Leer Camino del Extra (Novela) Capítulo 234 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Cuando Azriel abrió los ojos, su visión estaba borrosa. Parpadeó un par de veces antes de que volviera la claridad.
Una vez que lo hizo, se encontró mirando fijamente un cielo cubierto de nubes de color gris oscuro, un velo tan espeso que le negaba incluso un atisbo de azul o negro.
Una sensación fría y dura bajo él lo hizo gemir mientras se incorporaba, con pies temblorosos. Al mirar hacia abajo, se vio vestido con su Armadura del Alma, completamente intacta. Y descansando sobre la enorme losa de piedra bajo él estaba el Devorador del Vacío, restaurado a su forma original.
Agachándose, recogió su arma, su expresión nublada por la confusión.
"¿Dónde estoy?"
Lo último que recordaba era haber caído inconsciente mientras destruía el núcleo de maná del Rey de Astas Negras.
“Bueno, no creo que esté muerto, pero... me caí desde una altura considerable. Debería haberme enterrado vivo.
Mientras Azriel observaba su entorno, algo no encajaba. Primero, estaba la losa de piedra sobre la que se encontraba. Pero justo enfrente, más losas gigantes se extendían infinitamente hacia arriba, formando un camino ascendente.
Fue entonces cuando se dio cuenta.
"Qué..."
Él no estaba parado simplemente sobre una losa de piedra.
Estaba de pie en una escalera colosal.
Azriel se quedó sin aliento al girarse para mirar hacia abajo. Su corazón latía con fuerza contra su pecho.
Bajo sus pies, solo había un último escalón que descendía al abismo. Más allá, no había nada: ningún camino visible, ningún suelo firme. Solo una extensión de niebla espesa e impenetrable que se extendía infinitamente, un vasto y sofocante océano.
Una oleada de mareo lo azotó. Se tambaleó hacia atrás, llevándose una mano temblorosa al pecho. Su cuerpo temblaba incontrolablemente.
"Ja... Ja..."
Azriel cerró los ojos con fuerza. Se sintió insignificante. Pequeño. Como una hormiga ante algo insondable.
Se sintió aterrorizado.
Respiró hondo y se obligó a abrir los ojos. Su cuerpo aún temblaba, pero se mordió el labio y se armó de valor. No tenía sentido quedarse quieto.
Giró rápidamente y saltó al siguiente escalón. Las escaleras eran enormes, lo suficientemente anchas como para que cien hombres caminaran de frente. Sin embargo, a pesar de su inmensidad, solo necesitó unos pocos saltos para llegar a la cima.
"...Ya no estoy herido."
Era extraño. Sentía el cuerpo ligero, casi ingrávido, como si flotara. No podía describir la sensación, pero algo en ese lugar le resultaba extraño.
Al mirar hacia el interminable mar de niebla, su corazón se negó a disminuir su ritmo.
"¡Sí, de ninguna manera voy a comprobar qué hay ahí abajo!"
El único camino era hacia adelante.
Y así siguió adelante.
No tardó mucho. Tras unos pocos pasos más, llegó a la cima. Y en cuanto lo hizo, se quedó sin aliento. Abrió los ojos de par en par.
El viento lo azotaba, haciendo que su cabello ondeara. Su corazón retumbaba en sus oídos.
Lo que se extendía ante él era imposible de describir. Pero, al mismo tiempo, no lo era.
Un palacio. Un coloso de obsidiana, tallado en los huesos de la tierra misma. Sus paredes oscuras, lisas pero con la apariencia de estar marcadas por el paso de siglos olvidados, se alzaban hacia el cielo azotado por la tormenta.
La mirada de Azriel captó unos tenues grabados en las paredes: runas. Pero en cuanto los vio, una presión insoportable se apoderó de su mente. Su visión se nubló. Sus pensamientos amenazaron con fragmentarse.
Apartó la mirada, jadeando mientras un sudor frío le corría por la espalda.
Su mente casi se hizo añicos.
"¿D-dónde carajo me he metido...?"
Su pregunta apenas salió de sus labios cuando una voz, monótona pero rebosante de una inquietante familiaridad, resonó desde la entrada del templo de obsidiana.
"Pensé que haría falta otra vida para despertarte de tu sueño, mi viejo amigo."
Azriel giró la cabeza hacia el origen de la voz. Se le heló la sangre.
Apoyado en uno de los dos imponentes pilares a la entrada del templo, había un hombre sentado. Su postura era relajada, pero algo en él se sentía... absoluto.
Su piel era blanca, más pálida que la nieve, como mármol esculpido, frágil pero eternamente prístina. Su cabello negro medianoche le caía en cascada por la espalda, hasta la cintura. Vestía una túnica blanca, larga y holgada, sin la menor mancha de polvo.
Y cuando abrió los ojos, revelaron una oscuridad que parecía extenderse más allá del abismo mismo.
Azriel apenas necesitó un instante para reconocerlo. No necesitaba recuerdos, nombres ni lógica. Su ser” su alma, su esencia” sabía exactamente quién era ese hombre.
Sus labios se separaron y su voz estaba ronca por la incredulidad.
"Arconte Supremo..."
El viento aulló de nuevo, acariciando sus cabellos mientras una pálida y amable sonrisa se dibujaba en el rostro del Arconte Supremo. Se puso de pie lentamente, y la gracia de sus movimientos le impresionó a Azriel, tanto por su belleza como por su nobleza. Había una elegancia en su postura que hizo que Azriel, inconscientemente, enderezara la suya, imitando los sutiles movimientos. Sorprendentemente, lo encontró natural, como si fuera algo instintivo, y no simplemente el resultado de todas las lecciones de etiqueta que Amaya le había impuesto.
Una risita escapó de los labios del Arconte Supremo mientras se cruzaba de brazos y se acercaba a Azriel. Para sorpresa de Azriel, el hombre era más alto que él: al menos dos metros.
“Ah, me alegra ver que tu alma empieza a recordarme. ¿Aún sabes mi nombre, viejo amigo?
Azriel no debería haber sabido el nombre. De verdad que no debería. Sin embargo, lo pronunció sin esfuerzo.
"Xianfeng..."
En el momento en que ese nombre lo abandonó, la sonrisa de Xian Feng se amplió en algo nostálgico.
"Eres el primero que me llama por ese nombre desde que abrí los ojos nuevamente en esta vida."
Azriel permaneció en silencio. No hubo necesidad de responder.
Xian Feng, el Arconte Supremo. A pesar de ser uno de los mayores villanos de la historia, no irradiaba ningún aura malvada, ni siquiera en su porte.
Azriel dio unos pasos hacia adelante, su voz firme pero sin calidez ni frialdad, con una neutralidad incierta mientras hablaba.
"¿Dónde estamos? ¿Me trajiste aquí? Y si es así, ¿por qué?"
Xian Feng hizo una pausa por un momento, luego se giró hacia el palacio, dejando escapar un suspiro contemplativo.
Yo no te traje. Yo también fui convocado a este reino, igual que tú, contra mi voluntad. En cuanto a por qué... me temo que no tengo ni idea.
"Espera... ¿reino?"
"Sí", confirmó Xian Feng, "Parece que estamos en un reino diferente, aunque mi alma no puede recordarlo con exactitud".
La mente de Azriel luchaba por procesar lo que acababa de decirse.
'Reino... Yo... ¿Cómo diablos terminé en esta situación?'
En serio, ¿cómo pudo pasar esto, sólo por quedarse solo por unos momentos?
'Estoy realmente maldito...'
Se frotó la cara con el guantelete y volvió a centrar su mirada en el Arconte Supremo.
Había muchas cosas que podría decirle a Xian Feng, el hijo del tiempo, pero claramente ahora no era el momento adecuado.
Al sentir su mirada, Xian Feng se giró para mirarlo.
"Tenemos mucho que discutir", dijo, "pero primero deberíamos abordar este asunto. Dime, ¿sientes ese molesto dolor de cabeza? ¿Ese patético intento de ahogar tu mente?"
Azriel asintió inmediatamente.
"Lo hice. Casi pierdo la vida en batalla por eso antes."
Xian Feng levantó una ceja, intrigado, y lo miró con atención.
"Tu perseverancia en esta vida parece haber regresado."
"Esta vida, eh... así que realmente eres como yo."
Xian Feng tarareó pensativamente mientras el rostro de Azriel se oscurecía.
Poseo una habilidad similar... [habilidad única], por así decirlo. Pero a diferencia de la tuya, que cambia ligeramente cada vez, la mía permanece inalterada. No importa cuántas líneas temporales borremos, retrocedo por completo, en cuerpo y alma, pero soy consciente de ello. Aun así, como tú, no conservo recuerdos de líneas temporales pasadas. Solo tengo los instintos que mi alma lleva consigo.
Azriel frunció el ceño, sumido en sus pensamientos.
"Me pregunto si es porque nuestras mentes no pueden manejar los recuerdos de otras líneas de tiempo".
Si incluso Xian Feng estaba inseguro, tal vez esa era la razón.
De repente, Azriel sintió que sus cejas se fruncían en confusión.
'Espera, ¿¡por qué estoy tan tranquila a su alrededor!?'
¡Él era el maldito villano!
...pero también, de alguna manera, ¿su amigo?
"Tal vez", reflexionó Xian Feng, "pero continuemos nuestra conversación después de conocer a quien nos invitó aquí de manera tan ostentosa".
"...Mm, también tengo curiosidad por eso."
* * *
Sus pasos resonaron por el vasto palacio abandonado, un lugar al mismo tiempo grande y pequeño, cuya sola presencia distorsionaba la percepción de Azriel con cada paso.
Él estaba aterrorizado.
Cada instinto de su cuerpo le gritaba, pero él lo ocultaba lo mejor que podía.
No tenía idea de dónde estaba, solo que había sido convocado a un reino desconocido junto a Xian Feng, el Arconte Supremo, uno de los mayores villanos de Camino de los Héroes.
Y aún así… no estaba seguro de cómo tratar a este hombre.
Así que caminó en silencio.
Los rodeaban imponentes pilares de piedra negra, que se extendían hasta el infinito, cada uno tallado con runas que desafiaban la comprensión. El mero hecho de mirarlos durante demasiado tiempo le provocó punzadas de dolor en el cráneo, como si su mente estuviera a punto de desmoronarse.
No había luz.
Sin embargo, él y Xian Feng podían verlo todo.
Este lugar… Era antiguo. Un dominio que existía más allá del tiempo mismo, intocado por el mundo mortal.
Finalmente, llegaron a un espacio abierto, aunque ninguno de los dos lo había pretendido. Sus pies los habían traído hasta allí, atraídos por algo invisible.
En el centro se alzaba una enorme mesa de obsidiana agrietada, que se extendía infinitamente en todas direcciones, como si dominara el vacío mismo.
A su alrededor se alzaban sillas de respaldo alto, solemnes y expectantes, cada una tallada en un material que no era ni madera ni metal, algo más allá de la comprensión terrenal.
Azriel y Xian Feng levantaron la mirada.
Sobre ellos, no había cielo ni techo; solo una extensión de niebla arremolinada, densa e infinita, que se extendía más allá de los límites de la percepción. En su interior, estrellas tenues aparecían y desaparecían, distantes y frías.
Y entonces, en el otro extremo de la mesa, lo vieron.
No es un asiento.
Un trono.
Un trono roto.
Y no estaba vacío.
El corazón de Azriel latía con fuerza, el sonido de su propio pulso rugía en sus oídos. Tenía las venas heladas. Su mente gritaba, como si acabara de vislumbrar algo que nunca debió presenciar.
"Ah..."
'Por qué...'
Sentado en el trono había una figura de divinidad fracturada.
Su cuerpo estaba fundido en oro y ruina; la luz del sol, pálida y solemne, se reflejaba en las grietas de su piel dorada. Venas de luz fundida lo recorrían, como los restos moribundos de una estrella destrozada.
Su cabello era largo y dorado; no oro como Azriel lo conocía, sino algo más puro, algo antiguo.
Un dolor abrumador los oprimía, pesado y sofocante, mientras contemplaban al ser que estaba frente a ellos.
De su espalda se extendían alas, vastas y marchitas. Sus plumas, antaño majestuosas, se habían reducido a espectrales remanentes blancos, colgando en solemne ruina como el sudario andrajoso de un mártir olvidado.
Y aún así, incluso en decadencia, se movieron.
Temblando con el peso de una gracia que se negaba a desvanecerse.
Su cabeza no lucía una corona de oro, sino la furia salvaje de la naturaleza: astas, dentadas y nudosas, retorciéndose hacia el cielo como las raíces de un mundo volcado. Las sombras se aferraban a sus bordes, extendiéndose de forma antinatural, como si incluso la luz misma dudara en reclamarlas.
Y luego… sus ojos.
Estaban abiertos.
Mirándolos directamente.
Ojos sin blanco, solo iris de oro puro, ardiendo con una belleza de otro mundo que Azriel nunca había visto antes.
Sintió que todo su ser se estremecía.
Y entonces, de los labios secos y agrietados de la figura sentada, salió una voz.
Bajo. Pesado.
Divino.
¡Ah... el hijo de la muerte, y el hijo forjado de mi propia carne! ¡Por fin, estás ante mí! Una era incalculable he permanecido, atado en la espera, aunque el Serafín Profanado de la Tumba Negra me susurraba discordia al oído, buscando influir en lo predestinado!

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Camino del Extra (Novela) Capítulo 234
Estás leyendo el capítulo 234 de Camino del Extra (Novela), un novela. Tras un trágico accidente que se cobró la vida de sus padres y su hermana pequeña, Leo, con solo 17 años, se vio obligado a asumir todas las responsabilidades él solo. Por algún milagro, sobrevivió los últimos cuatro… Este capítulo tiene publicado el 13 de octubre de 2025, Traducido por el grupo Crowli. Camino del Extra (Novela) tiene 452 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.