Leer La Sombra Sin Dios (Novela) Capítulo 36 online gratis en español
El fuego de aquella fogata, en la noche fría, se reflejaba en el rostro pálido de Elior.
Su mirada estaba completamente perdida mientras lentamente acercaba la mano a las llamas… quizás buscando que, al tocarlas, al fin pudiera sentir algo que no fuera el vacío en su pecho.
La soledad ya lo había consumido por completo.
Y aquel purgatorio no solo lo estaba haciendo más fuerte… sino que también lo aniquilaba, agregando cada vez más peso sobre sus hombros.
Lia está en peligro…
Se lo repetía una y otra vez.
Pero el agobio de no saber cómo, cuándo y dónde… lo asfixiaba.
—¿Y si vuelvo…? —susurró para sí mismo.
Apretó los dientes con fuerza.
—Primero necesito encontrar la salida…
Retiró la mano del fuego al no lograr sentir nada. La quemadura se curó rápidamente.
Se levantó y tomó la leña cercana, arrojándola nuevamente a la fogata. Al ser consumida, la llama se elevó, iluminando el panorama.
Cerca de una docena de demonios yacían en el suelo, asesinados de forma despiadada.
Elior caminó alejándose del fuego, retirando sus dagas del cuerpo de uno de ellos, y se adentró nuevamente en el camino.
Aquella luna enorme no iluminaba prácticamente nada.
Llegó a un arroyo donde, por alguna razón, la luz lunar hacía brillar el agua como nada en aquel lugar.
Elior se arrodilló, dejándose caer.
Mojó sus manos.
En aquel vistazo al agua vio su reflejo. Primero, deformado por el movimiento… luego, claro.
Aquel rostro pálido.
La sangre seca cubriendo gran parte de su piel.
Las ojeras marcando noches sin dormir.
Solo suspiró ligeramente.
Y sonrió.
Recordando su niñez.
Viendo por última vez su rostro de niño. Aquella sonrisa.
Cerró los ojos intentando aferrarse a esos recuerdos: la fuente del pueblo, su hermana corriendo mientras él la perseguía.
Pero no duró mucho.
La expresión en su rostro cambió inmediatamente.
Abrió aquellos ojos decaídos y sin brillo. Apagados… como los de un muerto en vida.
—Debo continuar…
Sin pensarlo, se adentró en el oscuro camino.
Toda la noche avanzó tranquilamente.
De forma inconsciente, el aura que liberaba era aplastante. Ya no hacía el esfuerzo de contenerla.
Los demonios huían de aquel ser, obedeciendo a sus instintos más básicos.
Aunque no todos.
Aquellos demonios que ya habían devorado almas podían idear planes… y aún sentir el deseo de pelear, incluso si el otro era más fuerte.
—Débiles… débiles… débiles… —repetía Elior mientras retiraba sus dagas de los ojos de un demonio.
La diferencia de fuerza era abismal.
Para él, aquellos demonios, por más almas que devoraran, no eran más que hormigas. Bastaba un dedo para aplastarlas.
Tomó a uno del cuello, levantándolo como si no pesara nada.
—Sabes… necesito información acerca de unos demonios. Si me das lo que quiero, te aseguro que tu muerte será rápida.
Lo soltó. El demonio cayó al suelo.
—Tienes cinco segundos antes de que te aniquile…
Uno… dos… tres… cuatro…
El demonio retrocedía sin perderlo de vista.
—Norte… —dijo de forma poco entendible.
Elior sonrió.
En un parpadeo apareció frente a él y destruyó su cabeza con la rodilla. La explosión dejó una gran marca en el árbol detrás.
—Norte… supongo que dijo…
Giró sobre sí mismo.
—¿Y dónde carajos está el norte aquí?
Comenzó a caminar en la dirección que creía correcta.
Tras pasar las montañas, la situación empeoró.
Por primera vez, veía un camino interminable de montañas cubiertas por cenizas que caían del cielo.
Dio un paso y resbaló, rodando cuesta abajo.
Clavó sus dagas y descendió con cuidado.
—Lo bueno es que no hay nadie aquí… —dijo en tono burlón mientras se sacudía la ropa.
Aquella ceniza que caía del cielo se asemejaba al diseño de los copos de nieve… pero era caliente. El suelo estaba cubierto por ella.
Se colocó nuevamente el abrigo, esta vez ocultando completamente su rostro con la capucha.
Mientras más se adentraba, más turbio era todo.
Había esqueletos de humanos, de demonios… y otros que jamás había visto.
Se detuvo bruscamente.
Miró a todos lados.
Algo no andaba bien.
El diseño del lugar era extraño.
—¿Qué es esto…?
Se agachó y recogió algo del suelo.
Cáscaras de huevo medianamente grandes, enterradas bajo la ceniza.
—Mejor salgo de acá…
Giró rápidamente intentando subir a la cima.
El aire allí era estremecedor. Un viento inentendible azotaba la altura.
Todo lo que no había en el otro lado del purgatorio estaba concentrado allí.
De un momento a otro, Elior se preparó instintivamente.
Sabía que algo lo observaba.
Se giró… y fue alcanzado por las patas de un ave extremadamente grande.
Bloqueó el golpe con ambas dagas, pero salió eyectado montaña abajo.
Clavó las hojas en la superficie… pero dio contra una roca que se rompió al contacto.
Cayó cada vez más rápido.
Impactó contra el suelo.
Una de sus dagas atravesó su pierna.
—¡Mierda! —gritó, apretando los dientes.
Intentó controlar la respiración.
Sin pensarlo, arrancó la daga.
—Carajo…
La herida se regeneraba lentamente. Aquellas dagas hacían demasiado daño, incluso a él. El material era especial para aniquilar cualquier ser.
Desconocido para Elior… pero no para aquellas sombras que las crearon.
Observó el corte cerrarse poco a poco.
Se levantó rápidamente.
El viento esparcía cenizas por todos lados. No podía ver nada.
Entonces lo escuchó.
En lo alto.
Un sonido parecido al de un águila… pero con tonos graves que erizaban la piel.
Intentó ubicarla.
Imposible.
Atrajo su otra daga y adoptó posición defensiva.
—Vamos… vamos… ¿dónde estás…?
Miraba en todas direcciones.
Esperando el siguiente ataque.
De un momento a otro, ante aquel fuerte graznido del animal, rocas comenzaron a caer por la montaña sin parar.
Elior comenzó a esquivarlas rápidamente.
No había tiempo para intentar algo nuevo ni imaginar romperlas.
Algunas eran medianas.
Otras, enormes.
Ágilmente evadió todas, pero ahora tenía mucho menos espacio para moverse debido a ellas.
Empezó a analizar bien toda su área.
¿Qué escondites había?
¿Qué podía utilizar contra ese animal?
Tenía que estudiarlo rápido.
Pero ¿cómo lo hago?
No logro ver nada…
Comenzó a moverse del lugar, hasta que chocó con una roca pequeña, provocando una mini avalancha de piedras.
En ese instante, el ave avanzó a gran velocidad hacia Elior.
Sus garras rasgaron su brazo con un corte profundo.
Una de sus dagas salió volando.
Elior sostuvo su brazo herido mientras este se regeneraba, aunque la sangre seguía cayendo.
La herida cerró.
De forma involuntaria, ambos brazos de Elior se cubrieron con aquella sombra, reforzándolos.
Apretó los dientes.
Sus brazos ardían.
Atrajo nuevamente su daga.
El impacto de la hoja al volver a su mano provocó un leve ruido metálico.
Eso fue suficiente.
El ave descendió nuevamente hacia él.
Elior escuchó el viento cortarse por un segundo.
Se lanzó hacia atrás en el momento preciso.
Las garras pasaron donde había estado un instante antes.
—Perfecto… —dijo, sonriendo.
Tomó una piedra con cuidado y la arrojó cerca de donde pudiera verla.
Al caer, el ave descendió allí.
Alcanzó a ver sus patas.
Garras enormes.
Cubiertas de heridas.
Y unas líneas rojas, como trazos de sangre, que ascendían por ellas.
Tengo que hacer que baje… o no podré ver bien a qué me enfrento.
—Quizás… si clavo las dagas en las patas y me subo a ella…
Era muy arriesgado.
Repasaba todos los posibles planes en su cabeza.
Pero justo cuando dio un paso para acomodarse, una grieta se abrió en el suelo.
Varios demonios salieron de ella.
Elior miró la grieta.
—Justo ahora… malditas grietas…
Eran completamente aleatorias en el purgatorio.
Quizás por eso hay cadáveres de demonios…
Los demonios vieron a Elior y corrieron hacia él gruñendo.
Fueron destrozados por el animal antes de llegar.
Algunos lograron avanzar.
Elior aniquiló a uno sin hacer ruido y se alejó de su cuerpo.
El ave cayó sobre el cadáver.
Elior lanzó al siguiente demonio.
Usando la daga como una navaja, la insertó repetidas veces mientras con la otra mano le cubría la boca.
Se apartó.
El demonio lanzó un rugido que desapareció al instante.
El ave se lo llevó.
Cambio de planes.
Tomó al último demonio y lo apuñaló, provocando que gruñera de dolor.
Rápidamente se acomodó tras él.
Sintió cómo unas garras atravesaban al demonio y, por poco, a él.
Comenzaron a elevarse.
El demonio y Elior fueron lanzados hacia arriba.
Elior se separó del cuerpo.
Con un cosquilleo en el estómago, atrajo sus dagas.
Antes de que llegaran, alcanzó a ver el rostro del animal.
El hocico abierto.
Cubierto de sangre.
Colmillos filosos.
Líneas rojas que ascendían hasta encontrarse con unos ojos rojos de intensidad abismal.
Una daga llegó primero.
Elior giró su centro de gravedad por centímetros, esquivando el mordisco.
Insertó la hoja cerca del cuello del animal.
La segunda llegó enseguida.
Clavó ambas con fuerza.
Comenzó a escalarlo.
El ave giraba violentamente intentando hacerlo caer.
Pero él seguía avanzando.
El pelaje era duro como piedra.
Las líneas rojas cubrían su cuerpo como un diseño único.
Quemaban.
Al retirar una daga, notó algo.
Aquella sustancia roja oscura… era sangre.
Las líneas eran como venas expuestas.
Clavó la daga nuevamente.
Un graznido estremecedor atravesó el aire.
Los oídos de Elior sangraron.
Desorientado, miró hacia abajo.
Habían avanzado demasiado sobre aquellas montañas interminables de ceniza.
Comenzó a subir por el torso del animal, que se sacudía como loco.
—¡Vamos! ¡Quédate quieto!
Insertaba sus dagas para afirmarse.
Vio una montaña justo hacia donde el ave se dirigía.
Desesperado, soltó las dagas y corrió por el dorso, intentando mantener el equilibrio ante el viento feroz.
Se deslizó.
Se lanzó hacia el cuello.
Atrajo ambas dagas e intentó insertarlas rápidamente.
La piel y la carne eran demasiado duras.
Sacó una de ellas.
Con la mano derecha aún cubierta por la sombra, comenzó a golpear repetidamente el mismo punto.
Quemando.
Destruyendo.
Insertó la mano por completo.
Su brazo ardió intensamente.
—¡Mierda!
Sintió algo duro.
Como un hueso.
Usó toda su fuerza y lo arrancó.
Al hacerlo, cortó venas del cuello.
El animal lanzó un último graznido.
Escupía sangre.
Ambos cayeron hacia el borde de la montaña a gran velocidad.
Elior subió hasta el dorso y se cubrió para el impacto.
Enterró las dagas y se aferró.
Al caer, salió disparado contra el suelo.
—Carajo…— susurró.
Su brazo derecho se rompió.
Se levantó a duras penas por la adrenalina.
Miró al animal frente a frente.
Yacía muerto.
La sangre caía de la frente de Elior. También de su brazo roto.
—¿Qué demonio eres…?
Las alas eran enormes.
Los ojos rojos, apagados.
Las líneas rojas también habían perdido su brillo.
Y los cuernos…
Casi imperceptibles durante el combate.
—Solo tuve suerte… —susurró.
Un crujido seco interrumpió el silencio.
Su hueso se acomodó.
Miró su brazo al sentir el ligero dolor cuando se realineó solo.
—Jamás me acostumbraré a esto…
Giró.
Debía descubrir dónde estaba ahora.
—Debo darme prisa… y salir de acá. Quizás haya más bestias así… y no podré lidiar con muchas a la vez.
Al llegar a la cima y tener mejor panorama…
—Mierda… debe de ser una broma.
El horizonte estaba lleno de nidos enormes.
Guardó las dagas.
—Debo cruzarlo en silencio, supongo… Solo espero que no haya crías.

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La Sombra Sin Dios (Novela) Capítulo 36
Estás leyendo el capítulo 36 de La Sombra Sin Dios (Novela), un novela. _Elior Blackwood_ no es un héroe. Es un joven roto por una tragedia que lo dejó sin familia, sin paz y sin un lugar al que pertenecer. Vive con la culpa, la rabia y el miedo constante de perder el control de algo que… Este capítulo tiene publicado el 21 de febrero de 2026. La Sombra Sin Dios (Novela) tiene 42 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.