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Leer Me convertí en el Papa, ¿y ahora qué? (Novela) Capítulo 434 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Tras el lamentable crecimiento de media pulgada de la lanza, Sylvester se mantuvo firme en su determinación de dominar el arte de la manipulación del metal. Lo que comenzó levantando un pequeño fragmento de metal evolucionó lentamente hasta izar una pieza enorme, comparable en tamaño a un caballo. Con el paso del tiempo, la habilidad de Sylvester en el oficio solo aumentó, y parecía que alcanzaría la maestría antes de la llegada del pico del invierno. Durante su estancia en el Vizcondado, tuvo que atender numerosas obligaciones, lo que requería un intenso intercambio de cartas. Por ello, solicitó un equipo especial de Corredores que se encargarían de todas sus cartas. Uno de sus corresponsales habituales era el rey Conrado de Riveria, quien luchaba por sofocar una revuelta de esclavos. Silvestre se aseguraba de aprovechar cualquier situación a su favor, trabajando sutilmente para lograr sus propios fines. No albergaba remordimientos por traicionar al rey, ya que este lo había utilizado previamente para conspirar contra el duque Daemon del Ducado de Piedra de Hierro y asesinarlo. Eran solo negocios y política, como siempre. Simplemente, él era un poco mejor que la mayoría. Además, intercambió una considerable correspondencia con Lord Einarr, quien se esforzaba por reconstruir el Reino del Dolor paso a paso. A pesar de todo, Sylvester aún tenía que idear un plan para seguir adelante, ya que su objetivo de establecer el Reino del Dolor como su base había sido frustrado por orden del Papa. ¡Boom! "Maravilloso como siempre, Lord Bardo. Técnica impecable, y debo decir que ya supera mi capacidad para levantar metal". El vizconde Gordan aplaudió y vitoreó desde la banda, sentado a la sombra de una sombrilla que Sylvester le había hecho. Tras pasar incontables horas entrenando bajo el sol abrasador, Sylvester había adquirido un bronceado intenso. Se había convertido en una auténtica celebridad local, atrayendo tanto la admiración de las mujeres como la envidia de los hombres. Sin embargo, estos sabían que no debían resentirse con Sylvester por su destreza física; también eran conscientes de su voto de celibato vitalicio. Sylvester respiró hondo y se acercó al vizconde para sentarse a la sombra a descansar y rehidratarse. La vizcondesa les había preparado una limonada buenísima : un bidón lleno. "¿Dónde están Sir Dolorem y el obispo Lazark?" preguntó Sylvester al noble Lord. —Sir Dolorem, a petición mía, aceptó entrenar a mis caballeros para que sean un poco más competentes. En cuanto al obispo Lazark, creo que solo sale de su habitación para desayunar, comer y cenar —respondió el vizconde—. ¡Qué gente tan extraña la que ha reunido, su excelencia! Sylvester rió entre dientes. "No le hagas caso al obispo. No le gusta estar mucho tiempo bajo la luz solar directa. Pero debo admitir que tengo personalidades únicas a mi alrededor. Deberías visitarme en Tierra Santa algún día. Te mostraré el lugar y te presentaré a gente buena e interesante". El vizconde suspiró y se miró las piernas. «¡Ay, recorrer una distancia tan grande es una tarea formidable! No soy más que una carga para mi pueblo si no puedo supervisar la gestión de nuestras minas». Sylvester se abstuvo de hablar más sobre el asunto, consciente de que no podía ayudar a las piernas dañadas del hombre. Las heridas llevaban demasiado tiempo sin cicatrizar, dejando las extremidades irreparables con daño nervioso. Sin embargo, Sylvester sabía que el sanador Hendrix tenía las habilidades necesarias para, al menos, aliviar el sufrimiento del hombre. A pesar de este conocimiento, Sylvester dudó en sugerirle al vizconde que buscara la ayuda de Hendrix, ya que aún no eran particularmente cercanos. —Su Gracia, la invito a acompañarme mañana a las minas —propuso el Vizconde—. Sumergirse en un entorno rico en hierro y otros elementos metálicos le ayudará a dominar la lanza. Primero debe comprender plenamente el elemento antes de dominar el arma. Sylvester accedió, pues no había logrado aumentar la longitud de la lanza a pesar de un riguroso entrenamiento. Había un misterio más profundo en su uso, que estaba decidido a descubrir. Justo cuando estaban a punto de terminar el entrenamiento, Sylvester abordó el tema. Se refería a la petición que Miraj le había hecho, la cual había aceptado, ya que Miraj rara vez pide algo que no sean plátanos. «Mi Señor, si me permite la osadía, ¿podría confiarme el cuidado de sus dos hijos? Me esforzaré por reformarlos, pues el amor, la palabra y la ira del Señor pueden obrar maravillas. Quizás aún haya esperanza para su legado», ofreció Sylvester sin rodeos. El vizconde estaba a punto de girar su silla de ruedas cuando se detuvo bruscamente. No miró hacia atrás, pero sus hombros temblaban incontrolablemente. ¡Lo sabía! El aroma de tristeza y esperanza se disparó astronómicamente. Se ha estado conteniendo para no pedirme ayuda. ¿Y ahora llora porque se la ofrecí? Sylvester vio la reacción a kilómetros de distancia. El Vizconde mantuvo una fachada estoica, a pesar de la voz quebrada. «Si... Si logras arreglarlos, mi linaje estará en deuda contigo para siempre». "Solo puedo intentarlo, porque no puedo reescribir sus mentes. Después de todo, solo soy un humano", respondió Sylvester. El vizconde procedió a marcharse. «Esa esperanza … es suficiente. Puede hacer con ellos lo que quiera, su excelencia». Pronto, sólo quedaron Sylvester y Miraj. "¿Cuál es el plan, Maxy?" preguntó la bola de pelusa. Sylvester se encogió de hombros y también se dirigió al castillo. "Son hombres débiles de mente, así que lo de siempre funcionará. Primero destruimos su orgullo, personalidad y sentido de seguridad, y destrozamos sus mentes. Luego, una vez que son pizarras en blanco, los reescribimos , al viejo estilo MK-Ultra". "¿Makultra? ¿Es algo sabroso?", preguntó Miraj, encaramado en la cabeza de Sylvester. Sylvester se rió entre dientes. "No, pero sí que es doloroso ; lo aseguro." … Esa noche, en lo profundo de las mazmorras del castillo, donde nadie se aventuraba jamás, dos antorchas parpadeaban. La tenue luz iluminaba solo una parte del suelo, dejando el área circundante envuelta en la oscuridad. Las ratas emitían chillidos por todos lados, junto con sonidos extraños y amenazantes de insectos. Era desconcertante estar allí. ¡Padre! ¡Perdónanos! "¡Por favor no hagas esto!" Dos voces resonaron, gritando y gruñendo. Alternaban entre maldiciones y súplicas. Sus gritos se mantuvieron constantes toda la noche. Por desgracia para ambos, la noche se hizo eterna en las mazmorras, pues las antorchas se quedaron sin combustible y pronto se extinguieron, dejándolos en completa oscuridad. Nadie los quería ni los apreciaba, así que nadie sintió su desaparición. Al contrario, los caballeros y el personal se regocijaron. … El día siguiente amaneció con rapidez, y Sylvester se preparó para la excursión a las minas con el vizconde. Sir Dolorem y el obispo Lazark, conscientes de los peligros que Sylvester podría enfrentar, decidieron acompañarlo. Aunque sabían que eran más débiles que Sylvester, mientras pudieran proteger la espalda del Lord Bardo, estaban contentos con sus roles. El vizconde Gordan, junto con su séquito de caballeros, condujo a Silvestre y su grupo hacia la fortaleza de la montaña, que había sido construida dentro de una cavidad en la montaña y estaba fortificada por una muralla. "Esta es la entrada a todas mis minas", proclamó el vizconde, señalando hacia la fortaleza. Sylvester observó a los numerosos hombres armados que custodiaban la entrada, apostados en puntos estratégicos con arcos y flechas a distintas alturas. El resto de la fortaleza estaba ocupada por mineros, vestidos con ropas andrajosas y polvorientas, cubiertos de mugre y sudor, que trabajaban con el rostro oscurecido por el polvo y el bronceado. La multitud era enorme, y Sylvester calculó que había al menos cinco mil hombres trabajando solo en la superficie. Solo podía imaginar cuántos más habría dentro de las minas y cuán profundas eran. —Venga, su gracia. La llevaré dentro de una de ellas —sugirió el vizconde. A continuación, aparecieron cuatro hombres altos y musculosos con un pequeño palanquín sin techo sobre sus hombros. El vizconde se sentó en él y los cuatro hombres comenzaron a cargarlo por el camino. Sylvester, acompañado por Sir Dolorem y el obispo Lazark, lo siguieron mientras el vizconde hablaba de su trabajo con mucho orgullo, explicando los pequeños detalles de cada lugar. "Al principio, nos costó llegar a las profundidades de la mina", reveló el Vizconde, "pero luego decidí utilizar cristales mágicos de aire para crear una agradable circulación de aire dentro de las minas. Ahora, podemos alcanzar fácilmente profundidades de hasta ocho kilómetros". Sylvester observó un flujo constante de hombres musculosos que salían de la mina, cada uno con una cesta cargada a la espalda. Tenían expresiones estoicas y la mirada fija en el camino. "¿Cuántos mineros hay?", preguntó. "Seis mil", respondió el Vizconde, acariciándose distraídamente la barbilla. "Y cuatro mil transportistas, que llevan el mineral de hierro a la superficie para su procesamiento". Sylvester frunció el ceño. "¿Cuánto tiempo se tarda en extraer, transportar y procesar el mineral?" "Si es de lo más profundo de la mina, se tarda medio día en sacarlo, y luego un día en procesarlo, ya que trabajamos por lotes. Así que, en total, tardamos unos tres días", respondió el Vizconde con orgullo. "Esta es la mejor mina de todo South Sol". Pero Sylvester tenía una opinión diferente. «Dios mío», murmuró para sí mismo. «¿No hay carretillas ni vías para el transporte? Esta mina es más ineficiente e inconsistente que la vida amorosa de Félix». _
Me convertí en el Papa, ¿y ahora qué? (Novela)

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Me convertí en el Papa, ¿y ahora qué? (Novela) Capítulo 434

Estás leyendo el capítulo 434 de Me convertí en el Papa, ¿y ahora qué? (Novela), un novela. Johnathan, un anciano con un pasado extraordinario pero un final ordinario, se reencarna en un mundo de fantasía oscura lleno de magia, oscuridad y misterios envueltos. Sin embargo, cometió un grave error al tomar la… Este capítulo tiene publicado el 18 de agosto de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Me convertí en el Papa, ¿y ahora qué? (Novela) tiene 597 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.