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Leer El Regreso del Profesor Runebound (Novela) Capítulo 886 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Vincent Lionsheart nació para la victoria. Sus padres incluso se habían tomado la molestia de elegirle un nombre que, según ellos, se asemejaba mucho a la palabra misma. Ambos nombres empezaban con V y tenían exactamente siete letras. Pero sus padres habían hecho todo lo posible para que las similitudes no terminaran ahí. Le encontraron los mejores tutores. Se aseguraron de que creara las runas más poderosas posibles para una familia de su estatus, lo cual era mucho decir. La vida de Vincent fue bastante sencilla. Podría resumirse en una sola frase. Vincent ganó. Habría sido bastante difícil no hacerlo. No tenía ningún problema en admitir que prácticamente todo se le había dado en bandeja de plata. Vincent no había holgazaneado durante sus lecciones, ni sus tutores le habían permitido hacer trampas. Los Corazón de León eran una familia de guerreros. No necesitaban hijos perezosos que solo vivieran del nombre que sus antepasados habían forjado con sangre y lágrimas. El poder conllevaba responsabilidad, y Vincent lo sabía desde que empuñó una espada por primera vez. Había sido creado a la perfección. Cada lección, cada instante de su vida, había sido cuidadosamente diseñado para asegurar que no quedara la menor duda sobre su carácter y propósito. La familia Corazón de León no admitía perdedores entre sus miembros, y él era la culminación de sus esfuerzos. Durante los últimos veintiséis años de su vida, Vincent había estado a la altura de las exigencias que se le habían impuesto. Había luchado. Se había vuelto más fuerte de lo que incluso su propia familia creía posible. Y había ganado. Una y otra vez. Claro, Vincent Lionsheart había perdido batallas. Había sido derrotado en combates de entrenamiento y había sido humillado repetidamente, haciéndole dolorosamente consciente de su debilidad. Pero se levantaría una vez más. Entrenaría. Se haría más fuerte. Y luego lo intentaría de nuevo. Y entonces ganaría. Quizás no al primer intento. Quizás ni siquiera al segundo. Pero, inevitablemente e invariablemente, ganaría. Jamás había perdido una batalla y así lo dejaba. Simplemente era así. Tenía un propósito. Uno demasiado grande como para siquiera contemplar la idea del fracaso ante algo inferior. Cada aspecto de su vida lo había llevado a una sola tarea. Vincent Lionheart existía para ganar el Torneo del Camino Celestial. Su propósito era elevar el nombre de los Corazones de León a un nivel nunca antes visto. Convertirse en el aprendiz del mago más poderoso del reino y alcanzar cotas insospechadas, superando incluso a quien pronto sería su maestro. Vicente Corazón de León no aceptaría nada menos en su vida que convertirse en un dios. Eso era lo que su familia le exigía. Eso era lo que habían pagado con su sangre, sudor y lágrimas. Todas sus esperanzas y sueños habían quedado atrás. Y con semejante carga, no podía dejar de ganar ahora. Incluso el universo mismo parecía reconocer ese hecho. Cuando finalmente lo llamaron para pelear en el primer asalto, lo recibieron con música. La canción había sido inquietante. Poderosa. Le erizó el vello y le hizo latir el corazón con fuerza, como a un adolescente emocionado a punto de declararse a su primer amor. La melodía lo llenó de tal determinación y emoción que apenas pudo contenerse y esperar a que el cronómetro, allá arriba, llegara a cero. Era una oda, y aunque Vincent no se hacía ilusiones de que estuviera dedicada a él, decidió interpretarla como tal. Y esas cosas debían apreciarse como es debido. Mientras los demás magos se agrupaban y se preparaban para luchar, Vincent, con inquietud, miraba los números que figuraban en el cielo, simplemente escuchaba. La música parecía aparecer y desaparecer intermitentemente. A veces, pensaba que se había esfumado por completo. Había momentos en que se detenía del todo. Luego volvía a sonar, como si quien la tocaba recordara de repente que su trabajo aún no había terminado. Fue fascinante. Casi se sintió decepcionado cuando el temporizador llegó a cero. Pero Vincent tenía un deber. En el mismo instante en que el anuncio de Baun resonó en el aire, Vincent se puso en marcha. El destello y el estruendo de la magia lo envolvieron por completo mientras la arena entera se sumía en el caos en un instante. No le prestó atención. En algún rincón de su mente, Vincent aún podía oír la hermosa melodía que se abría paso entre el estruendo ensordecedor de los hechizos que chocaban. Pasó rápidamente junto a todos los magos agrupados. Probablemente ninguno merecía su atención. En cambio, fijó su mirada en la maga solitaria más cercana: una joven de piel bronceada y cabello largo y negro. Sus rasgos afilados indicaban que probablemente provenía de las afueras del Imperio. Vincent se abalanzó sobre ella a toda velocidad. Chispas danzaron en el suelo a su paso mientras alzaba su esbelta espada. Se detuvo bruscamente a varios metros de distancia, con el arma en alto, apuntando a su garganta. Ella giró, pero un instante demasiado tarde. Vincent estaba seguro de que podría haberla atravesado con su espada en el tiempo que le había tomado percibir su presencia. Pero ninguna victoria conseguida fácilmente podría considerarse una victoria en absoluto. —Estás solo —dijo Vincent—. Yo también. ¿Nos vamos? —¿Qué pasa, grupo? —preguntó la mujer. Parecía distraída, como si su atención estuviera en otra parte. Vincent casi se echó a reír. “No. Pelea. No estoy aquí para esconderme detrás de otro.” La mirada de la mujer se fijó en él. Luego bajó la guardia. «Claro. Más educada de lo que pensaba. No creí que la gente andaría preguntándome si iban a pelear antes de atacar. ¿Por qué no?» Clavó un pie en el suelo. Un anillo de tierra puntiaguda estalló a su alrededor con un fuerte crujido. Vincent saltó hacia atrás, evitando por poco que un crecimiento dentado se le clavara en el pecho. Se agachó y rodó mientras un disco giratorio de viento se materializaba en el aire a sus espaldas. Un crujido eléctrico recorrió sus extremidades. Apoyó los pies contra la corriente y se lanzó hacia adelante con una risa de júbilo. Su cuerpo se volvió borroso mientras aceleraba. La mujer giró hacia un lado, con el cabello ondeando a su alrededor. Logró esquivar el impacto justo a tiempo. Vincent se estrelló contra el lugar donde ella había estado, lanzando fragmentos de piedra en todas direcciones. Ríos de magia fluyeron por su cuerpo y se hundieron en el suelo. Giró sobre sí mismo, lanzando su estoque para morder a la mujer, pero ella, al girar, apartó su brazo con la mano y le propinó una patada brutal directa a la cabeza. Vincent la esquivó y extendió su mano libre. Un torrente de energía eléctrica estalló con un silbido crepitante. Saltó hacia atrás, aterrizando en el borde del anillo de púas que había invocado momentos antes, para luego impulsarse hacia atrás y crear espacio. Vincent no la dejó. Su cuerpo se volvió borroso, persiguiéndola mientras la energía eléctrica recorría sus extremidades. Los dos danzaron por la arena. Pilares de energía resplandeciente se desplomaron, engullendo a los magos caídos a su alrededor. Intercambiaron golpe tras golpe, buscando cada uno una abertura en las defensas del otro, pero sin lograr encontrarla. —¿Quién te entrenó? —gritó Vincent, mientras chispas salían de su espada al chocar contra una estaca de piedra—. ¡Tu estilo de lucha no se parece a ningún otro que haya visto! La mujer agarró la estaca y se lanzó hacia adelante, propinándole una patada que impactó de lleno en el cráneo de Vincent. Él se apartó girando y el talón de ella golpeó el suelo con la fuerza suficiente para agrietarlo. —Mi padre —respondió ella, alzando las manos delante de sí mientras seguía su gesto con ojos cautelosos—. Far-sed. ¿Y tú? —Nunca he oído hablar de él. Quizás debería —respondió Vincent—. Y fui entrenado por muchos. Soy Vincent Corazón de León. Vincent aceleró. Apareció frente a la mujer, clavando su espada en su pecho. Algo se desdibujó hacia él por el rabillo del ojo. Reaccionó al instante, invocando un disco de viento aullante a su lado un instante antes de que una pesada piedra lo atravesara. Pero el disco le dio el tiempo justo para dejarse caer, permitiendo que la mortal roca pasara a toda velocidad por encima de él. Vincent rodó hacia un lado mientras la mujer se hundía un palmo en el suelo donde él había estado un momento antes, y luego se puso de pie de un salto. —Soy Seleth —respondió la mujer. Entonces bajó las manos. Una plataforma de tierra se elevó bajo Vincent, lanzándolo por los aires. Sus ojos se abrieron de par en par por un instante cuando ella le lanzó una afilada estaca de piedra. Recurrió a su magia y se impulsó en el aire, lanzándose de nuevo al suelo y golpeándolo en una nube de chispas. La música volvió a sonar. Esta vez, más cerca, provenía de un lado. Pero la proximidad no fue el único cambio. Los ojos de Vincent se abrieron ligeramente. Estaba disminuyendo la velocidad. Era como si su cuerpo se viera obligado a escuchar. Se levantó de su posición, pero el ataque que había planeado nunca se materializó. Simplemente se detuvo a treinta centímetros de Seleth y lanzó una mirada furtiva en dirección a la canción. Más allá de un pequeño grupo de magos que luchaban, un hombre enmascarado permanecía de pie. Vestía túnicas negras con delicadas telas plateadas. Un hermoso instrumento de cuerda descansaba sobre su barbilla, y la inquietante melodía que emanaba del campo de batalla resonaba con creciente intensidad. En la mente de Vincent, la confusión se mezclaba con el asombro. No lo vi por ningún lado. ¿De dónde salió? No parece que se haya movido, pero si hubiera estado allí, sin duda lo habría notado. La pausa duró solo un instante. Casi le cuesta la vida a Vincent. Por poco, apartó la cabeza de uno de los ataques de Seleth. Parecía que ella también estaba distraída, pero no había visto al hombre enmascarado. Estaba detrás de ella. Su música por sí sola había bastado para distraerlos a ambos. Y esa pausa bastó para que las cosas cambiaran. Algo cruzó el aire borrosamente. No era Vincent, sino una estela negra que se dirigía directamente hacia la cabeza de Seleth. Provenía de un mago de uno de los grupos que los rodeaban. Seleth no lo sabía. Seguía concentrada en atacarlo. Era la música. Había algo en ella que acaparaba tanta atención que Vincent sabía con certeza que él mismo no habría previsto el ataque si hubiera ido dirigido a su cabeza. Se lanzó hacia adelante. Una estaca de piedra le rozó el hombro, dejando una fina línea en su carne al pasar rozando su brazo extendido. Seleth se apartó de su mano, pero él no la había alcanzado. Un disco de aire giratorio se formó en sus manos, crepitando con una furiosa electricidad amarilla. El rayo impactó contra su magia y se hizo añicos en fragmentos giratorios de energía sombría. Vincent recurrió a su magia, preparándose para lo peor. Su movimiento lo había dejado muy expuesto a un contraataque de Seleth, que se encontraba a escasos centímetros de él. Pero no llegó ningún golpe. Su pie tocó el suelo y giró hacia Seleth. Ella estaba exactamente donde había estado un momento antes, a solo treinta centímetros de él. Una expresión de confusión desfiguró su rostro. “¿Acabas de… bloquear un ataque por mí?” —Estaba interfiriendo en nuestra pelea —respondió Vincent con disgusto—. Detesto las batallas cuerpo a cuerpo. No tienen ni pizca de decoro. Una victoria conseguida a costa del sufrimiento ajeno no es ninguna victoria. Las comisuras de los labios de Seleth se crisparon. “Ridículo. Pero supongo que debería darte las gracias. Yo… eh, ¿seguimos peleando?” —Por supuesto —dijo Vincent. Sonrió y extendió el puño cerrado—. ¿Has practicado esgrima antes? “¿Un toque de puño?” Seleth parpadeó. Luego rió y extendió la mano para chocar su puño con el de él y reanudar la pelea. Pero, antes de que su mano pudiera alcanzar la suya, abrió mucho los ojos. “¡Detrás de ti!” Vincent giró sobre sí mismo, solo para encontrarse con un hombre bajito a escasos centímetros de ellos, cuyas chispas de Magia Espacial aún emanaban de su cuerpo. Una sonrisa salvaje ya se dibujaba en el rostro del hombre, y una larga hoja de energía negra en sus manos se dirigía hacia él y Seleth. Recurrió a su magia para crear un escudo protector de energía tormentosa. Pero ya era demasiado tarde. La espada se movía con demasiada velocidad y estaba demasiado cerca. Se había divertido demasiado y había bajado la guardia. Vincent apretó los dientes. Luego se oyó un golpe seco y húmedo. El mundo quedó en silencio. Vincent se puso rígido. Pero no sentía dolor. La hoja que el hombre sostenía en la mano chisporroteó. Sus ojos se abrieron como platos, sus labios se entreabrieron con incredulidad. Entonces, una fina línea roja le cruzó el hombro. Su mano cayó al suelo con un golpe seco y húmedo. Un grito desgarrador escapó de sus labios y giró sobre sí mismo, solo para que su otro brazo se desprendiera de su cuerpo y se uniera al primero. El hombre resbaló en su propia sangre, cayendo de espaldas y mirando hacia arriba horrorizado. Vincent se percató de que aquel momento no era silencio en absoluto. La música acababa de parar de nuevo. Ante todos ellos se encontraba el hombre enmascarado. Sostenía el arco de su instrumento con una mano suelta y relajada que dejaba ver una gota de sangre que resbalaba por su cuerda. Una gota de sudor le resbaló por la nuca a Vincent. Del hombre enmascarado emanaba un aura opresiva, tan densa que amenazaba con asfixiarlo en el acto. Él… ¿me salvó? El hombre enmascarado miró al mago caído. “¡Me rindo!”, gritó el mago, recuperando la consciencia. Un pilar de luz se desplomó y lo engulló por completo. Luego desapareció, y Vincent se encontró cara a cara con el músico. Ni siquiera lo vi moverse. ¿Se movió siquiera? ¿Cómo es que está aquí? El aura opresiva golpeaba su mente como un ejército que asediaba sus pensamientos. Algo andaba mal con aquel hombre. Algo profundamente extraño. —Seleth —dijo Vincent con inquietud—. He cambiado de opinión. ¿Te gustaría formar equipo? Solo por un momento, claro. Seleth no respondió. Su mirada estaba fija en el hombre, con el horror reflejado en su rostro. —No tiene sentido —susurró Seleth. Sus ojos estaban fijos en el hombre con incredulidad—. Estamos muertos. —¿Seleth, verdad? —preguntó el hombre. Su voz sonaba distante y ancestral tras la máscara, como si fuera un espectro antiguo en lugar de un simple mortal. Algo en su vestimenta debía de estar alterando su voz—. No me había dado cuenta de que estabas aquí. Qué suerte. Servirás. Luego desapareció. La sangre le latía con fuerza en la cabeza a Vincent. Se giró, buscando al hombre o su música, pero no había rastro de ninguno. Ni siquiera había señales de su muerte. El hombre simplemente… se había esfumado. Sus ojos volvieron a posarse en Seleth. Sus facciones estaban pálidas. —¿Lo conoces? —preguntó Vincent. El corazón le latía con fuerza. Cualquier pensamiento de reanudar la pelea con ella se había desvanecido. —¿Era tu aliado? —No —dijo Seleth, sin dejar de mirar el lugar donde había estado el hombre enmascarado—. No creo que sea aliado de nadie. —Entonces, ¿por qué nos salvó? —preguntó Vincent—. ¿Y qué quiso decir con «Lo haréis»? Seleth negó con la cabeza. Luego tragó saliva. "No sé."
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El Regreso del Profesor Runebound (Novela) Capítulo 886

Estás leyendo el capítulo 886 de El Regreso del Profesor Runebound (Novela), un novela. Las vidas son moneda corriente, y Noah Vines es rico. Reencarnado en el cuerpo de un profesor de magia envenenado, Noah recibe más que una segunda oportunidad. Cada vez que muere, su cuerpo se reforma. Con infinitas… Este capítulo tiene publicado el 7 de agosto de 2026, Traducido por el grupo Crowli. El Regreso del Profesor Runebound (Novela) tiene 923 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.