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Leer La voluntad de sobrevivir de un villano (Novela) Capítulo 357 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
El faro, diseñado por Quay y ampliado gracias a la magia de Deculein, se alzaba hacia el cielo, un imponente monumento recortado contra el vacío. Ria permanecía de pie en su base, mirando hacia arriba, mientras una silenciosa oleada de emoción la invadía. "Por fin lo logramos", susurró. El destino final de la misión principal. Lo único que nunca se suponía que se completaría, y sin embargo allí estaba, esperando su último e inevitable momento. Si esto todavía fuera un juego, se habría rendido hace mucho. "...¿Pueden ver esto?" murmuró Ria en voz baja. La lente mágica incrustada en su ojo transmitía todo lo que veía a la Isla Flotante, y su poder fluía a través del intrincado tejido de encantamientos que los unían. A través de esa conexión invisible, los eruditos y hechiceros allí estacionados observaban, con sus ojos fijos en cada uno de sus movimientos, esperando su siguiente orden. Con cada momento que pasaba, la presión aumentaba, el peso de su escrutinio silencioso caía sobre ella, como si cada paso que daba estuviera siendo juzgado, calculado y medido por aquellos que tenían su destino en sus manos. “Lo vemos. ¿Puedes descifrarlo? “Sí, podemos. Con tiempo suficiente, podríamos desmantelar por completo la magia del faro. La Isla Flotante, la orgullosa ciudadela de la magia que antaño juró no inmiscuirse en las mezquinas luchas de la tierra, había abandonado su neutralidad. Ahora, se alía con el Imperio. Sus mentes más brillantes, sus reservas más profundas de conocimiento, estaban dedicadas a impedir que el faro se completara. Y todo por culpa de Deculein. Porque había aniquilado sin piedad a los verdugos de la Isla, exterminándolos en un instante con fría precisión, había obligado incluso a las más distantes cimas del mundo a actuar. Su despiadada eficiencia había destrozado la complacencia de los que estaban en el poder, arrastrándolos a un juego que hacía tiempo que habían decidido ignorar, donde lo que estaba en juego nunca había sido tan grande y las consecuencias del fracaso inimaginables. “ La arrogancia de Deculein enfrentará el juicio final. La Isla Flotante purgará la podredumbre que devora este mundo. “Ria, hay un tipo abajo que vende brochetas de pollo” dijo Leo de repente. Ria bajó la mirada, rozando brevemente el borde de la barandilla con los dedos mientras sus pensamientos se arremolinaban en el silencio. Luego volvió la mirada hacia el faro, fijándose en la figura que se alzaba ante él: Deculein, vestido de negro, una silueta imponente contra el cielo tormentoso. Se quedó allí, elevándose incluso por encima de los sumos sacerdotes del Altar, con su presencia imponente, como si ya hubiera superado el mismo poder que una vez mantuvo al mundo en sus garras. "¿Ria? Brochetas de pollo..." “Tú y Carlos vayan a comer” dijo ella sin apenas mirarlo. "¡Bueno!" Leo y Carlos se alejaron, dejándola sola. Mientras los cultistas terminaban sus oraciones y se dispersaban” algunos retirándose al santuario, otros dispersándose hacia el Imperio y los reinos vecinos”, una voz suave habló a su lado. "¿Disfrutando de la vista?" Era Deculein. "...¿Qué quieres decir?" "El faro", dijo. Ria asintió en silencio. "Pronto", dijo Deculein con una leve sonrisa sardónica en los labios, "todo quedará atado". Atado. El último hilo de la historia, tensado y asegurado con cuidado, marcando el final de un viaje que duró vidas. Ya no había lugar para la duda, ni cabos sueltos que desenredar, solo la tranquila satisfacción de la culminación, sabiendo que cada giro había conducido a este momento. En la quietud que siguió, el peso de lo logrado se apoderó de todo, un silencio cargado de la irrevocabilidad de todo. "...Y al final", dijo Ria, casi para sí misma, "serás el mayor villano de todos". Deculein golpeó el suelo con su bastón; el agudo sonido reverberó en el aire, cargado de propósito. En ese instante, la lente mágica de Ria crujió violentamente; una oleada de poder atravesó el encantamiento, haciéndole temblar todo el cuerpo. Ella se estremeció, agarrándose el ojo mientras la lente pulsaba con una luz dolorosa y ardiente, la conexión entre ella y la Isla Flotante vaciló por una fracción de segundo, antes de obligarse a recuperar el control, su corazón se aceleró con la oleada inesperada. "Puaj-!" "...La Isla Flotante me subestimó", dijo Deculein con frialdad. "Si creían que podían escudriñar mi trabajo sin consecuencias, eran unos necios." Él se volvió hacia ella. “Pero dime, Ria” su voz bajó un poco, suave pero cortante”. ¿Recuerdas lo que hablamos una vez? Algo de un pasado que ella misma jamás había vivido. Una conversación entre Yu Ara y Deculein. Ria ladeó la cabeza, lanzándole una mirada furtiva, y luego volvió a apartar la vista rápidamente hacia el faro. ¿La estaba poniendo a prueba? ¿O quizás...? "Patético", murmuró. Las mismas palabras que le había lanzado hacía mucho tiempo, cuando intentó cargar con todo solo, cuando se ahogó en la culpa en lugar de dejar que alguien más compartiera su carga. Ella lo había llamado patético por ello, le había rogado que dejara que alguien más llevara el peso también. Reprimir la pena no era noble; era cobardía. "Fuiste patético", dijo con voz firme. "Porque te lo guardaste todo para ti". Deculein no reaccionó; su expresión era tan fría e inflexible como la piedra bajo sus pies. Claro que no: ya no era Kim Woo-Jin, el hombre que una vez fue sepultado bajo el peso de su propia transformación. No importaba lo monstruoso que se hubiera vuelto, no importaba lo oscuras que fueran sus acciones, no era un cobarde; se mantenía firme en su nueva identidad, intacto ante el miedo que una vez lo había plagado. Y aún así... "Ya veo", dijo Deculein, asintiendo, como si realmente lo comprendiera. Una leve sonrisa, delicada como una luna moribunda, se dibujó en sus labios. Para Yoo Ah-Ra, esa sonrisa había sido como un espejismo en el desierto: cautivadora y hermosa, una visión fugaz que parecía inalcanzable. Había captado su atención, llenándola de anhelo e incertidumbre, como si fuera la promesa de algo más, pero siempre escapándose antes de que pudiera comprenderlo. Ahora, mientras lo observaba, esa misma sonrisa parecía vacía, ya no un símbolo de esperanza, sino un recordatorio de la distancia que había crecido entre ellos, una ilusión que se había desvanecido con el tiempo. "Tres semanas", dijo Deculein, interrumpiendo sus pensamientos. "Dentro de tres semanas..." La lente del ojo de Ria volvió a vibrar, un zumbido agudo e inquietante mientras su magia se reiniciaba, recalibrando en respuesta a la perturbación. Por un breve instante, su visión parpadeó, y el mundo a su alrededor se desdibujó en sombras fragmentadas antes de volver a enfocarse. Su ojo palpitaba por la tensión, la conexión con la Isla Flotante se tensaba bajo la presión, pero apretó los dientes, negándose a dejar que la magia la fallara ahora. "...El continente llegará a su fin." * * * El desierto de Roharlak. Un páramo donde lo único que se exportaba eran escorpiones asados, caparazones de escorpión, veneno de escorpión y arena fina e inagotable. En ese corazón árido, la Guardiana Primien estaba sentada en su escritorio, con el ceño fruncido. "Algo anda mal", murmuró. El escritorio estaba enterrado bajo una montaña de periódicos, cada uno apilado desordenadamente, con las páginas amarillentas por el tiempo. Cada titular proclamaba el mismo nombre: Deculein, cada uno más sensacionalista que el anterior, retratando a un hombre venerado y temido a la vez. El peso de todo ello presionaba la superficie, el bombardeo incesante de titulares era un recordatorio constante de cómo su nombre había llegado a dominar cada rincón del mundo, y su eco era imposible de escapar. “Algo no cuadra” repitió en voz baja. Allí afuera, aislada del latido del continente, Primien había recopilado fragmentos de información. Había seguido sus movimientos, estudiado sus discursos, analizado cada rumor. Y aun así, solo una conclusión le venía a la mente. "¿Por qué?" susurró. Conocía a Deculein. Lo conocía de una forma que el resto del mundo desconocía. Este no era el hombre que recordaba: el que una vez apartó la mirada en el momento justo, el que dejó pasar desapercibido su linaje oculto. Sin embargo, el hombre que los periódicos retrataban era un fanático. Un fanático que no solo despreciaba a los Nacidos Escarlata, sino que predicaba el evangelio de la pureza de sangre y la jerarquía absoluta. Ni siquiera su nuevo libro dejaba lugar a dudas. "El futuro del Imperio". Un manifiesto, que exigía que el futuro del Imperio se construyera sobre una rígida división de clases y un gobierno férreo de los puros, se encontraba en el centro de los papeles. Sus palabras eran inflexibles, escritas con la fría precisión de quien creía en la supremacía de los linajes y en la erradicación de cualquiera que no encajara en la jerarquía sagrada. El mensaje del manifiesto era claro: cualquier esperanza de igualdad era una mentira, y solo a los más fuertes, a los más "puros", se les podía confiar las riendas del poder, una visión aterradora que amenazaba con desgarrar el Imperio desde dentro. Primien no sentía ningún cariño especial por los Escarlata. Nacida en el gélido norte de Phaeirden, creció con frío, hambre y endurecimiento. Ocultó su sangre no por lealtad, sino por supervivencia. Por la oportunidad de una vida mejor. Y aún así... "Por más vuelta que le dé", murmuró, "no encaja". Su mente daba vueltas, buscando desesperadamente la verdad que parecía alejarse cada vez más. Cada pensamiento se entrelazaba con el siguiente, una red caótica de confusión, mientras se aferraba a fragmentos de realidad que nunca terminaban de encajar. Cuanto más buscaba, más profundo parecía hacerse el vacío, y no podía deshacerse de la sensación de que la verdad que buscaba se escondía más allá de su alcance, burlándose de ella con su naturaleza esquiva. “¿Qué no encaja? La voz mecánica brotó ásperamente de un orbe de cristal en la esquina de la habitación, con un tono frío e inflexible, resonando en las paredes con una claridad inquietante. “Elesol, anciana de los Nacidos Escarlata”, anunció; el nombre tenía una fuerza que parecía llenar el espacio con una amenaza tácita. No había calidez ni emoción en su voz; solo la áspera precisión de una máquina que transmitía una verdad innegable, con sus palabras suspendidas en el aire como un desafío. "Es Deculein", dijo Primien. "Sus acciones no se corresponden con su naturaleza. No creo que sea realmente nuestro enemigo". “¿No es nuestro enemigo? ¿Después de lo que le hizo al Escarlata de Roharlak? "¿Matar?", se burló Primien. "Si te refieres al Lienzo... no lo veo como crueldad." La Prisión Pintada. Los susurros la llamaban un infierno, un lugar donde cientos de almas estaban condenadas a pasar siglos suspendidas en un vacío de nada, con sus cuerpos y mentes atrapados en un tormento eterno. Algunos decían que era un destino peor que la muerte, un olvido lento y sofocante donde el tiempo perdía todo sentido, y la única compañía era el silencio infinito y opresivo. La sola idea provocaba escalofríos, pues nadie sabía realmente lo que era ser borrado de la existencia de una forma tan cruel e implacable. Primien no estuvo de acuerdo. Allí dentro, aún hay una posibilidad de sobrevivir. Hasta que se abre la puerta, nadie sabe con certeza si estás vivo o muerto. Eso es mejor que las cámaras de gas, donde mueres en cuanto las cruzas. - ¿Hablas en serio? "Soy." Se recostó, dejando que su mirada se dirigiera al techo, con sus pensamientos momentáneamente suspendidos en la quietud de la habitación. Los patrones del yeso parecían fundirse en uno solo, un laberinto de formas y sombras que reflejaba la confusión que se arremolinaba en su mente. Por un breve momento, se permitió perderse en el silencio, olvidando momentáneamente el peso del mundo mientras buscaba consuelo en la nada sobre ella. “Pero basta de eso. Elesol, ¿el faro? “La Isla Flotante ha intervenido. Esas palabras tenían el peso suficiente para aplastar una piedra. La Isla Flotante, neutral durante siglos, ahora se movía abiertamente contra Deculein. “Quedan veinte días. Veinte días. Tres cortas semanas antes del fin del continente. "...Entonces debo ir yo mismo", dijo Primien. “¿Está listo Roharlak? Bajo este desierto, ocultos en lo profundo, aguardaban los supervivientes Escarlata. Linajes antiguos y desafiantes, aún aferrados a la vida. "Estamos listos", respondió ella. “La batalla final se librará en Myeolji. En el faro. Cuando termine, los años de nuestro sufrimiento finalmente pasarán. Recuperaremos lo que nos robaron. Y en ese momento, algo se encendió dentro de Primien. Un pensamiento agudo y salvaje. "...Elesol." Una teoría. Frágil, pero demasiado perfecta para ignorarla. Si fuera cierta, lo explicaría todo: las contradicciones de Deculein, su silenciosa misericordia. "¿Dónde estás?" preguntó con voz temblorosa. - ¿ Por qué? "Necesito hablar contigo. Cara a cara." Ninguna respuesta. Por supuesto. En aquellos tiempos, Elesol rara vez se arriesgaba a salir de su santuario subterráneo. “¿Es importante? "Lo es", dijo Primien. Ella dudó sólo un instante antes de continuar. "Deculein tuvo una oportunidad." “ ¿ Una oportunidad para qué? Primien cerró los ojos. No hace mucho, Deculein podría haber exterminado por completo a los linajes Escarlata. La información estaba en sus manos. Podría haberlos aniquilado. "Pero no lo hizo." - Explicar. Primien abrió un cajón y sacó un diario viejo y maltratado. Se lo habían confiscado a un niño internado en Roharlak. Sin sentido, olvidado, hasta que sus ojos lo descubrieron. La mayoría de sus páginas eran divagaciones infantiles. Recuerdos inocentes. Pero una anotación se le quedó grabada en la mente: Hoy conocí al oficial más aterrador. Llevaba muchísimas medallas en el pecho. Pensé que me arrestaría. Pensé que me iban a arrastrar. Pero no dijo nada. Simplemente me dijo: “Ten cuidado” y se fue. Más tarde, vi su cara en el periódico. Era realmente él. Su nombre era... Primien cerró el diario con un golpe suave. “...Deculein” susurró”. Ni siquiera mató a un niño. * * * La Isla Flotante, el santuario superior de Megiseon. Aquí se reunía y preservaba la suma de toda la gran magia del mundo y los registros de sus hechiceros más brillantes. Ahora, en el corazón de ese lugar sagrado, se había reunido el círculo más alto de la Isla, dedicado por completo a una sola tarea. "Este faro sirve de conducto", dijo Astal el Adicto, con su voz penetrando el silencio del gran salón. "El Altar pretende invocar un cometa exterior a través de él. La magia de Deculein solo amplifica el poder del faro". Los magos de rango Etéreo (aquellos con el privilegio de residir en la Isla) ya habían desentrañado las ambiciones del Altar, y sus investigaciones habían rastreado incluso las profundidades más oscuras de los diseños de Deculein. "Pero sea cual sea la intención del Altar, nuestro propósito sigue siendo simple", dijo Astal, de pie en el centro de la cámara del consejo. "La Isla Flotante no interfiere con el mundo mortal". Era un principio sagrado. Y, sin embargo, allí estaban, movidos no por el deber ni por la justicia, sino por un único rencor privado. Deculein. "Nuestro único objetivo", continuó Astal, "es la erradicación de Deculein". Sus palabras resonaron en las paredes cristalinas, y los hechiceros asintieron con tristeza. Alrededor de la gran mesa redonda, se inclinaban sobre sus tomos y mapas, urdiendo hechizos con un solo propósito: la aniquilación de Deculein. “Repito” dijo Astal, ahora más alto, recorriendo con la mirada a la asamblea”. Nuestra misión es erradicar a Deculein. Una segunda vez. "Repito. Debemos erradicar a Deculein." Y otra vez. "Repito. Debemos erradicar a Deculein." Los susurros se agitaron entre los magos. La inquietud les erizó la piel. Las cabezas se levantaron de los libros, las plumas se detuvieron en el aire. Uno a uno, se volvieron hacia Astal. Este se quedó paralizado, formando las mismas palabras una y otra vez. "Debemos erradicar... debemos erradicar... debemos..." Su voz se deshizo, se estiró como un disco sobreutilizado. "Debemos”" Y entonces, silencio. Astal permaneció de pie, con la boca aún abierta a media sílaba. El tiempo mismo pareció detenerse a su alrededor. El aire se volvió quieto, pesado, antinatural, como si incluso el latido de los corazones hubiera quedado atrapado y fijado. La sala permaneció suspendida, congelada al borde de un sonido que nunca terminaría. El silencio se había instalado en las partes altas de Magiseon. A través de esa densa quietud, se escuchó una voz: un sonido suave y cadencioso que parecía resonar desde la nada. "Creo que es hora de que corrijamos eso". Clic, clic. El áspero taconeo rompió el aire helado cuando una figura emergió de los oscuros confines del pasillo, oscilando como la niebla, pero atravesando la penumbra con una presencia innegable. Una voz familiar la siguió, tranquila y burlona. "Soy yo. Epherene." Ella sonrió mientras miraba alrededor de la asamblea, su rostro llevaba el fantasma más leve de alguien a quien alguna vez habían llamado maestro. "Erradicar Deculein", dijo con ligereza, "no sucederá". Su voz ahora tenía un tono más agudo, cortando el silencio. “No, no puede pasar. No mientras yo esté aquí. Con un movimiento de sus dedos, tejió su voluntad por el pasillo. En un instante, el tiempo se detuvo. Las mentes más brillantes de Magiseon se quedaron paralizadas, con la boca entreabierta y los ojos desorbitados por la sorpresa, incapaces de respirar. "...Tch." Clic, clic. Epherene caminaba tranquilamente entre ellos, el sonido de sus pasos resonando en las paredes como un metrónomo contando lo inevitable. Se sentó en una silla vacía como si el lugar le perteneciera y ladeó la cabeza, mirando hacia una reliquia incrustada en la pared. Lokralen”Kaidezita. Registros de Lokralen y Kaidezita, los archivos más sagrados de la Isla Flotante. Los estudió con una leve sonrisa, casi nostálgica. "Ya falta poco", murmuró. Todavía no entendía del todo lo que había sucedido aquel día, hacía tanto tiempo. Pero de alguna manera, sabía que ese día volvería, y pronto. "Yo también haré lo mejor que pueda, profesor", susurró en voz baja, con la voz suave como la ceniza que cae. Un crujido rompió el silencio. Sliiick” En algún lugar entre la asamblea congelada, surgió una leve resistencia. Algunos magos, como era de esperar, eran lo suficientemente fuertes como para resistir su hechizo. La sonrisa de Epherene se ensanchó. "Bien", susurró ella, la palabra tenía un sabor casi dulce. Ella lo acogió con agrado. Había sobrevivido demasiado, había crecido demasiado como para temer resistencia ahora. "Ven a mí", dijo ella, levantándose de su asiento, con los ojos brillantes. "Me encargaré de cada uno de ustedes." Porque ahora ella confiaba en sí misma más de lo que cualquier otra persona podría hacerlo.
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Estás leyendo el capítulo 357 de La voluntad de sobrevivir de un villano (Novela), un novela. El jefe intermedio del juego de clase AAA producido por la empresa. El villano que muere 999 de cada 1.000 veces. Deculein. Esa persona, era yo ahora. «Vas a morir en casi todas las rutas». Deculein, como todos los… Este capítulo tiene publicado el 19 de marzo de 2026, Traducido por el grupo Crowli. La voluntad de sobrevivir de un villano (Novela) tiene 383 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.