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Leer Axiom: Génesis (Novela) Capítulo 1 online gratis en español

Arriba, las ciudades flotantes brillaban como un sueño que nunca se cumpliría. Torres de cristal que atrapaban la luz de la luna. Puentes colgantes que unían distritos como venas de plata. Jardines colgantes donde el agua caía en cascadas perfectas. Gente que nunca miraba abajo. ¿Para qué? Debajo solo había nubes y olvido. Para ellos, los de abajo no existían. Dael se despertó con el frío metido en los huesos y el hambre retorciéndole el estómago. La lona de la ventana se había soltado durante la noche, y una brisa húmeda se colaba por el hueco. Se incorporó, la cama oxidada crujió como un animal herido, y se calzó las botas raídas. Era alto, pero no imponente. Delgado, fibroso, con hombros anchos de cargar cajas en el puerto y sostener andamios en obras precarias. La barba le crecía desordenada, más por descuido que por estilo, y sus ojos grises tenían esa mezcla de ironía y resignación que dan veintidós años viendo el mundo desde abajo. Caminaba con la espalda recta por costumbre, no por orgullo, y se movía con una economía de gestos propia de quien ha aprendido que cada paso cuesta. Su ropa era un mosaico de remiendos: camisa descolorida, chaqueta demasiado fina, pantalones cuyas rodillas habían olvidado su forma original. Pero su mirada aún conservaba un destello duro, burlón, que decía que no estaba del todo roto. Tenía unas monedas en el bolsillo. Justo lo justo para un pan y, con suerte, un poco de leche agria si el vendedor estaba de buen humor. Antes de salir, su mirada se posó en la repisa de madera podrida junto a la ventana. Allí, apoyado contra la pared, estaba el único objeto que había conservado de su infancia: un marco de metal barato, ya oxidado, con una foto descolorida. Sus padres, sonriendo como si el mundo no fuera un lugar hostil. Su hermana pequeña, con una trenza torcida y una mueca de diente perdido. Él mismo, con ocho años y una camisa demasiado grande, mirando a cámara con los mismos ojos grises. Llevaba años sin saber de ellos. Su madre había muerto cuando él tenía catorce. Su padre y su hermana desaparecieron una noche, tres años después, sin notas, sin despedidas, sin rastro. Solo la foto y el silencio. Dael la cogió, pasó el pulgar sobre el vidrio empañado, y la dejó de nuevo. No sabía si seguían vivos. No sabía si quería saberlo. Bajó la calle empinada. El olor a col fermentada, grasa quemada y tuberías podridas le llenó los pulmones. Los vecinos ya gritaban. La señora del tercer piso reñía a su hijo. Un perro flaco escarbaba entre la basura. Arriba, una nave de reconocimiento de Íris pasó rozando las nubes bajas, tan cerca que el rugido de sus motores hizo temblar los cascotes de las fachadas. Una estela de polvo fino cayó sobre la ropa tendida y sobre los rostros mustios de la gente. —¡Malditos ricos! —escupió un anciano al pasar—. Ni para volar bajo tienen decencia. Dael no dijo nada. Vio la nave perderse entre la bruma, sus luces verdes parpadeando como burla. Se metió las manos en los bolsillos y apretó el paso hacia el puesto de Elías. El vendedor era un hombre barrigudo con el ceño fruncido. Cuando Dael puso las monedas sobre la tabla de madera, Elías ni siquiera levantó la vista. —Pan de ayer —dijo, deslizando un bollo duro y pálido—. Dos monedas. —Ayer me costó una —respondió Dael, con voz plana. —Pues ayer el transporte subió. O pagas o te vas. Dael miró el pan. Luego miró la nave que se perdía arriba. Luego miró la mano callosa de Elías. Pagó. Sin chistar. Cogió el pan, dio la vuelta y subió de vuelta a su casa mordiendo la corteza dura. El sabor a ceniza y a derrota le supo a siempre. De vuelta en su habitación, se sentó en el borde de la cama. La única ventana sin vidrio mostraba el mismo paisaje de siempre: nubes grises abajo, Íris brillando arriba. Había crecido escuchando historias sobre los Núcleos. Cubos imposibles que se adaptaban a su usuario. Poder puro. Fuerza para doblar el mundo. Solo para los privilegiados de arriba. Para los hijos de los que nunca habían sudado. Nunca creyó que uno le tocaría a él. Solo cuentos para que los pobres soñaran. Su mirada volvió a la repisa. La foto seguía allí. La cogió una vez más, con más cuidado, como si aún pudiera sentir el calor de los dedos de su hermana al posar. No sabía en qué rincón del mundo estarían su padre y ella. A veces soñaba que estaban muertos. A veces soñaba que vivían en alguna de las ciudades flotantes de arriba, bebiendo vino en terrazas de cristal mientras él contaba monedas para el pan. Ninguna de las dos posibilidades le daba paz. La dejó donde estaba y apartó la mano. —Solo cuentos para que los pobres soñemos —dijo, más bajito, como si la foto pudiera oírle. Se levantó. Las tablas del suelo crujieron. Se asomó a la ventana. Allá arriba, la ciudad flotante de Íris brillaba como una joya maldita. Y entonces… ocurrió. Un punto rojo apareció en el centro de Íris. Pequeño al principio. Como una mota de sangre en un cielo limpio. Luego creció. Se expandió como una mancha que se extiende sobre el agua. Dael entrecerró los ojos. El punto rojo se estaba comiendo la ciudad. Y entonces, el colapso. No fue un incendio. Fue una fractura. Una sección entera del distrito norte se desprendió del anclaje principal con un ruido que Dael sintió en el pecho antes de oírlo. Vio cómo una torre de trescientos metros se inclinaba lentamente, como un árbol herido, y atravesaba las nubes en una caída silenciosa y eterna. Los jardines colgantes ardían, pero no caían como hojas; caían como montañas de fuego. Miles de luces se apagaron en bloques. Primero cien, luego mil, luego toda una mancha negra se extendió sobre la estructura superior, como si alguien hubiera apagado el cielo a puñetazos. La explosión llegó después. Un trueno sordo que hizo vibrar el suelo bajo sus pies y le golpeó el pecho como un puñetazo. —¡¿Qué…?! Por primera vez en su vida, Dael vio algo que no debería existir: el campo de energía que sostenía Íris se deformó. Ondas de color violeta y negro se retorcieron sobre sí mismas, como un océano invertido. La ciudad se quebró. Y entre las llamas y los escombros, entre la lluvia de cristal y acero que empezaba a caer sobre las nubes… algo caía. Un cubo. Oscuro. Demasiado oscuro. No reflejaba las llamas. Las absorbía. La luz a su alrededor se curvaba ligeramente al tocarlo, como si el cubo fuera un agujero en el mundo. Líneas finas recorrían su superficie, pero no eran grietas estáticas; eran venas donde algo líquido y dorado corría bajo la superficie, palpando, latiendo como un corazón artificial. Dael lo vio caer. Y vio cómo se acercaba. —No me jodas. El cubo crecía en su campo de visión. Demasiado rápido. Demasiado grande. —¡NO ME JODAS! Se lanzó al suelo. Se cubrió la cabeza con los brazos. El impacto fue una explosión seca. Su casa voló en mil pedazos. La lona de la ventana ardió. Las paredes de cartón piedra se derrumbaron. El techo agrietado desapareció. En el estrépito, Dael vio por un instante el marco de metal volar por el aire, girando sobre sí mismo como una hoja seca, hasta estrellarse contra una viga y desaparecer bajo una avalancha de escombros. No tuvo tiempo de lamentarlo. El polvo y el fuego lo envolvieron todo. Luego… silencio. Abrió los ojos. Tosió. Escupió tierra y polvo. Sus oídos zumbaban. Su casa ya no existía. Solo escombros, humo, y en el centro del cráter… el cubo. De un metro y medio. Las líneas doradas se movían bajo su superficie, vivas. Y cuando Dael lo miró fijamente, tuvo la sensación incómoda de que el cubo también lo miraba a él. Como si aquel objeto no encajara en la realidad. Como si estuviera hecho de una geometría que su cerebro no quería procesar. —No puede ser —murmuró, levantándose con las piernas temblorosas. La rodilla le sangraba—. Estos son… los Núcleos. Los de verdad. Se acercó despacio. El polvo flotaba en el aire como nieve sucia. Mientras se aproximaba, notó un cosquilleo en la nuca. Un peso ligero en el cráneo. Como si algo invisible lo estuviera escaneando desde dentro. —He oído historias toda mi vida —dijo, casi riéndose, pero era una risa nerviosa—. Rumores de mercenarios, de tipos que recibían estas cosas… y yo pensando que eran cuentos de borrachos. Se detuvo frente al cubo. —Y ahora uno cae del cielo. En mi casa. En mi miseria. Soltó una risa corta. El cubo emitió un pulso tenue; las líneas doradas brillaron más intensamente. Por un momento, Dael sintió que su propio pulso se sincronizaba con ese latido metálico. —¿Estás… vivo? —preguntó, inclinando la cabeza. —Compatibilidad biológica detectada. Anomalía confirmada. La voz apareció en su cabeza. Clara. Fría. Venía de dentro, no de fuera. Dael dio un salto hacia atrás y casi tropieza con una viga caída. —¡¿Qué coño…?! —Usuario potencial identificado. Confirmación genética en curso. Espere. —¿Esperar? ¿¡Qué significa 'espere'!? —giró sobre sí mismo, buscando a quién gritarle, pero solo estaban él y el cubo—. ¿Eres tú el que habla? El cubo no respondió con palabras. Pero su cara frontal se iluminó con un tono azulado, y las líneas doradas se replegaron hacia los bordes. Las placas se deslizaron unas sobre otras con un sonido hidráulico suave. Dentro… solo oscuridad. Pero no una oscuridad normal. Una oscuridad que no reflejaba nada, ni siquiera la luz de las llamas de fondo. Como un agujero en el mundo. La voz volvió: —Confirmación genética completada. Sincronización disponible al 100%. Extienda la mano. Dudó un segundo. Miró su mano. Los callos. Las uñas rotas. La mugre. —Si me explota la mano, te juro que te devuelvo —dijo, y extendió el brazo. Cuando sus dedos cruzaron el límite de la oscuridad… todo cambió. Imágenes. Datos. Sensaciones. No eran suyos, pero estaban en su mente. Vio números que no entendía, diagramas de estructuras colosales. Sintió frío, calor, vacío y plenitud al mismo tiempo. Como si su cerebro se estuviera expandiendo para albergar algo que no le pertenecía. Luego, un chasquido seco en su nuca, y la mente se le aclaró. —Usuario reconocido. Estado del Núcleo: operativo. Energía al 94%. Retiró la mano temblando. El cubo se cerró. —¿Puedes oírme? —preguntó en voz alta. —Sí, Dael. —¿Sabes mi nombre? —Usuario identificado: Dael. Veintidós años. Humano. Sin implantes neuronales. Sin modificaciones genéticas detectables. Estado físico: deficiente. Compatibilidad: 100%. Dael parpadeó. —¿"Estado físico: deficiente"? —Correcto. —Podrías decirlo de una forma menos ofensiva. —No encuentro una forma estadísticamente más precisa. Dael abrió la boca para protestar, pero la curiosidad pudo más. —¿Y qué eres tú exactamente? —Soy el Núcleo Axiom. —¿Axiom? Vaya nombre más pretencioso. ¿Y qué haces tú, un Núcleo de esos de arriba, cayendo en mi casa? —No lo sé. —¿Cómo que no lo sabes? —Mi registro de datos anteriores a la caída está corrupto. No tengo información sobre mi origen ni sobre el evento que provocó mi desplazamiento. Dael se quedó callado un momento. —Vale. Genial. Un cubo con amnesia. Justo lo que necesitaba. —No tengo amnesia. Tengo datos incompletos. Son cosas distintas. —¿Y tú crees que eso me importa? —No lo sé. No puedo medir su nivel de indiferencia. Dael iba a responder, pero el suelo tembló. —Usuario —dijo Axiom, y su tono se volvió más firme—. Fuente de energía desconocida. Origen no registrado. Intensidad incrementando. El ambiente se volvió denso. Pesado. Como si el aire se hubiera vuelto sólido. Levantó la vista. Una grieta se abría en el espacio: una línea negra e irregular, como un tajo en un lienzo. De su interior salía una luz pulsante que no conocía. —Vale —dio un paso atrás—. Esto ya no me gusta. —Advertencia. Integridad espacial comprometida. Debería correr. No alcanzó. La grieta se abrió de golpe, como una boca, y lo jaló. No fue viento. No fue succión. Fue como si el espacio mismo lo hubiera agarrado del pecho y tirado hacia dentro. Sus brazos se abrieron. Sus piernas perdieron el suelo. —¡AGHH—! Intentó agarrarse a algo. Sus dedos arañaron el vacío. Los escombros pasaron a su lado. El cubo voló junto a él, pegado a su espalda. La oscuridad lo tragó. Por un momento no pudo respirar. No podía ver. Solo sentía su corazón latiendo contra las costillas. Y entonces… luz. Un fogonazo. El vacío desapareció, el cielo azul apareció, y cayó. El viento golpeó su cara como una bofetada. Las nubes pasaron como manchas de algodón. Miró hacia arriba. No había grieta. No había Íris. Solo cielo. Miró hacia abajo. Hierba. Árboles. Un mundo que nunca había visto. —¿Dónde…? —Usuario —dijo Axiom, cortante—. Altitud aproximada: 8.000 metros. Velocidad de caída: 55 metros por segundo. —¡¿Y ESO QUÉ—?! —Oxígeno insuficiente. El aire a esta altitud es irrespirable. Presión atmosférica reducida al 58%. Si no actúa, perderá la consciencia en veinte segundos. El viento le golpeó el pecho. Intentó respirar. El aire entró, pero no servía. Como si sus pulmones estuvieran vacíos. —Me siento… raro… —Oxígeno al 72%. Visión reduciéndose. Los bordes de su campo visual se volvieron negros. Su lengua se entumeció. —Oxígeno al 54%. Frecuencia cardíaca inestable. Quiso gritar. No salió ningún sonido. —Oxígeno al 38%. Sus párpados cayeron. —Usuario inconsciente. Todo se apagó. Su cuerpo cayó inerte. Axiom procesó los datos en milésimas de segundo. Frecuencia cardíaca: inestable. Oxigenación: crítica. Presión arterial: descendiendo. Prioridad: preservar al usuario. Iniciando protocolo de seguridad absoluta. El cubo se fragmentó. Sus superficies se fracturaron en miles de escamas metálicas que no eran polvo, sino partículas gruesas, como arena de hierro. Rodearon el cuerpo inconsciente. Se agruparon sobre su piel, su ropa, su rostro. Capa tras capa, formando una superficie sólida y curva: un capullo hermético. —Estructura de contención completada. Ajustando aerodinámica para caída. Absorción de impacto preparada. Sellado hermético activado. Regulando presión interna y oxígeno residual. Dentro, su pecho subía y bajaba. Lento. Constante. Axiom monitoreó cada latido. Las escamas metálicas absorbieron la fricción del aire; la forma del capullo se alargó ligeramente para frenar la caída sin romper la inercia. La temperatura interior se estabilizó en un punto neutro. El oxígeno reciclado mantuvo su cerebro a flote. —Energía restante: 82%. Daño estructural estimado: 8–12%. Afuera, el viento rugía contra la superficie lisa. Abajo, una pradera verde. Hierba alta. Tierra blanda. Sin árboles a la vista. —Impacto estimado en 32 segundos. Axiom no tenía emociones. No tenía miedo. Pero tenía claridad. Una instrucción clara: preservar al usuario. El suelo se acercaba. Las sombras de las nubes cruzaban la pradera. —Ajustando punto de impacto. Escudos energéticos al 100%. —Tres. —Dos. —Uno. El capullo chocó contra el suelo. La tierra blanda cedió. La hierba voló en todas direcciones. Un cráter poco profundo se formó, dejando al descubierto la tierra negra. El capullo se hundió, se estabilizó y quedó inmóvil. El viento sopló sobre la hierba. Una mariposa de alas azules cruzó el cráter sin detenerse. El capullo yacía en el centro. Marcado por fisuras superficiales. Algunas escamas se habían desprendido. Pero el interior seguía intacto. —Daño estructural final: 8%. Usuario: estable. Inconsciente. Sin lesiones graves. Axiom esperó. No tenía paciencia. Solo esperó. Dentro, Dael seguía inconsciente. Su respiración era lenta, constante, profunda. Por primera vez en años, su cuerpo estaba completamente relajado. Sin tensiones. Sin mandíbula apretada. Sus labios se movieron apenas. Un susurro casi inaudible. —…mujeres… Axiom registró el comentario. —Prioridades del usuario anotadas. Afuera, en la profundidad del bosque que bordeaba la pradera… algo abrió los ojos.
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Axiom: Génesis (Novela) Capítulo 1

Estás leyendo el capítulo 1 de Axiom: Génesis (Novela), un novela. En un mundo distópico donde la tecnología avanzó más allá de lo que la humanidad podía controlar, el poder dejó de pertenecer a los gobiernos... y pasó a manos de quienes podían pagarlo. La brecha entre ricos y pobres… Este capítulo tiene publicado el 26 de agosto de 2026. Axiom: Génesis (Novela) tiene 14 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.