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Leer El Regreso del Profesor Runebound (Novela) Capítulo 849 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Noah abrió los ojos de golpe y se le hizo agua la boca. El aroma a cangrejo cocido impregnaba el aire con tal intensidad que casi podía saborearlo. A este olor se sumaba el leve crepitar y el calor de una hoguera a sus espaldas. Se giró. Lee estaba sentada detrás de él, sosteniendo con una mano una enorme pata de cangrejo que fácilmente duplicaba su estatura sobre el fuego. Los restos de varias patas ahuecadas estaban esparcidos a su alrededor. Había acabado con el monstruo en un abrir y cerrar de ojos. ¡Mierda! ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? ¿Cómo logró encender una barbacoa tan rápido? Lee le echó un vistazo. —¡Oh! Eso fue más rápido de lo que esperaba —dijo Lee, ladeando ligeramente la cabeza—. Hueles un poco diferente. ¿Hiciste tu...? —No lo hagas —dijo Noé. Lee sonrió. "No dije nada". —Estoy en tu cabeza —respondió Noah mientras se ponía de pie y se sacudía la ropa. No hacía falta. La ropa de Eliana no tenía ni una sola mota de polvo. Era realmente impresionante. —Y sé exactamente lo que estabas pensando. “No, no.” —Estás pensando en el cangrejo —dijo Noah, mientras se acercaba a Lee junto al fuego. Sus ojos se abrieron de par en par. "¿Has metido una runa de Mente en algún lugar de la del Volcán?" —No —dijo Noah—. No creo que nadie necesite uno de esos para saber lo que estás pensando. Lee resopló. Flexionó los dedos. Le resultaba cada vez más difícil sentir los cambios que se producían al añadir nuevas runas de rango 5 a su alma. No era porque fueran más débiles. Su alma era ahora tan grande que las runas adicionales simplemente no alteraban en absoluto la presión que emanaba. Solo me faltan dos runas para llegar al Rango 6. No sé si podré conseguirlas antes del torneo. Quedan menos de dos semanas… pero creo que ya tengo bastante claro hacia dónde quiero dirigir mi Rango 6. Conseguir las últimas runas no debería ser demasiado difícil. Si tuviera a Grim, probablemente lo lograría en una sola tarde. Un leve ceño fruncido asomó en los labios de Noah. No duró mucho. Grim y Moxie estaban cerca. Lo sabía. Y en pocas semanas, volvería a encontrarse con ellos. Solo tenía que asegurarse de rendir lo suficientemente bien durante el torneo para llamar su atención, o aguantar hasta que Lee lograra encontrarlos. Me pregunto qué tan poderosa será la nueva runa. Noah extendió la mano hacia Cataclismo Volcánico. Su poder burbujeó en su interior mientras su mente lo rozaba. La magia se concentró en sus dedos, calentando el aire. Apoyó la mano en el suelo a su costado y liberó una pequeña porción de la fuerza de la runa. La tierra se agrietó. Una grieta de casi dos metros de largo se abrió paso a través del suelo, desgarrándolo mientras una ola de calor emanaba de su interior. Noah controlaba la magia con firmeza. No quería volarse por los aires a sí mismo y a Lee por accidente. El hecho de que la runa tuviera la palabra "destrucción" en su nombre no significaba que fuera a dejarla descontrolarse. Una luz naranja fundida brotó de la grieta mientras burbujas de lava caliente estallaban, devorando la roca mucho más rápido de lo que Noé había previsto. Si hubiera invertido un poco más de energía en la runa, probablemente habría estallado desde el suelo como un géiser. Cortó el flujo de energía que llegaba a la runa casi al instante. La lava se calmó, la magia que impulsaba el calor que la llenaba se desvaneció rápidamente, dejándola convertirse de nuevo en nada más que piedra caliente. Él y Lee miraron la grieta aún humeante en la tierra. Luego se miraron el uno al otro. —¿Cuánta magia fue eso? —preguntó Lee. —No mucho —respondió Noah—. Y tampoco estaba muy concentrado. Intentaba contenerme. —Me da un poco de pena por el próximo monstruo al que nos enfrentemos —dijo Lee. Le dio un mordisco a su pata de cangrejo humeante—. Va a acabar cocinada. *** Liya, la buscadora de la verdad, reprimió el impulso de mecerse en la silla de respaldo duro en la que había tenido la desgracia de sentarse. La madera dura era, de alguna manera, menos cómoda que el suelo, y el olor rancio a carne demasiado cocida y pan duro no ayudaba en absoluto. Sentía los ojos como si estuvieran llenos de arena. El sueño la arrastraba hacia la mesa que se extendía en los límites de su visión, y el sonido monótono de los cubiertos rechinando contra los platos ya no la ayudaba. No recordaba la última vez que se había quedado dormida. Habían pasado al menos cuatro días. Cuatro días sin matar a un solo monstruo. De hecho, habían pasado cuatro días sin hacer prácticamente nada. Cualquier cosa menos mirar. Pero Og le había dado órdenes a Liya. Ella conocía su propósito. Y para cumplirlo, permanecería allí hasta el fin del mundo. Liya se sentaría en la silla, aunque le llenara las nalgas de tantas astillas que jamás pudiera volver a sentarse, hasta que su tarea estuviera cumplida. En algún lugar de esta taberna había un falso heraldo. O, al menos, lo habría. No sabía cuándo. No sabía quién. Desde luego, no sabía por qué. Pero el Falso Heraldo se acercaba. Og le había dicho que vigilara, y así lo hizo. Ni siquiera le había parecido que fuera a ser un papel muy difícil. Podrías estar leyendo contenido robado. Visita el sitio original para leer la historia auténtica. La taberna se encontraba en algún pueblo cercano al centro del imperio Coral, pero no lo suficientemente cerca como para despertar el interés de nadie importante. Y un Falso Heraldo —sin importar las mentiras con las que se escondieran— seguía siendo poderoso. Por eso representaban una amenaza. Debería haber sido fácil identificarlo. Por desgracia, el torneo lo había arruinado todo. Habían pasado tantos aventureros, tantos guerreros poderosos, solo ese día, que no tenía ni la más remota idea de quién podría ser el Heraldo. Lo sabrás. Cuando lo veas, lo sabrás. Eso es lo que había dicho Og. Los ojos de Liya parpadearon. Apretó la mandíbula. Sacudió la cabeza y se obligó a mantenerse despierta. Había otros buscadores de la verdad en la taberna. Ella y otros. No era la única que observaba. Encontrarían al Falso Heraldo. Pero no bastaba con ellos. Tenía que ser ella. Así demostró su lealtad. Así se liberó de las filas exteriores y se acercó un paso más a ver... Un estruendo interrumpió los pensamientos confusos de Liya. Tazas y platos se estrellaron contra el suelo, estallando en una lluvia de cerámica. Sus ojos se dirigieron rápidamente hacia la fuente del ruido y casi saltó de su asiento de la emoción. Un entusiasmo que se desvaneció casi al instante. Dos aventureros, de alguna manera, habían chocado de frente. Un hombre lagarto, cubierto de escamas verde opaca y con una docena de brazaletes de oro deslustrado apilados en sus brazos, había caído de espaldas. La cerveza goteaba de él, manchando su ropa oscura y escurriéndose por su cabeza calva. Sobre él se alzaba un hombre gigantesco, de al menos tres metros de altura, cubierto de tanta musculatura que probablemente le había retorcido el cerebro hasta convertirlo en pulpa. Un par de hachas enormes se cruzaban sobre su espalda. —Ah, mierda —dijo el hombre corpulento, sin parecer demasiado preocupado—. No te había visto. Lo siento. El hombre lagarto se incorporó. Los brazaletes de sus brazos chocaron entre sí mientras se ponía de pie, escurriendo la cerveza de su camisa. —Es comprensible —dijo el hombre lagarto, dándole una palmada en el brazo al hombre más grande—. Dudo que seas capaz de ver más allá de tus enormes pectorales. El error fue mío por no fijarme por dónde caminaba. Estaba distraído. El hombre corpulento asintió. Luego se hizo a un lado, rodeó al hombre lagarto y se dirigió a su mesa. Un destello de fastidio cruzó el rostro de Liya. Se había distraído tanto con ese par de idiotas que el Falso Heraldo podría haber pasado desapercibido ante sus narices. Eso era inaceptable. Tenía que ser ella quien encontrara a su objetivo. Podría ser cualquiera. En cualquier lugar. Necesito estar atento al poder. A alguien peligroso. Alguien que se atreva a oponerse incluso al Verdadero Heraldo. No fallaré en mi deber. Yo... Había alguien de pie frente a ella. Liya parpadeó. Luego entrecerró los ojos. El hombre lagarto se había interpuesto en su camino, bloqueando su visión de la habitación. Aún olía a cerveza rancia. —Apártate —dijo Liya bruscamente—. No me interesa hablar. —Tienes una servilleta. Una que no estás usando —dijo el hombre de escamas, señalando con la cabeza la mesa junto a ella—. Y yo tengo una cantidad desagradable de bazofia mal preparada encima. Confío en que te quede claro que estás en condiciones de ayudarme. Liya agarró el trozo de tela y se lo arrojó, apartándolo físicamente de su vista. —Tómalo y vete. Una risa sibilante escapó de los labios delgados y escamosos del hombre. Sus dedos rozaron la mano de ella al tomarla. Estaban helados. —Gracias —dijo el hombre. Acercó una silla junto a Liya y se sentó justo al borde de su campo de visión mientras se limpiaba. Sacó la lengua para oler el aire. Era de un color púrpura pálido, tan enfermizo que juraría que le habría quedado mejor a un cadáver. —Pareces estar muy absorta. ¿Qué es lo que te cautiva? —No me interesan tus insinuaciones —dijo Liya—. Vete. —Qué temperamental —dijo el hombre con otra risa sibilante—. El torneo parece tener a todo el mundo muy nervioso. Me pregunto por qué. ¿Acaso no vinimos todos aquí por la misma razón? —No —dijo Liya con brusquedad. Recorrió la habitación con la mirada, pero seguía sin haber rastro del Falso Heraldo—. No lo hicimos. Y no tengo ningún interés en seguir hablando contigo. —Muy bien —dijo el hombre, con una mueca de desprecio en los labios. Luego dejó la servilleta empapada sobre la mesa junto a ella—. Le deseo mucha suerte en la búsqueda de lo que desea. Luego desapareció, deslizándose entre la multitud y saliendo de la taberna. Liya apretó los dientes. Si ese tonto me hizo perder la oportunidad de encontrar al Falso Heraldo… Los demás Buscadores de la Verdad no se habrían distraído. Todos estaban observando. Justo como ella quería. Si aún no se habían movido, entonces el Falso Heraldo aún no había llegado. Quizás era hacer trampa. Pero a Liya no le importaba. Lo único que importaba era la victoria. Se atrevió a echar una mirada de reojo a la que tenía más cerca de entre sus compañeras. Entonces parpadeó. Yacía boca abajo, hecho un ovillo, en el suelo, a varias mesas de distancia de ella. La gente lo esquivaba. Nadie siquiera lo había mirado. Había borrachos desmayados de sobra en la taberna, pero Liya sabía una cosa con certeza: ningún buscador de la verdad se emborracharía con un trabajo de esta magnitud en juego. ¿Qué está sucediendo? Liya se levantó de la silla y corrió hacia el hombre, agachándose a su lado y agarrándolo por el hombro. Un olor nauseabundo flotaba en el aire a su alrededor, como a tierra enfermiza y podredumbre dulce. Liya lo volteó. El rostro del Buscador de la Verdad había desaparecido. Restos de carne derretida colgaban de huesos en descomposición, y la mueca desmoronada de su esqueleto la miraba con desprecio desde más allá de la tumba. Los ojos de Liya se abrieron de par en par. Retrocedió tambaleándose, tropezando con sus propios pies y cayendo de espaldas. Se incorporó tan rápido como había caído, con el corazón latiéndole con fuerza mientras giraba para inspeccionar la habitación. Por primera vez, dirigió una mirada hacia los demás Buscadores de la Verdad. Una figura encorvada sobre una mesa. Una mujer se acurrucó hecha una bola al borde del mostrador. Dos hombres yacían uno sobre el otro, inmóviles. Un escalofrío le recorrió la nuca. Se le erizó el pelo. Todos y cada uno de ellos estaban muertos. Y sus muertes habían sido tan silenciosas que nadie se había percatado. Aunque todos los Buscadores de la Verdad se habían mantenido alejados de miradas indiscretas, debería haber habido al menos algún tipo de revuelo. No se habrían rendido sin luchar. Pero no había habido ninguno en absoluto. ¿Cuándo ocurrió esto? Entonces comenzaron los gritos. El hombre corpulento de hacía unos instantes se incorporó tambaleándose, agarrándose el pecho y aullando. Se arañó a sí mismo, desplomándose sobre una mesa y haciendo añicos la vieja madera bajo su peso. Esta se derrumbó con un fuerte estruendo. El hombre se levantó de un salto, girando como si estuviera en llamas. “¡Ayuda!”, gritó. “¡Que alguien me ayude!” Y entonces Liya lo vio. Una viruela amarilla burbujeante, espesa y viscosa, brotaba de su pecho arrastrando consigo capas de piel, músculo y órganos. Incluso sus huesos, ahora expuestos, se desprendían en una espesa sopa. Era el mismo tipo de magia que había matado a los Buscadores de la Verdad... pero una versión considerablemente menos dolorosa, a juzgar por cómo sus gritos fueron los primeros en resonar en la habitación. El hombre tropezó, cayendo al suelo con un fuerte golpe. Sus órganos internos se esparcieron a su alrededor, derritiéndose en una masa repugnante. Los gritos resonaron en la taberna en un instante. La gente chocaba entre sí mientras se formaba una estampida en un instante, y todos corrían hacia la puerta intentando escapar del misterioso atacante. Pero Liya no se movió. Se quedó inmóvil, paralizada, mirando horrorizada lo que quedaba del hombre corpulento. La masa burbujeante que una vez había sido un ser vivo. Liya no se movió porque no tenía sentido. Una gota de sudor frío le resbaló por la nuca. Le ardía la mano.
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El Regreso del Profesor Runebound (Novela) Capítulo 849

Estás leyendo el capítulo 849 de El Regreso del Profesor Runebound (Novela), un novela. Las vidas son moneda corriente, y Noah Vines es rico. Reencarnado en el cuerpo de un profesor de magia envenenado, Noah recibe más que una segunda oportunidad. Cada vez que muere, su cuerpo se reforma. Con infinitas… Este capítulo tiene publicado el 30 de marzo de 2026, Traducido por el grupo Crowli. El Regreso del Profesor Runebound (Novela) tiene 923 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.