Leer El Juego del Árbol del Mundo (Novela) Capítulo 40 online gratis en español
🏴 Grupo: Nishino✍️ Traducción: Nishino
Los tres sacerdotes Duendes se miraron entre sí y soltaron un bufido despectivo.
"Escondamos las ofrendas primero e iremos a ver qué está pasando afuera".
"De acuerdo".
"¡Unf!"
Metieron a toda prisa los cristales de sangre divina detrás de la estatua divina y, bajo la guía del duende herido, salieron del santuario.
La noche ya era profunda, y la luna plateada en el horizonte colgaba tan redonda y nítida como un disco de jade, pero los Duendes en el suelo no tenían el menor interés en apreciarla.
En ese preciso instante, Florencia se había convertido en un caos absoluto.
Llamaradas de fuego y gritos de guerra inundaban cada rincón. Bajo la densa penumbra nocturna, hacían que las de por sí caóticas ruinas de Florencia se volvieran todavía más desastrosas.
Cuando los tres sacerdotes Duendes salieron del santuario, finalmente pudieron ver a los supuestos "demonios".
La vista de los Duendes no era muy buena, en especial durante la noche; no lograban distinguir con claridad los rostros de los invasores, pero sí veían perfectamente esos pares de ojos que centelleaban con un brillo espectral en la oscuridad.
A diferencia de los Duendes, los elfos del continente de Saigües poseían visión nocturna. Su capacidad visual apenas se veía afectada por la noche, algo similar a los felinos en el Planeta Azul. Sus ojos, al reflejar la luz de la luna plateada, resplandecían intensamente como linternas en medio de la penumbra.
Si a eso se le sumaba la ferocidad, la codicia y la fría crueldad que desbordaban sus miradas, junto con los vítores y las sonrisas siniestras que soltaban al masacrar a los Duendes, lo cierto era que guardaban un enorme parecido con los demonios de las leyendas.
"¿Qué clase de monstruos son estos?"
A los tres sacerdotes Duendes se les erizó la piel por el terror.
Uno de ellos se estremeció y, armándose de valor, comenzó a entonar un cántico para conjurar un sortilegio divino de iluminación.
Bajo la resplandeciente luz sagrada, una amplia zona se iluminó al instante, y las figuras de los invasores quedaron expuestas por completo ante los ojos de los Duendes.
"¡¿Elfos?!"
Al contemplar a aquellos enormes seres de expresiones feroces y entusiastas, que llevaban colgadas una hilera de cimitarras, arcos e incluso ropas andrajosas obtenidas como botín, y cuyos cuerpos estaban prácticamente teñidos de rojo por la sangre, los tres Duendes exclamaron perdiendo la voz al mismo tiempo.
No... ¿De verdad eran elfos?
Los elfos eran criaturas amantes de la paz; incluso en los momentos más difíciles de su raza, sus acciones contra los Duendes se limitaban a la expulsión, ¡jamás a una masacre!
Pero estos tipos...
Con solo una mirada, los sacerdotes distinguieron en ellos rasgos que un elfo jamás poseería...
Codicia, frialdad, crueldad...
Miraban a los Duendes como si contemplaran a una presa.
Mataban por el simple hecho de matar, e incluso se sentían eufóricos por la matanza.
Eran capaces de ignorar sus propias heridas con tal de seguir cazando, como si el cuerpo lastimado no fuera el suyo.
No solo eso, cada vez que eliminaban a un duende, le despojaban de todas sus pertenencias, aunque fuera un simple garrote mohoso o una prenda rota y maloliente...
¡Por el Dios del Invierno y la Caza! ¡¿Eran acaso demonios salidos del mismísimo infierno disfrazados de elfos?!
A los tres sacerdotes Duendes se les puso la carne de gallina.
Y en el momento en que el sacerdote duende conjuró el sortilegio de iluminación, sus siluetas también fueron divisadas por los elfos.
Al instante, los ojos de todos los elfos se iluminaron. Esas miradas, que asemejaban a las de bestias gigantescas hambrientas, hicieron que un frío glacial recorriera el corazón de los sacerdotes Duendes.
"¡Sacerdotes! ¡Son sacerdotes Duendes!"
"¡Cincuenta puntos de contribución por asistencia! ¡Quinientos por muerte en solitario!"
"¡Quítense del camino! ¡Nuestro grupo los vio primero!"
"¡Mátenlos!"
"¡Seguro tienen cosas buenas encima!"
Las voces de los elfos se tornaron aún más frenéticas. Discutían y gritaban mientras se abalanzaban hacia los tres Duendes como una marea humana.
A los tres Duendes se les entumeció el cuero cabelludo al percibir las fluctuaciones de energía del rango de hierro que los rodeaban; de inmediato, les entraron unos deseos incontenibles de retroceder...
"¡Atrás... atrás... regresen al santuario!"
No dudaron ni un segundo; dieron media vuelta y salieron huyendo.
"¡Enredar—!"
Sin embargo, antes de que pudieran dar dos pasos, una voz serena resonó. Acompañadas por una fluctuación de maná, varias enredaderas tan gruesas como una muñeca brotaron repentinamente del suelo y se abalanzaron para atraparlas.
Los tres sacerdotes Duendes se horrorizaron.
Todos intentaron esquivarlas, pero una de las criaturas terminó enredada por completo.
"¡Hermano Mu, bien hecho!"
Los elfos a su alrededor soltaron un estallido de vítores.
El sacerdote duende atrapado se llenó de pánico. Ignorando todo lo demás, comenzó a entonar un conjuro con todas sus fuerzas, pero apenas emitió los primeros sonidos, una inexplicable sensación de opresión invadió su corazón.
Peligro...
¡Había peligro!
De repente, destelló una luz fría.
Sintió como si una ligera brisa soplara a sus espaldas, y luego perdió la conciencia por completo.
Su cabeza voló por los aires mientras la sangre salpicaba en todas direcciones.
Al mismo tiempo, un elfo que empuñaba una cimitarra se materializó lentamente detrás de su cadáver.
Tenía todo el cuerpo oculto en la oscuridad y mostraba una expresión indiferente, sin pronunciar una sola palabra, tal como un asesino silencioso.
"¡Mierda! Muerte de un solo golpe".
"¡Qué decapitación! ¡El gran jefe He Fan es una pasada!".
"¿La clase de cazador es así de fuerte...?".
Los elfos de los alrededores soltaron una oleada de exclamaciones.
¡¿Incluso había asesinos?!
Los dos sacerdotes Duendes que seguían huyendo miraron hacia atrás y, aterrorizados, aceleraron el paso.
Se separaron en distintas rutas, corriendo hacia el santuario uno por la izquierda y el otro por la derecha.
Escapar...
¡Tenían que escapar al santuario!
¡Solo si lograban entrar al santuario tendrían una oportunidad de sobrevivir!
Al ver que los dos sacerdotes aprovechaban la oportunidad para alejarse, todos los elfos se alteraron:
"¡No dejen que escapen!"
"¡Magia a larga distancia! ¡Magia a larga distancia!".
"Boom..."
"Boom..."
Acompañadas por intensas fluctuaciones de maná, las bolas de fuego estallaban a sus espaldas y las cuchillas de viento levantaban las piedras...
Sin embargo, los elfos no parecían ser muy experimentados, ya que la puntería de sus ataques a larga distancia era bastante mala.
En ese momento, el sacerdote duende que corría por la izquierda volvió a escuchar los gritos de aquellos elfos demoníacos:
"¡Little Salty Cat! ¡No dispares a lo loco, ataca a la derecha!".
"¡Apunta bien, dale al de la derecha!".
¿A la derecha?
El sacerdote duende que huía miró a su compañero de la derecha y sintió un ligero alivio en su corazón.
Por el contrario, el duende de la derecha estaba a punto de hacerse encima del susto.
Sin embargo, antes de que el sacerdote de la izquierda pudiera alegrarse por su suerte, una enorme bola de fuego lo impactó de lleno, envolviéndolo en medio de un estruendo ensordecedor...
"¡Jaja, qué buena puntería!".
"¡Bien hecho, Little Salty Cat!".
Una oleada de elogios provino de los elfos que venían detrás.
Y en el último segundo de conciencia del sacerdote duende, solo hubo un pensamiento lleno de agravio:
"¿No... se suponía que iban a atacar a la derecha?".
Tras presenciar la muerte de sus dos compañeros, el último sacerdote duende aceleró el paso aún más; ¡incluso se lanzó a sí mismo todos los sortilegios divinos de mejora que era capaz de conjurar!
Y gracias al sacrificio de sus dos compañeros, finalmente logró zafarse y escapar al interior del santuario.
Sin dudarlo ni un segundo, el sacerdote duende corrió tropezando hasta llegar frente a la estatua divina. Con las manos torpes por la prisa, desenterró los cristales de sangre divina que habían escondido y comenzó a disponer el ritual con temblores por todo el cuerpo, mientras reprimía el pánico en su corazón para empezar a rezar:
"¡Ala... alabado sea el invierno, alabada sea la ca... la caza! Gran y poderosa corona, el Dios Verdadero, su siervo... ¡su siervo necesita su ayuda!".
En cuanto terminaron sus palabras, ¡un tenue resplandor comenzó a converger sobre la estatua divina!

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El Juego del Árbol del Mundo (Novela) Capítulo 40
Estás leyendo el capítulo 40 de El Juego del Árbol del Mundo (Novela), un novela. En _El Reino de los Elfos_, la Guerra Celestial de hace mil años provocó la caída del Árbol del Mundo. En un mundo gobernado por dioses verdaderos, la caída de la civilización élfica no tardó en llegar. Han pasado mil… Este capítulo tiene publicado el 27 de junio de 2026, Traducido por el grupo Nishino. El Juego del Árbol del Mundo (Novela) tiene 80 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.