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Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 215 online gratis en español

🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 215: La Rebelión de un Sasai, el Despertar de Berserk y el Refugio Afectivo Punto de vista: Miguel Sasai, Mei, Misael Sasai, Karen Tanaka y Perspectiva General Escena 1: Las Sombras del Linaje y los Ecos de la Academia La oscuridad de los pasillos de la mansión Sasai no era nada comparada con la que Miguel cargaba en el pecho. Sus pasos resonaban huecos, monótonos, mientras observaba las sombras proyectarse en las paredes como espectros que se burlaban de su debilidad. «¿Por qué este mundo tiene que ser tan cruel con los que solo buscan un lugar donde pertenecer?», pensó Miguel, apretando los puños hasta que los nudillos le dolieron. El odio hacia su padre, Misael, era como un fuego frío que lo consumía por dentro; un hombre que solo veía en él un fracaso, una mancha en el linaje de una de las Doce Grandes Familias. Había pasado un mes desde la caída del Reino Platino del Amanecer. Un mes de silencio absoluto desde que Carlos, la única persona que parecía caminar con una fuerza inquebrantable, fue sellado. El mundo se estaba cayendo a pedazos: Shiro había desaparecido sin dejar rastro, dejando a Shirou matándose en investigaciones sobre la droga del Dios Demonio, y Charlotte había abandonado la academia para seguir su destino como sacerdotisa. —Todos se están esforzando... todos tienen un propósito —susurró Miguel para sí mismo, deteniéndose frente a un ventanal—. ¿Y yo? ¿Soy el único que se ha quedado atrás? A pesar de su propia inseguridad, las lecciones de Josué Tanaka aún vibraban en su memoria. Josué no lo había mirado con lástima, sino con la exigencia de quien sabe que hay algo oculto bajo la superficie. Y luego estaban las palabras de su abuelo, ese último refugio de bondad en su infancia: «Algún día conocerás el verdadero valor de uno mismo, Miguel. No te rindas». —Confía en ti mismo e ignora a los demás. La voz de Mei rompió el hilo de sus pensamientos. Miguel se sobresaltó ligeramente al verla acercarse. Ella caminaba con esa seguridad que él tanto envidiaba, pero había algo en su mirada que no era juicio, sino una comprensión silenciosa. —Mei... —Miguel bajó la cabeza, tratando de ocultar la amargura en sus ojos—. Es difícil confiar cuando tu propia sangre te dice que no vales nada. —Tu sangre no define tu fuerza, Miguel —respondió ella, deteniéndose a su lado y mirando hacia el mismo horizonte oscuro—. Tu padre espera que caigas, pero las personas que realmente te valoran están esperando que te levantes. Carlos no se rindió cuando el sello lo envolvió, y Shirou no se rinde aunque el misterio lo supere. ¿Vas a ser tú el que deje de pelear? Miguel sintió un nudo en la garganta. Por primera vez en mucho tiempo, la oscuridad de los pasillos no se sentía tan absoluta. Quizás su abuelo tenía razón; quizás el valor no era la ausencia de dolor, sino qué decidías hacer mientras el mundo intentaba aplastarte. —Extraño mucho al bastardo de Hiko —continuó Mei, soltando un suspiro que mezclaba burla y cariño—. Ese siempre anda en sus "buenos días"... ¿Recuerdas la paliza que le di porque se burlaba de mí por no usar bien la magia de fuego? Una risa auténtica, de esas que Miguel rara vez dejaba escapar, iluminó su rostro al recordar la escena. —Eso... ¿eso no fue cuando él dijo que "eso era todo"? —preguntó Miguel, animándose. —¡Sí! —exclamó Mei, gesticulando con las manos—. El muy idiota dijo: "¡Yo puedo soportar todas tus quemaduras débiles! ¡Hahahaha!". Miguel asintió, recreando el momento en su mente: —Y entonces apareció Carlos con esa cara de póker que pone siempre... "¿Oh, estás seguro? Entonces, ¿qué te parece el mío?", dijo él súper serio. Y el pobre Hiko todavía tuvo el valor de replicar: "Oh, vamos, Carlos, ¿crees que tú...?" Miguel no pudo terminar la frase porque la carcajada lo interrumpió. En su memoria veía perfectamente cómo Hiko salía disparado como un proyectil, atravesando el campo de entrenamiento hasta quedar incrustado en la pared del fondo, con las piernas colgando. Mei empezó a reírse a carcajadas, doblándose por la mitad y golpeándose la rodilla. —¡Hahahaha! ¡Jajaja! ¡No que muy "vergas", Hiko! —gritó Mei entre risas—. ¡Eso le pasó por creerse el más fuerte! ¡Tenía la cara llena de polvo y ni siquiera sabía qué lo había golpeado! Por un breve instante, la pesadez del linaje Sasai y la oscuridad de los pasillos disappeared. Miguel se dio cuenta de que, a pesar del caos y de que Carlos estuviera sellado, esos vínculos eran lo que realmente lo mantenían en pie. —Me encantaría, Mei —dijo Miguel finalmente, cuando las risas se calmaron un poco—. Me encantaría salir contigo. Necesito recordar que la vida no es solo entrenar y aguantar los desprecios de mi padre. —Bien, entonces ya está decidido. Nos vemos mañana en la academia. —Espera un segundo... ¿nuestra cita es dentro de la academia? —Por supuesto. ¿Por qué? —Mei se acercó con una sonrisa traviesa—. ¿Eres demasiado tímido para que nos vean juntos? Mira que muchos chicos me han invitado a salir y a todos los he rechazado. ¿Y sabes por qué? —No... la verdad es que no lo sé. —Porque... —ella acortó la distancia, con un tono juguetón que le erizó la piel— porque te elegí a ti. Recuerda lo que dijiste hace unos meses, antes de que ocurriera el desastre. Me acordé de cuando te peleaste con Shirou por ese tonto juego de guerra; lo que pasó después ni me lo quiero imaginar... Pero en fin, me tengo que ir. Debo ver a Lucía; dice que quiere hablar conmigo, bueno, con todas nosotras. Seguro es una de sus típicas reuniones de chicas. Mei se dio la vuelta y comenzó a alejarse, pero antes de salir, se giró con un brillo especial en los ojos. —¡Que no se te olvide nuestra cita de mañana! Nos vemos luego, mi querido galán. Escena 2: La Provocación de Misael y el Chocar de Espadas La puerta se cerró y Miguel se quedó solo, sumergido en un silencio que lo obligaba a pensar. ¿En qué momento se había vuelto tan popular con las chicas? No es que le molestara, pero al compararse con Carlos... no le llegaba ni a los talones. Él se había enfrentado a un ejército por su cuenta, había desafiado a seres que parecían deidades, y él... bueno, él también lo había hecho, pero terminó molido a golpes y humillado frente a todos. Sin embargo, cuando enfrentó al Dios Nocturno, algo cambió. ¿En qué momento alcanzó el poder de Berserk? Su naturaleza siempre había sido el verde de la humanidad, pero de pronto se tiñó de un rojo violento. «Es extraño sentirse así...». Según los libros que había investigado, el único capaz de soportar este poder fue Hércules, el más grande de los héroes humanos que alcanzó el nivel de un dios sin perder su esencia. Le sorprendía que alguien pudiera ser tan fuerte. ¿Sería capaz de soportar esta carga? No lo sabía con certeza, pero estaba decidido a dar lo mejor de sí. Además, se sentía genuinamente feliz al lado de una chica como Mei. Solo esperaba no arruinarlo al día siguiente. Pasó horas investigando sobre cómo debía ser una cita ideal. Lo que encontró lo dejó abrumado; eran consejos tan románticos y cursis que le daban vergüenza. «¿De verdad tengo que hacer esto?», pensó cerrando el libro de golpe. Mejor no sigo leyendo. Ya era de noche y el hambre empezaba a apretar. Decidió bajar para ver qué había preparado la sirvienta para cenar. Al cruzar el umbral de su habitación, su corazón se detuvo. Su sonrisa se borró de golpe al toparme con él: su padre. —No sabía que mi inútil hijo seguía aquí —soltó él, con esa voz gélida que siempre le helaba la sangre—. Como sea, solo quería avisarte que falta un mes para el Festival del Año. Espero que estés preparado para enfrentarte a todas las razas y humanos. No toleraré ser la vergüenza de nadie, así que te lo advierto: cualquier error, cualquier espectáculo humillante... Ya sabes lo que pasará si llegas a perder, ¿verdad? —¿Qué me harás esta vez? —le respondió, apretando los puños con una rabia que ya no podía contener—. ¿Golpearme? ¿O intentar matarme como aquella vez? Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro. —No, esta vez no será eso... —Se inclinó hacia él, susurrando en su oído con un veneno que lo paralizó—. Esta vez, las consecuencias las pagará esa mujer que vino a esta casa. El horror se apoderó del rostro de Miguel. Sus dientes chirriaron por la furia. —No voy a permitir que le hagas daño a Mei, ¿entendiste? —Le sostuvo la mirada con una frialdad que nunca antes había mostrado—. No voy a dejar que le hagas lo mismo que le hiciste a mi madre. Esta vez no voy a dudar; te diré lo que realmente pienso: ¡Tú jamás serás como Josué Tanaka! ¡Él es mil veces mejor que tú en todo! Un destello cegador de luz impactó en su estómago. El golpe fue tan violento que salió despedido, atravesando la pared de su habitación y chocando contra el muro del pasillo. El sabor metálico inundó su boca mientras escupía sangre. —¡Mierda! —gemió, tratando de recuperar el aire. —¿Con que él es mejor que yo? —Misael caminó lentamente hacia él, su presencia aplastante llenando el corredor—. Así que has estado entrenando con él, ¿no es así? Lo agarró del cabello con una fuerza brutal, obligándolo a mirar su rostro impasible. —Te diré algo, mi hijo más inútil... No eres absolutamente nada en este mundo. Fuiste un error desde el momento en que naciste. No eres más que basura que ni siquiera es capaz de heredar mis técnicas de espada. Eres una vergüenza para nuestra familia. Ojalá te hubiera matado cuando estaba maltratando a tu madre... ¿Tan valiente te crees para desafiar a tu propio padre? Hahaha, ¿qué pasa ahora? ¿Ya no dirás nada? Miguel bajó la mirada, sumido en un mar de dudas. «¿Qué es lo que haría Carlos en mi lugar? ¿Qué haría él...?». En ese instante, una voz familiar y serena resonó en lo más profundo de su mente: “Lo que yo haría es demostrarle a este payaso que no soy un inútil. Le demostraría de lo que soy capaz. No te quedes atrás, Miguel, sigue adelante y sé tú mismo. Eres valiente por soportar tanto dolor; eres un caballero. Nunca olvides lo que has aprendido ni dudes de tu camino. Es hora de que demuestres lo que vales como un verdadero Sasai...” Inspirado por esas palabras, Miguel comenzó a levantarse lentamente. Sus movimientos ya no eran los de un niño asustado, sino los de un guerrero que ha encontrado su propósito. Caminó hacia su padre, adoptando la postura y la técnica que Josué Tanaka le había enseñado. Sin necesidad de desenvainar su acero físico, concentró su maná y manifestó una hoja de energía pura: la Espada del Juicio. —Oh, vaya... ¿ahora te atreves a atacarme tú...? —Misael comenzó a burlarse, pero la frase se le quedó grabada en la garganta. Lo que sucedió a continuación fue algo que Misael no pudo procesar. Miguel lanzó un ataque fulminante, un movimiento tan veloz que apenas fue perceptible. A simple vista, parecía que el golpe no había tocado a su padre, que ni siquiera le había hecho un rasguño. Sin embargo, un segundo después, Misael sintió un ardor punzante. A través del reflejo en los ojos de su hijo, vio cómo un corte fino aparecía en su mejilla. Una gota de sangre comenzó a resbalar por su rostro. —¡Tú...! —exclamó Misael, llevándose la mano a la herida, con el rostro desencajado por la sorpresa y la furia. Escena 3: El Despertar Verde y Rojo: Miguel contra Misael —Maldito mocoso... ¿cómo te atreves a herirme? —Misael se limpió la sangre de la mejilla, mirando sus dedos con una incredulidad que rápidamente se transformó en veneno—. ¿Crees que alguien como tú podría ser algo? De todos modos, yo siempre tengo la razón. —¿Por qué quieres verme sufrir, padre? —preguntó Miguel, respirando con dificultad, sintiendo cómo el peso de la técnica de Josué aún exigía demasiado de su cuerpo. —Es verdad... es una buena pregunta, ¿verdad? Siempre has sido igual que tu madre. —Te da miedo... —le soltó, apretando el mango de su espada mágica—. Te da miedo que yo me parezca más a mi madre que a ti. Tú ni siquiera fuiste un buen padre y jamás lo serás, porque yo... ya no soy tu hijo. Al escuchar esas palabras, una expresión retorcida se apoderó del rostro de Misael. Ya no era solo arrogancia; era una rabia contenida que amenazaba con devorarlo todo. —Has cometido el peor error de tu vida, niño —sentenció con una voz que hizo vibrar las paredes—. ¡Primera técnica de la espada: Estruendo Atasal! Misael no se contuvo. La técnica del ataque Atasal liberó una onda destructiva de una magnitud aterradora. El cuarto de Miguel fue borrado del mapa en un instante; las paredes se pulverizaron y la estructura de la mansión crujió ante el impacto. Sin poder hacer nada para frenar semejante fuerza, Miguel salió disparado hacia el exterior, atravesando muros hasta caer lejos de la residencia principal. Un gran ruido resonó por todos los alrededores, despertando el pavor en el corazón de la mansión. Las concubinas se encogieron de miedo en sus habitaciones y su madre, al sentir las explosiones y el temblor de la tierra, supo de inmediato que lo peor estaba ocurriendo. Miguel yacía en la distancia, envuelto en humo y escombros, mientras la sombra de su padre se perfilaba entre las ruinas de lo que solía ser su dormitorio. Misael se quedó paralizado. Por primera vez en su vida, la arrogancia en su rostro fue sustituida por una sombra de duda. Al ver a Miguel allí, rodeado de escombros pero con la columna recta, no vio al niño inútil que solía pisotear; vio la imagen de su propio padre, el antiguo líder de los Sasai, reflejada en la postura de su hijo. —Tú... ¿Cómo lo hiciste? —balbuceó Misael, apretando el puño—. ¿Cómo es que sigues de pie tras recibir mi técnica? —Por una simple razón: mi abuelo fue quien me brindó su mano cuando todo estaba acabado para mí —respondió Miguel, con una voz que cargaba el peso de años de silencio—. Mi madre siempre me cuidaba, siempre se preocupaba por mí mientras tú me hacías la vida un infierno sin salida. Solo quería ser un niño normal, un niño con sueños y metas... pero tú te negaste. Me arrebataste mis sueños. Todo lo que quería era ser feliz, ser escuchado, ser querido... tener tu cariño. Pero lo único que me has dado es violencia. Miguel dio un paso al frente, y el aire comenzó a distorsionarse a su alrededor. —Siempre estuve solo porque tú me diste el dolor de mi vida. Aún recuerdo estas cicatrices que me dejaste hace años, cuando era niño... todo está marcado en mi cuerpo. Pero tú... jamás me entenderás. En ese instante, una onda destructiva estalló desde el centro de su pecho. No era una energía común; era una mezcla caótica entre el verde brillante de la naturaleza y el rojo carmesí del poder Berserker. Ambos poderes, el de la humanidad y el de la furia, se manifestaron finalmente frente a los ojos de Misael. —¿Desde cuándo obtuviste esos poderes? —rugió Misael, retrocediendo por la presión. —Es una buena pregunta, ¿verdad? Los obtuve por mi propia cuenta. Este es el esfuerzo que he estado haciendo durante años en mi entrenamiento. Tras mi lucha contra Lucifer, tras mi lucha contra el Dios Nocturno... ¡Yo me he enfrentado a personas más fuertes que yo! —gritó desesperadamente, con una determinación única quemando en sus ojos—. ¡Aunque sea débil, aún puedo pelear con todo lo que tengo! ¡Eso es algo que ni tú ni nadie podría entender! Sostuvo la Espada del Juicio con ambas manos, adoptando la guardia perfecta de las técnicas de su maestro, Josué Tanaka. El tiempo pareció detenerse entre ellos. El viento dejó de soplar y el ruido de la mansión disappeared. Éran solo él y su padre. —Tú mismo lo has dicho, ¿no, padre? —dijo, mientras sus miradas se cruzaban como chispas—. Los débiles caen fácilmente, los más fuertes permanecen de pie sin cambiar nada. Pero el hecho de que todo esté en mi contra no me detendrá. Yo soy el que decide caminar... yo solo. Sin tu ayuda, sin nada que necesite de ti. Blandieron sus espadas al mismo tiempo. El choque de sus energías iluminó la noche, marcando el fin del hijo que obedecía y el nacimiento del hombre que se rebelaba. Desapareció en un parpadeo. Su padre logró bloquear su estocada inicial, pero aprovechando la inercia, Miguel giró sobre su propio eje y le conectó una patada devastadora que lo obligó a retroceder varios metros, arrastrando sus pies sobre los escombros. «¿En qué momento mi hijo se volvió tan fuerte en tan solo cuestión de minutos?», pensó Misael, sintiendo el entumecimiento en sus brazos. «¿De dónde salió esa fuerza bruta?». No hubo tiempo para más preguntas. Ambos se movieron al mismo tiempo, convirtiéndose en ráfagas de luz y sombra. El sonido del acero mágico chocando contra la técnica Atasal generaba chispas que iluminaban las ruinas de la mansión. Bloqueo, esquiva, agacharse justo a tiempo para evitar una decapitación; cada movimiento era una danza mortal donde se arrebataban el aliento. Logró acorralarlo contra lo que quedaba de un pilar de mármol, presionando su Espada del Juicio contra su guardia. Por unos segundos, el pánico cruzó el rostro de su padre, pero esa emoción fue rápidamente reemplazada por una frialdad asesina. Misael decidió que ya no jugaría más: se tomó esto en serio y atacó sin temor alguno. —¡Danza de las Sombras Eternas! —rugió. De repente, el aire se volvió pesado. Varias sombras idénticas a él emergieron de la oscuridad del suelo, rodeando a Miguel. Los reflejos de Misael se movían con una sincronía perfecta, confundiendo sus sentidos. No sabía quién era el real. Sentía los primeros cortes en sus brazos y espalda; las sombras lo atacaban desde todos los ángulos, desgarrando su ropa y su piel mientras intentaba desesperadamente encontrar una apertura. Las sombras lo golpeaban con una precisión quirúrgica, cada corte era un recordatorio de la brecha que aún los separaba. Su vista empezaba a nublarse por el esfuerzo, pero el rugido de la naturaleza y el calor del Berserk en sus venas no lo dejaban caer. —¿Eso es todo? —la voz de Misael resonaba desde todas las direcciones al mismo tiempo—. ¡Muere con la insignificancia que te caracteriza! Miguel cerró los ojos. Por un instante, dejó de intentar ver con la vista y empezó a sentir con el espíritu, tal como Josué le había explicado una vez. «La sombra no tiene peso, Miguel. Busca el latido del odio». De repente, lo sintió. A su derecha, una de las sombras desprendía un calor sofocante, una sed de sangre que ninguna ilusión podía replicar. —¡TE TENGO! —grité con los pulmones ardiendo. En lugar de retroceder, se lanzó de frente contra el ataque. Dejó que una de las sombras le atravesara el hombro izquierdo para ganar terreno y, con un grito que desgarró su garganta, concentró toda la energía verde y roja en su brazo derecho. La Espada del Juicio brilló con una intensidad cegadora, transformándose en un pilar de luz carmesí. —¡ESTILO TANAKA: CORTE DEL DESTINO! El choque fue monumental. Su espada impactó directamente contra la de Misael, quien abrió los ojos de par en par al ver que su ilusión se desvanecía. La onda de choque barrió con el resto de las sombras y el suelo bajo sus pies se hundió en un cráter perfecto. Misael retrocedió tambaleándose, su espada vibrando violentamente hasta que se quebró en mil pedazos de cristal mágico. Él se quedó mirando su mano vacía, temblando, mientras Miguel caía de rodillas, apoyándose en su propia arma para no colapsar. La sangre goteaba de su hombro, pero su mirada seguía clavada en él. —Se acabó, padre... —dijo con la voz rota pero firme—. Ya no puedes hacerme sombra. Mañana iré a esa cita, y en un mes... en el festival... el mundo entero sabrá que los Sasai ya no te pertenecen a ti. Escena 4: La Barrera Dorado-Carmesí y la Salida del Infierno Una sonrisa siniestra y retorcida se dibujó en el rostro de Misael, una expresión que helaba la sangre más que cualquier técnica de espada. —Hahaha... te felicito, lograste herirme —soltó con una risa seca y carente de alegría—. Pero sabes, eres el ser más débil y patético que he visto. ¿Tan confiado estás? Misael se levantó con una parsimonia aterradora y clavó su espada en el suelo, liberando una presión espiritual que hizo crujir la realidad misma. —Reino Temporal: Espinas de Espíritu de Muerte Orgánica. El escenario cambió en un parpadeo. El mundo vibrante de la mansión fue devorado por un paisaje grotesco, una amalgama de vida viviente y vida muerta, donde raíces negras y espinas espectrales brotaban de un suelo que parecía respirar. —¿Qué es... esto? —murmuró Miguel, sintiendo cómo el reino drenaba sus fuerzas. —¡Ya basta, Misael! —gritó una voz femenina. Era la esposa de Misael, quien había llegado al lugar de la tragedia. Pero Misael ya no escuchaba razones. Poseído por la furia de haber sido herido, decidió atacar a su propia esposa sin vacilar. —Será mejor que te calles —sentenció, lanzando una estocada mortal hacia ella. La madre de Miguel cerró los ojos, esperando el final, pero el golpe nunca llegó. Miguel, usando hasta el último aliento de su velocidad, desapareció de su posición para interponerse. El acero de Misael atravesó el cuerpo de su hijo, quien escupió una bocanada de sangre, pero mantuvo una sonrisa de triunfo. Todo lo que había hecho, cada gota de sudor en su entrenamiento, había sido para este momento: salvar a su madre. —No te preocupes, mamá... —susurró Miguel con dificultad—. Yo siempre te voy a proteger de este tipo. No pienso retroceder. A lo lejos, una presencia invisible observaba la escena. De repente, una barrera de energía pura y dorada envolvió a Miguel y a su madre, bloqueando cualquier intento posterior de Misael por rematarlos. Miguel reconoció la naturaleza de esa magia de inmediato. «Donde quiera que estés, siempre nos proteges, ¿verdad, Carlos?». Misael retrocedió, chasqueando la lengua mientras desactivaba su Reino Temporal. El mundo volvió a la normalidad, dejando solo los escombros de la batalla. —Espero que esto te sirva para no volver a desafiar a tu padre, maldito bastardo —gruñó Misael. Guardó su espada con un gesto brusco y se retiró hacia las sombras de la mansión. Miguel suspiró en voz baja, sintiendo cómo el dolor de la herida empezaba a remitir gracias a la barrera. —Qué alivio... Mamá, ¿te encuentras bien? Ella, sin pensarlo dos veces, lo estrechó en un abrazo desesperado, rompiendo en llanto sobre su hombro. —¡Perdóname, hijo! ¡Perdóname! Yo... no pude hacer nada... —¡Mamá, ¿qué dices?! —Miguel la sostuvo con ternura—. Tú no hiciste nada malo. Sé que lo que pasó no es tu culpa. Todo está bien mientras estés conmigo. Pero ahora... debemos irnos de aquí. —Pero... ¿a dónde iremos? —preguntó ella, secándose las lágrimas. —¿Qué te parece a la casa de los Tanaka? —Bueno, hijo... hace tiempo que no veo a Hina, ¿pero crees que ella nos acepte a nosotros dos? —No te preocupes, madre. Conozco muy bien a los padres de Carlos. Aunque... primero tendría que hablar con su hermana. —No creo que sea necesario —interrumpió una voz femenina, cargada de una seguridad absoluta. La persona que Miguel acababa de mencionar apareció entre los escombros como si hubiera estado allí todo el tiempo: Karen Tanaka. —Buenas noches, discípulo de mi padre —dijo la joven con una leve sonrisa—. Es una pregunta extraña el porqué estoy aquí, ¿no? Bueno, resulta que alguien me despertó de mi hermoso sueño... no diré nombres, pero fue muy persistente. Miguel suspiró, sabiendo perfectamente de quién se trataba. Incluso sellado, ese bastardo de Carlos se las arreglaba para mover los hilos y proteger a sus amigos. —Vaya... sí que eres más molesto de lo que recordaba —murmuró Miguel, aunque por dentro, nunca se había sentido tan agradecido.
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Estás leyendo el capítulo 215 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 26 de abril de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.