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Leer Ascuas de aguas profundas (Novela) Capítulo 645 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
. El silencio había envuelto el mundo. Los estruendosos sonidos de un choque cataclísmico entre dos reinos habían cesado, dejando tras sí oscuridad. En este vacío, el árbol de un mundo muerto crecía silenciosamente, su presencia marcando las consecuencias de esta vasta destrucción. De los escombros comenzaron a surgir nuevas formas, evolucionando a partir de la destrucción que una vez había reinado suprema. Había perdido todos los recuerdos de los elfos y de su propia identidad, olvidando el principio y el fin de la existencia. Tras la Gran Aniquilación, Atlantis se vio impulsada por un afán imparable de crecimiento y expansión. En esta extensión desolada, los Desaparecidos se congregaron. Inquietantes llamas verdes se extendieron por el abismo, formando una barrera que detuvo la expansión descontrolada de la Atlántida. El árbol del mundo muerto pronto se dio cuenta de esta intrusión. Duncan observó extrañas luces y sombras que emanaban de una densa niebla que parecía ocultar formas indistintas. Esta niebla, que se extendía desde la vasta copa del árbol, parecía tentáculos enredados y raíces serpenteantes, evocando la niebla que antaño envolvía las cuatro grandes Arcas. Antes de que Duncan pudiera reflexionar más, se produjo un cambio repentino. El río que rodeaba la Atlántida, compuesto por innumerables puntos de luz brillantes, comenzó a desintegrarse, fusionándose con la niebla sobre el Árbol del Mundo, que luego se solidificó y se expandió con una fuerza tremenda. Los bordes de la niebla se afilaron hasta convertirse en proyectiles que golpeaban las llamas fantasmales que rodeaban a los Desaparecidos. En la oscuridad, resonó un rugido distante y sobrenatural. Cada colisión entre Atlantis y las llamas fantasmales enviaba pulsaciones a través de las llamas. A pesar de esto, más llamas verdes y misteriosas emergieron del abismo, tiñendo la caótica niebla blanca con su siniestro tono. Incluso mientras Atlantis soportaba fuertes impactos, su ataque continuó sin cesar. Duncan observó con asombro y conmoción. Esta fue la primera vez que una entidad se atrevió a enfrentarse directamente a la llama etérea. Mientras Atlantis avanzaba, Duncan notó una forma vaga que se formaba dentro de la niebla sobre el Árbol del Mundo. Un suave resplandor emanaba de él, sin forma, como un alma en formación. En ese instante, Duncan lo reconoció como Atlántida. Se dirigió a la luz emergente: “Tus esfuerzos son inútiles. No puedes atravesar esta barrera. Pronto serás consumido por ella”. El tenue resplandor permaneció en silencio, soportando los implacables ataques. Cada impacto hacía que los bordes de la niebla se volvieran cada vez más frágiles, convirtiendo sonidos previamente apagados en inconfundibles explosiones que resonaban repetidamente. Con preocupación, Duncan observó la batalla en curso. Tras una eternidad, alzó la mano, y llamas, casi etéreas, se elevaron y fluyeron con gracia hacia el corazón de la Atlántida, oculto en el abismo. Liberen a los elfos y todo lo que han consumido. Que Puerto del Viento vuelva a la realidad, declaró solemnemente. Actúen ahora, mientras la redención aún sea posible. De repente, el resplandor nebuloso reveló su reconocimiento. Parpadeó con incertidumbre, y desde la oscuridad envolvente, una voz aguda e infantil declaró: “¡No son simples elfos!”. Alrededor del mundo, restos de árboles y racimos de luces se agitaban inquietantemente. El resplandor se intensificó, transformándose en corrientes dirigidas hacia la niebla sobre la Atlántida. Mientras la niebla se preparaba para otra oleada de agresión, las luces brillantes de arriba temblaron violentamente. Tras esto, varias luces que se habían fusionado con la niebla comenzaron a retirarse, escapando de la atracción gravitacional de la Atlántida. Caían en cascada desde lo alto del Árbol del Mundo, como una cascada celestial, como estrellas girando alrededor de un árbol majestuoso en una danza cósmica. Poco después, una de estas luces descendentes se hizo más grande y adquirió una forma más distintiva. Ante Duncan se encontraba un elfo, no especialmente alto, de cabello blanco inmaculado y vestido con una túnica azul oscuro que evocaba a un académico. Su rostro mostraba signos de cansancio constante, pero sus ojos conservaban una profunda serenidad. Se encontraba entre las luces hipnóticas, frente al imponente Árbol del Mundo que se alzaba desde el oscuro vacío. Él era Ted Lir, el guardián de la verdad de Wind Harbor. Sorprendido por la repentina aparición, Duncan comentó: Tenía la impresión de que habías desaparecido. Con un encogimiento de hombros casual, Ted Lir respondió: Fue solo el producto de una pesadilla no tan agotadora como calificar la avalancha de tareas y ensayos que los estudiantes entregan al final de las vacaciones. Como resultado de la repentina liberación de muchos elfos, el corazón consciente de Atlantis perdió la concentración momentáneamente. Sin embargo, su voz pronto resonó en la extensión de obsidiana, suplicando: “¡Regresen! ¡Hay peligro más allá! Regresen. Esperemos el regreso de Saslokha”. Emergiendo del borde del infierno espiritual, apareció una enorme cabra negra humanoide. Levantó la cabeza, lanzando una mirada serena a la pálida y retorcida figura del Árbol del Mundo, y declaró con calma: “He estado aquí todo este tiempo, pequeño retoño”. Atlantis pareció brevemente desorientada. Su esencia consciente, manifestándose en la niebla, luchaba por reconocer si la cabra negra que emergía de las llamas era el creador que recordaba. Su determinación flaqueó momentáneamente, y la niebla de la cima de los árboles comenzó a disiparse. Pero casi de inmediato, el vacío se llenó con sus gritos angustiados y una cacofonía de ruidos agudos, exclamando: "¡Falso! ¡Él no! ¡Tú no! ¡Ninguno es verdadero! ¡Todos ustedes!" Se detuvo de golpe, su voz se desvaneció en un susurro, como si hablara más para sí misma que para cualquier otra persona. “Todos ustedes son diferentes. ¿Han perecido? No son elfos.” Es cierto; no somos los elfos de tus recuerdos, Atlántida. Una voz inesperada atravesó los pensamientos nublados de la Atlántida. Suave, pero llena de sabiduría ancestral, resonó por la vasta extensión, tranquilizando en medio del caos. De entre los Desaparecidos, comenzó a aparecer una figura espectral de un hombre anciano, que avanzaba lentamente. Al reconocer a Duncan, la figura, Lune, asintió levemente antes de centrar toda su atención en el gigantesco árbol envuelto en el abismo. Esto era más que un árbol; era un amuleto reverenciado en la tradición élfica: su origen, su protector, su mitología, su herencia, la cuna de sus innumerables leyendas y el fundamento de su otrora gloriosa civilización. Sin embargo, ahora seguía en pie, aunque sin vida, todavía impulsado por un deseo incansable de expandirse en su estado post mortem. A pesar de ser de ascendencia élfica, Lune nunca había tenido la oportunidad de presenciar un bosque denso ni aprender a navegar por él. Nunca había visto ríos serpenteando por exuberantes paisajes, desembocando en apacibles arroyos en el bosque. Los vibrantes tonos de las flores silvestres en los claros soleados, las melodías nocturnas orquestadas por el suave balanceo de los árboles y las criaturas que habitaban en estos bosques le eran desconocidos. La leyenda contaba sobre antiguos elfos cuya esperanza de vida rozaba la eternidad, rejuveneciendo constantemente bajo la benévola sombra del Árbol del Mundo. Ágiles y resistentes, se movían hábilmente entre los imponentes árboles, saltando de una vasta copa a otra. Sin embargo, esos relatos eran simplemente ecos de una era pasada para Lune, una figura moldeada por lo que vino después. Al acercarse al borde de la cubierta, su postura se encorvaba ligeramente por la edad, y su físico más robusto era el resultado de incontables horas tras un escritorio, junto con un sueño inquieto. Al alzar la vista hacia el Árbol del Mundo, las profundas arrugas que se dibujaban en su frente se acentuaron, revelando el implacable paso del tiempo. Debemos parecer bastante extraños en comparación con los seres grabados en tu memoria, dijo suavemente, dirigiéndose al Árbol del Mundo. No hubo respuesta verbal de Atlantis, pero un temblor perceptible atravesó el tenue resplandor enclavado en la niebla. Un sonido como el roce de las hojas susurró desde las profundidades de los pálidos y retorcidos restos del Árbol del Mundo. Después de un prolongado silencio, una voz juvenil, teñida de curiosidad, preguntó: ¿Por qué tienes esas marcas en la cara? “Eso se llama arrugas” explicó Lune con paciencia. “A medida que los mortales envejecemos, nuestra piel pierde su firmeza y empieza a descolgarse. En los días húmedos y sombríos, me duele la espalda y la cintura, un recordatorio de mi avanzada edad y de los incontables días que he pasado en el mar. Mi estómago ya no está tan fuerte como antes, y mis dientes muestran las marcas de la cirugía. Dentro de unos años, la edad me pasará factura. Seré incinerado o enterrado para nutrir la tierra. Ya no encontramos consuelo bajo el Árbol del Mundo, ni renacemos de vainas gigantes como en las viejas historias. Haciendo una pausa, miró hacia arriba, su mirada se perdió en la luz brillante de arriba. “¿Parecemos muy diferentes a los recuerdos que guardas?” preguntó de nuevo. Desde el núcleo en descomposición del Árbol del Mundo, un suave susurro de hojas volvió a resonar. ¿Significa eso que nadie podrá regresar jamás? “Sí, nadie puede regresar. Y aunque pudieran, no coincidirían con los recuerdos que guardas” dijo Lune con solemnidad. “Pero hay algo que quiero compartir contigo. Metió la mano en el bolsillo, buscando algo específico. Sacó un libro desgastado con los bordes deshilachados, lo que sugería un uso frecuente. La cubierta estaba grabada con elegantes letras, diferentes de las lenguas habladas en las ciudades-estado modernas. Pasó con cuidado las frágiles páginas hasta un pasaje específico y comenzó a leer. Cuando la primera luz del amanecer bañó el antiguo monolito en tonos dorados, el vagabundo recogió sus pertenencias, planeando cruzar la Colina Floreciente y llegar a las tierras de Roland-Nam antes del anochecer. Esto es de la Epopeya de Horo-Dazo. Exactamente, confirmó Lune. Hace siglos, unos aventureros encontraron tablillas de piedra en una isla apartada y sombría con inscripciones de esta epopeya y otros textos antiguos. Nos llevó un milenio descifrar sus profundos significados, y varios más intentar encontrar la Colina Floreciente y los terrenos mencionados. Lamentablemente, estos lugares se nos escaparon. Las islas sombrías también se perdieron con el tiempo, engullidas por la niebla invasora en los confines del mundo. Con reverencia, Lune dejó a un lado el preciado libro y volvió su mirada hacia el resplandor etéreo. Hemos logrado preservar fragmentos de nuestro pasado histórico. Si bien algunas partes permanecen ocultas, en comparación con las historias de los humanos y los parientes del bosque, nuestra historia élfica se mantiene notablemente intacta. Relatamos leyendas del Creador Primordial, quien despertó en la oscuridad primigenia, plantando las semillas del primer árbol en la cuna de toda vida. Hace apenas cuatro siglos, redescubrimos la Lira de Cola Anillada, cuyas melodías son tan vívidas como los textos antiguos que la describen. Hace setenta y seis años, restauramos los versos finales de los Himnos de Heidran, repletos de historias cautivadoras que antaño se cantaban en las cortes divinas. Sin embargo, vastas extensiones de nuestra historia permanecen envueltas en la oscuridad, quizás para siempre. Las historias de quienes perecieron en la Gran Aniquilación, o de quienes se perdieron durante el nacimiento de la Era de las Profundidades Marinas, son como las islas sombrías ahora perdidas en la niebla. Atlántida, mis disculpas. No somos los elfos que recuerdas con nostalgia. Lo que tenemos son solo recuerdos fragmentados, rescatados del implacable fluir del tiempo, siempre intentando marcar nuestra existencia en un mundo transformado por el cataclismo. No sé si esto ofrece algún consuelo, pero este es el legado que perdura. En el vacío circundante, un suave resplandor latía con calma. La niebla pálida y fantasmal que una vez la protegió comenzó a retirarse deliberadamente. Casi imperceptiblemente, las ramas nudosas y sin vida en los límites de la Atlántida comenzaron a desvanecerse. Tiernas y místicas llamas verdes comenzaron a tocar el majestuoso árbol, evocando recuerdos de un frondoso bosque desaparecido. La mirada de Duncan se levantó y se encontró con la imponente silueta de una enorme cabra negra parada frente a él. Hubo una pausa, un intercambio silencioso entre el hombre y la criatura, antes de que Duncan le hiciera a la cabra un gesto discreto y respetuoso. Con una gracia inesperada para su tamaño, la cabra humanoide negra comenzó a caminar hacia adelante, sus cascos pisando caminos invisibles, acercándola a la base del gran árbol. Has florecido más allá de lo que imaginé, susurró la cabra, con una mezcla de asombro y orgullo en su voz, mientras estiraba el cuello para dirigirse a la suave luminosidad oculta en la oscuridad. La luz que se atenuaba tembló suavemente en respuesta, murmurando: No pude completar la misión que me diste. “Has superado todas tus expectativas” respondió la cabra con cariño, bajando la cabeza para que su cuerno rozara la corteza seca y cicatrizada del árbol. De la punta del cuerno, un zarcillo de la misma llama verde etérea cobró vida. Es hora de que un niño diligente encuentre consuelo y descanso, querido retoño. El resplandor, antes resistente, de la niebla lechosa comenzó a desvanecerse. Los sonidos ambientales, que antes evocaban la imagen de hojas danzando al ritmo del viento, se sumieron en un silencio inquietante. Brillantes motas de luz se congregaron, formando una corriente resplandeciente que abrazó con ternura la base de Atlantis. Wahhhhhh~ Desde lo más profundo del núcleo del Árbol del Mundo, un grito de lamentación lleno de angustia y anhelo resonó. Las espectrales llamas verdes, ahora imbuidas de un vigor sin precedentes, se elevaron, envolviendo brevemente todo el árbol en su abrazo. En ese fugaz instante, dispersaron las sombras opresivas que habían prevalecido desde que la vida cesó.
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Ascuas de aguas profundas (Novela) Capítulo 645

Estás leyendo el capítulo 645 de Ascuas de aguas profundas (Novela), un novela. Ese día, la niebla lo bloqueaba todo. Aquel día se convirtió en el capitán de un barco fantasma. Aquel día, atravesó la espesa niebla y se enfrentó a un mundo completamente subvertido y fragmentado: el viejo orden se… Este capítulo tiene publicado el 2 de junio de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Ascuas de aguas profundas (Novela) tiene 850 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.