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Leer Ámeme señorita Villana! (Novela) Capítulo 19 online gratis en español

El carruaje esperaba frente a la entrada principal de la Academia Real de Magia. Las clases habían terminado hacía apenas unos minutos. Los jardines, que normalmente rebosaban de estudiantes caminando de un lado a otro, comenzaban poco a poco a vaciarse mientras decenas de carruajes pertenecientes a las distintas familias nobles llegaban para recoger a sus hijos durante el periodo de descanso de mitad de año. Dos semanas. Solo dos semanas. Después todos volverían nuevamente a la academia. Mina observó el edificio por última vez antes de subir al carruaje. No podía evitar sentir que, desde el día en que aquella plebeya había puesto un pie dentro de aquella escuela... Nada había vuelto a sentirse normal. —Señorita. La voz tranquila de Lisa la sacó de sus pensamientos. —El carruaje está listo. Mina asintió levemente. —Lo sé. Subió con elegancia. Lisa hizo lo mismo. Las ruedas comenzaron a avanzar lentamente mientras la academia iba desapareciendo poco a poco detrás de ellas. Durante varios minutos ninguna de las dos habló. Solo se escuchaba el golpeteo constante de las ruedas contra el camino empedrado. Hasta que finalmente Mina rompió el silencio. —Lisa... La sirvienta levantó ligeramente la mirada. —¿Sí, señorita? Mina permaneció unos segundos observando por la ventana. Los árboles pasaban lentamente. Las calles comenzaban a alejarse. Finalmente habló. —¿No te parece que últimamente todo es... demasiado extraño? Lisa sonrió apenas. —Depende de qué considere extraño, señorita. —Todo. Suspiró. —Simplemente... todo. Guardó silencio unos instantes antes de continuar. —Primero aquellos ladrones. Después los ataques durante la noche. Luego esos asesinos. Y ahora... Apretó ligeramente el borde de su vestido. —Ahora parece que soy yo quien siempre termina siendo el objetivo. Su voz ya no sonaba enfadada. Sonaba confundida. —No logro comprenderlo. ¿Por qué? ¿Por qué precisamente yo? Jamás había hecho nada que justificara semejante odio. Sí. Sabía perfectamente que muchos plebeyos despreciaban a los nobles. Lo escuchaba constantemente. Lo veía reflejado en sus miradas. En los rumores. En la forma en que algunos evitaban siquiera cruzarse con ellos por la calle. Pero... ¿Hasta ese punto? ¿Hasta intentar asesinarlos? No lograba entenderlo. —Entiendo que algunos nobles puedan haberse ganado el resentimiento de ciertas personas —continuó lentamente—. Existen familias corruptas. Existen nobles arrogantes. Incluso algunos miembros del consejo actúan de forma... cuestionable. Desvió la mirada. —Pero nosotros seguimos siendo estudiantes. No gobernamos. No administramos territorios. No tomamos decisiones políticas. Ni siquiera hemos terminado nuestra educación. Frunció ligeramente el ceño. —Entonces... ¿Por qué? ¿Por qué estudiantes? ¿Por qué yo? Lisa permaneció unos segundos en silencio antes de responder. —Señorita. Hay ocasiones en las que el agua de un lago parece completamente tranquila. Mina volvió la vista hacia ella. —Sin embargo... El fondo permanece oculto. No porque no exista. Sino porque la superficie jamás permite verlo. Mina arqueó ligeramente una ceja. Lisa continuó. —Las personas también son así. A veces solo observamos la superficie. Y creemos comprender todo lo que ocurre. Pero desconocemos aquello que permanece escondido debajo. Mina suspiró. —Eres demasiado filosófica. —Es un defecto que heredé de mi madre. —Definitivamente. Las dos sonrieron apenas. Solo unos segundos. Después Mina volvió a quedarse mirando por la ventana. El paisaje continuaba avanzando lentamente. Aunque ahora su mente ya no estaba allí. Estaba recordando. Aquella noche. La noche en que Iris apareció dentro de su habitación. "..." Una punzada de incomodidad recorrió su espalda. —Ahora que lo pienso... Lisa volvió a observarla. —¿Sí? —Hay algo que no deja de molestarme. —¿Qué sucede? Mina cruzó lentamente los brazos. —Esa plebeya. Lisa no necesitó preguntar de quién hablaba. —¿La señorita Iris? —Sí. Suspiró profundamente. —No deja de resultarme extraña. Muy extraña. Desde el primer día. Desde aquella absurda confesión. Desde la primera vez que decidió perseguirme por toda la academia. Desde entonces... Todo ha sido un desastre. Bajó ligeramente la mirada. —Y, sin embargo... Calló unos segundos. Como si incluso ordenar aquellas ideas le resultara complicado. —Siempre aparece exactamente donde debe aparecer. Lisa permaneció completamente inmóvil. —La noche del ataque... Ella ya estaba allí. Sabía que iban a entrar. Sabía por dónde. Sabía quién era el objetivo. Sabía exactamente qué hacer. Volvió a recordar aquella escena. Iris entrando tranquilamente en su habitación. Sonriendo. Pidiéndole dormir juntas con una naturalidad completamente absurda. "..." ¿Cómo podía alguien actuar de esa manera? Y lo más extraño... Era que ella había tenido razón. Todo ocurrió exactamente como había dicho. —¿Cómo lo sabía...? La pregunta escapó de sus labios casi sin darse cuenta. Lisa inclinó ligeramente la cabeza. —¿Señorita? Mina volvió a hablar. Más despacio. Como si estuviera reconstruyendo cada detalle. —Sabía que un ladrón aparecería. Sabía que entraría por aquella pequeña ventana. Sabía incluso que yo era el objetivo. Se quedó completamente inmóvil. —¿No te parece... demasiado conveniente? Lisa tardó varios segundos en responder. —¿Está sospechando de la señorita Iris? —No lo sé. Y eso era precisamente lo que más le molestaba. No lo sabía. Porque cuanto más intentaba pensar en ello... Más contradicciones encontraba. Si Iris realmente estuviera involucrada... ¿Por qué salvarla? ¿Por qué exponerse? ¿Por qué arriesgar su propia vida? ¿Por qué quedarse allí hasta el final? Nada tenía sentido. Pero... Precisamente por no tener sentido... Resultaba todavía más sospechoso. —Tal vez... —murmuró Mina— todo lo que ha dicho desde que llegó haya sido una mentira. Lisa permaneció en silencio. Mina cerró lentamente los ojos. "...La amo, señorita Mina..." Aquella voz volvió a aparecer en su memoria. "..." Qué plebeya tan escandalosa. Qué manera tan absurda de hablar. Qué forma tan ridícula de comportarse. Y, sin embargo... Apretó suavemente una mano sobre su propio vestido. Solo imaginar que todas aquellas palabras hubieran sido falsas... Le produjo una desagradable sensación de vacío. Abrió inmediatamente los ojos. —Qué tontería. Frunció el ceño consigo misma. ¿Por qué habría de importarle? Solo era una plebeya. Una plebeya extremadamente ruidosa. Extremadamente molesta. Extremadamente insistente. Entonces... ¿Por qué aquella idea le resultaba tan desagradable? Lisa la observó unos segundos antes de sonreír con suavidad. —Señorita. Mina levantó la mirada. —Tiene un semblante muy triste. —¿Triste? —Sí. Mina desvió inmediatamente la vista. —Estás imaginando cosas. —¿Está segura? —Completamente. Lisa soltó una pequeña risa. —Entonces procuraré creerle. Mina bufó muy levemente. —Haz eso. El carruaje continuó avanzando. A lo lejos ya comenzaban a distinguirse las enormes torres blancas de la Mansión Belrose. Mina dejó escapar un largo suspiro. —Olvidemos ese asunto. Lisa asintió. —Como desee. —Tengo cosas mucho más importantes en las que pensar. Su fiesta. Su presentación oficial ante toda la nobleza. Y, sobre todo... La reunión con su padre. Solo esperaba que aquel día transcurriera sin más complicaciones. Después de todo... ¿Qué más podría salir mal? La Mansión Belrose apareció finalmente en el horizonte. Incluso después de haber vivido allí durante toda su vida, Mina seguía sintiendo que aquel lugar parecía más un palacio que una residencia. Altos muros blancos rodeaban toda la propiedad. Jardines perfectamente simétricos se extendían a ambos lados del camino principal, adornados con innumerables rosales cuidadosamente podados por los jardineros de la familia. Cada árbol parecía ocupar exactamente el lugar donde debía encontrarse. Cada sendero. Cada fuente. Cada estatua. Todo estaba dispuesto con una precisión casi obsesiva. Era hermoso. Pero también... Extrañamente frío. El carruaje cruzó lentamente la enorme reja principal mientras los guardias saludaban con una reverencia impecable. Las puertas comenzaron a abrirse antes incluso de que el vehículo se detuviera por completo. Varias sirvientas esperaban ya alineadas a ambos lados de la entrada. Mina descendió con la elegancia que le habían enseñado desde pequeña. La espalda recta. La barbilla ligeramente elevada. Los movimientos precisos. Sin exagerar. Sin apresurarse. Todo debía transmitir exactamente aquello que representaba el apellido Belrose. Autoridad. Distinción. Orden. Las sirvientas inclinaron la cabeza al unísono. —Bienvenida, señorita Mina. —Buenas tardes. Respondió casi por costumbre. Lisa descendió detrás de ella. Mientras caminaban hacia el interior de la mansión, Mina sintió nuevamente aquella sensación tan conocida. Silencio. Siempre silencio. Aquella casa jamás era ruidosa. Nunca había niños corriendo. Nunca había conversaciones espontáneas. Nunca había risas resonando por los pasillos. Todo el personal caminaba con pasos medidos. Las puertas se abrían sin hacer ruido. Los relojes parecían ser el único sonido constante. Todo funcionaba exactamente como debía funcionar. Como un mecanismo perfectamente diseñado. Y, sin embargo... Mientras avanzaba por el enorme vestíbulo principal, un recuerdo completamente fuera de lugar apareció en su mente. —¡Buenos días, señorita Mina! La voz resonó con tanta claridad que casi giró la cabeza por instinto. "..." Iris. Recordó verla correr por los pasillos de la academia. Agitando una mano con entusiasmo. Sonriendo como si absolutamente nada pudiera preocuparle. Incluso cuando Mina la ignoraba. Incluso cuando intentaba alejarla. Incluso cuando le respondía con frialdad. Ella simplemente... Volvía al día siguiente. Con exactamente la misma sonrisa. Qué mujer tan insistente. No. Qué muchacha tan insistente. Era desesperante. No parecía comprender indirectas. Ni rechazos. Ni límites. Parecía existir únicamente para alterar la tranquilidad de cualquiera que estuviera cerca. Y, sin embargo... Mina comenzó a subir lentamente la gran escalera principal. Aquella misma academia... Había cambiado. Muchísimo. Recordó perfectamente cómo era antes. Los nobles caminaban únicamente entre nobles. Los plebeyos hacían exactamente lo mismo. Cada grupo ocupaba siempre los mismos lugares. Los mismos horarios. Las mismas conversaciones. Todo parecía perfectamente separado. Perfectamente ordenado. Nadie cruzaba aquellas líneas invisibles. Porque sencillamente... Siempre había sido así. Entonces llegó Iris. Y, de alguna forma incomprensible... Comenzó a romper todas esas barreras sin siquiera proponérselo. Primero habló con Yukko. Después con Oliver. Luego comenzó a acercarse a profesores. A estudiantes de distintos cursos. A nobles. A plebeyos. A comerciantes. Incluso a ella. Como si todas aquellas diferencias simplemente... No existieran. Mina todavía recordaba la primera vez que Iris se acercó. Había pensado que desaparecería al recibir el primer rechazo. Después el segundo. Después el tercero. Pero no. Cada día regresaba. Como si estuviera absolutamente convencida de que algún día Mina terminaría respondiéndole. Qué absurda. Y, aun así... Terminó ocurriendo. Ahora... Cuando Iris aparecía por las mañanas. Mina ya no intentaba cambiar de dirección. Cuando la veía esperándola frente al salón. Simplemente suspiraba. Cuando Iris comenzaba alguna conversación sin sentido. Acababa respondiéndole. Sin darse cuenta. Era irritante. Muy irritante. "..." ¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo había comenzado a responderle con tanta naturalidad? Ni siquiera recordaba el momento exacto. Simplemente... Había sucedido. Y lo más extraño de todo era otra cosa. Mina llegó hasta el segundo piso. Las enormes ventanas permitían que la luz de la tarde iluminara por completo el largo corredor. Mientras caminaba, recordó algo que nunca antes había pensado con detenimiento. Iris nunca venía sola. Casi siempre estaba acompañada. Yukko. Oliver. A veces los tres aparecían juntos. Otras veces Iris llegaba primero y poco después aparecían ellos. Era extraño. Porque, poco a poco... Sin darse cuenta... Ella misma había terminado caminando junto a los tres. No porque quisiera. Eso seguía negándolo. Simplemente... Iris jamás aceptaba un "no". Si Mina decidía marcharse. Ella la seguía. Si cambiaba de pasillo. También. Si intentaba almorzar sola. Iris aparecía con una bandeja. Y detrás de ella. Yukko. Y Oliver. Era imposible escapar. Absolutamente imposible. Qué mujer tan problemática. Sin embargo... Mina comenzó a disminuir el paso. Un pensamiento apareció de forma completamente inesperada. Ya nadie decía... "El grupo de Iris." Ahora todos comentaban algo diferente. "Ahí vienen Iris y el grupo de la señorita Mina." O... "El grupo de Mina volvió a meterse en problemas." Incluso algunos profesores. Sin darse cuenta. Habían comenzado a referirse a ellos como un único grupo. Aquello era absurdo. Ella jamás había aceptado formar parte de nada. Jamás había dado su consentimiento. Y, sin embargo... La realidad parecía haber decidido otra cosa. Incluso Lisa había comenzado a preguntar algunas mañanas: —¿Hoy también almorzará con la señorita Iris? Como si aquello fuera completamente normal. Mina soltó un pequeño suspiro. Era ridículo. Totalmente ridículo. Había pasado años evitando relacionarse demasiado con otros estudiantes nobles. Muchos solo se acercaban por conveniencia. Otros por miedo. Algunas jóvenes únicamente buscaban ganarse el favor de la familia Belrose. Nunca le interesó formar amistades superficiales. Por eso... Cuando ingresó a la academia. No tenía realmente un grupo. Conocía personas. Conversaba con ellas. Pero ninguna permanecía realmente a su lado. Hasta que... Apareció aquella plebeya. Y, contra toda lógica... Terminó arrastrándola a una especie de grupo que jamás pidió tener. "..." Qué mujer tan molesta. Pensó aquello con absoluta convicción. Y, sin embargo... Por primera vez en muchísimo tiempo... La academia ya no le parecía un lugar silencioso. Ni aburrido. Ni monótono. Cada día ocurría algo diferente. Cada día Iris encontraba una nueva forma de sorprender a todos. Cada día Yukko terminaba riéndose de alguna tontería. Oliver acababa resolviendo algún problema extraño. Y ella... Siempre terminaba involucrada de una manera u otra. Era agotador. Terriblemente agotador. Pero... Mientras abría lentamente la puerta de su habitación... No pudo evitar admitir algo para sí misma. Solo una cosa. Muy pequeña. La academia... Se había vuelto un lugar mucho más vivo desde que Iris Lane había llegado. Y eso era precisamente lo que más la desconcertaba. Porque una parte de ella... Comenzaba a pensar que tal vez... Ese cambio no había sido algo malo. Cuando el reloj principal de la mansión marcó las seis de la tarde, el movimiento dentro de la residencia aumentó considerablemente. Los pasillos, normalmente silenciosos, comenzaron a llenarse de sirvientas que caminaban con rapidez, aunque sin perder nunca la elegancia que caracterizaba al servicio de la familia Belrose. Unas transportaban bandejas de plata. Otras acomodaban enormes arreglos florales recién llegados desde los invernaderos. Los cocineros cruzaban continuamente las cocinas mientras el aroma de distintos platillos comenzaba a extenderse por toda la residencia. Los jardineros realizaban las últimas podas. Los músicos afinaban lentamente sus instrumentos en el gran salón. Incluso los guardias habían duplicado su presencia aquella noche. No era una celebración cualquiera. Era la presentación oficial de la futura heredera de la Casa Belrose ante gran parte de la nobleza del reino. Una ceremonia que ocurría una sola vez en la vida. Y que, desde el punto de vista de muchos nobles, era incluso más importante que un cumpleaños o un banquete político. Porque aquella noche no se celebraba simplemente una fiesta. Aquella noche se recordaría a todos quién heredaría el peso de uno de los linajes más importantes del reino. ... Mina permanecía inmóvil frente al enorme espejo de su habitación. Varias sirvientas terminaban de ajustar los últimos detalles de su vestido. El color blanco predominaba sobre cualquier otro. No era casualidad. Las familias nobles utilizaban distintos colores como símbolo de su identidad. Los Belrose habían vestido de blanco durante generaciones. Pureza. Orden. Elegancia. Aquellos tres conceptos siempre habían acompañado a su familia. Los pequeños diamantes azul celeste que adornaban su cabello brillaban suavemente bajo la luz de las lámparas. Cada uno representaba la Cruz del Sur. El antiguo símbolo de la familia. Un emblema cuyo verdadero significado prácticamente se había perdido con el paso de los siglos. Solo sabían que debía conservarse. Porque siempre había sido así. Mina observó su reflejo durante varios segundos. Todo estaba perfecto. El vestido. El peinado. Los guantes. La postura. Todo. Como siempre. Sin embargo... No sentía absolutamente nada. Lisa terminó de acomodar el último pliegue del vestido antes de retroceder un paso. —Ha quedado perfecto, señorita. Mina continuó observando el espejo. —¿Perfecto? —Sí. —... Qué palabra tan curiosa. Perfecto. ¿Cuántas veces había escuchado aquella palabra durante su vida? "Inclina un poco más la espalda." "Perfecto." "Sonríe un poco menos." "Perfecto." "No hables tan alto." "Perfecto." "No camines tan rápido." "Perfecto." Todo debía ser perfecto. Siempre. Desde que tenía memoria. Nunca se preguntó realmente por qué. Simplemente... Así funcionaban las cosas. Un Belrose no cometía errores. Un Belrose no levantaba la voz. Un Belrose no mostraba debilidad. Un Belrose debía convertirse en el ejemplo que los demás nobles siguieran. Así le enseñaron. Así vivió. Y así continuaba haciéndolo. Incluso ahora. Mientras observaba su propio reflejo... No veía realmente a Mina Belrose. Veía... A la futura cabeza de la familia. Una responsabilidad. Un apellido. Una figura que debía representar algo mucho más grande que ella misma. Lisa notó cómo su expresión cambiaba apenas un instante. Muy poco. Lo suficiente para que alguien que hubiera pasado años a su lado pudiera percibirlo. —¿Está nerviosa? Mina sonrió apenas. Aquella sonrisa perfectamente ensayada. —No. —¿Está segura? —Lo he hecho cientos de veces. —No una presentación como esta. Mina desvió ligeramente la mirada. Era cierto. Había asistido a incontables reuniones. Banquetes. Eventos políticos. Celebraciones. Pero aquella noche era diferente. Aquella noche todos los presentes dejarían de verla como la hija del señor Belrose. Comenzarían a verla como su sucesora. Y esa diferencia... Pesaba más de lo que quería admitir. Lisa terminó de colocar un pequeño broche plateado sobre el vestido. —Todo saldrá bien. —Lo sé. Respondió casi automáticamente. No porque realmente lo creyera. Sino porque era exactamente la respuesta que debía dar. ... Unos suaves golpes resonaron al otro lado de la puerta. —Señorita Mina. La voz pertenecía a uno de los mayordomos principales. —El señor Belrose solicita verla antes del inicio de la ceremonia. Mina cerró lentamente los ojos. Ahí estaba. La conversación que realmente la inquietaba. —Entiendo. Puede retirarse. Los pasos del mayordomo se alejaron lentamente. Lisa comenzó a recoger algunos accesorios. Mina permaneció inmóvil unos segundos más. Respiró profundamente. Una vez. Otra. Y finalmente abrió los ojos. Su expresión había cambiado por completo. Toda duda. Toda incomodidad. Toda inseguridad. Habían desaparecido. No porque realmente ya no existieran. Sino porque había aprendido, desde muy pequeña, a esconderlas detrás de un rostro sereno. Lisa sonrió con cierta melancolía. Era increíble. Siempre era igual. Bastaban unos segundos para que aquella niña que aún dudaba de sí misma desapareciera. Y en su lugar apareciera nuevamente... La heredera de los Belrose. Mina caminó hacia la puerta. Su postura era impecable. Sus movimientos elegantes. Cada paso medido. Exactamente igual que le habían enseñado. Pero, mientras avanzaba por el pasillo principal rumbo al despacho de su padre... Un pensamiento completamente fuera de lugar volvió a cruzar su mente. "¿No cree que puede sonreír un poquito más, señorita Mina?" La voz de Iris apareció con tanta claridad que Mina casi dejó escapar un suspiro. Qué mujer tan insoportable. Siempre decía exactamente lo que no debía decir. Siempre rompía el ambiente más solemne con algún comentario absurdo. Siempre encontraba la manera de hacerla perder la compostura. ... Y, por alguna razón... Aquella voz le resultaba mucho más fácil de recordar que cualquiera de las innumerables lecciones de etiqueta que había recibido durante toda su infancia. Mina frunció ligeramente el ceño consigo misma. "No pienses en tonterías." Se reprendió mentalmente. Ahora tenía asuntos mucho más importantes que atender. Porque, tras aquella puerta... La esperaba el hombre cuya opinión había condicionado prácticamente toda su vida. Su padre. El despacho del señor Belrose ocupaba una de las habitaciones más antiguas de toda la mansión. Las paredes estaban cubiertas por enormes estanterías repletas de documentos, tratados políticos y antiguos registros de la familia. No había adornos innecesarios. Ni cuadros extravagantes. Ni lujos excesivos. Todo allí transmitía exactamente el mismo mensaje. Funcionalidad. Disciplina. Orden. El enorme ventanal detrás del escritorio permitía contemplar gran parte de los jardines de la residencia. Desde allí podían verse las primeras carrozas de los invitados atravesando lentamente la entrada principal. La celebración estaba a punto de comenzar. Cuando Mina llamó suavemente a la puerta, una voz grave respondió desde el interior. —Adelante. La joven abrió lentamente. Su padre permanecía de pie frente a la ventana, con las manos cruzadas detrás de la espalda. No volvió la vista inmediatamente. Observaba cómo los distintos nobles descendían de sus carruajes. Como si analizara cada movimiento. Cada familia. Cada saludo. Solo cuando escuchó cerrarse la puerta habló. —Llegas puntual. —Así me enseñó usted. El hombre asintió apenas. Seguía sin girarse. —¿Estás preparada? Mina respondió sin vacilar. —Sí. Silencio. Solo el sonido lejano de la fuente del jardín acompañó aquellos segundos. Finalmente el señor Belrose giró lentamente. Sus ojos recorrieron a Mina de arriba abajo. Observó el vestido. La postura. La expresión. No buscaba belleza. Buscaba dignidad. Tras unos instantes asintió. —Representas correctamente el apellido Belrose. Aquellas palabras, que para cualquier otra persona habrían parecido un simple comentario, constituían uno de los mayores elogios que Mina había recibido jamás de su padre. No dijo nada. Solo inclinó ligeramente la cabeza. —Gracias. El hombre caminó despacio hasta el escritorio. Tomó una copa de cristal, aunque no llegó a beber. —Esta noche conocerás a muchas personas. Algunas buscarán tu amistad. Otras buscarán acercarse a nuestra familia. Otras intentarán obtener algún beneficio. Se detuvo. —Recuerda siempre quién eres. —Lo haré. —No eres únicamente Mina. Eres una Belrose. Tus decisiones ya no te pertenecen únicamente a ti. Pertenecen también al apellido que portas. Mina bajó ligeramente la mirada. Aquellas palabras las había escuchado desde niña. Las comprendía. O al menos creía comprenderlas. —Lo sé, padre. El hombre volvió a observar por la ventana. —También he recibido el informe acerca del incidente ocurrido en la academia. Mina sintió un pequeño nudo en el estómago. Sabía que aquel tema aparecería. Era inevitable. —Sí. —Según los informes... Una plebeya evitó tu secuestro. —Correcto. —¿Cuál era su nombre? —Iris Lane. El señor Belrose permaneció unos segundos en silencio. —He investigado a esa muchacha. Mina levantó ligeramente la vista. —No posee linaje destacable. No pertenece a ninguna familia influyente. No tiene recursos. No posee conexiones políticas. Solo obtuvo una beca gracias a sus resultados académicos. Volvió finalmente a mirar directamente a Mina. —¿Qué opinas de ella? La pregunta tomó a Mina completamente por sorpresa. Nunca antes su padre le había pedido una opinión personal acerca de alguien. Permaneció unos segundos pensando. Finalmente respondió. —Es... Complicada. Su padre esperó. —Extremadamente insistente. No comprende cuándo debe guardar silencio. Habla demasiado. Invade constantemente el espacio personal de los demás. Hace preguntas absurdas. Y parece completamente incapaz de comportarse como corresponde. El señor Belrose escuchó sin interrumpir. Mina respiró lentamente. —Pero... Calló unos segundos. —También es responsable. Valiente. Y... Nunca la he visto actuar buscando algún beneficio propio. Siempre ayuda a otros. Incluso cuando nadie se lo pide. Incluso cuando hacerlo le ocasiona problemas. Su padre no mostró reacción alguna. —¿Confías en ella? Mina abrió ligeramente los ojos. Aquella pregunta era mucho más difícil. Pensó en la noche del ataque. Pensó en cómo Iris había aparecido. En cómo conocía el plan. En cómo había protegido su vida. Pensó en todas las dudas que todavía seguían presentes. Y finalmente respondió con honestidad. —No lo sé. El hombre permaneció completamente inmóvil. —¿No lo sabes? —No. Porque... Todo lo relacionado con ella resulta extraño. Hay demasiadas cosas que no comprendo. Parece saber más de lo que debería. Aparece siempre en el momento adecuado. Y, aun así... Cada vez que la observo... No consigo creer que esté mintiendo. El despacho volvió a quedar en silencio. El señor Belrose cerró lentamente los ojos. Después dejó la copa sobre el escritorio. —Entonces aún no sabes juzgar a las personas. Mina sintió una punzada. —Padre... —No lo digo como una crítica. Lo digo como un hecho. Abrió nuevamente los ojos. —Con el tiempo aprenderás. Las personas rara vez son completamente buenas. O completamente malas. Lo importante es comprender cuáles son sus verdaderas intenciones. Mina asintió lentamente. Aquellas palabras quedaron grabadas en su memoria. ... La ceremonia comenzó poco después. El gran salón principal estaba completamente iluminado por enormes lámparas de cristal. Decenas de nobles conversaban elegantemente mientras los músicos interpretaban una melodía suave. Las familias más importantes del reino habían acudido. Vestidos blancos. Azules. Verdes. Negros. Cada uno representando siglos de historia. Mina descendió lentamente la gran escalera principal. Todos los presentes dirigieron la mirada hacia ella. Aquello siempre ocurría. Pero nunca dejaba de resultarle incómodo. Aun así... Sonrió. La sonrisa perfecta. La sonrisa que había practicado durante años. Mientras saludaba a los invitados. Mientras respondía con educación. Mientras escuchaba felicitaciones que sonaban prácticamente idénticas unas a otras. Todo transcurría exactamente como estaba previsto. Hasta que... Un estruendo. Los enormes ventanales del salón estallaron al mismo tiempo. Los gritos comenzaron inmediatamente. Los guardias reaccionaron. Los músicos dejaron de tocar. Varias figuras encapuchadas irrumpieron en el salón. Todo ocurrió en apenas unos segundos. —¡Protejan a la señorita Mina! Los guardias avanzaron. Los atacantes respondieron con magia. El salón se convirtió inmediatamente en un completo caos. Mina apenas tuvo tiempo de reaccionar. Uno de los encapuchados atravesó la línea de guardias. Corrió directamente hacia ella. Todo ocurrió demasiado deprisa. Intentó retroceder. No pudo. Entonces... Una enorme corriente de agua surgió entre ambos. El impacto desvió completamente el ataque. —¡Señorita Mina! Aquella voz. La reconocería en cualquier lugar. Iris. Apareció frente a ella empapada, respirando agitadamente. Su uniforme estaba rasgado en varios lugares. Las manos le temblaban. Y aun así... Se colocó delante de Mina sin dudar un solo instante. —¡No se acerque a ella! Los atacantes comenzaron a rodearlas. El combate continuó. Los guardias. Los nobles. Los hechizos. Todo parecía mezclarse en una sola escena imposible de comprender. Iris seguía luchando. No era perfecta. Se notaba. Varias veces estuvo a punto de recibir golpes. Su técnica aún era torpe. Pero jamás retrocedió. Entonces Mina comprendió algo. Iris tenía miedo. Muchísimo miedo. Lo veía en su respiración. En sus manos. En la forma en que apretaba los dientes. No era una heroína segura de sí misma. Era una muchacha aterrada... Que había decidido quedarse igualmente. Y esa decisión... Resultaba mucho más difícil de ignorar. El salón quedó sumido en un silencio pesado. Solo permanecían los sonidos de la madera crujiendo lentamente, el cristal roto bajo los zapatos de algunos guardias y las respiraciones agitadas de quienes apenas unos segundos antes habían creído que iban a morir. Los músicos permanecían inmóviles. Nadie parecía saber si debía continuar tocando. Las sirvientas ayudaban a algunos invitados que habían resultado heridos durante el caos. Los nobles hablaban entre susurros. Unos observaban el cuerpo inmovilizado del atacante. Otros no apartaban la vista de Iris. —¿Una estudiante...? —¿Ella sola hizo eso? —¿No era una plebeya? —Dicen que pertenece al cuerpo de vigilantes... —¿Desde cuándo una estudiante utiliza magia de esa precisión? Las voces se mezclaban unas con otras. Iris apenas las escuchaba. Respiraba con dificultad. Sentía las piernas temblar. Solo ahora... Cuando todo había terminado... Su cuerpo parecía recordar que había sentido miedo durante todo el combate. —Lo logramos... Susurró para sí misma. Las manos todavía le temblaban. Había salido bien. Exactamente igual que en el juego. No... Mejor. Mucho mejor. Mina estaba ilesa. No había sido secuestrada. No tendría aquel recuerdo que, en la historia original, terminaría alimentando todavía más su desprecio hacia los plebeyos. Lo había conseguido. Sintió unas enormes ganas de sentarse en el suelo. De descansar. De simplemente cerrar los ojos durante unos minutos. Pero no podía hacerlo. No delante de todos. Giró lentamente la cabeza. Mina seguía detrás de ella. Completamente inmóvil. Sus ojos plateados continuaban observándola fijamente. No parecía asustada. Parecía... Confundida. Muy confundida. Las dos permanecieron varios segundos sin decir absolutamente nada. Finalmente Iris sonrió. Una sonrisa cansada. Pero completamente sincera. —¿Está bien? Mina tardó unos instantes en responder. —... Sí. Su voz salió mucho más baja de lo habitual. Casi imperceptible. —Gracias. Aquella única palabra hizo que Iris sintiera cómo el peso de todo su cuerpo desaparecía por un instante. Sonrió todavía más. —Jeje... Le dije que no dejaría que le pasara nada. Mina bajó ligeramente la mirada. Por primera vez... No encontró ninguna respuesta sarcástica. Ninguna forma de burlarse. Ningún comentario orgulloso. Solo permaneció allí. Observando a aquella plebeya. Empapada. Con varios rasguños. Respirando con dificultad. Y aun así... Sonriendo. ... Entonces... El sonido firme de unos pasos comenzó a resonar por todo el salón. Tac. Tac. Tac. No eran pasos apresurados. No eran pasos nerviosos. Eran lentos. Firmes. Autoritarios. Como si aquella persona no hubiera dudado ni un solo instante desde que comenzó el ataque. Los murmullos fueron apagándose poco a poco. Los nobles comenzaron a apartarse automáticamente. Los guardias abrieron un camino. El señor Belrose avanzaba lentamente entre todos ellos. Su expresión era exactamente la misma de siempre. Serena. Impasible. No parecía alterado. Ni asustado. Ni siquiera enfadado por el ataque. Si acaso... Solo había una emoción en su rostro. Molestia. Una profunda molestia. No por el atentado. Sino porque alguien había alterado el orden de aquella noche. Se detuvo frente al atacante inmovilizado. Lo observó apenas un segundo. —Llévenselo. Los guardias obedecieron inmediatamente. Nadie cuestionó la orden. El hombre continuó caminando. Pasó junto a varios nobles. Ignoró por completo las preguntas que intentaban hacerle. Su mirada permanecía fija en un único lugar. Iris. Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda. "..." ¿Por qué me está viendo así? El señor Belrose finalmente quedó frente a ambas. Primero observó a Mina. Comprobó rápidamente que no tuviera heridas. Solo entonces dirigió toda su atención hacia Iris. Durante varios segundos... No dijo absolutamente nada. Aquellos ojos parecían analizarla. Como si intentaran comprender algo. Como si estuvieran resolviendo un problema. El silencio se volvió incómodo. Incluso los presentes comenzaron a contener la respiración. Finalmente... El señor Belrose habló. Con una voz completamente calmada. —Arresten a Iris Lane. ... El tiempo pareció detenerse. Iris sintió que dejaba de comprender lo que acababa de escuchar. —¿Eh...? Los guardias también dudaron durante un instante. Mina abrió completamente los ojos. Su respiración se cortó. No. No podía ser. ¿Por qué...? ¿Por qué iban a arrestarla? Ella acababa de salvarle la vida. Los guardias comenzaron a acercarse lentamente hacia Iris. Y el único pensamiento que logró formarse en la mente de Mina fue uno completamente desesperado. ¿¡Q-qué...!? ¡No...!
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Estás leyendo el capítulo 19 de Ámeme señorita Villana! (Novela), un novela. La historia gira en torno a Sora Saito, una estudiante universitaria que posee una gran pasión en los juegos de tipo otome, las novelas y el manga, sin embargo un día súbitamente tras pasar una cantidad peligrosamente… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026. Ámeme señorita Villana! (Novela) tiene 20 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.