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Leer La Madre Noche (Novela) Capítulo 0 online gratis en español
“Yo sé que aún existe.
A pesar de haber pasado tantos años.
Sigue ahí, estoy seguro.
Esa no era la primera vez que yo cruzaba el río; mi padre lo sabía, aunque pretendía no hacerlo. Todos habíamos jugado a saltar el riachuelo de pequeños, pero yo nunca había permanecido del otro lado por más de diez segundos.
El frío quemaba mi piel, la capa de nieve era tan gruesa y suave que tenías que caminar entre ella, y aun así, mi padre caminaba tan deprisa que yo tenía que intentar trotar para seguirle el paso.
Sentí que alguien me observaba en más de una ocasión. Creí que todo estaba en mi mente hasta que vi que él también miraba alrededor en un par de ocasiones.
Fue hasta que estuve allí, frente a las inamovibles paredes de piedra lisa, frente a los símbolos que parecían haber sido grabados hace siglos, que comprendí que las historias no eran sólo historias, que los demonios eran reales.”
─Diario de Eastmund Fulk Siegert
El fogón dentro de la casa Chart fue de los primeros en reavivarse aquella noche, alimentado por los trozos de leña que Erenet acomodaba alrededor del fuego. Mientras tanto, desde su lecho de pieles y paja, su mujer lanzaba maldiciones y protestas.
−¡Erenet! ¡Erenet! ¿Qué vas a hacer tú allá afuera? -pero el viejo leñador no le prestaba atención alguna, su antorcha comenzaba a alimentarse del fuego del corazón de la casa.
−¡Viejo loco! -Erenet la oyó vociferar mientras la helada brisa golpeaba su rostro tan sólo unos segundos más tarde.
Tan sólo unos pasos frente a su casa se encontraba el hogar del anciano Eastmund, los llantos de su nieta se filtraban al exterior, apenas audibles entre la amalgama de aullidos que provenían del bosque.
¡Knock! ¡Knock! ¡Knock!
La puerta parecía querer ceder a cada impacto.
Con su antorcha por delante, Erenet giró de un lado a otro; observó entre las demás casas. Hacia la oscuridad del camino que llevaba a los cultivos. Al camino que llevaba a la iglesia.
Ni un alma a la vista. Aunque parcialmente cubiertas por parchados guantes, sus manos temblaban a la vez que su oído se aguzaba, tratando de discernir algo más entre los agudos gañidos.
Un sonido seco y corto lo hizo girar rápidamente. Casi perdió el balance en ese momento.
La pareja de forasteros salía de su propia casa y Erenet exhaló aliviado. Anne cargaba una azada de piedra, su esposo un hacha mal afilada y una antorcha.
Las puertas comenzaron a abrirse de una en una. Erenet presenció cómo los demás aldeanos salían de sus casas, cubiertos por pieles y telas hasta las barbillas. Mirándose unos a otros. Murmurando y rezando plegarias mientras se acercaban.
Agatha llegó rezagada y se acercó al viejo leñador con paso apresurado, biblia en mano.
─Buenas noches, Erenet ─suspiró ella con voz entrecortada, deteniéndose apenas dos pasos frente a él.
─Agatha ─él asintió en reconocimiento.
El cabello castaño cayó sobre una fracción de su rostro mientras ella se inclinaba hacia adelante, partiendo sus labios sin llegar a pronunciar palabra, pues la puerta frente a ellos se abrió hacia el interior pesadamente.
La mayoría de los cuchicheos se apagaron, sólo los peculiares aullidos provenientes del bosque permanecieron constantes a la vez que Eastmund se detenía en su umbral; sostenía una vela en la mano derecha, y con un lento movimiento miró alrededor, deteniendo la mirada en cada una de las caras en la multitud por un breve instante.
─Eastmund ¿Qué haremos? Deben ser cientos de ellos ─un granjero se acercó un poco más, rompiendo el silencio, deteniéndose justo al lado de Erenet.
─Los perros no están ─agregó el pastor.
Entonces alguien más habló, y otro más.
−¡Silencio! -sentenció Eastmund finalmente.
Y reinó el silencio. Sólo los pequeños lloriqueos de su nieta eran audibles desde el interior de la choza, así como el llanto de otros niños en sus respectivos hogares.
Erenet lo entendió al instante. Incluso inclinó la barbilla suavemente, intentando escuchar algo más con su oído bueno. Pero no había nada más que escuchar. Los aullidos, incesantes y aterradores, se habían detenido.
El círculo de gente que se había formado alrededor de la casa Siegert se congeló. Todos comenzaron a girar, intentando distinguir algo, a la distancia, lo que fuese.
Algunos de los pequeños apenas habían parado de llorar en los brazos de sus madres cuando el silencio se rompió nuevamente.
−Eso no es natural… -murmuró Anne- …ningún animal puede ser tan coordinado
Lágrimas habían empezado a brotar de sus ojos también, y su esposo tuvo que dejar el hacha en el suelo para consolarla.
─Uno de los perros se metió en mi casa ─explicó el esposo de Anne, tratando de llenar el silencio entre los vecinos─, pero el otro pasó de largo en dirección al oeste cuando los lobos…
─¡Esos no son lobos! Todos sabemos que son los licaones ─bramó uno en la muchedumbre, indignado.
─Estupideces ─sentenció Erenet; la base de su antorcha produjo un sonido húmedo al golpear la nieve entre sus pies─. No hubo suficientes venados durante el verano. Deben haber pastado más al sur porque el año fue más frío de lo habitual. Los lobos no pudieron cazar como es debido. Incluso ellos saben que será un mal invierno.
Eastmund posó su pesada mano sobre el hombro de Agatha y ella se irguió ligeramente mientras los murmullos se reanudaban derredor. Algunos sacudieron la cabeza en descontento ante la explicación de Erenet, otros hicieron lo contrario, aunque nadie allí parecía realmente convencido.
─Lobos ─comenzó Eastmund. Los susurros y pequeñas disputas se desvanecieron en un apresurado silencio entre los congregados.
─No ha habido un año en el que nuestros peludos amiguitos no actúen de forma que nosotros no podemos entender.
Al mirar alrededor, Erenet no pudo evitar notar que, aunque la gran mayoría de sus vecinos asentía ligeramente ante las palabras de Eastmund Siegert, Anne y su esposo seguían enfrascados en una conversación privada.
También notó las bolsas negras bajo los ojos del viejo cazador Siegert, la piel le colgaba de su barbilla, sus mejillas parecían huecas.
─El año pasado -continuó Eastmund-, prefirieron entrar al gallinero a pesar de que una oveja se había quedado fuera del cobertizo. Unos meses antes de eso, masticaron la pierna del hermano de Erenet cuando bien pudieron haberse llevado al cordero que había entre el rebaño. ─algunos rieron por lo bajo, incluso el esposo de Anne no pudo evitar subir y bajar la cabeza suavemente.
─Y justo al inicio de año, arrastraron a Maryam al otro lado del riachuelo. ─intervino Joyce con voz quebrada y con ambas manos cerradas en temblorosos puños.
Como la mayoría, Anne dirigió sus ojos al suelo por un momento.
─Efectivamente, Joyce ─retomó Eastmund con voz gentil─. Maryam fue una pérdida para todos nosotros. Mi punto es que nosotros entendemos a los lobos tanto como ellos nos entienden a nosotros, y el intentar comprenderlos a estas alturas, sería perder el tiempo.
─Tal vez deberíamos volver a encender las fogatas, por si acaso. ─sugirió el esposo de Anne.
Anne se apretujó un poco más contra su marido, estrujándole el brazo ligeramente.
Clavando sus ojos en Eastmund, Erenet tensó la mandíbula sin llegar a expresar sus ideas, pues el viejo Eastmund, parecía evitar su mirada deliberadamente.
─Sí. Si los lobos no emigran esta temporada, sería mejor retomar las fogatas. ─añadió el pastor.
Eastmund paseó la mirada alrededor, muchos hombres asentían vigorosamente. Sus ojos se detuvieron en Agatha primero, pero la mujer desvió la mirada rápidamente; después en Erenet, quien sutilmente negó con la cabeza.
─Con… con… la cantidad de animales… ─empezó Eastmund.
−Padre ─Joyce lo interrumpió mientras observaba al joven sacerdote aproximándose desde el sur.
─Joyce, buenas noches ─respondió Yigven al amable saludo, abriéndose paso entre la multitud.
Finalmente, las manos de Eastmund y el sacerdote se estrecharon a la vez que ambos asentían ligeramente con la cabeza. Eastmund observó la cruz plateada que colgaba de una antigua biblia, sostenida firmemente en la mano del padre.
─Hermanos ─continuó Yigven, paseando su mirada alrededor, antes de que Eastmund pudiera decir palabra─, esta noche nos hemos reunido aquí debido… ─pausó por un segundo─ al inesperado recital que nuestro señor preparó para nosotros. Estoy seguro de que se trata de una manada perdida que se encuentra emigrando al sur para seguir a los ciervos durante el invierno…
Un sonoro resoplido salió de la boca de Erenet, lo que menos necesitaba en ese momento era que un loco sacerdote comenzara a azuzar a los demás.
Fue entonces que, al mirar a Anne, notó que ni ella ni su esposo parecían interesados en el padre. Ellos prestaban atención al bosque, sin parpadear ni una sola vez. Rengueó hacia ellos para tener un mejor campo de visión, pero ninguno de ellos movió un músculo.
−Están ahí…
Cada músculo en el cuerpo del viejo leñador se tensó al oír las palabras de Anne, y a pesar de que él no podía ver nada fuera de lo común, pudo sentir cómo el pecho se le apretujaba, como las piernas parecían más ligeras.
Alzando la vista en la misma dirección, puso su oído a trabajar atentamente. El ulular de algún búho sobresalía del sonido de las ramas meciéndose y un pequeño silbido ventoso se producía en la distancia.
El mundo parecía tambalearse bajo sus pies y el temblor de sus manos se intensificó.
Silencio. Absoluto y ensordecedor.
Largos y profundos aullidos rompieron el sosiego del momento, enmudeciendo cualquier otro sonido al instante. La sincronía era tal, que Erenet tardó un momento en comprender que no se trataba de un solo animal.
Cuando el ulular se hubo detenido nuevamente, el alma pareció regresarle al cuerpo.
Mujeres revoloteaban apresuradamente, los llantos ahogaron el silencio, algunos niños llamaban a sus madres, otros simplemente lloraban desamparados.
Un hombre lo empujó al pasar junto a él, dirigiéndose a su casa, las voces de Eastmund e Yigven llamaban a la calma sin éxito. Agatha caminó hacía él, pero fue detenida por Emma, la nieta de Eastmund, quien había salido corriendo de la vacía casa para abrazar a la primera persona que encontró a su paso.
Envueltos en caos, los pobladores comenzaron a desaparecer uno por uno, huyendo despavoridos hacia sus hogares. El temor y el pánico no hicieron más que incrementar a medida que el sonido comenzaba de nuevo, tan intenso como la vez anterior.
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Estás leyendo el capítulo 0 de La Madre Noche (Novela), un novela. Cuándo el invierno llega, las noches se vuelven más oscuras, y las criaturas que acechan en las penumbras salen a cazar. Los dioses antiguos pueden ser la salvación de muchos o la perdición de otros, todo dependerá de… Este capítulo tiene publicado el 31 de agosto de 2026. La Madre Noche (Novela) tiene 2 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.