Leer Aprendiendo a Matar Dioses en un Hospital Psiquiátrico (Novela) Capítulo 72 online gratis en español
🏴 Grupo: Spice121U✍️ Traducción: Spice121U
A partir del segundo día en que Lin Qiye llegó al campo de entrenamiento, la cantidad de nuevos reclutas fue aumentando gradualmente, y los edificios de dormitorios, antes vacíos, se llenaron sin que nadie se diera cuenta.
En la mañana del tercer día, Lin Qiye fue despertado por el bullicio que venía del pasillo. Se incorporó, frotándose los ojos adormecidos.
¿Eh? ¿El gordito se levantó tan temprano?
Pensó Lin Qiye al notar que la cama, que parecía un chiquero, estaba vacía
Levantó las cejas, sorprendido.
Supongo que este ricachón era realmente diferente.
Después de convivir un par de días, Lin Qiye ya tenía una idea básica de quién era ese Baili Pangpang: ciertamente no era el típico hijo mimado y arrogante, pero tampoco lograba ocultar su origen adinerado. Intentaba fingir ser de una familia común, pero actuaba tan mal que resultaba obvio.
Su naturaleza no era mala, solo es un poco tonto. Esa fue la primera evaluación de Lin Qiye sobre él.
Lin Qiye no era de los que evitaban los problemas; de hecho, en cierto modo esperaba que su compañero de habitación fuera un tipo presumido y altanero, para tener una buena excusa y golpearlo, y así quedarse con la habitación para él solo.
Pero… ¡le tocó un gordito inofensivo y tonto!
Aquel idiota estaba feliz de convivir con él, le ofrecía regalos a cada rato y siempre hablaba con extrema cortesía. Lin Qiye sentía que era golpeado por una almohada: no podía desquitarse.
Golpearlo… sería cruel.
No golpearlo… y luego despertarse en mitad de la noche con el gordito oliéndole los pies, ¡eso también era insoportable!
Lo peor era que, cuando Lin Qiye se despertaba furioso por el mal olor, Baili Pangpang lo miraba con ojos sinceros, entre tímido y esperanzado, y le decía:
—Qiye… todavía no me has respondido, ¿mis pies huelen bien?
De no haber sido porque no tenía un cuchillo a la mano, ese gordito no habría visto el amanecer al día siguiente.
Lin Qiye se estiró, se metió el cepillo de dientes en la boca y, arrastrando el termo vacío, se dispuso a salir a buscar agua caliente.
Apenas abrió la puerta, vio una multitud reunida frente al edificio de dormitorios de enfrente. Entre la gente, un gordito que brillaba como una perla gritaba a todo pulmón:
—¡Compañeros! ¡Les traje algunos productos típicos de mi tierra! ¡Espero que no les importe! ¡Y en este año que estaremos juntos, cuenten conmigo! ¡Eh, hermanos, no se empujen! ¡Hay para todos!
Baili Pangpang levantó su brazo regordete, cubierto con más de una docena de relojes distintos; lo tenía tan envuelto que parecía una momia. ¡Era una exhibición tan cara que intimidaba!
Los reclutas alrededor comenzaron a alborotarse.
—¡No me malinterpreten! ¡No soy un niño rico! ¡Solo soy un chico normal que quiere llevarse bien con todos! —gritaba el gordito.
¡Clang!
Desde su edificio, Lin Qiye observaba boquiabierto. El cepillo se le cayó de la boca al suelo.
—¿Qué demonios está haciendo ese gordo? —murmuró incrédulo.
Ni siquiera los hijos de magnates son tan exagerados. ¿Dos cientos reclutas y un reloj para cada uno? ¡Eso era tirar el dinero al viento!
Pero mientras la mayoría hacía alboroto, algunos no se movían.
Lin Qiye notó que, en el mismo piso, un joven estaba apoyado contra la pared, observando fríamente la escena.
Allí de pie, parecía aislado del resto, como si viviera en otro mundo. Su mirada era tan tranquila que daba una sensación de distancia, de estar tras un muro invisible que lo separaba del ruido.
En el edificio de las chicas, al otro lado, una joven de cabello largo también miraba la escena desde el corredor, con los ojos entrecerrados y una expresión llena de desprecio.
Cuanto más observaba, más notaba Lin Qiye que había muchos que miraban ocultos desde las sombras. Algunos con indiferencia, otros con sarcasmo, otros con desdén y desaprobación… y unos pocos con cierta intención peligrosa.
El gesto de Baili Pangpang había hecho estallar la emoción de los reclutas, pero también se había convertido en un espectáculo que todos analizaban desde la oscuridad.
Y del mismo modo que Lin Qiye los observaba, ellos también lo notaron a él.
En ese momento, el Instructor Hong entró al área de dormitorios junto con varios instructores. Miró hacia los edificios ruidosos y rugió:
—¿¡Qué carajos están haciendo!?
—¿¡Creen que esto es un mercado, ah!? ¡¿Daaaa?!
—¿¡Quieren que traiga unas strippers para animarles la fiesta!?
Los gritos retumbaron entre los edificios, y los reclutas, que estaban reunidos alrededor de Baili Pangpang, se dispersaron de inmediato. Solo el gordito quedó allí, cubierto de relojes, mirando al suelo mientras murmuraba:
—No me vean, no me vean, no me vean…
El Instructor Hong tembló de rabia, pero siguió gritando con el ceño fruncido:
—¡No crean que porque el entrenamiento no ha empezado pueden hacer lo que les dé la gana! ¡A partir de que cruzan esa puerta, son soldados!
—¡Soldados! ¡Disciplina!
—¡Esta vez se las dejo pasar! ¡Pero si los vuelvo a ver alborotando, los haré entrenar hasta que revienten! ¿¡Entendido!? —rugió.
—¡¡Entendido!! —respondieron a coro desde los tres edificios de dormitorios.
El Instructor Hong los miró con ojos como cuchillos, barriendo el área, y luego anunció con voz firme:
—¡Reunión en el campo de entrenamiento a las dos de la tarde!
Dicho esto, se dio media vuelta y se marchó con los demás instructores.
Baili Pangpang, que había estado escondido tras una rendija del pasillo, suspiró aliviado.
—Qué susto… Menos mal que me escondí rápido o me habrían atrapado —dijo llevándose la mano al pecho.
Lin Qiye: …
—Parece que ya no podrás repartir el resto de los regalos —comentó.
—Sí… qué lástima —murmuró el gordito mirando los relojes en su mano—.
—¿Por qué estás tan obsesionado con regalar cosas? —preguntó Lin Qiye.
—¿Cómo se puede construir una buena relación sin dar regalos? —respondió Baili Pangpang con toda naturalidad—. Mi padre dice que lo más valioso del mundo es el “arte de las relaciones humanas”.
Lin Qiye rodó los ojos.
—Si eso es el arte de las relaciones humanas, este mundo ya está condenado.
Recogió su cepillo del suelo y siguió su camino hacia la sala de agua caliente. Bai Li Pangpang se quedó quieto, rascándose la cabeza con cara de tonto.
…………………………………
Por la tarde.
Lin Qiye se cambió en el almacén de suministros, se puso el uniforme militar y se dirigió directamente al campo de entrenamiento.
Baili Pangpang intentaba meterse los pantalones a toda prisa mientras corría detrás de él:
—¡Qiye, espérame!
Cuando ambos llegaron al campo, casi todos los reclutas ya estaban presentes. No había formación alguna; cada uno estaba de pie como quería, altos y bajos mezclados sin orden.
Sobre la tarima, más de veinte instructores permanecían erguidos, impecables, firmes como pinos verdes.
Al frente, el Instructor General Yuan Gang observaba al grupo desordenado con los ojos entrecerrados…

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Estás leyendo el capítulo 72 de Aprendiendo a Matar Dioses en un Hospital Psiquiátrico (Novela), un novela. I Was Learning To Kill Gods in a Mental Hospital (Slay The Gods) ¿Alguna vez has pensado que bajo la ciudad de neón acechan monstruos de la mitología antigua? ¿Alguna vez has pensado que sobre la luna que está por… Este capítulo tiene publicado el 5 de noviembre de 2025, Traducido por el grupo Spice121U. Aprendiendo a Matar Dioses en un Hospital Psiquiátrico (Novela) tiene 158 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.