paso atrás muy pequeño, como si las palabras en sí mismas fueran un impacto. NOÉ "Las mochilas... también van en los armarios." No estaba así en el guion. En la página, estaba escrito en una sola línea: «Las mochilas también van en los armarios». Sin acotaciones. Sin pausas. Leo lo dividió él mismo, dándole a la primera mitad el ritmo de una conclusión y a la segunda la tranquila y horrorizada comprensión de lo que significaba esa conclusión. La pluma del director cayó sobre el bloc. Nadie se movió. La escena tenía tres líneas más. El asistente, con la mano ligeramente temblorosa, las leyó. Leo respondió a cada una con ese mismo equilibrio imposible de control y vulnerabilidad, como quien camina sobre una cuerda floja tendida sobre un pozo que ya conoce demasiado bien. Cuando llegó la última línea— NOÉ "Si prometo ser más pequeño... ¿será... suficiente?" La habitación parecía como si contuviera la respiración con él. Entonces: ...silencio. No la pausa superficial de dos segundos que hacían los adultos antes de decir: «Gracias, genial, nos ponemos en contacto». Un silencio auténtico, incómodo y crudo, en el que cuatro profesionales del teatro que habían visto a cientos de niños leer esas mismas páginas de repente no sabían qué hacer con sus caras. Leo permaneció en la cinta, con el guion a su lado. No hizo una reverencia, no sonrió, no se movió nervioso. Simplemente permaneció allí, como si el último eco de Noé aún no se hubiera disipado. El director se aclaró la garganta primero. —Gracias, Leo —dijo. Las palabras le resultaron familiares, automáticas, pero su tono no. Tenía un tono arenoso, áspero y asombrado. "Eso estuvo...Eso estuvo muy bueno." La directora de casting dejó de escribir por completo. La pantalla de su portátil se atenuó. Se subió las gafas con un dedo, disimulando un brillo sospechoso en los ojos. "¿Puedes…?" La voz del dramaturgo interrumpió y luego se suavizó. Lo siento. ¿Podrías leerlo una vez más? Pero... no cambies nada. Simplemente... haz exactamente lo mismo. Leo parpadeó. "Está bien", dijo. Volvió a levantar el guión, aunque ya no lo necesitaba. Volvieron a leer la escena. Esta vez, la voz de la asistente tembló en tres momentos distintos. La dramaturga no miró sus páginas ni una sola vez; en cambio, observó a Leo, con la mano ligeramente presionada contra el esternón, como si algo le doliera. Era lo mismo. Los silencios, las pequeñas vacilaciones, la ruptura del verso, las lágrimas casi fugaces que nunca caían del todo. No lo "mejoró". No probó nuevas opciones. Repitió lo que había descubierto la primera vez con una precisión inquietante, como un pianista que toca las mismas notas en los mismos lugares, sin importar quién lo escuchara. Cuando terminó, el silencio fue más corto, pero más pesado. "Está bien", dijo finalmente el director de casting, recuperando el brillo profesional como si se hubiera vuelto a poner un abrigo. Gracias, Leo. Eso es todo por ahora. ¿Tienes...? Ah, no importa, tu mamá puede enviarnos un correo electrónico. Muchas gracias por venir. Leo asintió. "De nada." Mientras se giraba hacia la puerta, el director dijo, casi distraídamente: "¿Cuántos años tienes de nuevo?" Leo hizo una pausa, mientras su mano estaba en el pomo de la puerta. "octavo", dijo. El asistente emitió un ruido apenas audible, algo entre una risa y una maldición. Y Leo salió al pasillo. Cuando Leo regresó a la sala de espera, se encontró con un mar de miradas nerviosas y asustadas de los demás niños. Algunos parecían más seguros, pero Leo los ignoró. Sólo había una persona que quería ver mirándolo. ...Pero esa mirada no estaba por ningún lado. "León." Una voz familiar vino detrás de él, haciendo que Leo se estremeciera mientras se daba la vuelta. "Papá...?" Su padre estaba allí, mirándolo con expresión cansada. "Vine a recogerte", suspiró. Leo apartó la mirada, sintiéndose extrañamente incómodo. Su relación no era mala, pero tampoco muy cercana. Eran padre e hijo, hacían lo que se suponía que debían hacer... pero nadie parecía esforzarse más allá de eso. "¿Dónde está mamá?" preguntó Leo en voz baja. Tuvo una emergencia laboral. Como estaba en una reunión en un café cercano, vine inmediatamente a recogerte. "...Oh." Leo sintió un pequeño y agudo dolor en el pecho y su estado de ánimo decayó. ...Había querido al menos decirle que el director dijo que lo hizo bien y... Él había querido hacerla sentir orgullosa. —Escucha, Leo, todavía tengo trabajo que terminar. Te dejo en casa, ¿de acuerdo? Leo simplemente asintió y comenzó a seguir a su padre, caminando un paso detrás de él. De repente, Ronald decidió iniciar una conversación mientras caminaba hacia adelante sin darse vuelta. "La final del torneo es la semana que viene, ¿verdad?" "Sí." Leo observó la parte posterior de la cabeza de su padre mientras ésta asintió levemente. Obviamente, Ronald se refería al torneo de Muay Thai en el que participaba Leo. Ya había pasado más de un año desde que empezó a practicar Muay Thai. Aunque era un torneo, era uno con categorías de edad de siete a nueve años. Y aún así, incluso ahora, a Leo no le gustaba en absoluto el deporte. "¿Se te curaron todos los moretones?" preguntó Ronald. "...La mayoría de ellos, sí." Leo parpadeó. ¿Mamá le contó sobre los moretones? "Intentaré hacerme tiempo para venir a verlo la semana que viene". "...¿En realidad?" Leo no pudo evitar sentirse un poco emocionado al ver ese asentimiento. "¿Y qué pasa con mamá?" preguntó rápidamente. "Si tiene tiempo, vendrá." "Pero ni siquiera vino cuando peleé en las semifinales..." No seas egoísta, Leo. Tu madre no tiene tiempo para ver una simple semifinal. No merece la pena perder el tiempo. Leo se estremeció ante el repentino tono frío. "Lo siento..." Me enteré de tu partido de semifinales. Parece que lo pasaste bastante mal. Leo miró hacia abajo, apretando los labios mientras la voz de su padre parecía volverse más severa, más fría. "El oponente era fuerte..." —Pero… —interrumpió Ronald. Al final, te recuperaste. Parece que mejoraste mucho y la pelea se volvió más fácil con el tiempo, ya que aguantaste y ganaste. Ronald se detuvo de repente y se giró para mirarlo con una sonrisa amable y paternal. Leo se quedó paralizado, aturdido. No estaba acostumbrado a ver esa expresión. Por lo que recordaba, esta podría ser la sexta sonrisa cálida y sincera que su padre le había dedicado. "¿Sabes por qué empezaste a ganar a medida que pasaba el tiempo?", preguntó Ronald. Un poco confundido, Leo respondió. "...¿Por mi resistencia?" Ésa fue la conclusión natural de Leo. Tenía más resistencia y no se rindió. Su oponente se cansó, sus golpes se debilitaron, y eso le dio a Leo la oportunidad de ganar al final. "No." Ronald negó con la cabeza, negándolo rotundamente y haciendo que Leo se estremeciera nuevamente. "Es porque empezaste a leer a tu oponente. Ajustaste tu ritmo y empezaste a pelear con más inteligencia a medida que tu oponente se sobrecomprometía y repetía movimientos". Parecía completamente seguro, pero Leo no pudo evitar preguntarse cómo lo sabía. Si no vio el partido... ¿cómo? "Pero también fue porque empezaste a mejorar y a hacerte más fuerte", continuó Ronald. Leo inclinó ligeramente la cabeza. Este es uno de tus mayores talentos, Leo, y he estado intentando cultivarlo en ti. Cuando te enfrentas a un oponente más fuerte, empiezas a... hacerte más fuerte también. Te adaptas. Por eso, aunque te falte experiencia, aún puedes ganar contra oponentes más duros. Porque alguien como tú tiene una capacidad de adaptación de genio. Mientras haya alguien mejor que tú, tendrás el potencial de mejorar mucho. 'Adaptar...' Era una palabra que, por alguna razón, seguía resonando en su mente. "Pero parece que incluso después de todo este tiempo, todavía no puedes llegar a disfrutar del Muay Thai", dijo Ronald. Leo miró hacia otro lado, incapaz de soportar esa mirada pesada por mucho más tiempo. "...Entonces hagamos un trato." Leo frunció el ceño confundido y miró a su padre. "¿Trato?" Ronald asintió. "Sí. Te permitiré dejar este deporte bajo dos condiciones." Los ojos de Leo se iluminaron instantáneamente. Realmente no le gustaba este deporte. "¿Qué tengo que hacer?" preguntó, y su voz sonó con más entusiasmo del que pretendía. Primero, tienes que ganar el torneo. Si fracasas, seguirás mejorando en este deporte, sin importar cuánto tiempo lleve, hasta que ganes el siguiente torneo. El estómago de Leo se tensó por los nervios. ...La semifinal ya había sido extremadamente difícil. Solo había ganado con gran esfuerzo. Aún... Él asintió. "En segundo lugar, hay que sustituir este deporte por otro". Los ojos de Leo se oscurecieron. Por supuesto... Siempre había algo más. "...¿Cuál?" Ignorando la expresión de su rostro, Ronald mantuvo esa misma sonrisa paternal, una sonrisa que a Leo comenzaba a gustarle cada vez menos. "Baloncesto." * * * Cuando Leo llegó a casa y su padre se fue después de dejarlo, estaba solo. Arrastrando los pies, Leo caminó hacia la sala de estar y se hundió en el sofá. Luego se tumbó boca abajo sobre el cuero, agarró una almohada y la arrojó al suelo. "No vale la pena perder el tiempo..." Murmuró las palabras de su padre. ...Una simple semifinal no los haría felices. Ni siquiera valía la pena perder el tiempo. Su victoria era algo que siempre se esperaba, pero había sido mucho más difícil de lo que pensaba... Podía decirse que estaban decepcionados. Aún... Su padre podría venir a ver la final. Y tal vez, con suerte, su madre también... "Tengo que ganar..." Esta era su oportunidad. Su oportunidad de mostrarle a su padre y hacerlo sentir orgulloso también. Orgulloso... Tenía que cumplir con sus expectativas y hacerlos sentir orgullosos. Como era inteligente, un genio, era natural que ganara. Esa era la única manera de hacerlos felices. Era la única manera que Leo sabía de hacerlos felices. Sonreían, le daban palmaditas en la cabeza o lo abrazaban si hacía algo bueno, como ser el mejor en sus estudios o en los deportes. Pero mientras pensaba eso, algo que Nathan le había dicho el mes pasado le vino a la mente. ———"¡Oye, Leo! Ayer por fin hice un dibujo perfecto y se lo di a mi mamá, ¡y se puso súper contenta! Empezó a llorar y me entró el pánico, ¡pero al parecer dijo que eran "lágrimas de alegría"! ¿Tu mamá alguna vez lloró de tan feliz?" Al recordar esas palabras, Leo no pudo evitar sentirse frustrado. Empezó a dar vueltas en el sofá. "¡Ay!" Por supuesto, no mucho después, se cayó del sofá y se golpeó la cabeza contra el suelo. "Puaj..." Se frotó la cabeza mientras yacía sobre la alfombra. "...Mamá estará cansada cuando llegue a casa. Papá llegará tarde esta noche... Si hago un dibujo, ¿se alegrará? ¿Se cansará menos?" Su expresión se iluminó ante lo que parecía una idea genial. Leo se levantó rápidamente y fue a buscar crayones, un lápiz y una hoja de papel. Con sus útiles en mano, se sentó a la mesa. Pensando en lo que debía dibujar, Leo no tuvo que pensar mucho. Él empezó. No tardó mucho en terminar el dibujo. Pero incluso después de terminarlo, su madre aún no había vuelto a casa. Tras esperar otra hora, Leo por fin oyó que se abría la puerta. Tomó el periódico y se apresuró hacia la entrada. Era su madre. Tenía una expresión extremadamente cansada y agotada mientras se quitaba los zapatos y el abrigo, arrastrando los pies hacia adelante, solo para detenerse al ver a Leo allí de pie, con una mirada emocionada. "¿Leo? ¿Qué pasa?" Al ver su expresión, Leo por alguna razón se sintió nervioso, más nervioso que en su audición anterior ese día. "Bueno... yo... hice un dibujo para ti..." "¿Un dibujo?" Leo asintió y su corazón latía más rápido mientras se lo entregaba. Realmente no podía leer su expresión, por lo que no tenía idea de lo que estaba sintiendo. Cuando la vio abrir la boca para hablar, de alguna manera se puso aún más nervioso. ¿Cómo estuvo la audición? La pregunta no tenía nada que ver con el dibujo. ¿La audición? Eh... estuvo bien. El director dijo que lo hice bien, y estoy seguro de que impresioné a los demás... "Veo." Ella suspiró. "Tuviste un día largo. Deberías acostarte temprano esta noche." Ella dijo esto de repente y pasó junto a él, dejando a Leo aturdido mientras se daba la vuelta rápidamente. "¿Y qué hay del dibujo? ¿Te... te gusta?" Ella se detuvo en seco y se volvió hacia él con el ceño fruncido. "Leo, ya sé que, a pesar de tener un talento increíble en muchos campos, no tienes facilidad para el dibujo. No pierdas el tiempo en cosas tan inútiles. Céntrate en mejorar en lo que importa." A pesar de su intención de hacerla feliz, parecía haber sucedido lo contrario. Leo pudo ver el desagrado en su rostro. "Pero... puedo mejorar dibujando si eso te hace feliz..." "León." Su disgusto se profundizó. —Ya basta. Deja de causarme más problemas. Ya estoy cansado. "Pero-" "Si realmente quieres sentirte útil, ve a practicar el piano. Mañana comprobaré si has mejorado." Dicho esto, se alejó, abrió la papelera y arrojó el dibujo allí como si fuera basura. Con la mirada perdida, Leo sólo pudo mirar fijamente el contenedor. Incluso después de que ella fue a su habitación, Leo se quedó allí. Y por alguna razón estaba llorando.
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Estás leyendo el capítulo 377 de Camino del Extra (Novela), un novela. Tras un trágico accidente que se cobró la vida de sus padres y su hermana pequeña, Leo, con solo 17 años, se vio obligado a asumir todas las responsabilidades él solo. Por algún milagro, sobrevivió los últimos cuatro… Este capítulo tiene publicado el 5 de marzo de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Camino del Extra (Novela) tiene 452 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.