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Leer Ascuas de aguas profundas (Novela) Capítulo 823 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Al amparo de la noche, en un paisaje árido y cubierto de grava, numerosas figuras envueltas en túnicas negras avanzaban silenciosamente en una sola dirección. Su camino estaba iluminado por un misterioso resplandor crepuscular que emanaba de una fuente invisible, proyectando sobre sus largas túnicas nocturnas una luz que parecía a la vez real y surrealista. Al atravesar la tierra yerma, estas figuras solitarias se fundían con corrientes crepusculares, serpenteando en la oscuridad como ríos que convergían en el corazón de un desierto desolado y mortal, donde rodeaban una solemne reunión. En el centro de este desierto se alzaba una puerta monumental, con sus puertas triangulares imponentes pero silenciosas. Duncan al principio la confundió con una simple colina, pero al instante se encontró ante ella, asombrado por su majestuosa elevación desde el suelo, su forma triangular sellada. Venas de un rojo oscuro se extendían por la superficie de la puerta como vasos sanguíneos, envolviéndola con la apariencia de cadenas. Esta puerta, al parecer, era la barrera que conducía al reino de la muerte, ahora custodiada por una deidad sentada en un trono ante ella. Esta deidad se alzaba sobre Duncan, con una estatura que superaba a cualquiera que Duncan pudiera imaginar, incluyendo a Ta Ruijin. Incluso sentada, su figura era colosal, casi tan grande como una casa. Ataviado con una túnica negra andrajosa, tan oscura como la noche misma, envuelta en espinas rojas, la presencia de la deidad era tan imponente como misteriosa. Bajo las largas sombras que proyectaba su túnica, su rostro permanecía oculto, indistinto, como si no fuera más que una silueta moldeada por la tela, haciendo eco de las enseñanzas de las sagradas escrituras de la Iglesia de la Muerte: La muerte es una sombra sin rostro, omnipresente y acechante tras el manto de la oscuridad. Cuando la contemplas, ella te devuelve la mirada. Sin embargo, esta otrora formidable encarnación de la muerte yacía derrotada, con una grotesca espada corta, como una espina, clavada en su pecho, anclada a su oscuro trono. Su capucha estaba torcida, lo que sugería que, incluso en sus últimos momentos, lanzó una mirada anhelante hacia la puerta triangular, símbolo mismo del ciclo de la vida y la muerte. Este cuadro era similar a una muerte autoinfligida, un asesinato en el que la víctima era también el perpetrador. Entre los “Cuatro Dioses Muertos”, esta escena no tenía precedentes: en el umbral de la muerte y la decadencia, Bartók había perpetrado su propio final, un segundo acto de “autodestrucción”. Rodeando la puerta, las figuras, vestidas por el crepúsculo, permanecían inmóviles como piedras, como lápidas petrificadas en su inmovilidad. Sin embargo, entre ellas, se extendía un sendero, como si se hubiera dejado despejado a propósito para quienes vinieran a presenciarlo, que se extendía desde el desierto hasta el trono oscuro. Liderando el camino estaba el imponente guardián, con Duncan y Agatha a la zaga. Avanzaron por el sendero flanqueados por los silenciosos fantasmas. El resplandor crepuscular de las figuras los bañó con su luz; Duncan permaneció impasible, pero Agatha, cuya forma originalmente era etérea y translúcida, comenzó a solidificarse bajo el toque del crepúsculo, pareciendo momentáneamente poseer un cuerpo físico. Tras alcanzar el clímax de su viaje, Duncan y su grupo se detuvieron ante un majestuoso trono bajo la atenta mirada de los imponentes guardianes. El líder de estas imponentes figuras asintió en silencio antes de reunirse con sus camaradas a ambos lados de la sala del trono. Duncan alzó la mirada hacia la entidad sentada en el trono, una presencia más formidable que cualquier otra que hubieran visto antes, incluyendo a Ta Ruijin. Esta era la entidad conocida como el primer y último difunto del mundo, un ser de inmenso poder y misterio. Quedó claro por qué el Marinero falsamente "fallecido", traído a la vida por la magia de Agatha, no había logrado atraer la atención de estos guardianes. Eran guardianes del verdadero fin, el auténtico difunto que comandaba el trono. Agatha, con una mezcla de reverencia y curiosidad, observaba atentamente a esta deidad vestida de oscuro. Fue un momento de profundo significado para ella. Como guardiana, imbuida de los recuerdos de aquellos devotos seguidores de la Iglesia de la Muerte, nunca imaginó que estaría en ese lugar sagrado. Era un reino que los innumerables devotos creían inalcanzable a lo largo de sus vidas, y mucho menos presenciar un evento tan trascendental: el fin ceremonial del Siniestro Dios de la Muerte. Después de un largo y reflexivo silencio, Agatha finalmente se volvió hacia Duncan, con la voz teñida de complejidad: "Capitán, ¿qué hacemos ahora?" Antes de que Duncan pudiera formular una respuesta, otro guardián, que había estado vigilando junto al trono, se acercó. Esta figura espectral, imponente y silenciosa, le entregó a Duncan un antiguo reloj de arena finamente elaborado antes de regresar a su puesto. Duncan reconoció el reloj de arena, idéntico al que había visto en el lugar de descanso final de la Reina Leviatán, pero este no tenía arena. Desconcertado e intrigado, Duncan levantó la vista para preguntar por el reloj de arena, pero una brisa susurrante lo atrajo hacia una misteriosa comprensión. Bajo la atenta mirada de Agatha, activó el reloj de arena. Un destello de llama, infundida por la luz de las estrellas, danzó en la punta de sus dedos antes de fundirse con el reloj de arena, reviviendo la vitalidad que había registrado en un espectáculo de llamas ondulantes y arenas que se movían. En un abrir y cerrar de ojos, el entorno que rodeaba a Duncan cambió drásticamente. Se encontró de pie sobre un pequeño montículo, bañado por una luz tenue y etérea, con el telón de fondo de una noche impenetrable. A su alrededor, florecían flores silvestres, cuya fragancia contribuía al surrealismo del momento. El sereno silencio se veía interrumpido por el sonido de una pala cortando la tierra. Duncan se giró y vio a un anciano frágil cavando diligentemente una tumba poco profunda; sus acciones reflejaban una eternidad de trabajo en la tierra blanda y negra. Esta escena inesperada, que se desarrolló bajo la guía del antiguo reloj de arena, insinuó una conexión más profunda entre la vida, la muerte y los reinos del más allá, invitando a Duncan y Agatha a los misterios que yacen en el corazón de la existencia misma. Mientras Duncan absorbía la sombría belleza de la escena que tenía ante sí, se acercó al anciano que cavaba incansablemente la tierra. “Estoy aquí… lo siento, puede que haya llegado un poco tarde” ofreció Duncan tentativamente, rompiendo el silencio. “No es tarde” respondió el anciano sin interrumpir su trabajo, con voz firme e imbuida de una sabiduría eterna. “La muerte nunca llega ni antes ni después. Llega justo cuando debe llegar. Has llegado en el momento justo. Señaló un pequeño montículo de tierra a su lado, donde, inadvertida hasta ahora, había otra pala apoyada contra la tierra oscura y amontonada. "¿Puedes echarme una mano?" Sin decir palabra, Duncan dio un paso adelante, cogió la pala y comenzó a cavar junto al anciano, sus acciones en silenciosa armonía. Durante un tiempo, los únicos sonidos eran el ritmo de la excavación y el suave movimiento de la tierra, una melodía solemne en el montículo. Después de un rato, la frágil figura rompió el silencio; su voz tenía un dejo de nostalgia. “Los otros tres… Hace siglos que no los veo. Desde entonces, nuestra única comunicación ha sido a través de los restos que dejó el segundo guía. ¿Cómo están?” “Están bien” respondió Duncan con voz tranquila y firme mientras continuaba su tarea. “He hecho un pacto con ellos. Nos reuniremos en el nuevo mundo. Un destello de calidez brilló en el semblante del anciano. “Me alegra oír eso... Un reencuentro es algo que espero con ilusión”. Tras una breve pausa, Duncan miró con curiosidad a su compañero. "¿Así es como te ves realmente?" “No” admitió el anciano sin dejar de cavar, con tono reflexivo. “Nunca he tenido rostro, desde el principio. Pero pensé... ya que estoy a punto de partir, debería al menos dejar algo parecido. “¿ No tienes rostro?” repitió Duncan, intrigado y algo desconcertado por la revelación. “Sí , soy distinto a los demás. Soy la Muerte misma” confesó el anciano en voz baja, con profunda solemnidad. Duncan permaneció en silencio, permitiendo que la gravedad de la declaración penetrara en él y esperando que el anciano diera más detalles. “ Cada fin del mundo es único. Algunos persisten durante años, otros mucho más. Y luego están esas… civilizaciones que luchan con valentía, empleando todos los medios imaginables para retrasar su inevitable desaparición, a veces incluso un siglo”, reflexionó el anciano, continuando su labor. En mi mundo, el fin llegó rápidamente, tan rápido que no hubo tiempo para la decadencia ni la rebeldía. Sin embargo, no fue tan abrupto como para que la gente no pudiera percibir su destino. Fue un ritmo que permitió a todos presenciar la proximidad de su momento final. ese instante, cada alma encontró su fin. La muerte resonó en el tiempo y el espacio, perturbando incluso a las estrellas al borde de la extinción. En el último aliento de mi mundo, la “Muerte” se convirtió en la más brillante, la más universal, la única entidad que emergió en la totalidad del cosmos. “ Y en ese fugaz segundo, todo lo bello y lo feo, cada miedo y acto de valentía, cada resiliencia y fragilidad inherentes a la naturaleza y al pensamiento humano, quedaron encapsulados. esa culminación de la muerte, nací. Al abrir los ojos por primera vez, vi cómo todo se derrumbaba ante mí. En un segundo parpadeo, todo lo que quedaba del mundo que solo había vislumbrado una vez eran cenizas quemadas y caóticas. Con un empujón medido, el anciano clavó su pala en la tierra, excavando hábilmente otra porción de tierra de la tumba que tenía frente a él y la arrojó a un lado. esta tarea, desde que se concibió el refugio. Me he esforzado por cavar este pozo, una labor que parecía casi interminable; después de todo, vencer a la muerte misma no es poca cosa. Sin embargo, aquí estás, ayudándome, Usurpador del Fuego. Su mirada se volvió entonces introspectiva, como si reflexionara sobre un futuro inexplorado. "¿No anhelas presenciar el nuevo mundo? Quizás aún haya un camino abierto para nosotros..." “ No, pero gracias por la oferta”, respondió el anciano con un suave movimiento de cabeza, recogiendo y desechando otro puñado de tierra. Luego se detuvo para mirar a Duncan a los ojos con serena claridad. “Soy diferente a otros que quizá conozcas; esto es algo que podrías haber supuesto. No soy una reliquia del viejo mundo, sino una creación de la Gran Aniquilación, forjado a partir de esas cenizas ardientes. Por lo tanto, el deber de dictar la decadencia de este mundo, de establecer su ciclo de vida y muerte, recaía solo sobre mí; el refugio requería tal 'sistema de reciclaje'. Pero en el mundo venidero, la decadencia de las cosas no debería estar bajo el dominio de una 'deidad' similar. Incluso la sugerencia de tal posibilidad es errónea. Que todo lo que emergió de la Gran Aniquilación permanezca con ella”. Un silencio reflexivo envolvió a Duncan mientras arrojaba otra palada de tierra a la tumba. “ ¿Albergas algún arrepentimiento?” “No” respondió el anciano con una sonrisa serena. “Ya he cumplido con todo lo que se me exigía. Ahora, disfrutar de un descanso eterno y tranquilo es la mejor recompensa por la “Muerte”. Pero a ti te ofrezco un consejo. Duncan cesó sus movimientos, atento. “No tomes el sacrificio a la ligera. Aunque parezca extraño viniendo de mí” continuó el anciano, mirando fijamente a Duncan”, detecto en ti el aroma del martirio... un aroma demasiado familiar para mí, pero que no debería afectarte. Duncan se quedó en silencio, absorbiendo el momento. Cuando volvió a mirar, el frágil anciano y la segunda pala ya no estaban a su lado. Solo estaba Duncan allí, solo. La deidad de la muerte había descansado en la tumba, su cuerpo casi envuelto por la tierra. Cerró los ojos en paz, como si hubiera descansado allí desde tiempos inmemoriales. Después de un momento de silencio, Duncan se inclinó hacia delante una vez más, continuando con su solemne deber de cubrir la tumba con tierra, llevando a cabo los últimos ritos para un ser tan antiguo y tan fundamental como el concepto mismo de la muerte.
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Ascuas de aguas profundas (Novela) Capítulo 823

Estás leyendo el capítulo 823 de Ascuas de aguas profundas (Novela), un novela. Ese día, la niebla lo bloqueaba todo. Aquel día se convirtió en el capitán de un barco fantasma. Aquel día, atravesó la espesa niebla y se enfrentó a un mundo completamente subvertido y fragmentado: el viejo orden se… Este capítulo tiene publicado el 2 de junio de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Ascuas de aguas profundas (Novela) tiene 850 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.