Leer Evolución Rota (Novela) Capítulo 4 online gratis en español

El camino que se adentraba en el bosque, aunque no empinado, pronto se convirtió en un desafío. Las plantas espinosas se aferraban a sus ropas y piel como si intentaran detenerlos, obligándolos a abrirse paso a cada metro. La vegetación dio lugar a árboles colosales, retorcidos y deformes, cuyas ramas se entrelazan tan densamente que formaban una muralla vegetal. Sin despejarla, avanzar era imposible.
El dosel del bosque bloqueaba la luz del sol. Solo haces esporádicos lograban filtrarse entre las hojas, tiñendo el sendero con una atmósfera fantasmal. El silencio dejó de ser vacío y comenzó a vibrar con el zumbido de insectos y los cantos lejanos de aves desconocidas. De vez en cuando, un destello de plumas iridiscentes como un faisán atravesaba la penumbra, aunque nadie sabía cómo criaturas así vivían en un lugar tan apartado.
Alejandro se concentraba en cada corte con el machete, perfeccionando la fluidez de sus movimientos, cuando el sistema emitió una notificación.
\[¡Has dominado la habilidad básica: MANEJO DE ARMAS BLANCAS!\]
Una ola de confianza recorrió su cuerpo. Confirmó la ganancia en el panel de habilidades y, sin dudarlo, asignó sus cuatro puntos guardados a la recién adquirida habilidad. Ya tenía cinco en total. Normalmente, no habría hecho eso; el manejo de cuchillos no era una habilidad de uso común, excepto en cocina. Pero esto no era la ciudad. Este bosque no era normal y tenía un mal presentimiento.
Un cosquilleo recorrió sus brazos. Ajustó su postura de forma casi instintiva, separó un poco las piernas, y con un solo tajo limpio despejó las ramas del frente como si fueran papel.
Laura, detrás de él, lo miró boquiabierta.
— Oye… ¿Has practicado esto antes?
—Sí — respondió mintiendo con calma — De pequeño le ayude a mi abuelo en su finca.
— ¡Es impresionante como cortas tan fácil!
Con sus puntos combinados — 11 en Agilidad y Fuerza, 5 en Armas Blancas y 4 en Combate Cuerpo a Cuerpo. Alejandro era ahora 1.5 veces más rápido que una persona promedio. Un adulto saludable apenas llegaba a 7 u 8 puntos. Él estaba a nivel de un atleta profesional.
La velocidad del grupo aumentó. Ya no era necesario repetir cortes; los tajos de Alejandro eran precisos, eficientes. Consumía menos energía, y la moral del grupo se elevó... por un momento.
Hasta que algo crujió.
Un brillo captó su atención justo al caer una rama. Laura gritó:
— ¡Serpiente!
Una criatura negra, delgada, con puntos amarillos y más de dos metros de largo, se retorcía frente a ellos. Sin pensarlo, Alejandro la partió por la mitad.
El cuerpo de la serpiente se agitó violentamente. Sus colmillos se expusieron en un último gesto de agresión antes de que se apagara su vida.
— ¿Qué ocurrió? — preguntó el Capitán, al ver a Alejandro retroceder.
— Una serpiente. Ya la neutralicé — jadeó él un poco agitado por el susto repentino.
El Capitán se acercó y frunció el ceño.
— Una sabanera… No es venenosa, pero no superan los 40 centímetros. Esta mide más de dos metros. Esto no es normal.
Miró a Alejandro.
— ¿Quieres que alguien tome tu lugar al frente?
Alejandro observó a Juan, luego a David. Sabía que ambos estaban nerviosos. Si uno se lesionaba, el grupo se retiraría. Los necesitaba bien. No podía fallar ahora porque tal vez su amigo moriría si se demoraba más.
— Estoy bien. Solo necesito estar más atento.
El Capitán asintió, satisfecho. Al principio, dudó de él. Ahora, Alejandro era quien mejor se desempeñaba de todos.
Laura, aún pálida por el susto, se colocó justo detrás de él, sin despegarse. Había visto su velocidad de reacción, y aunque no podía explicarlo, sentía que Alejandro no era un hombre común.
El camino seguía. Las ramas lo cubrían todo. De pronto, entre los arbustos, apareció una criatura negra. Desapareció un instante después, solo para reaparecer más adelante. Se detuvo y los observó.
Era del tamaño de un perro grande, pero su cuerpo estilizado y la textura brillante de su piel lo hacían parecer un felino. Sus ojos, de un ámbar penetrante, brillaban con malicia. Había sangre en su hocico.
Alejandro se detuvo en seco, sosteniendo el machete frente a su pecho.
— Parece un jaguar — susurró Laura, temblando.
¡BANG! ¡BANG!
David y el Capitán dispararon casi al mismo tiempo. El animal rugió y huyó de inmediato entre los árboles.
— Era un jaguar — dijo David, frustrado — Pero los jaguares no son negros con ese tamaño. Qué lástima que no lo alcanzamos.
— Algunos jaguares son negros.... Pero ese era... algo diferente — dijo el Capitán. Ordenó a todos mantener las armas desenfundadas. Nadie sabía si el animal volvería.
Pero en su mente, el Capitán estaba seguro: “Eso no era un jaguar.” No quería asustar al equipo, porque él mismo pensaba que era imposible encontrar a un gato de monte tan grande y feroz.
Siguieron avanzando entre la maleza hasta que decidieron tomar un descanso. Alejandro repartió el agua que traía en su mochila. Había traído tres botellas, previendo que terminaría adentrándose en el bosque.
Después de recuperar el aliento, continuaron. El Capitán confirmó la ruta al encontrar rastros del sendero. Pronto, hallaron ramas rotas que indicaban el paso de otros. Por eso empezaron a gritar los nombres de los desaparecidos, esperando que alguno escuchara.
— ¡Mira! ¿Eso es ropa? — exclamó Laura.
Alejandro corrió hacia donde señalaba. Un trozo de tela manchada de sangre colgaba de una rama.
— La sangre es fresca. No más de un día — dijo el Capitán, examinando la tela e incluso oliendo para confirmar que era sangre — Parece que uno de ellos se lastimó.
— Parece que siguieron el sendero y tal vez huían de ese jaguar, no pueden estar lejos ¿Vamos? — propuso Alejandro.
— Vamos.
Siguieron el rastro. Pronto encontraron sangre en el suelo.
Laura miró el rastro agachándose — Debieron ser atacados tal vez por un animal.
¡Bajaron por aquí! — gritó Alejandro, descendiendo con rapidez por un camino que tenía ramas rotas.
Las manchas de sangre se detuvieron abruptamente. Frente a ellos, un sendero serpenteante, demasiado limpio. Las curvas eran uniformes, casi medidas.
— Esto fue hecho por algo grande — dijo David con inquietud — No deberíamos seguir. Es mejor regresar.
Alejandro notó que Juan se quedaba atrás con un rostro pálido. Estaba seguro de que huiría si pudiera.
— ¿Qué haremos, Capitán? — preguntó Laura.
El Capitán respiró hondo.
— No podemos irnos ahora. No sabemos si esa sangre es de los desaparecidos o de un animal. Y si algo así está tan cerca del pueblo… No podemos irnos ahora.
— Esto es una estupidez. Están muertos — protestó David — Estamos perdiendo el maldito tiempo.
Alejandro lo miró con frialdad.
— Eres policía. Compórtate como tal. Si alguien se pierde, hay que buscarlo, para eso te pagan.
David lo fulminó con la mirada y tenía toda la intención de empezar una pelea, pero el Capitán intervino.
— Si no quieres seguir, puedes volver solo. Pero recuerda que dos compañeros tuyos también desaparecieron. ¿Quieres decirle a sus familiares que nos devolvimos porque habían muchas ramas rotas en el camino?.
Tomó su radio, informó la situación al cuartel y pidió refuerzos.
David de mala gana guardó silencio.
El grupo siguió por el sendero. A cada paso, los árboles torcidos y ramas desgarradas revelaban la fuerza de lo que había pasado por allí.
Treinta minutos después, el sendero terminó. Frente a ellos, un claro árido, lleno de ramas secas. En el centro, varios árboles caídos formaban un nido gigante.
El Capitán levantó la mano, indicando silencio. Se agacharon.
— Juan, ve a revisar. Con cuidado. No hagas ruido — ordenó.
Quería enviar a Alejandro, pero no podía seguir cargando el peso de todo. Juan palideció. Dudó. Luego, fingiendo valentía, aceptó.
Avanzó, agachado, como si caminara hacia su ejecución. No había dado más de veinte pasos cuando escuchó un crujido proveniente del nido y vio algo moviéndose. Sus piernas fallaron. Cayó al suelo, inmóvil por el miedo y ocultándose detrás de unas ramas caídas.
El Capitán lo observó con decepción.
— ¡Está avergonzando a toda la policía!
David rió.
— Entonces iré.
El Capitán asintió. David se arrastró con rapidez. Al llegar junto a Juan, lo empujó de vuelta con una sonrisa burlona y siguió.
Minutos después, regresó… pero su rostro antes burlón y lleno de confianza ya había cambiado por uno pálido y asustado.

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Evolución Rota (Novela) Capítulo 4
Estás leyendo el capítulo 4 de Evolución Rota (Novela), un novela. El mundo cambió para siempre el día en que la naturaleza se rebelaron. Plantas y animales comenzaron a mutar en depredadores imposibles, convirtiéndose en monstruos gigantes con habilidades sobrenaturales. Plantas que… Este capítulo tiene publicado el 2 de agosto de 2026. Evolución Rota (Novela) tiene 30 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.