Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 173 online gratis en español
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Capítulo 173: La Llegada de la Parca y el Frente de Batalla en el Desierto
Punto de vista: Carlos Tanaka Sánchez, Emilia, Shimizu, Shiro, Zani, Yins Shadow y Perspectiva General
El silencio no duró mucho, pero se volvió insoportable. Carlos seguía inmóvil, con la mirada perdida en el suelo, como si las sombras bajo sus pies le estuvieran susurrando recuerdos que nadie más podía escuchar. Su respiración era lenta, controlada, demasiado tranquila para alguien que acababa de escuchar su propio juicio final pronunciado en voz alta.
—No los llamé… —murmuró al fin— porque sabía lo que pasaría después.
Levantó el rostro. Sus ojos no mostraban miedo, sino cansancio.
—Si Emilia hubiera aparecido ese día, este mundo ya no existiría. No habría juicio, ni castigo, ni historia que contar. Solo silencio eterno.
Un escalofrío recorrió la sala. Shiro apretó los dientes.
—¿Así de peligrosa es…?
Carlos soltó una risa seca, casi irónica.
—Peligrosa no es la palabra correcta. Emilia no pelea. Ella termina cosas.
La presión en el ambiente aumentó de golpe. Las antorchas parpadearon, las paredes crujieron suavemente, como si algo invisible estuviera reaccionando al solo hecho de pronunciar su nombre.
—Cuando ella entra en batalla —continuó Carlos—, no hay estrategia, no hay errores, no hay segundas oportunidades. Su presencia es una sentencia. Por eso no puedo llamarla. Por eso no debo.
Shimizu cruzó los brazos.
—Y aun así la mantienes cerca.
—Porque algún día —respondió Carlos— alguien más lo hará. Y cuando ese día llegue… necesito que esté de mi lado.
Escena 1: La Presencia de la Parca
Un silencio pesado cayó sobre todos. Entonces algo cambió. No fue un sonido. No fue una explosión. Fue una sensación. Como si el mundo hubiera inhalado de golpe.
—¿Lo sienten…? —susurró Shiro.
El aire se volvió denso, casi irrespirable. Una sombra comenzó a estirarse por el suelo, deformándose de manera antinatural, como si no perteneciera a ninguna fuente de luz. Carlos se tensó de inmediato.
—No… —dijo en voz baja—. Aún no.
La sombra se detuvo. Una voz femenina resonó en la distancia, suave, calmada, peligrosamente serena.
—Carlos…
El corazón de todos dio un salto.
—Tranquilos —añadió la voz—. No vengo por ustedes.
De la oscuridad emergió una silueta alta, elegante, envuelta en una presencia tan fría que el aire parecía marchitarse a su alrededor. Su cabello ondeaba sin viento, sus ojos no reflejaban emoción alguna. Emilia había llegado. No caminó. Simplemente estaba ahí.
—Solo vine a confirmar algo —dijo, observándolo fijamente—. Aún sigues dudando.
Carlos cerró los ojos un instante.
—Y tú sigues siendo impaciente.
Por primera vez, una sonrisa mínima apareció en el rostro de Emilia. No era amable. Era peligrosa.
—Eso me agrada —respondió—. Significa que aún queda algo por destruir… o por salvar.
Emilia no apartó la mirada. Su presencia seguía aplastando el aire, pero ahora había algo más… una calma inquietante, casi divertida.
—Pero me sorprende que algo como esto les haya afectado —dijo con voz serena, como si estuviera hablando del clima y no de muerte—. Y sí, tienes razón. Soy capaz de matar a quien sea sin importar las consecuencias.
El silencio se tensó. Shiro tragó saliva. Shimizu no movió un solo músculo, aunque su aura respondió con un leve destello defensivo.
—Pero en fin… si después de todo esto estamos de vuelta, ¿no es así? Nuestro objetivo sigue siendo el mismo. Gabriel… y Lucifer.
El nombre de ambos cayó como una sentencia. Las paredes parecieron vibrar. Carlos no respondió. Solo la observaba. Emilia giró ligeramente el rostro.
—Además… de esos catorce… hay uno en particular al que pronto le daré un pequeño recordatorio.
Una sonrisa fina cruzó sus labios.
—Shimizu. Y tú, Shiro.
Ambas reaccionaron al mismo tiempo.
—Aunque sean idénticas… —continuó Emilia con una serenidad casi cruel— la diferencia es evidente. Ella es la versión adulta. Tú, Shiro… sigues siendo la pequeña.
Shiro apretó los puños.
—No me subestimes.
Emilia inclinó apenas la cabeza, como si analizara una obra incompleta.
—No lo hago. De hecho… me alegra verte así.
Sus ojos se deslizaron hacia Shimizu.
—Es curioso. Verte dividida en dos posibilidades. La que eligió endurecerse… y la que aún conserva algo de inocencia.
Shimizu dio un paso al frente.
—¿Qué estás insinuando?
Por primera vez, la presión cambió. Ya no era solo fría. Era profunda. Como un abismo que se abre bajo tus pies.
—Que el destino no es fijo —respondió Emilia—. Y que cuando llegue el momento… solo una de ustedes podrá mantenerse en pie.
El ambiente se volvió irrespirable. Carlos intervino.
—Suficiente.
Su voz no fue alta, pero cortó la tensión como una espada. Emilia lo miró. Por un instante… algo diferente pasó entre ellos. No odio. No amenaza. Historia.
—Relájate —murmuró ella—. Si hubiera querido matarlas, ya lo habría hecho.
Un silencio incómodo. Luego, inesperadamente, Emilia soltó una leve risa.
—Aunque debo admitir… verte en versión pequeña es casi adorable, Shimizu.
Shiro parpadeó confundida. Shimizu frunció el ceño con evidente molestia. Carlos suspiró.
—Esto no es un juego.
—Nunca lo ha sido —respondió Emilia, volviendo a ponerse seria—. Gabriel y Lucifer no están quietos. Los catorce se están moviendo. Y cuando lo hagan abiertamente… no habrá advertencias.
La sombra a su alrededor comenzó a desvanecerse.
—Prepárense. La próxima vez que nos veamos… será en medio de la guerra.
Su figura empezó a disolverse como ceniza arrastrada por el viento. Antes de desaparecer por completo, sus ojos se clavaron en Carlos una última vez.
—Y esta vez… no dudes.
Oscuridad. El aire volvió a la normalidad. Pero el mensaje quedó claro. La guerra ya estaba respirando detrás de ellos. Carlos bajó la mirada. No por miedo. Por peso.
Escena 2: Reproches y el Peso del Pasado
«Emilia… sigues siendo la misma. Fuerte. Cruel. Igual que yo. Pero ya no soy el de antes. Y tus palabras no me rompen… me recuerdan quién fui».
Respiró hondo. Shimizu tiene razón. No debo dudar de mí mismo… aunque dudar siempre ha sido parte de mí. El viento movió apenas su cabello.
—He oído hablar de los gigantes… —respondió finalmente—. Pero no entiendo a dónde quieres llegar con esto.
Shimizu lo observó con una seriedad distinta. No era ataque. Era análisis.
—Lo más probable… es que ellos sepan algo sobre el origen del poder nocturno.
El ambiente se volvió más denso.
—Ese poder no existe en ningún otro mundo —continuó—. Ni en nuestras versiones pasadas. Solo aquí.
Carlos frunció el ceño.
—¿Y eso qué significa?
Shimizu dio un paso hacia él.
—Que hay un 99% de probabilidades de que sea imposible replicarlo. Y un 1%… de que nazca alguien en otro universo capaz de superarnos sin esfuerzo.
Emilia entrecerró los ojos.
—A mí me tomó mil años dominarlo —dijo con frialdad—. Mil. No fue casualidad.
Su mirada se desvió hacia su versión más joven por un segundo.
—Y ver a mi yo del pasado cargando traumas… no fue algo que planeé.
Carlos sintió una punzada.
—Yo también era así… —murmuró.
Shimizu lo interrumpió.
—Pero él nunca apareció en nuestras vidas anteriores, Carlos.
Silencio. Pesado.
—Alteraste el orden de nuestra etapa —sentenció ella—. Y todo fue culpa del Dios Antiguo. Si no se hubiera manifestado en tu compromiso… nada de esto estaría pasando.
El aire se congeló. Emilia levantó una ceja.
—¿Compromiso?
Shimizu volvió la mirada hacia Carlos. Y esta vez… era hielo puro.
—Dime algo, Carlos… ¿desde cuándo tienes prometida?
El silencio fue mortal.
—¿Dónde quedó lo nuestro… bastardo?
Carlos se quedó en blanco. Literalmente.
—Eh… bueno… yo…
Sus manos temblaron apenas. Shiro dio un paso adelante. Sus ojos eran salvajes. No infantiles.
«Mierda. ¿Qué está pasando?».
Carlos tragó saliva.
—Espera, espera… yo y ella no somos nada. Solo amigos.
Pero su voz sonó débil. Poco convincente. Shiro apretó los puños.
—¿Solo amigos?
«¿Por qué se puso así de molesta? ¿Acaso ella pensó…?».
Un sudor frío recorrió la espalda de Carlos.
«Se me juntó el ganado… Error. Grave error. No quiero más traumas como con Natsuki…».
El nombre cruzó su mente como una cicatriz vieja. Shimizu dio un paso más. Demasiado cerca.
—Carlos.
Su voz ya no era fría. Era peligrosa.
—No me interesa si son “solo amigos”. Me interesa por qué nunca lo mencionaste.
Emilia cruzó los brazos, observando con una ligera sonrisa entretenida.
—Vaya… el estratega perdió el control de la situación.
Carlos levantó las manos en señal de defensa.
—No oculté nada. Solo… no pensé que fuera relevante.
Error número dos. Shiro lo miró como si evaluara si lo quemaba vivo o no.
—¿No relevante?
La tensión romántica se mezcló con amenaza real. Emilia suspiró.
—Esto se está volviendo innecesariamente dramático.
Pero no intervino. Shimizu lo miró fijo.
—No estoy molesta porque tengas pasado, Carlos.
Pausa.
—Estoy molesta porque sigues actuando como si no tuvieras presente.
Eso golpeó más fuerte que cualquier ataque. Silencio. Carlos dejó de temblar.
—Yo… no quiero herir a nadie. No quiero repetir errores. No quiero que esto termine como antes.
Shiro lo observó más detenidamente. Ya no con furia. Con algo más complejo.
—Entonces decide —dijo en voz baja.
Escena 3: El Frente en el Desierto
Por otro lado, estaban Zani y Yins Shadow en el desierto…
—Parece que esto no tiene fin —respondió Zani sin apartar la vista del horizonte ennegrecido—. No sé cómo nos encontraron, pero parece que ellos tienen algo que ver con nuestra existencia. Además no creí que Lucifer mandaría a sus soldados más fuertes… pero igual no son rivales para nosotras.
El cielo estaba rasgado por grietas ardientes, columnas de fuego descendían como lluvia apocalíptica y el suelo temblaba bajo el peso de miles de presencias abismales. Yins no dijo nada. Simplemente avanzó. Caminó lentamente entre los restos humeantes mientras sostenía las cabezas de los demonios abismales, la sangre aún goteando entre sus dedos. Sus ojos brillaban con una furia tan intensa que parecía haber despertado el mismo infierno dentro de ella. Cada paso dejaba explosiones detrás, resplandores violentos iluminando todo el campo de batalla como si el mundo estuviera colapsando en destellos rojos y púrpuras.
Pero aún quedaban más de cuarenta mil soldados de nivel abismal superior. Una marea interminable de oscuridad cubriendo el horizonte. Esto no era solo una amenaza… era una destrucción capaz de borrar todo lo que existiera en ese plano.
Zani cerró los ojos por un instante. El ruido de la guerra se volvió distante. Cuando los abrió, su mirada ya no era la de una simple combatiente. Era autoridad pura. Sujetó su espada y el aura comenzó a envolverla, creciendo como un incendio controlado. La sangre salpicaba mientras atravesaba enemigos sin titubear, cada movimiento preciso, elegante y letal. Y en medio del caos entendió algo que Carlos había dicho antes: «Algún día sabrás lo que se siente estar solo en una situación como esta, donde todo te ha dado la espalda sin ningún dolor, donde solo queda el vacío y la decisión de seguir adelante. Hay que aprender a ser más fuerte porque nadie podrá salvarnos. Nosotros mismos tenemos que salvar nuestras vidas. Porque somos guerreros que ya han caído durante la guerra».
El viento se detuvo. El campo de batalla guardó un segundo de silencio antinatural.
—Creo que te enseñaré cómo usar esta espada…
El nombre resonó con fuerza en su interior: Las Llamas Carmesí Celestial de Caos.
Una luz se iluminó durante el encuentro, roja y dorada al mismo tiempo, como si el cielo estuviera ardiendo desde dentro. La energía se expandió en ondas que hicieron retroceder incluso a los demonios más poderosos. Zani sonrió. Era la misma mirada. La misma determinación fría y feroz de Carlos Tanaka Sánchez. Y entonces el verdadero combate comenzó.
Escena 4: El Despertar del General Abismal
El verdadero combate comenzó cuando el suelo dejó de temblar… y empezó a quebrarse.
Las más de cuarenta mil presencias abismales avanzaron al mismo tiempo, como una marea negra cubriendo el campo devastado. El aire se volvió pesado, irrespirable, cargado de odio y magia corrupta. Desde el cielo descendieron lanzas de energía oscura, y el horizonte desapareció bajo una tormenta de sombras.
Yins fue la primera en moverse. Desapareció. Un segundo después, una onda expansiva partió el frente enemigo en dos. Decenas, cientos, miles de cuerpos explotaron en fragmentos carmesí. Sus ojos ardían como dos estrellas colapsando, y cada vez que levantaba el brazo, una línea roja atravesaba kilómetros de demonios como si el espacio mismo fuera papel.
Pero esta vez… ellos estaban preparados.
Un círculo gigantesco de runas negras se formó bajo sus pies. Cadenas espectrales emergieron del vacío intentando sellar su poder. Yins gruñó, su aura se volvió más intensa, pero por primera vez… fue obligada a detenerse.
—Interesante… —murmuró Zani.
Alzó las Llamas Carmesí Celestial de Caos. La espada respondió. No era solo acero. Era voluntad. Era memoria. Era la concentración de todas las guerras que Carlos había sobrevivido. El filo se encendió con una mezcla imposible de rojo profundo y dorado brillante, y cuando Zani dio el primer paso, el suelo bajo ella se cristalizó por la presión del aura.
—Escuchen bien… —su voz no fue un grito, fue una sentencia—. No somos víctimas de nuestra existencia. Somos el error que el infierno nunca debió provocar.
Descendió la espada. El cielo se abrió. Una columna de fuego celestial cayó desde lo alto como si un dios hubiera decidido intervenir. Miles de soldados abismales fueron borrados en un instante, no incinerados… borrados. Su esencia misma se desintegró.
Pero entonces ocurrió algo distinto.
En medio del ejército restante, una figura comenzó a emerger. Más alta. Más estable. Su presencia no era caótica… era organizada. Antiguas marcas cubrían su armadura negra, y sus alas no eran de carne, sino de energía comprimida.
—Así que ustedes son las anomalías… —su voz resonó en todo el campo—. El Señor Lucifer tenía razón.
Zani no retrocedió. Yins rompió las cadenas con un estallido de poder que hizo temblar el cielo. Las dos se colocaron una al lado de la otra.
—Por fin alguien interesante —dijo Yins con una sonrisa peligrosa.
El general abismal levantó su mano… y detrás de él, el resto del ejército formó una formación perfecta. Ya no era una horda. Era una ejecución planeada.
El aura de Zani aumentó, y por un instante… la misma sensación que Carlos había descrito —esa soledad en medio de la guerra— volvió a cruzar su mente. Pero esta vez no dolía. Esta vez era claridad.
—Yins —susurró.
—Lo sé.
Las Llamas Carmesí Celestial de Caos rugieron. Y el general dio el primer paso. El choque que siguió no fue una explosión… fue el sonido del destino rompiéndose.
El aire se volvió tan denso que parecía sólido. La presión del general cayó como una montaña invisible sobre ambas… pero no cedieron ni un centímetro. Zani sostuvo su espada con firmeza.
—Solo hay una cosa que quiero preguntarte —su voz no tembló—. ¿Por qué quieren matarnos? ¿Qué es lo que está planeando él? ¿Acaso planean…?
El general no respondió de inmediato. Sonrió. Una sonrisa torcida, antinatural.
—Para ser humanos… no saben prácticamente lo que se siente ser aniquilados, ¿verdad?
Su risa fue un sonido quebrado, metálico, como huesos arrastrándose sobre piedra. La presión aumentó, el suelo comenzó a fracturarse bajo sus pies, el cielo se oscureció aún más. Pero no fue suficiente.
El aura de Yins Shadow estalló como una supernova roja. La presión enemiga se quebró como vidrio bajo su voluntad. Finalmente habló.
—Oye, Zani… déjame esto a mí.
Sus ojos ya no brillaban. Ardían.
—Tú acaba con todos ellos. Sin compasión.
El general inclinó ligeramente la cabeza, divertido.
—Interesante. ¿Creen que esto es una guerra común?
Extendió su mano y el espacio detrás de él se rasgó. Lo que apareció no era un ejército. Era una estructura colosal, una sombra gigantesca que apenas podía percibirse entre las grietas dimensionales. Algo que no pertenecía a ese mundo.
—No venimos a matarlas —dijo con calma absoluta—. Venimos a preparar el terreno.
El corazón de Zani dio un golpe seco.
—¿Preparar… para qué?
El general dio un paso al frente, y por primera vez su expresión dejó de ser burla. Fue convicción.
—Para el descenso.
El cielo se partió. No como antes. Esta vez la grieta fue vertical, interminable, como si el mundo estuviera siendo abierto desde arriba. Una energía antigua, pesada, ancestral, comenzó a filtrarse. Yins sonrió… pero no era arrogancia. Era desafío.
—Entonces tendremos que cortar el cielo también.
Zani levantó la espada. Las Llamas Carmesí Celestial de Caos respondieron con un rugido que hizo vibrar la realidad. El general extendió ambas alas de energía.
—Intenten detenerlo.
El verdadero enemigo aún no había llegado. Y el reloj… acababa de empezar a moverse.

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