Leer Árbol de los Eones (Novela) Capítulo 357 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
En los abismos de la oscuridad, a través de los muchos mundos, la historia solía ser similar, aunque con matices ligeramente diferentes.
Muerte. Pérdida. Hambre. Frío. Soledad. Desesperación.
Meun lo sintió igual. Intentó ponerse de pie y luchar, pero su cuerpo ya no podía más.
Había un millón de maneras en que la gente podía sufrir.
¡Qué injusto! ¡Qué cruel! ¡Había dado tanto, y aún así no había nada!
Hambrientos y desesperados, aunque llevaran días y meses vagando por las carreteras, a los demonios les daba igual.
Los mortales que sufrieron en los mundos periféricos huyeron donde pudieron y se escondieron donde no. La Orden ha visto tantas veces a las masas que huyen que ya no reacciona ante ellas.
Meun no supo cómo reaccionar cuando vio emerger del cielo unas piernas gigantes.
Un titán se teletransportó a través de las puertas, una fortaleza gigantesca con piernas enormes aplastó a los demonios al salir de la grieta.
Los que corrían, corrían con más ahínco. Miedo. Estaban imbuidos de él. Habían sentido miedo toda su vida, un miedo que la Orden sabía que se necesitaría al menos una o dos generaciones para deshacer los efectos de una exposición tan prolongada a una vida inestable.
Muchos de ellos no eran santos. Muchos eran codiciosos, muchos ambiciosos, muchos más sacrificarían a sus amigos con tal de salvar sus propias vidas. Pero bajo el terror de los demonios, no les quedaba nada.
La muerte era lo único que los demonios deseaban de los vivos.
Meun maldijo y pensó que aquello era el final.
Los cañones de la fortaleza abrieron fuego y el ejército de demonios ardió. Una visión que muchos grabarían a fuego en sus ojos, los primeros instantes en que sus corazones destrozados se permitieron creer. Sus ojos resecos, incapaces de derramar siquiera lágrimas de alegría, porque todo parecía una mera ilusión.
Un error. Seguramente solo se trata de otro grupo de demonios peleando entre sí.
Los mundos periféricos fueron retratados repetidamente con escenas similares, pues muchos de ellos eran igual de desesperados. Incluso aquellos que se encontraban en una situación mucho mejor tenían territorios donde todo parecía perdido.
Los demonios ardían, y los chillidos de los demonios destruidos eran horribles.
Pero para los supervivientes, era música. Cantaban sus nombres, los héroes de los mundos devastados. Ángeles de furia y poder. Gigantes de luz y armas divinas. Habían venido de muy lejos y luchado para liberarlos a todos del terror de los demonios.
La guerra contra los demonios fue una tragedia que se repitió demasiadas veces.
Entonces llegaron las furiosas valquirias, y su furia parecía ilimitada. Llegaron en flotas, acompañadas por titanes.
Quienes miraban hacia arriba desde los escondites y los fuertes maltrechos no podían evitar pensar: ¿qué podían ser estas personas sino ángeles?
Su nombre se convirtió en leyenda, sus hazañas en canciones.
Llegó el día. El día en que la furia celestial se desató contra el mal. No se hacían llamar ángeles. Se hacían llamar espinas. La lanza que atravesaba a los monstruos.
Meun se puso de pie, con las piernas en pie, pero sin fuerzas. Empuñó su lanza, esforzándose por mantenerse en pie. Sus amigos, sus compañeros guerreros, también lo intentaron.
Entonces apareció.
Incluso los defensores más valientes sintieron un peso sobre sus hombros cuando la líder de los ángeles, una mujer envuelta en armadura, se acercó a ellos.
A sus ojos, su divinidad era evidente. Resplandecía como los radiantes rayos de sol que se filtran a través de un bosque apacible, una imagen grabada incluso en aquellos que jamás habían visto un bosque. Sus ojos no resplandecían, pero sentían que la divinidad los escrutaba.
“Guerrero” dijo, y cada uno de ellos fue transportado a aquel bosque. Aunque en ese momento solo eran uno más entre muchos. Era como si les hablara a cada uno individualmente.
Esos rayos de sol imaginarios los iluminaron, y sus corazones se estremecieron. Sus rodillas, si aún las tenían, tocaron el suelo. Se arrodillaron ante ella, y aun sin palabras, supieron que ya habían jurado seguirla.
"Esto aún no ha terminado. Todavía tenemos que luchar más", dijo.
¿Pelear contra qué? ¿Pelear contra quién?
No importaba.
El guerrero Meun sintió cómo sus palabras se imprimían en lo que quedaba de su corazón.
Si ella les ordenaba luchar, lo hacían. Los supervivientes sintieron su tacto cuando su mano les tocó la cabeza.
"Ven. Puedes unirte a nosotros o quedarte a descansar."
Ella alegó que fue una elección, pero para ellos nunca lo fue.
Si hubo un momento en que un guerrero se convirtió en un fanático, si hubo un instante en que su vida dio un giro, fue este. No lo saben, pero ahora sus corazones lo creen.
Algunos habían oído hablar de los antiguos dioses. En tiempos mejores, puede que incluso les hubieran rezado y esperado sus bendiciones. Quizás peregrinaban a un templo o altar de los antiguos dioses para hacerles una ofrenda.
Algunos no creían en dioses; hacía tiempo que creían vivir en mundos sin Dios y que nadie vendría a salvarlos. Al fin y al cabo, habían sobrevivido durante años en un mundo asolado por demonios, y nadie iba a rescatarlos.
En el fondo, las palabras de la dama eran como depredadores furiosos de la mente, y ahora su mente no toleraba ninguna de esas viejas tonterías.
En sus corazones y en sus mentes, en sus pueblos y ciudades futuras, erigieron una estatua en su honor, porque ella era la Matrona de los No Elegidos.
La furia de los abandonados.
“Sí” respondieron todos, como si sus corazones estuvieran impresos en sus palabras.
Meun sintió las palabras resonar a través de su cuerpo, de su carne.
Su alma vibraba al recibirlo.
Cuando era muy joven, cuando las ciudades y pueblos en los que vivía aún no eran escombros, escuchó una vez que la gente sabe cuándo encuentra el propósito de su vida.
En aquel entonces sonaba tan ridículo.
Como si el propósito de una persona fuera tan fácil de conocer.
Estaba equivocado.
[Te has unido al Ejército de los No Elegidos. Tus habilidades y ventajas especiales están ahora activas.]
Apareció una marca en sus brazos, la marca de admisión. El signo del objetivo de su nueva vida.
“Ven, guerrero. El descanso puede esperar” declaró su voz. “Salva a tu pueblo.
* * *
Su matrona era una líder implacable, y ellas se esforzaron más que nunca.
Ciudades que deberían haber caído vivieron para ver tiempos mejores. Pueblos que deberían haber ardido se encontraron aún en pie.
Los habían reunido de muchas ciudades y pueblos. Cientos. Miles. El número no importaba. Sabían en su interior que, cuando su señora lo ordenara, debían obedecer.
“Tren.” La matrona les presentó a una de sus compañeras.
Una criatura que parecía más armadura que hombre. Los superaba a todos en altura, incluso más alto que la propia matrona. “Habéis sido elegidos para uniros al Ejército de los No Elegidos de Lausana. Mi trabajo es convertiros en soldados. Con el poco tiempo que nos queda”.
Espadas. Lanzas. Eran supervivientes, y habían usado lo que fuera para vivir. Para luchar. Para derrotar a los demonios que los perseguían. Ante el instructor con armadura, parecían niños pequeños intentando escribir el abecedario.
¡Tren!” rugió, y lo siguieron.
Entrenaron durante dos días, se recuperaron de sus heridas y, a través de un portal, fueron enviados a otro campo de batalla.
* * *
Después de cada batalla, su Matrona recorría las tiendas de curación; muchos de los que estaban cerca de la muerte subían con todas sus fuerzas para poder ver algo.
Su compañera la seguía de cerca.
"Una lástima que no pudiéramos desplegar más miembros de la Orden en estos campos de batalla."
Suspiró, y todos sintieron en sus almas la inmensa tristeza de su Matrona. Afirmó que una sola muerte ya era demasiado, pero ninguno de ellos diría jamás que había sido en vano.
Quienes aún podían hablar querían decirle que esa había sido su decisión. Ninguno se arrepentía de haber dado la vida por su causa.
Pero en su presencia, sus palabras no encontraban eco. Muchos vivirían, pero suficientes morirían tras cada batalla. Sus mundos eran vastos, y este no era el único campo de batalla. Los guerreros más cercanos a la Matrona, sus “ángeles”, liderarían las demás batallas.
"¿Por qué no tenemos suficientes sanadores?", oyeron preguntar a su matrona.
Para Meun y sus compañeros creyentes, preferirían sangrar y perder sus extremidades antes que rogarle más a su matrona.
"Solo tenemos cincuenta, diez de ellos ya están aquí. Con miles de heridos, es una realidad."
Pero la guerra aún no había terminado.
Los sanadores marcaban a aquellos que estaban en condiciones de luchar y los enviaban de vuelta.
* * *
¡Luchar!
Sus corazones rugían, su sangre ardía. Sus manos atacaban con todas sus fuerzas. Victoria tras victoria, pero no era suficiente.
Su matrona destruyó los portales dimensionales, sus rayos de luz aplastaron y purificaron los caminos de la criatura maligna.
La furia de su matrona se dirigió luego hacia los demonios; su lanza viviente atravesó sin esfuerzo a los demonios menores.
Algunos decían: si la matrona es tan poderosa, ¿por qué tuvieron que luchar?
¡Necios! Todos responderían al unísono.
Puede que no fueran gran cosa, pero ¿quién más protegía las ciudades y los pueblos mientras la matrona cazaba?
¡Eran ellas quienes mantenían a los demonios contenidos, para que la matrona y sus valquirias pudieran acabar con ellos de un solo golpe!
Aunque sus hermanos murieran a su lado, aunque perdieran las manos, aunque lo único que pudieran hacer fuera formar un muro de carne para impedir que los demonios dieran un solo paso, cuando su matrona los llamara, responderían.
No podían volver a los días en que estaban solos. No podían regresar a los días en que lo único que podían hacer era luchar impotentes contra la corriente.
Los aliados y las fuerzas de su matriarca eran numerosos, pero se necesitaban miles más. Necesitaban miles para proteger cada ciudad, cada pueblo. Necesitaban miles más para exterminar hasta la última grieta que propagara a su repugnante estirpe por sus mundos.
¡Había al menos cientos de estas grietas en cada uno de sus mundos!
Después de cada batalla importante, se reunían ante ella, más fuertes y con un nivel superior.
La escucharían.
Fue una sesión informativa. Fue una conversación.
Pero para muchos de ellos, también fue un sermón.
Cuando todos hablaron, fue como si estuvieran reunidos en aquel bosque tranquilo, y ella se alzara sobre una plataforma dorada. Su resplandor era absoluto y divino.
Su voz era el susurro del mundo mismo, que los obligaba a hacer todo lo que ella declaraba.
"Una vez que liberemos este mundo de los demonios, la mitad de los más fuertes entre vosotros se unirán a nosotros para luchar en los otros mundos. Hay lugares que necesitan nuestros refuerzos", declaró claramente su matrona.
Pero Meun y sus compañeros del ejército vieron y sintieron su ira, su frustración por la lentitud de las cosas y su deseo de servir. Asintieron.
Puede que Meun no fuera muy fuerte. Solo rondaba el nivel 50, pero eso no importaba. Nunca se había sentido más elegido, más predestinado para esta misión que antes.
El Ejército de los No Elegidos creció, y sus filas aumentaban con cada nueva ciudad y pueblo liberado. Cada semana, aproximadamente, Meun veía cómo se unían a sus filas entre cien y doscientos nuevos guerreros.
* * *
Todos sabían que su próxima batalla sería única. Especial.
Porque lo sentían.
La presencia del rey demonio era como una gigantesca pira mágica. Era inconfundible.
Aunque se encontraban a un día de marcha de distancia, y estarían en guardia para evitar que las criaturas menores interrumpieran la lucha de su matriarca, la criatura parecía palpitar.
Podían sentir la presencia del rey demonio. Podían sentir la intensa concentración y preparación de su matrona.
“Mañana, Ebon y yo desafiaremos al rey demonio. Debería ser una batalla bastante sencilla” declaró su Matrona con seguridad.
Para Meun y sus compañeros No Elegidos, fue como si su Reina hubiera declarado la guerra.
Sus compañeros no elegidos se volvieron religiosos al unirse a este ejército y, por su propia voluntad y esfuerzo, crearon un pequeño templo. Algunos de los ángeles de su Matrona eran sanadores y sacerdotes, y adoraban a su único dios verdadero, el Árbol.
Pero los No Elegidos estaban ligados por el poder y la fe a su matriarca. Para ellos, su fe no se dirigía a ese dios lejano, sino a las furiosas valquirias. Su culto era para la dama de la lanza viviente.
Así pues, en los campamentos militares y en las ciudades, la estatua de la Dama de la Lanza siempre estaba adornada con flores, rodeada de lámparas de aceite, velas y pequeñas macetas con plantas. Era a la estatua de la Dama de la Lanza a la que los soldados rezaban pidiendo su seguridad y protección.
Antes de cada batalla, los soldados rezaban ante la estatua improvisada de la dama de la lanza.
Rogaron por su bienestar, para que su furia venciera el símbolo de la oscuridad, para que su poder los aplastara y los hiciera retroceder al lugar de donde vinieron.
Era lo que creían, y los sacerdotes y artesanos fabricaban pequeños adornos.
Una mujer pequeña que sostiene una lanza más grande que ella misma.
Un amuleto de su Señora de la Lanza, la Matrona de la Paz a través de la Guerra.
No importaba lo que dijeran los demás ni lo que declarara la propia matrona.
¿Importaba acaso que la propia Matrona pidiera que se rindiera culto a su dios patrón, Eón?
La fe se sentía en el alma. La fe estaba grabada en los huesos y penetraba hasta la médula. Estaba profundamente entrelazada con la sangre, y los soldados y guerreros que presenciaron la divinidad en carne y hueso sabían a quién rezar, aunque jamás pronunciaran palabra alguna.
* * *
Fue un choque de dioses, aunque los ángeles de su protectora afirmaran lo contrario.
La matrona afirmó que no era más que una batalla con un rey demonio.
Pero para los soldados y sus fieles desde lejos, ¿qué otra cosa podía ser?
Cuando cada uno de sus golpes podía arrasar montañas y esculpir cañones en terrenos llanos, los detalles específicos sobre si eran dioses o no parecían patéticamente pedantes.
Eran dioses que transformaban la tierra. Los títulos eran triviales.
La tierra tembló, y relatos posteriores incluso afirmarían que los demonios gemían y suplicaban como si pudieran hablar y negociar.
Vieron los destellos y haces de luz que formaban nubes de ondas de choque en los cielos, y los relatos los transformaban en historias de cómo su lanza partió el cielo en dos y todos pudieron ver las estrellas sin la luz.
Afirmaban que el resplandor de esos rayos era tan brillante que el sol parecía atenuarse en presencia de su diosa.
No necesitaban verlo en persona para sentir cómo el mundo se transformaba en algo distinto por el poder en bruto que se exhibía.
Los dos dioses y los ángeles libraban una intensa batalla, y aquellos que se unieron al [Ejército de los No Elegidos] podían sentir los golpes de su matrona en sus corazones.
Sus almas vibraban cada vez que su matrona atacaba.
Duró horas.
Algunos decían que duró días. Las historias de años posteriores las transformarían en semanas de batalla. El relato de cómo la Diosa de la Lanza aniquiló la fuente de la corrupción y desterró a los demonios a sus mundos demoníacos se contaría de mil maneras a sus hijos y nietos.
En algunos mundos, la historia se grabaría en rocas y piedras para que las generaciones futuras la vieran. En otros, se convertiría en reliquias y libros sagrados.
Los niños pequeños, acostados en su cama, pedían a sus padres que les contaran historias de cómo la Diosa de la Lanza había matado al Demonio y traído la Paz Eterna.
Aunque en los años venideros se librarían muchas otras batallas contra los reyes demonio, aunque la paz fuera un esfuerzo continuo con muchas más batallas, fue la primera gran batalla la que se arraigó en el tapiz cultural y narrativo de su mundo.
Un relato que se repite habitualmente de muchas maneras, en muchos de estos mundos olvidados hace mucho tiempo y que pronto serán abandonados.
Muchos historiadores con una perspectiva teológica afirmarían que esta debería haber sido la historia de los héroes de los dioses antiguos. Quizás, si no se hubieran visto limitados por su clase social y los desafíos de su carácter, algunos de estos héroes podrían haberse convertido en las nuevas estrellas del mundo.
Los historiadores y escribas más centrados en la historia de los imperios también dirían que esta era la historia del comienzo del declive de los dioses antiguos, un punto de inflexión en la era de la fe. El momento en que la constelación estancada de estrellas comenzó a cambiar y a dar cabida al nacimiento de nuevos mitos y un nuevo panteón.

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Árbol de los Eones (Novela) Capítulo 357
Estás leyendo el capítulo 357 de Árbol de los Eones (Novela), un novela. Esta es una historia de reencarnación/isekai sobre Matt (más tarde TreeTree), un árbol superpoderoso en un mundo fantástico que sirve como campo de batalla para un conflicto continuo entre demonios y los héroes… Este capítulo tiene publicado el 14 de enero de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Árbol de los Eones (Novela) tiene 384 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.