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Leer Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 1 online gratis en español

Como cualquier otro día, iba camino al trabajo, un trabajo que no era para nada emocionante. La rutina es el pan de cada día: despertar, viajar dos horas al trabajo, trabajar, regresar dos horas a casa, dormir… y al día siguiente repetirlo nuevamente en un ciclo que me tiene enviciado a una dosis más de sueldo. Y como apenas es justo para vivir, no me queda más que continuar con esta droga laboral de la que no puedo salir, ni por comodidad ni por voluntad propia. A lo largo de mi vida he probado un sinnúmero de actividades, personas, drogas, emociones, arte, cultura y un sinfín de otras cosas para llenar el vacío que llevo dentro de mí. Un vacío con el que he aprendido a vivir, y que nunca me permitirá conocer la sensación de lo que significa estar verdaderamente satisfecho. A veces suelo leer historias de ficción japonesas donde algunas personas mueren y reencarnan en otro mundo lleno de magia, guerreros y elfas hermosas. Aunque sé que todo es solo un cuento, me gusta imaginar que algo así me sucediera. Absorto en mis pensamientos, por el rabillo del ojo veo a un niño correr detrás de su pelota, cruzando una avenida muy transitada. Sin querer, sin pensarlo, me lanzo hacia él al darme cuenta de que un vehículo se aproxima en su dirección. El conductor, al parecer, está mirando su teléfono mientras conduce. —¿Qué estoy haciendo? —me pregunto mientras corro, gritando con la esperanza de que el niño o el conductor me escuchen. Un segundo bastará para cambiar mi vida… o terminarla. El mundo se congeló. El vehículo estaba a centímetros. El niño, inmóvil. Yo, suspendido entre un paso y otro. Entonces una voz resonó en mi mente. —¿Realmente deseas morir? No era una voz humana. No era masculina ni femenina. Era… algo. —¿O solo deseas escapar? El tiempo volvió a fluir, pero ahora sabía que alguien estaba observando. El sonido fue lo primero que regresó. Un pitido constante, mecánico, irritantemente regular. Abrí los ojos con dificultad. El techo era blanco. Demasiado blanco. Un olor a desinfectante llenaba el aire. Tubos, cables, una bolsa de suero colgando a mi lado. Hospital. Mi mano derecha vibró. Un teléfono. Decenas de llamadas perdidas. Mensajes acumulados. Jefe: “¿Dónde demonios estás?” “¿Crees que puedes desaparecer así sin avisar?” “Si no te presentas hoy, no vuelvas mañana.” Ni una sola llamada más. Ni un familiar. Ni un amigo. Ni siquiera alguien que fingiera preocuparse. Solo trabajo. Solo obligaciones. Solo la cadena que me mantenía atado a este mundo. Intenté incorporarme, pero mi cuerpo se sentía pesado, como si no me perteneciera del todo. Miré alrededor: enfermeras caminando, pacientes conversando, una televisión encendida sin sonido. Todo parecía real… absurdamente real. Pero mi mente estaba en otro lugar. La voz. El instante detenido. La pregunta. “¿Realmente deseas morir… o solo deseas escapar?” ¿Fue un sueño? ¿Una alucinación causada por el impacto? ¿O algo más… algo que no pertenecía a este mundo? Cerré los ojos. Si aquello fue real, entonces alguien —o algo— me había observado en el borde de la muerte. Y eso significaba que mi vida, o mi muerte, quizá no eran solo mías. El pitido del monitor cardíaco se sincronizaba con mi respiración, pero mi mente seguía atrapada en ese instante detenido entre la vida y la muerte. Si aquello no fue un sueño… entonces había algo más allá. Algo que me había hablado. Apreté las sábanas con los dedos. —¿Cómo puedo volver a escucharte…? —murmuré, sin saber si hablaba conmigo o con algo que ya no estaba allí. La puerta se abrió con un suave chirrido. Una doctora entró revisando una tableta, sin mirarme directamente. —Despertaste antes de lo esperado —dijo con voz neutra—. Tienes suerte. Suerte. Qué palabra tan vacía. —¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? —pregunté. La doctora levantó la vista, dudando un segundo. —Técnicamente… estuviste muerto. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. —Tu corazón se detuvo durante cuatro minutos y treinta y dos segundos. Hipoxia cerebral leve, pero sin daño aparente. Llegaste al límite. Muerto. Clínicamente muerto. Entonces no había sido solo una ilusión. Ese lugar detenido, esa voz… existieron en algún nivel. Cuando la doctora se fue, me quedé mirando el techo. Cuatro minutos y treinta y dos segundos fuera de este mundo. Y nadie vino a verme. Ni familia. Ni amigos. Ni alguien que pensara que valía la pena venir. Solo mi jefe, exigiendo que regresara a trabajar como si nada hubiera pasado. Solté una risa débil. —Si hay algo más… entonces quiero verlo. Cerré los ojos con fuerza, intentando recrear el instante del accidente: el ruido del motor, el niño, la luz, el silencio absoluto. “¿Realmente deseas morir… o solo deseas escapar?” Esa pregunta seguía resonando en mi mente. Pasaron semanas. Semanas de hospitales, fisioterapia, formularios, firmas que no entendía, miradas de lástima que me resultaban más dolorosas que cualquier herida. Mi cuerpo sanaba, pero algo dentro de mí se sentía más roto que antes. Cuando por fin pude salir, no había nadie esperándome. El transporte público me devolvió a la ciudad que nunca se detuvo por mí. El mundo siguió girando mientras yo permanecía suspendido en una cama blanca. Abrí mi teléfono. El correo de recursos humanos era frío: “Por ausencias prolongadas y falta de reincorporación oportuna, su relación laboral queda terminada.” Mi seguro médico había caducado ese mismo día. Sin trabajo. Sin seguro. Sin nadie. Caminé hasta mi casa con una sensación extraña, como si estuviera regresando a un lugar que ya no me pertenecía. Y cuando llegué… lo entendí. La puerta estaba entreabierta. Las paredes desnudas. El silencio absoluto. Mis muebles estaban en la calle, mojados por la lluvia reciente, algunos rotos, otros abiertos como cadáveres saqueados. La televisión ya no estaba. Mi computadora, mis libros, mis recuerdos… desaparecidos. Alguien había forzado la cerradura. Alguien había decidido que lo que era mío ya no lo era. Me senté en el suelo, entre cajas rotas y ropa tirada, sin saber qué sentir. No había ira. No había tristeza. Solo una claridad fría. Había tocado fondo. Todo lo que me mantenía atado a esta vida había desaparecido en silencio. Trabajo. Salud. Hogar. Identidad. Solo quedaba yo. Y en medio de ese vacío absoluto, una sensación familiar volvió a recorrer mi mente. “¿Realmente deseas morir… o solo deseas escapar?” Esta vez, la voz no vino del borde de la muerte. Vino del silencio de una casa vacía… de mi pecho vacío. La casa estaba en silencio. Un silencio tan denso que parecía observarme. No quedaba nada. Ni muebles, ni recuerdos, ni rastros de la persona que alguna vez fui. Solo yo, sentado en el suelo, mirando una pared desnuda como si esperara que me respondiera. Entonces, el reflejo del vidrio de la ventana se movió. No era mío. Me levanté lentamente y caminé hacia el cristal. La calle estaba oscura, pero en el reflejo vi una silueta detrás de mí. Una figura pequeña. Demasiado pequeña. Me giré. Una niña estaba de pie en medio de la sala vacía. Cabello largo y oscuro que parecía absorber la luz, vestido blanco que no tocaba el suelo, ojos demasiado grandes para un rostro humano. No había entrado. No había abierto la puerta. Simplemente estaba allí. —Estas roto —dijo con una voz que no era infantil. Era profunda, antigua, distante. Mi corazón se aceleró, pero no sentí miedo. Sentí reconocimiento. —Eres tú… —susurré. La niña inclinó la cabeza, como si evaluara mi existencia. —No exactamente. Solo soy un mensajero. La voz que escuchaste fue solo un canal. Ahora que no tienes nada, puedes verme. —¿Verte… qué eres? La niña dio un paso adelante, y el piso crujió como si la casa misma reaccionara a su presencia. —Soy lo que administra la muerte en tu mundo. Lo que decide quién se queda y quién se va. Mis piernas temblaron. El mundo no se sentía real en ese instante. O tal vez era demasiado real. —Moriste durante 27 minutos y doce segundos —continuó—. El hospital registró cuatro. El resto fue… editado. Sentí un vacío en el estómago. —¿Editado por quién? La niña sonrió, pero no fue una sonrisa amable. —Por el sistema que sostiene esta realidad. Tu vida era una ruta estándar. Trabajo, consumo, reproducción, muerte sin trascendencia. Pero rompiste la secuencia. Me acerqué, incapaz de apartar la mirada. —¿Por salvar al niño? —Por desear escapar mientras morías. El aire se volvió pesado. —Entonces… ¿todo esto es una simulación? —No exactamente. Es una granja de conciencias. Algunos llaman a esto “mundo real”. Otros lo llaman “fase cero”. Me senté de nuevo. No porque quisiera, sino porque mis piernas dejaron de sostenerme. —¿Y qué hay después? La niña caminó hasta la ventana. Su reflejo no aparecía en el vidrio. —Después hay mundos donde la magia existe, donde las reglas son diferentes, donde los recuerdos pesan más que el cuerpo. Mundos creados para conciencias que han terminado aquí. Se giró y me miró directamente a los ojos. —Pero no todos califican. Tragué saliva. —¿Yo califico? La niña extendió su mano. En su palma apareció un símbolo luminoso, como una interfaz holográfica. —Tienes dos opciones. El símbolo se dividió en dos. —Opción A: continuar aquí. Sin trabajo, sin recursos, sin apoyo. La probabilidad de supervivencia es del 12.3%. Eventualmente morirás y serás reciclado sin memoria. La otra mitad del símbolo brilló. —Opción B: reinicio completo. Reencarnación en un mundo de alta fantasía con privilegios iniciales. Pero esta identidad será eliminada. Nadie recordará que exististe. Ni siquiera tú recordarás este mundo. El silencio me aplastó. —¿Por qué me das a elegir? La niña me observó como si fuera un insecto interesante. —Porque te convertiste en una anomalía consciente. Y las anomalías producen datos valiosos. La casa tembló ligeramente. O tal vez fui yo. —Tienes tres días para decidir —dijo, mientras su figura comenzaba a desvanecerse—. Después, el sistema decidirá por ti. Su voz resonó una última vez en la habitación vacía: —¿Realmente deseas vivir… o prefieres convertirte en una historia en otro mundo? La luz desapareció. La casa volvió a estar vacía. Pero esta vez, el vacío tenía una puerta de salida. ![](/api/get-image/9cf81f1f-2e8c-447e-85aa-a165b31cb9ae.webp/chapters/false) Pasan los tres días. Nadie llama. Nadie toca la puerta. Nadie pregunta si ya decidí cómo quiero seguir arruinando mi vida. El mundo siguió como siempre: anuncios de “trabaja con nosotros”, noticias que no cambian nada, gente corriendo para llegar tarde a lugares que odian. Yo, en cambio, solo miraba el techo de mi casa vacía, esperando a una niña que, técnicamente, administra la muerte. El tercer día, al anochecer, las luces parpadearon. No era un apagón. Era como si alguien hubiera pulsado “pausa” en todo, menos en mí. El reloj dejó de avanzar. El ruido de la calle se cortó. Incluso el polvo en el aire se quedó suspendido. Y entonces, ella apareció. La niña estaba otra vez en medio de la sala, exactamente en el mismo lugar que la primera vez, como si nunca se hubiera ido. —Has tenido tres días —dijo sin preámbulos—. ¿Tomaste una decisión? Me sorprendió lo fácil que fue responder. —Sí. La niña parpadeó, interesada. —¿Realmente deseas seguir viviendo aquí, en fase cero? ¿O prefieres convertirte en una historia en otro mundo? Miré alrededor. Paredes desnudas. Cajas vacías. Mi vida reducida a lo que llevaba encima. Casi solté una carcajada. —Si esto cuenta como “seguir viviendo” … paso. La miré fijamente. —Acepto. Quiero ir a otro mundo. La niña asintió, como si hubiera esperado esa respuesta desde el principio. —Muy bien. Entonces pasamos a la selección de privilegios. Chasqueó los dedos. El suelo desapareció bajo mis pies. No caí. Floté. Oscuridad absoluta. Después, una especie de pantalla luminosa se desplegó frente a mí, llena de símbolos que no entendía y menús que nadie me enseñó a usar. —Bienvenido al pre–registro de reencarnación —dijo la niña, ahora a mi lado, como un avatar de servicio técnico—. Tienes derecho a elegir tu paquete de inicio. Tragué saliva. —¿Paquete… de inicio? Tres símbolos brillaron delante de mí, ordenados en fila. Cada uno tenía una forma distinta: una espada, un libro y una moneda. —Opción uno —dijo, señalando la espada—: “Héroe estándar”. Aumento de atributos físicos, talento natural para el combate, crecimiento acelerado. Ideal para los que quieren resolver todo a golpes. La espada giró sobre sí misma, dejando un rastro de luz. —Opción dos —tocó el libro—: “Sabio del conocimiento perdido”. Inteligencia elevada, afinidad con la magia, memoria perfeccionada. Acceso a información que no existe en ese mundo. El libro se abrió solo, mostrando páginas que se reescribían sin parar. —Opción tres —apuntó a la moneda—: “Magnate de otro mundo”. Suerte anormalmente alta, talento para negocios, carisma amplificado. Perfecto para los que quieren acumular poder sin levantar una espada. La moneda cayó, rebotó varias veces… y siempre caía de canto. Tragué saliva otra vez. —¿Y la opción… sin límite? —pregunté. La niña sonrió por primera vez. No fue una sonrisa agradable. Detrás de los tres símbolos, algo más se encendió. No tenía forma definida. No era espada, ni libro, ni moneda. Era una masa de luz negra, como un error gráfico, como un archivo corrupto. —Opción especial —dijo lentamente—: un privilegio sin límite definido. Poder que no se ajusta a las reglas del sistema estándar. Crecimiento potencialmente infinito. Eso sonaba demasiado bien. Tan bien, que, en cualquier otro contexto, leería la letra pequeña. —¿Cuál es la desventaja? —pregunté. —Varias —respondió sin rodeos—. Primero: la dificultad. Los mundos no están diseñados para soportar algo que el sistema no controla. Entre más crezcas, más cosas intentarán corregirte… o eliminarte. La masa de luz negra se agitó, como si reaccionara a sus palabras. —Segundo: el precio. Para otorgarte algo que no tenga límite, hay que tomar algo sin límite de ti. —¿Qué… cosa? La niña me miró, seria. —Tu estabilidad. Tu humanidad. Tu capacidad de distinguir dónde termina el poder y dónde empiezas tú. Eso sonaba a paquete premium con suscripción a la locura incluida. El menú flotaba frente a mí. Espada. Libro. Moneda. Y el error. —Puedo elegir uno de los tres primeros —dije—, o… solo esa cosa sin límite. —Correcto —asintió—. No puedes combinar. Tres privilegios balanceados, o uno solo que rompe el balance. Pensé en mi vida anterior. En mi trabajo. En seguir las reglas, marcar tarjeta, cumplir métricas, ser un numerito más en una hoja de cálculo. En cómo había terminado eso. Tomé aire. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía a nadie diciéndome qué opción era “más responsable”. —¿Y si elijo uno de los tres normales? —pregunté—. ¿Qué clase de vida me espera? —Una vida manejable —respondió—. Con esfuerzo, podrías ser héroe, sabio, o señor de tierras. Vivirías, morirías y dejarías algo atrás. Nada sobresaliente, nada roto. —¿Y si elijo el poder sin límite? La niña se quedó en silencio un segundo. —Entonces no sé qué clase de vida tendrás. Ni yo, ni el sistema. Solo sé que ya no serás… estándar. Miré la espada. Podría luchar, ganar batallas, sentirme útil. Miré el libro. Podría usar mi cerebro sobreexplotado para algo más interesante que informes. Miré la moneda. Podría construir un reino, crear empresas, diseñar un mundo donde nadie tuviera que vivir como yo viví. Y luego miré el error. La cosa sin nombre. El poder sin límite. En mi antiguo mundo, siempre jugué según las reglas, y terminé despedido, saqueado y olvidado. Tal vez ya no tenía sentido seguir escogiendo lo “seguro”. Solté el aire. —Quiero la opción sin límite. La niña me observó con atención, como si en ese instante sellara mi destino, o firmara un contrato que no leería nadie más. —Estadísticamente —dijo—, esta es la peor elección para tu supervivencia. —Sí —respondí—. Pero es la única que no se parece a mi vida anterior. La masa de luz negra palpitó, acercándose lentamente. Alargué la mano. —Advertencia final —añadió la niña—: una vez integrado, no hay reversión. No podrás renunciar, no podrás devolverlo, no podrás pedir un cambio de plan. Sonreí, cansado. —Perfecto. Ya estoy acostumbrado a los contratos abusivos. Toqué la luz. Algo se rompió. No afuera. Adentro. Sentí que mi cuerpo se deshacía en información, en datos, en números que alguien estaba reescribiendo. Imágenes que no reconocía pasaron frente a mis ojos: paisajes extraños, cielos con dos lunas, criaturas que no pertenecían a ninguna enciclopedia. Una voz —no la de la niña— habló, en un susurro que no parecía venir de un solo lugar. —\[PRIVILEGIO SIN LÍMITE\] ACEPTADO. —ANCLA: CONCIENCIA ANÓMALA. —REGLAS: INDEFINIDAS. —RIESGO: CRÍTICO. La sensación de caída regresó. Esta vez, no había hospital al final. —Nos veremos de nuevo —dijo la niña, su voz alejándose—. O… al menos, veré lo que te conviertes. Quise responder algo inteligente. No alcancé. El mundo se apagó. Y luego, alguien —algo— encendió uno nuevo[\[Eg1\]](#_msocom_1) . [\[Eg1\]](#_msoanchor_1)PUBLICADO 14 D EFEB 11 PM
Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela)

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