Leer Banderas de la Muerte (Novela) Capítulo 130 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
—No me hagas reír. ¿A qué te refieres con “puntuación perfecta”? —escupió Harold con todo el desprecio que pudo reunir. Sabía perfectamente que era inútil, pero mostrar una actitud sumisa tampoco mejoraría la situación.
Aunque Justus tenía la apariencia de una niña adorable, Harold sentía que debía avivar deliberadamente su espíritu rebelde o corría el riesgo de ser devorado por la locura de Justus. Fuera o no consciente de la agitación interna de Harold, la sonrisa de Justus no se alteró en lo más mínimo.
—Sigues siendo igual de mordaz incluso en esta situación —comentó Justus—. Ah, ¿o acaso tu precognición predice que escaparás de este aprieto?
—Ja, quién sabe —replicó Harold.
—No lo niegas, ya veo. Bueno, tampoco importa —dijo Justus.
Con un leve crujido de la silla, Justus se sentó frente a Harold, que permanecía de rodillas. A diferencia de la celda anterior, no había barrotes que los separaran. Aun así, Justus cruzó las piernas justo delante de él, como si no tuviera la menor preocupación.
Esa postura, impropia de una niña, generaba una extraña sensación de disonancia. La sonrisa de antes había desaparecido, sustituida por una expresión inescrutable mientras Justus miraba a Harold desde arriba.
Harold no podía comprender en absoluto lo que pasaba por la mente de Justus. Conocía los objetivos, métodos y motivaciones que aparecían en el juego, pero aquello no era más que información externa. Nunca había entendido realmente la lógica detrás de sus pensamientos y emociones.
—Harold, tu existencia me resulta interesante. ¿Sabes por qué? —preguntó Justus.
—No es asunto mío. No me interesa saberlo —respondió Harold.
—Hmm, no parece una mentira. Ahora que lo pienso, nunca me has mentido directamente —observó Justus.
El rostro de Harold se torció ligeramente con amargura ante esas palabras. Era cierto, y resultaba aterrador darse cuenta de hasta qué punto Justus lo había calado.
—Pensaste que si me mentías a la cara, lo descubriría. ¿No es así? —insistió Justus.
Harold guardó silencio.
—Eso implica que hay cosas que no quieres que sepa. Tu poder de precognición es una de ellas —continuó Justus, ya sin formularlo como una pregunta. Su tono indicaba que había llegado a esa conclusión, como si estuviera resolviendo una ecuación matemática.
—La precognición es una tontería —bufó Harold.
—Tus acciones han sido demasiado sospechosas como para que esa afirmación resulte creíble —replicó Justus.
Harold tuvo que admitir que tenía razón. Especialmente sus movimientos recientes… Justus debía haberlos observado, probablemente anticipando su eventual traición y preparando contramedidas.
—Una vez eliminadas las posibilidades imposibles, lo que queda, por improbable que sea, debe ser lo más cercano a la verdad. Es elemental —afirmó Justus.
—¿Y esa conclusión es la precognición? Incluso si fuera cierto, ¿qué piensas hacer al respecto? —preguntó Harold.
—Nada en absoluto. Aunque existiera una forma de obtener ese poder, no me interesa —declaró Justus.
Harold percibió que no mentía ni presumía. Esa certeza le recorrió la espalda como un escalofrío. La precognición era, sin duda, una habilidad poderosa—él mismo había dependido de ella para sobrevivir. Lo normal sería temer a un enemigo que la poseyera.
—Sé que eres indiferente a los demás, pero si ni siquiera te interesa el poder de ver el futuro, no entiendo por qué te interesaría yo —dijo Harold.
—Bueno, para decirlo simplemente, lo que me intriga es tu propia existencia —respondió Justus.
La propia existencia de Harold. Aunque no entendía completamente a qué se refería, una sensación ominosa lo invadió. Esa inquietud se convirtió casi en certeza con las siguientes palabras de Justus.
—Las múltiples anomalías que encarnas—incluida la precognición, si decidimos contarla—. Considerando esos factores, eres una existencia que se desvía de las leyes de este mundo —explicó.
—…¿A dónde quieres llegar? —preguntó Harold con cautela.
—Aún es una hipótesis, pero déjame preguntarte algo: Harold Stokes, ¿quién eres tú?
A simple vista, la pregunta podía parecer filosófica, pero era evidente que no era esa la intención de Justus.
Justus estaba viendo algo en Harold más allá de Harold Stokes. Aunque no comprendía del todo el principio ni la verdadera identidad, parecía tener una vaga percepción de la existencia de Kazuki Hirasawa.
Ante aquella voz inexpresiva y esa mirada fría y penetrante, Harold no pudo evitar sentirlo así.
—…No entiendo tu pregunta. Soy quien soy —respondió.
—De verdad eres pésimo mintiendo, ¿eh? Bueno, supongo que habría obtenido una respuesta similar tanto si mi hipótesis era correcta como si no —comentó Justus.
—Hm, ¿fallaste tu suposición? —replicó Harold.
—No necesariamente. El hecho de que estemos teniendo esta conversación ya es, en cierto modo, una pequeña prueba de mi hipótesis —dijo Justus.
Harold no podía leer en absoluto los pensamientos de Justus. ¿Cómo podía el simple hecho de hablar servir como prueba?
Ahora que los acontecimientos se habían desviado considerablemente de la historia original, el conocimiento que Harold tenía del argumento estaba perdiendo utilidad. Resultaba aterrador pensar que incluso una sola palabra o reacción pudiera estar revelando pistas sin que él lo notara.
Frente a este hombre, Harold sentía que su miedo reprimido a la muerte amenazaba con resurgir.
—Qué bien por ti… Entonces, ¿qué piensas hacer conmigo? —preguntó.
—Si priorizo el éxito de mi plan, deberías considerarte el obstáculo más peligroso. Sin duda sería más seguro matarte, pero… —Justus dejó la frase en el aire.
Los ojos de Justus, normalmente apagados y comparables a los de un pez muerto, ahora brillaban con una luz inquietante, quizá debido a su posesión del cuerpo de Sarah. Esos ojos, teñidos de locura, parecían mirar a Harold y, al mismo tiempo, ver algo completamente distinto.
—Harold, tú representas una posibilidad tanto para mí como para ella —dijo Justus.
—¿Posibilidad…? —repitió Harold.
—Así es. Posees el potencial de volver inútil mi plan.
Harold no tenía idea de qué estaba hablando.
El plan de Justus era resucitar a su amada perdida, Estelle—o más precisamente, recuperar su cuerpo astral y fijarlo a la base de un Niño de la Estrella, creando una especie de resurrección artificial.
Para lograrlo, debía exponer el núcleo del planeta y sincronizarse con él, un acto temerario que podría provocar su colapso y hundir continentes enteros.
Aunque Harold estaba intentando detener ese plan, no lo describiría como “volverlo inútil”. Al hablar de posibilidad, Justus parecía insinuar que Harold poseía algo que superaba su plan actual.
Sin embargo, por más que lo pensara, Harold no podía imaginar tener una carta tan decisiva.
—¿Por fin has perdido la cabeza? —preguntó.
—¿Por qué no lo comprobamos? ¿Soy yo el que está loco, o es este mundo? —replicó Justus.
Harold se tragó las ganas de decir: “No, el loco eres tú”. No tenía sentido provocarlo con sarcasmo o insultos.
En su lugar, su prioridad era recopilar la mayor cantidad de información posible de esa desconcertante situación y encontrar una forma de escapar. Por ello, observó atentamente a Justus, que, con la apariencia de Sarah, hablaba con entusiasmo.
—Bueno, en cualquier caso, es un asunto trivial —continuó Justus—. Mientras pueda cumplir mi único propósito, no me importa si todo este mundo enloquece.
Sin duda, esas palabras provenían del fondo de su corazón.
Para Justus, lo único que importaba era la existencia de Estelle. Si podía recuperarla, no le importaba que él mismo o el mundo entero se volvieran locos. Podía llamarse, sin exagerar, un amor obsesivo.
—Volvamos al tema —dijo Justus—. Harold, creo que dentro de ti habita una existencia distinta a ti mismo, ¿no es así?
Sin rodeos, Justus pronunció aquellas palabras que apuntaban directamente al núcleo del asunto.
Harold no podía comprender cómo había llegado a esa conclusión, pero siempre había tenido la casi certeza de que algún día sería descubierto. Por eso, era precisamente esta situación la que más había temido.
—Creo que tu anomalía es completamente distinta al trastorno de personalidad múltiple o a los síntomas disociativos —explicó Justus—. No se trata de un único yo que se divide, sino de dos yos separados que coexisten dentro de un mismo cuerpo físico.
Kazuki, quien actualmente controlaba el cuerpo y la mente de Harold, poseía efectivamente una identidad claramente distinta del Harold original que dormía en su interior. Desde la perspectiva de Kazuki, ambos habían existido en dimensiones completamente diferentes desde el principio.
Si incluso Justus lo describía como algo que desafiaba las leyes de este mundo, debía tratarse de un fenómeno extremadamente raro, probablemente único en este mundo. Justus parecía ver algún tipo de potencial en ello.
—Me tomé la libertad de investigar mientras dormías —continuó Justus.
¿Mientras dormía? ¿Habían pasado días desde la batalla en Baston? Para Harold, que había estado inconsciente, parecía haber pasado apenas unas horas, o como mucho un día. Tal vez la situación era aún peor de lo que había imaginado.
—Llegas un poco tarde —comentó Harold.
—Eso demuestra lo cauteloso que fui. Nunca se es demasiado prudente cuando no se sabe qué trampas pueden estar preparadas —respondió Justus.
No parecía probable que Justus hubiera orquestado todo el incidente de Baston únicamente para esto, pero quizá había aprovechado parte de su plan para agotar a Harold y capturarlo con seguridad. Si era así, Harold había caído de lleno en la trampa.
En realidad, Harold no había preparado ninguna trampa. Como mucho, había pensado: “Si me atacan, los dejaré inconscientes y escaparé”. Si esa mentalidad tan simple había parecido inquietante para Justus, quizá no era tan omnisciente como aparentaba.
—Pero como resultado, descubrí que tu cuerpo alberga dos cuerpos astrales. Dos cuerpos astrales en un solo cuerpo humano… eso es teóricamente imposible —dijo Justus.
—…¿Como la precognición? —preguntó Harold.
—Exacto. Esto también simboliza tu anormalidad. En conclusión, fui completamente incapaz de desentrañar el principio detrás del fenómeno que ocurre en ti.
—Admitir la derrota no parece propio de ti —se burló Harold.
—Simplemente no puedo desentrañarlo “todavía”. Con suficiente tiempo, esa limitación dejará de existir —replicó Justus.
La idea de que un humano del mundo real poseyera a un personaje de un juego, o que alguien procedente de un mundo extrañamente similar a un juego existiera, parecía un acto divino. Sin embargo, Harold sentía que, si alguien podía alcanzar ese nivel, ese alguien sería Justus.
—Así que quédate tranquilo. No te mataré hasta haber desentrañado este fenómeno —dijo Justus.
—…¿Por qué? ¿Por qué estás tan…?
—¿Obsesionado contigo, con este fenómeno?
La sonrisa de Justus se profundizó, y la locura en ella se intensificó.
—¡Porque si logro resolver este misterio! ¡Estelle y yo podríamos estar juntos en el mismo cuerpo, en el mismo mundo, más cerca que cualquier otra cosa o persona! ¡Convertirnos literalmente en uno ya no sería solo un sueño!
Justus hablaba de compartir un mismo cuerpo, de estar juntos y, potencialmente, convertirse en uno solo. Lo llamaba una posibilidad digna de un sueño.
Para Justus, lograr eso con Estelle debía parecer maravilloso. Era coherente con alguien que aceptaría la destrucción del mundo con tal de recuperarla.
Pero…
—Eso es ridículo —escupió Harold, con una frialdad mayor que de costumbre. La razón era la intensa ira que brotaba desde lo más profundo de su ser.
Justus había descrito la situación actual de Harold como algo maravilloso, como un sueño. No tenía idea de cuánto había sufrido Harold durante esos ocho años, ni de las preocupaciones, el miedo y la tristeza que había soportado.
Además, Kazuki Hirasawa había perdido su hogar e incluso su propio cuerpo, sin saber si alguna vez podría recuperarlos. Aun así, impulsado por su desesperado deseo de vivir, había luchado y seguido adelante.
Todo eso era para sobrevivir y llegar al final de la historia, para frustrar los planes de ese hombre.
—Completamente absurdo. Pero si eso es lo que deseas, nunca permitiré que ese deseo se cumpla —declaró Harold con frialdad.
—Por tu tono, parece que entiendes en cierta medida lo que te ocurre —observó Justus.
—Aunque sea así, no tengo nada que decirte.
—Ya veo. Tal como suponía, el suero de la verdad no tiene efecto.
Al parecer, Harold había sido sometido a un suero de la verdad antes de despertar. Quizá aquella conversación inicial ya había servido como prueba de la hipótesis, ya que la ineficacia del suero estaba relacionada con la presencia de dos cuerpos astrales.
Si fuera similar a las sustancias de su mundo original, debería haber nublado su conciencia y dificultado respuestas rápidas. Como siempre, Justus era meticuloso.
Justus chasqueó los dedos.
La puerta se abrió, revelando a más de diez hombres que aparentemente habían estado esperando afuera. Entre ellos había algunos rostros conocidos, siendo el más destacado Cody.
Todos compartían dos características: su vestimenta indicaba que eran miembros de la orden de caballeros, y sus ojos eran del mismo “azul cielo” que los de Justus.
—¿Prevista este futuro, Harold? —preguntó Justus.
Mientras hablaba, el Justus con la apariencia de Cody desenvainó su espada. Los demás caballeros hicieron lo mismo, cada uno con una leve sonrisa vacía.
Por increíble que pareciera, no solo Sarah y Cody, sino todos ellos probablemente eran manifestaciones de la conciencia dividida de Justus.
—Bien entonces, ¿comenzamos el siguiente experimento? —anunció Justus con voz de niña.
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Estás leyendo el capítulo 130 de Banderas de la Muerte (Novela), un novela. Un estudiante universitario, Kazuki Hirasawa, al volver en sí, notó que ha poseído el cuerpo de un personaje de un juego. Ahora, él era Harold Stokes, la figura más odiada de la historia que lleva el título 「Rey… Este capítulo tiene publicado el 28 de marzo de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Banderas de la Muerte (Novela) tiene 130 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.