Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 176 online gratis en español
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Capítulo 176: El Recuerdo del Origen, la Travesía y la Llegada de Zani
Punto de vista: Yins Shadow, Zani, Carlos Tanaka Sánchez (Flashback) y Perspectiva General
Zani permaneció en silencio un momento, observando cómo Yins sonreía… pero con los ojos húmedos. Sabía que esa sonrisa era frágil. Sabía que por dentro se estaba quebrando. Se acercó un poco más y apoyó una mano en su hombro.
—Oye, Yins… todo estará bien. Aún hay tiempo. No pierdas la esperanza. Lo volveremos a ver.
Su voz no era forzada. Era firme.
—Yo también lo extraño… mucho.
Una risa suave escapó de sus labios.
—Extraño cuando nos preparaba la comida… aunque… jajaja… sus comidas eran deliciosas, ¿sabes?
Yins soltó una pequeña risa entrecortada.
Ambas se quedaron mirando el cielo, recordando los días antes de la tragedia. Antes de la guerra contra la humanidad. Antes de que todo se rompiera. Cuando lo más difícil del día era entrenar hasta el anochecer y luego sentarse a comer lo que él había preparado con orgullo exagerado.
El desierto parecía menos pesado por un instante.
—Hay cosas que no podemos cambiar… —murmuró Yins—. Pero dime… ¿habrá alguna manera de saber dónde está? ¿O en qué lugar se encuentra ahora?
Zani frunció ligeramente el ceño.
—Esa es una buena pregunta…
Miró hacia el horizonte, pensativa.
—No lo sé con certeza. Pero si alguien puede saberlo… es Yuki.
Yins abrió los ojos con un pequeño destello de esperanza.
—¿Crees que ella lo sepa?
—Tal vez no exactamente dónde está… pero Yuki siempre ha estado un paso adelante. Si alguien puede rastrear su energía, o sentir su presencia a través del vínculo que comparten… es ella.
El viento sopló más suave.
—Entonces tendremos que preguntarle.
Yins se incorporó lentamente. Ya no estaba llorando. Pero tampoco estaba tranquila.
—Si aún hay tiempo… lo encontraremos.
Zani asintió.
—Y si no lo hay…
Las sombras alrededor de ambas vibraron ligeramente.
—Lo crearemos.
El sol comenzaba a descender lentamente en el desierto. Pero la llama en sus corazones… seguía ardiendo. Porque no luchaban solo por poder. Luchaban por volver a casa.
Escena 1: Treinta y Dos Años de Promesas en la Noche
El sol comenzó a descender lentamente, tiñendo el desierto de un rojo profundo, casi como si el cielo compartiera el color de los ojos de Yins. Durante unos minutos, ninguna habló. El silencio ya no era doloroso. Era reflexión.
Yins observó sus propias manos.
—Han pasado treinta y dos años… —susurró—. Treinta y dos años desde que todo se rompió.
Zani la miró de reojo.
—Y sigues aquí.
—Sigo aquí… —repitió Yins—. Pero él… no sé en qué se ha convertido.
El viento levantó arena entre sus dedos.
—Si la oscuridad realmente lo está consumiendo… si deja de ser humano como dije…
Su voz tembló apenas.
—¿Y si cuando lo encontremos ya no nos reconoce?
Zani no respondió de inmediato. Se levantó y extendió la mano hacia ella.
—Entonces se lo recordaremos.
Yins levantó la mirada.
—¿Recordarle?
—Sí. Quién es. De dónde viene. Quiénes estuvieron a su lado cuando no tenía nada. Aunque la oscuridad lo envuelva… eso no borra lo que vivió.
Yins bajó la mirada, pensativa.
—Él siempre cargó todo solo… incluso cuando decía que estaba bien.
—Por eso estamos vivas —respondió Zani con firmeza—. Porque alguien tenía que quedarse para traerlo de vuelta.
El cielo se oscurecía poco a poco. A lo lejos, la presión abismal seguía creciendo… Marcial no era una amenaza pasajera. Era una señal.
—Primero debemos sobrevivir a lo que viene —dijo Zani—. Luego buscaremos a Yuki. Y después… iremos por él.
Yins se puso de pie finalmente. Ya no había lágrimas. Solo decisión.
—No permitiré que esta guerra decida su destino.
Las sombras a su alrededor se arremolinaron suavemente, obedientes.
—Si el mundo intenta convertirlo en un monstruo… entonces lucharé contra el mundo entero.
Zani sonrió apenas.
—Esa es la Yins que conozco.
El último rayo de sol desapareció detrás del horizonte. La noche cayó sobre el desierto. Pero en medio de la oscuridad, dos siluetas comenzaron a caminar. No huían. No se escondían. Se preparaban. Porque el próximo encuentro… no sería solo una batalla. Sería el inicio del reencuentro que llevaba treinta y dos años esperando. Y esos años serán recuperados.
Escena 2: El Primer Encuentro en la Lluvia y el Flan Robado
Hace treinta y dos años…
El reino imperial parecía brillante desde lejos. Torres blancas, estandartes ondeando, calles llenas de gente. Pero en los rincones donde la luz no alcanzaba… la crueldad crecía como moho.
Una niña de apenas siete años caminaba descalza entre callejones húmedos: Yins Shadow. No tenía hogar. No tenía familia. No tenía nombre que importara. Las personas pasaban junto a ella como si fuera basura arrastrada por el viento. Algunos la miraban con desprecio. Otros con indiferencia. Nadie con compasión.
La lluvia era lo único constante. Esa tarde llovía con fuerza. El agua caía sobre su cabello enredado y su ropa rota. Su estómago dolía tanto que sentía que algo la devoraba desde dentro. Tenía hambre. Demasiada hambre.
Para sobrevivir, tuvo que robar. Entró en una pequeña tienda mientras el dueño discutía con un cliente. Sus manos temblorosas tomaron un flan de chocolate. Para cualquiera era un postre común. Para ella… era un tesoro. Salió corriendo. Se escondió en un callejón. Lo miró con ojos brillantes. Era hermoso. Suave. Perfecto. Por un instante… fue feliz.
Pero esa felicidad duró segundos.
—Oh, mira eso… esa niña acaba de robar algo —dijo un caballero con armadura ligera, acercándose con otros tres hombres.
Sus botas resonaron sobre los charcos.
—Oye, mocosa. ¿Sabes que robar es un delito, verdad?
La sonrisa en su rostro era amarga. Arrogante. Yins bajó la mirada, aferrando el flan contra su pecho.
—Yo… solo tenía hambre… —su sombra pareció extenderse detrás de ella—. Lo… siento…
No terminó la frase. Uno de ellos la golpeó. El impacto fue brutal. La fuerza fue tan desmedida que su pequeño cuerpo salió disparado varios metros, chocando contra el pavimento. Sintió como si todo dentro de ella se rompiera al mismo tiempo. Escupió sangre. No podía respirar. Sus huesos crujían de dolor. Quería llorar.
—¿Por… qué hacen esto…? —susurró débilmente—. ¿Por qué ustedes…?
—¡Cállate, maldita mocosa! —gritó otro—. ¿Crees que nos interesa tu vida? Solo jugaremos un rato contigo.
Uno de ellos tomó el flan. Lo pisoteó. La crema y el chocolate se mezclaron con el barro. Ellos se rieron. Ella miró aquello como si hubiera perdido el único pedazo de luz que tenía ese día. Intentó levantarse. No pudo. El miedo la paralizó. No quería que la lastimaran más. Pero continuaron. Golpe tras golpe. Puñetazo tras patada. Su visión comenzó a oscurecerse. Estaba perdiendo el conocimiento. Estaba a punto de morir.
Entonces… una voz interrumpió la lluvia.
—Hey. ¿Ustedes qué creen que están haciendo?
Las botas se detuvieron.
—¿Por qué le hacen eso a una niña? ¿Acaso no tienen vergüenza?
Un hombre se encontraba detrás de ellos. Cabello negro empapado por la lluvia. Ojos azules como el cielo nocturno. Cicatrices visibles en sus brazos. Una espada descansaba en su mano como si fuera una extensión natural de su cuerpo.
Uno de los agresores se rió con desprecio.
—¿Tú qué vas a saber de vergüenza? No digas estupideces, pedazo de mierda. Lárgate o quieres que te pase lo mismo que a esa niña.
No terminó la frase. Su cabeza cayó al suelo. El cuerpo se convirtió en polvo antes de tocar el pavimento. Los demás retrocedieron horrorizados.
—¿Cómo… es que tú…?
El hombre avanzó un paso.
—Será mejor que guarden silencio, malditas escorias.
Su voz no era alta. Pero pesaba.
—Se creen todo lo que sea… pero ni siquiera son capaces de defenderse de mí. Yo soy quien decide quién vive… y quién muere.
—¡Estás bromeando, maldito monstruo!
Todos atacaron al mismo tiempo. Magia. Espadas. Llamas. El callejón exploded en fuego. Por un instante… pareció que lo habían matado.
—Jajaja, ¿ves? Eso te pasa por est—
La risa se congeló. De entre las llamas, él salió caminando. Sin una herida. Sin una marca. El fuego se apartaba de su cuerpo como si lo obedeciera. Sus ojos azules brillaban intensamente. No había rabia. No había esfuerzo. Solo decisión. El hombre que reía cayó de rodillas, temblando. Porque entendió algo demasiado tarde. Con esa mirada… para él… ya estaba muerto.
El hombre cayó de rodillas, incapaz de sostener la mirada de aquellos ojos azules que parecían contener el cielo… y el abismo al mismo tiempo.
—N-no… espera…
No hubo segunda oportunidad. La espada se movió. No se vio el corte. Solo el sonido. Un susurro en el aire. Y luego… silencio. Los cuerpos se deshicieron como ceniza arrastrada por la lluvia. El callejón quedó vacío, salvo por la pequeña figura tirada contra el suelo.
La lluvia seguía cayendo. El hombre guardó la espada sin mirar atrás. Caminó lentamente hasta donde estaba la niña.
Yins apenas podía abrir los ojos. Su visión era borrosa. Solo distinguía una silueta oscura recortada contra la luz gris del cielo. Él se arrodilló frente a ella.
—Oye… ¿sigues viva?
Su voz ya no era fría. Era baja. Casi… preocupada. Yins intentó hablar, pero solo salió sangre de su boca. Él frunció ligeramente el ceño al ver sus huesos torcidos, la respiración irregular.
—Qué molestia…
Pero no sonaba molesto con ella. La levantó con cuidado, sorprendentemente suave para alguien que acababa de matar sin pestañear. Ella temblaba. Esperaba otro golpe. Otro grito. Otro desprecio. Pero nada llegó. En cambio, sintió calor. Un calor distinto al de la fiebre o el dolor. Magia.
Sus manos brillaron con un resplandor tenue mientras acomodaba los huesos rotos, cerraba heridas, detenía la hemorragia. El dolor fue disminuyendo poco a poco. Yins abrió los ojos un poco más. Lo vio con claridad por primera vez. Cabello negro pegado a su frente por la lluvia. Ojos azules intensos. Cicatrices en los brazos. Un rostro serio… pero no cruel.
—¿Por qué…? —susurró ella con voz casi inaudible.
Él la miró unos segundos antes de responder.
—Porque me molestó.
No era una respuesta heroica. No era un discurso noble. Era simple. Sincera. La levantó en brazos. Yins se tensó por reflejo.
—Tranquila. No voy a hacerte daño.
El tono era firme. Definitivo. Por alguna razón… le creyó.
La lluvia comenzó a disminuir mientras él caminaba fuera del callejón.
—¿Tienes a dónde ir?
Ella negó débilmente con la cabeza.
—¿Nombre?
—Y… Yins…
Él guardó silencio unos segundos.
—Bien, Yins. Desde hoy no volverás a robar para sobrevivir.
Ella lo miró confundida.
—¿Por… qué?
Se detuvo bajo un techo de piedra que los protegía de la lluvia. La observó fijamente.
—Porque si vas a sobrevivir en este mundo… lo harás siendo más fuerte que todos ellos.
Sus ojos brillaron levemente.
—Y yo me aseguraré de eso.
Yins no entendía del todo lo que significaban esas palabras. Pero algo dentro de ella… algo que llevaba años apagado… se encendió. Por primera vez… no se sintió sola. No se sintió basura. No se sintió invisible. Esa noche no solo salvó su vida. Cambió su destino. Y el hombre que decía decidir quién vivía y quién moría… se convirtió en el primer hogar que Yins Shadow conoció.
Escena 3: El Refugio, el Entrenamiento y la Semilla del Afecto
El hombre la llevó lejos del bullicio del reino imperial. No hacia el centro brillante donde vivían los nobles… sino hacia las afueras, donde las montañas comenzaban a cubrir el horizonte y el viento soplaba más frío.
Su refugio no era un palacio. Era una pequeña casa de madera y piedra, sencilla, firme, aislada. Pero para Yins… era más de lo que jamás había tenido. La dejó con cuidado sobre una cama improvisada.
—Descansa.
Ella seguía mirándolo como si en cualquier momento fuera a desaparecer. Como si todo fuera un sueño. Él encendió el fuego. El sonido de la leña crepitando llenó el silencio incómodo. Después de unos minutos, colocó algo sobre una mesa baja frente a ella. Un plato. Arroz caliente. Carne. Verduras. Comida real.
—Come.
Yins lo miró, insegura.
—No tienes que robar aquí —dijo él sin mirarla directamente.
Ella tomó el plato con manos temblorosas. La primera cucharada fue lenta. La segunda más rápida. La tercera desesperada. Las lágrimas comenzaron a caer sin que se diera cuenta. No por el sabor. Sino porque alguien… había cocinado para ella.
Él fingió no notar sus lágrimas. Pero bajó la mirada unos segundos.
—No llores mientras comes. Te atragantarás.
Ella intentó limpiarse el rostro rápidamente.
—L-lo siento…
—Deja de disculparte por existir.
La frase fue directa. Firme. Yins se quedó quieta. Nadie le había dicho algo así antes.
Esa noche durmió bajo un techo. Sin miedo. Sin golpes. Sin hambre.
Al día siguiente… comenzó el entrenamiento. No fue suave. No fue fácil. Él no la trató como una niña frágil. La hizo correr hasta que sus piernas no respondían. La hizo sostener posturas hasta que los músculos ardían. Le enseñó a caer sin romperse. A respirar bajo presión. A observar antes de atacar.
Cada vez que caía, él decía lo mismo:
—Levántate.
Sin compasión exagerada. Sin gritos. Solo esa palabra. Levántate.
Al principio ella lo odiaba un poco. No entendía por qué alguien que la salvó era tan duro. Hasta que una noche, mientras ella dormía, abrió los ojos por el frío. Y lo vio. Él estaba sentado afuera, bajo la nieve ligera, con la espada sobre las rodillas. Vigilando. Toda la noche. Sin dormir.
Al día siguiente fingió que nada había pasado. Pero Yins entendió. No era frialdad. Era protección.
Los años pasaron. Ella creció. Se volvió más fuerte. Aprendió a usar la sombra como extensión de su cuerpo. Aprendió a canalizar esa oscuridad que siempre la había acompañado. Pero también aprendió algo más importante: disciplina, honor, control.
Un día, después de derrotarla en un combate de entrenamiento, él se detuvo antes de darle el golpe final.
—Bien hecho.
Solo dos palabras. Pero Yins sintió que el mundo entero se iluminaba. Porque ese hombre… ese guerrero que parecía invencible… la había reconocido.
Fue entonces cuando empezó ese sentimiento extraño en su pecho. No era solo gratitud. No era solo admiración. Era algo más profundo. Más silencioso. Más peligroso.
Treinta y dos años después, recostada en el desierto, recordando aquel primer plato de comida caliente… Yins entendía por qué ese nudo nunca desaparecía. Porque él no solo la salvó de morir. Le dio un nombre que valía algo. Le dio fuerza. Le dio propósito. Le dio un lugar en el mundo. Y quizá… también le dio el primer amor que jamás conocería.
Escena 4: La Llegada de Zani y los Primeros Celos
El fuego crepitaba suavemente aquella noche. Yins estaba sentada frente a él, con las manos apoyadas sobre sus rodillas, respirando aún con el ritmo agitado del entrenamiento. Carlos la observaba en silencio.
—Yins… no debes dudar de ti misma.
Ella levantó la mirada, frunciendo ligeramente el ceño.
—¿Por qué dices eso, Carlos? —preguntó, ladeando la cabeza—. A veces siento como si me estuvieras regañando…
Él soltó una pequeña exhalación por la nariz. No era risa… pero casi.
—Si te estuviera regañando, lo sabrías.
Ella hizo un pequeño puchero, pero guardó silencio. Carlos miró hacia el fuego unos segundos, como buscando las palabras correctas.
—Hay algo que debo decirte. Y no sé cómo lo vayas a tomar.
El ambiente cambió ligeramente. Yins se tensó.
—¿Qué ocurre?
—A partir de ahora… no entrenarás sola.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—Habrá alguien más aquí. Será tu compañera de ahora en adelante.
El corazón de Yins dio un pequeño vuelco. ¿Compartir entrenamiento? ¿Compartir espacio? No sabía por qué, pero algo dentro de ella se encogió.
—¿Por qué? —preguntó en voz baja.
Carlos la miró fijamente.
—Porque la fuerza no solo se construye en soledad. Y porque necesitarás a alguien que entienda lo que eres… y lo que puedes llegar a ser.
Yins bajó la mirada. No le gustaba la idea. No quería perder su lugar. Carlos se levantó.
—Está afuera.
La puerta de madera se abrió con un leve crujido. Una figura entró. Era una joven de cabello blanco y ojos amarillos que brillaban con intensidad felina. De su cabeza sobresalían orejas suaves y atentas. Su postura era firme, pero cautelosa. Una semihumana. Una mujer bestia.
Carlos habló con voz clara.
—Yins, ella es Zani.
La joven inclinó apenas la cabeza.
—Un gusto… supongo.
Su tono no era hostil. Pero tampoco cálido. Yins la observó de pies a cabeza. Podía sentir su energía. Era fuerte. Diferente.
—Ella entrenará contigo —continuó Carlos—. Y vivirá aquí.
El silencio se volvió pesado. Yins apretó ligeramente los puños.
—¿Es fuerte? —preguntó sin apartar la mirada de Zani.
Zani alzó una ceja.
—Lo suficiente.
Carlos cruzó los brazos.
—No es una competencia.
Ambas respondieron al mismo tiempo:
—Lo es.
Carlos suspiró. Por primera vez en mucho tiempo… una sombra casi divertida cruzó su rostro.
—Perfecto. Entonces mañana al amanecer, combate de prueba.
Zani mostró una leve sonrisa desafiante. Yins sintió algo arder en su pecho. No era odio. No exactamente. Era orgullo. Era territorio. Era miedo a ser reemplazada.
Esa noche, mientras Yins intentaba dormir, escuchó el suave sonido de pasos afuera. Se levantó en silencio. Desde la puerta entreabierta vio a Carlos… ajustando una manta sobre los hombros de Zani, que se había quedado dormida cerca del fuego.
El mismo gesto. El mismo cuidado.
Yins sintió ese nudo en el pecho por primera vez. No entendía lo que era. Celos. Miedo. Inseguridad. Solo sabía una cosa: si Zani iba a quedarse… entonces tendría que demostrar que ella seguía siendo la más fuerte.

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Capítulo 177
The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 176
Estás leyendo el capítulo 176 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 26 de abril de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 351 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.