Morwen el Gentil
La memoria es curiosa en su selectividad.
Puedo recordar con claridad cristalina el peso exacto de la espada de mi maestro cuando la sostuve por primera vez después de su muerte. El timbre preciso de la risa de mi esposa cuando finalmente elaboré un buen chiste para ella. La temperatura exacta del aire la noche que mis alas negras se manifestaron por primera vez: ese escalofrío que no era frío, sino algo más profundo, más íntimo. El dolor agudo, pero extrañamente bienvenido, de la transformación.
Pero mi infancia…
Mi infancia es como mirar a través de agua turbia. Las imágenes están ahí, distorsionadas, fragmentadas. No por algún trauma o supresión consciente, sino por algo más fundamental: durante esos años, yo simplemente existía. Sin propósito definido. Sin dirección clara. Como una piedra en un río, pulida por corrientes que no podía ver ni comprender.
Los detalles se desvanecieron con el tiempo. Rostros borrosos que ya no sé situar en una línea temporal concreta. Nombres olvidados que alguna vez pronuncié a diario. Calles que recorrí cientos de veces y que ahora no consigo visualizar. Pero los sentimientos sí los recuerdo. La calidez de una mano sosteniendo la mía. Esa sensación de pertenencia que, en ese entonces, nunca comprendí del todo, como si fuera un regalo que aceptaba sin preguntar de dónde venía.
Hay razones para eso, supongo. Los recuerdos que conservamos son aquellos que definen en quiénes nos convertimos. Y mi infancia, tranquila y llena de bondad, no me definió tanto como lo que vino después.
Aunque hay fragmentos que persisten. Pequeñas grietas en esa pared de agua turbia.
Recuerdo una vez que mi padre me contó —cuando tenía cinco años y finalmente empezaba a hacer las preguntas correctas— cómo mi madre había dormido plácidamente segundos después de mi nacimiento.
“Fue como si todos los dolores del parto se desvanecieran,_”_ me dijo, con esa expresión contemplativa de alguien tratando de racionalizar lo irracional: una ceja levantada, la mirada perdida en algún punto de la pared, como si aún estuviera procesando el misterio décadas después. “Los sanadores dijeron que nunca habían visto algo así. Tu madre simplemente cerró los ojos y sonrió.”
Esa debería haber sido mi primera pista. Pero, a los cinco años, uno simplemente acepta las historias de los padres como hechos inmutables del universo.
Un niño no pregunta: “¿Por qué mi madre dejó de sentir dolor?”
Un niño solo escucha: “Tu madre durmió bien después de tenerte”, y lo archiva junto a otros datos igualmente inútiles, como el color del cielo o el sabor del pan.
No entendí el significado de eso hasta mucho después.
No hasta que comprendí lo que mi presencia hacía a las personas.